lunes, 2 de octubre de 2017

“Un abrazo hermanador”



Los argentinos hacemos honor a una bella herencia gaucha que se expresa en el sentido que le damos a la palabra “hermano”, que a veces no es el sanguíneo sino aquel que se la juega con y por uno. Todas esas variables fraternas se dieron cita hoy en las palabras de Sergio Maldonado, desde el infructuoso anhelo de que algún gendarme se la jugara -como Cruz con Fierro-, al descubrimiento de una fraternidad ampliada, esa que nos hermana con el compromiso de Santiago y de tod@s l@s que luchan. Ayer la Plaza tuvo mucho de congoja porque, como vos dijiste, aprendimos a querer a Santiago. Por eso, y mientras reclamamos Verdad y Justicia, te mando un fuerte abrazo hermanador.

Por Carlos Semorile.

domingo, 24 de septiembre de 2017

“Fue tu odio”



Ir a ver de nuevo “Terrenal”, volver a encontrar la fraternidad en disputa de los dos formidables Claudios (Da Passano y Martínez Bel), hallar en falta la contundente presencia física de Claudio Rissi, pero admitir a cambio que Rafael Bruzza nos brinda un Tatita también excepcional y pródigo en elocuencia. Purgar, en fin, por el terror y la piedad las muchas emociones de un presente ominoso, gracias a una dramaturgia luminosa y a un festín teatral impar, único, del carajo.

Y escuchar mejor un texto que estremece los cimientos del mundo del Capital y entender, en las palabras de Abel a Caín, el origen de nuestros males: “No sé cómo lo hiciste, pero sé que fuiste vos. Fue tu odio”.

Por Carlos Semorile.

martes, 12 de septiembre de 2017

El valor de la palabra



Sin respuestas políticas, apenas apelando a sus instintos represivos corregidos y aumentados, el establishment vernáculo ha decidido confrontar, tanto en el Norte como en el Sur, con los pueblos originarios y sus representantes, aquellos para quienes la palabra, y el cumplimiento de la palabra empeñada, mantienen su valor. No es un valor que cotice en el mercado, pero es sagrado y ellos lo saben.

Deberían saberlo much@s otr@s argentin@os, pues durante 12 años hubo un rescate de la palabra pública, esa que debería valer lo mismo que una firma o un juramento. Pero, claro, también persiguen a la mujer que, justamente haciendo uso de la palabra, puso en evidencia –y pone todavía- a todos aquellos que degradan en los hechos lo que dicen o inclusive cantan con sus bocas. Porque no se trata de gestos, se trata de comprender, comunicar y hacer legible el sentido de una época.

Frente al hecho cierto de la desaparición forzada de Santiago Maldonado, ese sentido busca ser tergiversado o directamente arrasado. Recién nomás, y frente a cámaras, una patota de policías de civil buscó infiltrarse entre quienes se manifestaban frente a los tribunales de Esquel. Aún descubiertos, uno de ellos pretendió llevarse a un manifestante, como si no bastara con la vida en vilo de Maldonado.

La batalla cultural que está en la base de los combates sociales argentinos de ayer, ahora y siempre, es dirimida de muchos modos, algunos bastante sofisticados, otros muy rudimentarios. Pero a tod@s debería preocuparnos el angostamiento de las alternativas que, en las actuales circunstancias, tiene el futuro del proyecto comunitario. Acaso debamos mirar con mayor atención a los pueblos originarios y, como ellos, hacer un credo de la Cultura, la Palabra, y la Justicia como verdaderos sostenes del devenir humano. Después de todas las que pasamos, y aunque cueste creerlo, nos va la vida en ello.

Por Carlos Semorile.

Lo que no fluye…



“A través de la ciudad” recopila las notas que Raúl Scalabrini Ortiz escribiera para La Nación entre 1928 y 1930, cuyo contenido está dedicado a cuestiones de índole municipal de la ciudad de Buenos Aires: baches, impuestos excesivos, servicios mal prestados, baldíos donde pululan las ratas, cuadras “tomadas” por barras de muchachotes insolentes, empresas que incumplen normas, inspectores coimeros, obras inconclusas, inundaciones, falta de alumbrado público, etc.

Es una oportunidad para quienes deseen conocer la ciudad de hace casi un siglo, y puede ser leído en una línea de continuidad respecto de la “Crónica y diario de Buenos Aires”, en la que Alberto Mario Salas recrea la aldea colonial de Santa María, ya aquejada de muchos de esos mismos problemas que un siglo más tarde retomará Scalabrini.

Pero, sobre todo, es una excelente ocasión para conocer al Scalabrini anterior a su etapa de lúcido ensayista del Pensamiento Nacional. Del primero al segundo hay una distancia considerable, y es lícito imaginar el arduo trabajo que Scalabrini fue haciendo consigo mismo para despojarse de ideas que obstaculizaban su comprensión del país y de las fuerzas que imposibilitan su emancipación. Como él mismo dijera: “El que no lucha se estanca, como el agua. El que se estanca, se pudre”.   

No es fácil acceder a las sencillas verdades que nos brindan los pensadores nacionales y populares, y no lo es por la simple razón de que todo está dispuesto para que no encontremos nunca los tesoros del Pensamiento Nacional. Pero aún hallando el escondido cofre de las generosas y patrióticas reflexiones de nuestros pensadores, todavía hay que despojarse del “autodesagrado argentino”. Y hacerlo cada día…

Por Carlos Semorile.

martes, 15 de agosto de 2017

El sentido último de las palabras




En la Argentina neoliberal de Cambiemos, hay un desbarajuste brutal de las palabras respecto de las cosas: donde nosotros decimos “democracia”, ellos dicen “corrupción”; pero donde nosotros ponemos los votos, ellos cometen fraude y escamotean el triunfo de Cristina. No es de extrañar viniendo de quienes secuestran y desaparecen a Santiago Maldonado, pero hablan de un artesano “extraviado”.

Como la degradación comienza por el lenguaje –verdadero nervio popular de la vida colectiva-, ahora escuchamos puro “ruido” donde antes escuchábamos un “discurso político”. Para quienes aún no se han enterado (pese a las múltiples evidencias del carozo de esta batalla), estamos discutiendo el sentido último de las palabras, e inclusive cuáles términos deben ser entendidos como conceptos políticos.

Claramente, ni “corrupción” ni “extraviado” pueden ser tomados como tales, pues opacan y velan la relación que mantenemos con la verdad a través de las palabras y el lenguaje. Si quieren superar a Cristina (porque siguen creyendo que se trata de un tema de “egos”), deberían alejarse de las perversas vinculaciones a las que el macrismo ha sometido al lenguaje. O siguen siendo el “eco” de su jeringonza, o se suman a la pelea por emancipar la lengua colectiva y la vida popular.

Por Carlos Semorile.
 

miércoles, 5 de julio de 2017

La rea danesa



En pleno menemato, tuve la fortuna de conocer a un académico finlandés que hacía tiempo vivía en Buenos Aires y que ya era un porteño más. Contaba cosas fabulosas de los sistemas de salud, educativo y de seguridad social de Finlandia, pero también advertía que todo eso estaba en peligro porque el neoliberalismo también había desembarcado en aquellas lejanas costas. Viéndolo con ojos argentinos, parecía que el finlandés exageraba. Pero él hablaba con verdadera angustia del futuro de sus hermanas ya jubiladas, y de la incertidumbre que acechaba a su madre, cada vez más desatendida en el plano de la salud y con crecientes dificultades para mantener su vivienda.

El amigo finlandés era un exquisito lector de la realidad social latinoamericana, y de la Argentina en particular. Mantenía buenos vínculos con el mundo gremial del ámbito de la educación (su profesión), y cultivaba una mirada amistosa hacia el mundo nacional/popular en todos sus sentidos, desde el tango al peronismo. Ayudaba, desde luego, que en su tierra natal el tango se hubiese adoptado tempranamente y que inclusive tengan sus propias letras en finés. Pero, por otra parte, el finlandés era un marxista de los que habían leído “El Capital” y, con mucho orgullo, contaba que la Declaración de Independencia de Finlandia está rubricada por Lenin. El finlandés era –casi- un “montonero”.

Me acordé del educador finlandés viendo la serie “Rita”, pero sobre todo leyendo las críticas que andan dando vueltas por la red. Muchos de esos comentarios hacen hincapié en las siderales distancias entre el sistema educativo danés y el de otros países, pero parecen no haber visto que también a ellos los alcanzan los “recortes”, los “ajustes” y todos los demás eufemismos que se usan para justificar la degradación de la educación pública (con inclusión social) y para volver “inevitable” el traspaso de alumnos a la educación privada. La gran contendiente de la maestra Rita Madsen es una alcadesa que no tiene nada que envidiarle al Hada Buena, y es contra su sistema de exclusión -y privatización encubierta- que da sus mejores batallas.  

En todo lo demás, podemos estar de acuerdo: Rita es irreverente, “políticamente incorrecta”, y todo lo que quieran. Pero, fundamentalmente, Rita es una rea. Podría ser una chica nacida y criada en Parque Patricios: cálida, traviesa, provocadora, frontal, inteligente, vulnerable, madraza, buena amiga, generosa, leal y solidaria. Además, le gusta dar abrazos y ayudar a los menos favorecidos. Como el cuate finlandés, Rita podría ser una “compañera danesa”.

Por Carlos Semorile.

jueves, 22 de junio de 2017

Evitad los rulos



Cuando comenzaron los primeros síntomas de sociopatía macrista –o sea, casi de inmediato- comenté sobre un antecedente lejano en el tiempo, y desconocido por muchos. Ocurrió en la provincia de San Juan cuando todavía la mandoneaban los conservadores pero era inminente el desembarco radical que, con la conducción de Yrigoyen, ya gobernaba en el resto del país.   

Sucedía que, dentro del viejo tronco radical que dirigían los así llamados “principistas”, había surgido un ala joven que conducía Federico Cantoni. Los muchachos “intransigentes” eran muy activos, se desplazaban por toda la provincia denostando al “Régimen” y, como no estaban ajenos a las “nuevas tecnologías” de la época, organizaban sesiones de cine para juntar auditorios. Los “intransigentes” no sólo eran jóvenes radicalizados: tenían una astucia que a los viejos radicales “principistas” les había llevado toda la vida conseguir.

En 1916 y 1917, ambos sectores concurrieron juntos “ma non troppo” a las elecciones nacionales y provinciales, y las dos veces perdieron frente a los conservadores. Hubo un “cisma”, Cantoni creó la UCR Intransigente, y él y los suyos fueron expulsados del Radicalismo. Pero Cantoni era dueño de una oratoria vibrante, llena de giros coloquiales y campechanos que imantaban a las masas. El 24 de noviembre de 1919, ante la llegada de un interventor yrigoyenista, los “intransigentes” produjeron el “17 de octubre sanjuanino”.   

Pese a la contundencia de las multitudes en las calles, los “principistas” seguían disputando los cargos para la elección provincial de 1920. Como no hubo acuerdo, ambos sectores buscaron la mediación de Yrigoyen, y don Hipólito les impuso una fórmula donde no había ni intransigentes ni principistas, y que disgustó por igual a ambos sectores. La encabezaba el psiquiatra Amable Jones, médico de las hermanas de Yrigoyen, y que era una suerte de “paracaidista político” sin vínculos con ninguno de los dos grupos en disputa.

Con “la fórmula de la unidad”, los radicales vencieron a los conservadores, y Jones alcanzó la gobernación. De entrada nomás, Jones pretendió “sobrevolar” la interna radical y nombró un gabinete mayoritariamente porteño. Cantoni y sus hombres fueron a verlo para que nombrara a hombres de la provincia, pero salieron convencidos de estar frente a un “interventor” que venía a manejar San Juan como si fuese un manicomio a cielo abierto. Cantoni dijo: “Nosotros en San Juan estaremos locos, pero no tanto como para que nos embolsen”.

El siguiente paso en falso de Jones fue avanzar sobre prerrogativas del Poder Legislativo, nombrando a los miembros de la Corte y a los comisionados municipales. Como los legisladores sin excepción rechazaron estos nombramientos, Jones vetaba las leyes que salían de las Cámaras y reponía por decreto a las autoridades municipales. Tras cinco meses de idas y vueltas, se realizaron las elecciones municipales en las que Jones se dio el lujo de dar por buenas las ganadas por el oficialismo y anular los triunfos de la oposición.

También avanzó sobre el Poder Judicial y pretendió que el Presidente de la Corte avalara la designación del resto de los miembros del Alto Tribunal que él había propuesto pero que no contaban con el acuerdo del Senado. Cuando el Presidente de la Corte se negó, le ordenó a la policía que lo desalojara y lo denunció por desacato; y cuando el Fiscal y el Procurador General se negaron a procesarlo, Jones directamente los exoneró. En apenas seis meses, Jones había decapitado al Poder Judicial de la provincia.

La crisis se agravó todavía más cuando los parlamentarios dieron asilo al Presidente de la Corte, y Jones resolvió -policía mediante- cerrar la Legislatura. Los legisladores -Cantoni incluido- fueron a gestionar ante Yrigoyen, pero éste continuó respaldando a su amigo Jones. Entonces, el 26 de febrero de 1921 los legisladores “antijonistas” conducidos por Cantoni se reunieron afuera de la legislatura para iniciarle juicio político. Fue el comienzo del “bloque” legislativo de oposición a Jones, y el origen de la denominación “bloquista”.

El bloque “bloquista”, valga la redundancia, agrupaba no sólo a la UCR Intransigente, sino a todos los que respaldaban a Cantoni como líder que enfrentaba las consecuencias de la política yrigoyenista en San Juan. La transformación de la UCRI en Bloquismo surgía de la lucha política contra un enemigo común, y no de una postura ideológica o de principios (que más adelante serían plasmados en la Constitución provincial de 1927, precursora de derechos como el voto femenino, el salario mínimo y el acceso a la vivienda).

Habría muchas cosas más para contar de aquella experiencia formidable que creó un Radicalismo de avanzada, sumamente emparentado con las conquistas del Peronismo. Por lo pronto digamos que, veinticuatro años más tarde, el Peronismo operaría bajo esta misma lógica frentista de acumulación detrás de la figura de un líder, y alejada de exámenes discriminadores –propios de ciertas izquierdas- en base a supuestas purezas ideológicas. Como aquel frente “bloquista”, la “Unidad Ciudadana” surge de la lucha política contra un enemigo común. Y agrupa no sólo a un partido, sino a todos los que respaldan a Cristina como líder que enfrenta al neoliberalismo y todas sus sociopatías.

Por Carlos Semorile.

martes, 20 de junio de 2017

“¿Qué he sacado con quererte?”



En el amor político pasa lo mismo que en el amor de pareja: puede que llegue un momento en que uno se haga la pregunta del título, y que por toda respuesta deba admitir que así “como cambia el calendario, cambia todo en este mundo”. Y a veces, como en el desamor, las cosas cambian para peor. Por eso fue tan significativo el acto en Avellaneda: los que venimos perdiendo por goleada, fuimos a reafirmar que “antes de amar, debe tenerse fe”. 

Durante un  año y medio buscaron que hocicara, que se rindiera e implorara misericordia. Que se arrastrara a un set televisivo para hacer pública su “autocrítica”, y diese por fenecido el ciclo iniciado en 2003. Que replicara, en suma, lo que tantos otros hacen a cambio de una tregua inestable e indecente. Los demás, los simples, los de abajo, sin certezas, sin “partido” ni medios; sin agachadas, sin dobleces ni traiciones; sino solamente con nuestra fe y nuestro amor, nos abrazamos a la única que levanta la bandera de la esperanza.

Y ella nos respondió con una lección política que nos urge asimilar. ¿Querían “vecinos” e “historias reales”? ¿Pedían discursos sin beligerancias? Acá los tienen pero, si “cambia todo en este mundo”, ahora tienen que ver sus caras y escuchar sus historias, y admitir que todos esos nuevos excluidos se sumen a esta Unidad Ciudadana que no pide certificados de pureza partidaria o ideológica. Sólo pide que antes de amar, deba tenerse una mínima fe.

Por Carlos Semorile.

viernes, 16 de junio de 2017

¿Paciencia?



Este asunto de la quita de las pensiones a las personas con discapacidad (que ahora parece que, como dicen los mexicanos, “siempre no”, pero –como pregonan los macrianos- “si pasa, pasa”), me hizo recordar a un personaje que conocí “bajo bandera” allá por Punta Indio, año 1982. Este conscripto era muy menudo y, aunque casi enclenque en cuanto a musculatura, estaba lleno de determinación, astucia y energía. Como tantos otros colimbas, fingía una discapacidad para zafar de la milicia. Sólo que él se llamaba Paciencia.

Como en los microcosmos jerárquicos, arbitrarios y violentos, los denigrados reclutas rápidamente denigraban a su vez a aquellos que estaban apenas un escaloncito por debajo de su posición. Esto ocurría masivamente, como cuando los porteños -alentados por los suboficiales- gastaban a los puntanos, y se daba con una saña que hoy llamaríamos “bullying” en casos de particular indefensión. Como parte del ritual injuriante, casi todos le tocaban la pelada al pequeño Paciencia mientras le decían: “Ya vas a crecer, tené paciencia”.  

El hecho era doblemente ofensivo porque se suponía que Paciencia era sordo, y no podía reaccionar ante un agravio que “no escuchaba”. Además, milicos de todos los rangos (incluyendo al personal médico) le habían tendido celadas que iban del susurro al grito más sacado y gutural, pero Paciencia se mantenía firme en su personaje. Casi estaba al borde de la ansiada “baja”.

Pero un día lo traicionó el hambre. Habíamos terminado de comer, y estábamos echados como a unos 200 metros de la cocina. De pronto, espumadera en mano, sale de allí uno de los cocineros y avisa que quien así lo quisiera podía repetir el plato. Mientras muchos se preguntaban unos a otros qué había dicho el gordo de delantal blanco, Paciencia ya estaba con sus cacharros haciendo la fila para volver a almorzar. Ganó el pan y perdió la baja.

Porque Paciencia no era chiquito porque sí: toda su estructura física delataba una historia de necesidades que se remontaba a sus ancestros. Del mismo modo, su capacidad de aguante ante las ofensas era un síntoma claro de aquellas resistencias que se ejercitan en la adversidad y se incorporan al carácter cuando todo es desamparo, sin cobijos ni derechos. Así las cosas, hasta el apellido “Paciencia” parece una declaración de obligadas renuncias.

Entonces, retomando lo del inicio, ¿cuántos “casos Paciencia” creen los funcionarios macrianos que se camuflan entre las personas con discapacidad que reciben pensiones de parte del Estado? Y aún suponiendo que fueran unas cuantas decenas: ¿no perciben que hay un universo de necesidades desatendidas, de sujetos que todavía no alcanzaron sus derechos? ¿Y no creen que ya está bueno de jugar al diálogo y, al mismo tiempo, hacerse pasar por sordos? ¿Cuánto más creen que pueden seguir reproduciendo este modelo arbitrario y sumamente violento, donde los denigrados se bancan sin chistar los oprobios? Y, sobre todo, ¿no se dan cuenta que se agota la paciencia?

Por Carlos Semorile.

domingo, 16 de abril de 2017

El espejo



La Alianza de experimentación social llamada Cambiemos enfiló sus cañones contra la industria cinematográfica nacional. Tienen varios motivos para hacerlo: porque –después muchos años y esfuerzos- volvió a ser una industria; porque es nacional; y porque, en tanto imagen cinematográfica, es un espejo. Eso es el cine, un espejo que en el mejor de los casos devuelve identidad al pueblo que sostiene esa industria nacional sin chimeneas. Y el GT-PRO aborrece la mera idea de que seamos una comunidad capaz de reconocerse en un espejo digno que refleje una identidad soberana y libre.

Por Carlos Semorile.

lunes, 10 de abril de 2017

“¿Qué es ésto?”



La pregunta la formuló Hugo Yaski frente a la multitud reunida en Plaza de Mayo en el 35 aniversario de la Marcha que la CGT de Saúl Ubaldini convocó para enfrentar a la Dictadura. En aquellos años estaba claro que se trataba de una dictadura feroz que, además de sus crímenes, cometía “una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”. Hoy nos gobiernan aquellos que se beneficiaron con aquella “miseria planificada” que denunciaba Walsh, y además hablan de “guerra” mientras selectivamente reprimen y siembran terror. Entonces, ¿qué carajo es ésto?          

Por Carlos Semorile.

martes, 4 de abril de 2017

“La secta del gatillo alegre…”



“…es también la logia de los dedos en la lata”, escribió Walsh hace cerca de 50 años. Demos ahora un rodeo para luego retomar estos conceptos, y digamos para empezar que toda familia tiene una oveja negra. En nuestro caso se trataba del comisario T., quien por oscuros y sinuosos laberintos fue ascendiendo desde botón de la esquina (que es la época en que lo conoció la tía P. hermanastra de mi abuela) hasta llegar a capo de la Comisaría Nº 15. Me resulta harto difícil despegar su meteórico ascenso de sus propias palabras, como cuando se vanagloriaba de haber incendiado el Barrio Mitre (él lo llamaba “villa”) con “todos esos delincuentes adentro”. Ésa era su idea de combate al raterismo. Con otros tipos de delito no se mostraba tan tajante. En el trato esporádico y utilitario que manteníamos con T., recuerdo haberlo visto ya menos desaforado y más sofisticado en su despacho de la 15ª, con las paredes engalanadas con los cuadros que le regalaban los “marchands” de la zona de Retiro, y donde había hasta una lujosa motocicleta 0Km obsequiada por algún agradecido comerciante. Ya estábamos en plena Dictadura, y nada menos que una sobrina de Martínez de Hoz era su amante. La tía P. hacía la vista gorda.  

Este es un caso testigo del nivel de corrupción, mano dura y racismo (no importa que T. fuese de origen humilde) que siempre ha caracterizado a la policía. O, para decirlo con más propiedad, a las policías bravas, sean federales o provinciales, cuyos orígenes y vicios pueden rastrearse desde el “Martín Fierro” en adelante. En su lúcido análisis del poema de Hernández, Martínez Estrada plantea que la Reorganización Nacional del siglo XIX fue una desorganización moral donde la policía tuvo una función coercitiva similar a la del ejército. Todavía más: “El instrumento de acción del ejército sobre la población civil es, y ha sido, la policía (...) Más que lo militar, lo policial es lo nacional”. Aunque no de modo idéntico, este esquema se replicó durante el Proceso de Reorganización Nacional, y la policía permanece desde entonces como un agujero negro de feraz autoritarismo dentro del sistema democrático.

Hay una larga serie de casos emblemáticos de abuso policial sobre jóvenes de condición humilde y/o jóvenes militantes políticos (Walter Bulacio, Miguel Bru, Sebastián Bordón, Luciano Arruga, Kosteki y Santillán, por nombrar sólo algunos), todos asesinados o desaparecidos en democracia. También, justo es decirlo, a lo largo del período democrático hubo diversos intentos de depuración de unas fuerzas represivas que tienden a clonar esos especímenes como el comisario del comienzo de este relato: enriquecidos no se sabe cómo, muy bien conectados con miembros del establishment económico, político y jurídico, y altamente predispuestos a disparar primero y preguntar después. En opinión de quien esto escribe, fueron Néstor y Cristina quienes mejor comprendieron la necesidad de desarmar a una policía que estaba limitada a observar la protesta social, herencia realmente pesada de la década neoliberal.

Pero apenas iniciado el ciclo de la Alianza Cambiemos, la noche del 12 al 13 de diciembre de 2015, una patota policial irrumpió a palos y golpes en el Centro de Artes Batalla Cultural de Vicente López, deteniendo porque sí a varios jóvenes allí presentes. Nuevamente podríamos enumerar una extensa lista de represiones policiales que se han ido produciendo desde entonces a ahora, y que van desde el amedrentamiento y las amenazas (ya se ha “naturalizado” que la gendarmería filme las movilizaciones), hasta el uso de una violencia inusitada donde nuevamente se dan cita la arbitrariedad, el racismo y el proto-fascismo clásico de la milicada vernácula, y que sale a la superficie avalado por el discurso oficial del macrismo y de los medios instigadores del odio al pobre.

Todo ese crescendo de salvajadas policiales fue dejando escenas dantescas (como la caza de jóvenes mujeres en los alrededores de Plaza de Mayo el 8M), y tuvo otro cenit durante la tremenda represión nocturna en un comedor comunitario de Lanús, donde inclusive secuestraron y torturaron a dos jóvenes, amén de destrozar el lugar, golpear a niños y embarazadas y tirar gas pimienta sobre las ollas donde se cocinaba la cena. Como descreo profundamente de la vocación democrática de los punteros de Cambiemos, no espero nada de Diego Kravtez, secretario de seguridad del distrito. En cambio, espero que los jefes comunales que tienen a su cargo fuerzas policiales tomen nota de a dónde nos lleva todo ese discurso pro-seguridad. Y que también tomen nota quienes pretenden tener control sobre el territorio y terminan en manos de un policía loco que incendia todo un barrio para terminar con “los chorros”.

Parafraseando a Martínez Estrada, lo nacional no puede ser lo policial porque, de ser así, la secta del gatillo alegre y la picana se convierte en un ejército de ocupación. Son síntomas de un nuevo Proceso de desorganización moral donde las fuerzas represivas se autogobiernan, a la par que reciben órdenes precisas de reprimir no las grandes protestas donde somos millares los que marchamos organizados, sino las pequeñas manifestaciones y los locales aislados e indefensos de nuestros compañeros. Así las cosas, todos deben pronunciarse: partidos, frentes, sindicatos, organizaciones sociales, dirigentes. Pilas, muchachos, aunque más no sea háganlo en defensa propia.  

Por Carlos Semorile.

Nuestra Edad Media



Desde siempre se nos ha reprochado el ser un continente advenedizo, pueblos sin historia que nunca habríamos salido de la barbarie y que -por eso mismo- jamás alcanzamos las formas superiores de la organización política. Pero como somos porfiados, lo que no logramos en el transcurso de siglos, acaso lo alcancemos al cabo de pocos meses. Cuesta comprender cuándo comenzó nuestra Edad Media, sobre todo porque el tiempo va retrocediendo no tanto por etapas, como por ministerios, organismos y reparticiones. En algunos sectores ya entró de prepo, pero otros aún resisten. Que la Edad Media llegue de la mano del Cambio no es la mayor de sus ironías. Hay quienes celebran la dizque inexorable llegada del Medioevo: creen que al fin entrarán en la Historia.

Por Carlos Semorile.

domingo, 2 de abril de 2017

La Plaza y las Palabras



Hace tiempo que vengo reiterando una frase luminosa de Scalabrini Ortiz para referirse a la Plaza de Mayo. En uno de sus escritos sobre el 17 de Octubre (que básicamente es el mismo, pero aparece de distintas formas a lo largo de sus Obras Completas), él la llama “la Plaza de nuestras libertades”. De este modo, Scalabrini vuelve sobre su idea de la línea de continuidad histórica Moreno-Rosas-Yrigoyen, y la actualiza con la inclusión de Perón y el peronismo. A la vez, si se la lee de modo adecuado, la frase no cierra el devenir de la Historia y sostiene un significado que permanece a la espera de que las multitudes argentinas se apropien de “la Plaza de nuestras libertades”.

La Plaza, como lugar físico, es la misma donde sucedieron escenas fundantes de la Argentina como la Reconquista y la Defensa, y casi enseguida –y como consecuencia de las anteriores- el Mayo revolucionario (de donde Scalabrini rescata la figura de Moreno, el dirigente que puso en palabras la Revolución). También es la misma donde se dieron cita los orilleros y gauchos de Rosas y más tarde las clases populares y clases medias en ascenso que seguían a Yrigoyen (Rosas e Yrigoyen, dos figuras multitudinarias pero de pocas palabras). Pero no es la misma Plaza de Mayo de siempre desde el momento en que un nuevo e inesperado líder la fecunda de pueblo y palabras.  

Desde Perón en adelante, será fundamental lo que allí se diga o deje de decirse, y del mismo modo devendrá en crucial si ahí sucede o no sucede otra línea de continuidad histórica entre el líder, el pueblo y las palabras. Esa extraña alquimia no puede predecirse, ni mucho menos “fabricarse”, pero una cosa es cierta: hasta aquí nadie ha logrado torcer esa amalgama crucial que define a “La Plaza” como ese espacio donde se actualiza el vínculo entre el pueblo, las palabras y el líder (aún en su ausencia, o aún en vacancia). Por eso, de avances a retrocesos, o de victorias a derrotas, sigue siendo “la Plaza de nuestras libertades” porque nadie puede ocuparla de modo vicario.

En este sentido, los detractores de Cristina (sean del palo que sean) avanzarían algunos casilleros en su comprensión del fenómeno kirchnerista si fuesen capaces de reparar en el hecho de que la ex presidenta supo hacerse cargo de ese legado histórico que aquí mencionamos, y consiguió inclusive alzar la vara de esta tradición -tan rica y tan compleja- frente a multitudes tan expectantes como exigentes, y tan dispuestas a escuchar como prestas a interpelar. En su discurso de despedida puede escucharse esa delicada dialéctica hecha también de silencios devocionales, que fueron como el cuenco donde el pueblo asumió el llamamiento a defender sus libertades.

Sobre la plaza de anoche pueden opinarse muchas cosas, pero destaca más por sus ausencias que por sus excéntricas presencias. Estuvieron ausentes el pueblo, algún líder y la enunciación de un discurso que convoque a las mayorías y represente sus intereses. Por el contrario, si algo se escuchó -en modo beligerante y agrio- fue el llamado a desconocer los derechos sociales, políticos y sindicales que el pueblo argentino supo conquistar en 200 años de historia. Más allá de un número que no resiste la menor comparación con las movilizaciones antineoliberales de marzo, no debemos permitir que nos roben la palabra Democracia. La lucha por el poder comienza por el sentido de las palabras, y eso es lo que también representa “la Plaza de nuestras libertades”.

Por Carlos Semorile.

lunes, 27 de marzo de 2017

“La alegría general que ha de venir un día”



El sábado 25 se cumplieron 40 años del asesinato y desaparición de Rodolfo Walsh, y hubo una nutrida concurrencia en el homenaje que se le rindió en el Museo Sitio de Memoria Esma. Lo que allí dijeron Alejandra Naftal (directora del Museo), su amigo y compañero Horacio Verbitsky, su compañero -y sobreviviente de la Esma- Martín Gras y el escritor Marcelo Figueras, está muy bien retratado en la crónica que publicó Página/12. Lo que acaso no pueda trasmitirse es el hondo silencio con que esas palabras fueron escuchadas por los mismos que luego aplaudieron con cálida persistencia cada una de las intervenciones, como si en realidad se estuviese aplaudiendo al ausente.

Como dijo y remarcó Verbitsky, Walsh quería, y finalmente consiguió, “la sumersión en los otros”. Lo escribe en sus Diarios, sin comas ni otros signos de puntuación: “Las cosas que quiero Lilia mis hijas el trabajo oscuro que hago los compañeros el futuro los que no obedecen los que no se rinden los que piensan y forjan y planean los que actúan el análisis claro la revelación de lo escondido el método cotidiano la furia fría los títulos brillantes de mañana la alegría de todos la alegría general que ha de venir un día la gente abrazándose la pareja en su amor la esperanza insobornable la sumersión en los otros”. Lo notable es que la figura de Walsh siga acrecentándose cada día por haber elaborado algunas de las mejores páginas que se hayan escrito en esta tierra.

Notable también porque, como señala Eduardo Jozami, Walsh había declinado sus aspiraciones a consagrarse en el mundo de las letras: “Este interés por temas como el régimen legal del petróleo u otros problemas económicos, llamativo en quien es por entonces un escritor de ficción, permite asociar a Walsh con la figura de Raúl Scalabrini Ortiz. Son muchos los rasgos comunes entre los dos escritores. En ambos terminará primando una misma idea –casi compulsiva- de militancia intelectual y la denuncia irá siempre ligada a un riguroso trabajo de investigación. Los dos renunciaron a una carrera literaria promisoria”. En opinión de Jozami, “La importancia política de Operación… sólo puede compararse con algunos textos de John William Cooke, en especial, el Informe a las bases”. Entramos así, como señala Horacio González, en la veta “irlandesa” de la política nacional.

Una veta hecha de similitudes y memorias políticas. Según Jozami, Walsh percibió el revanchismo oligárquico “cuando la política de la dictadura no se había desarrollado plenamente aún. Más allá del análisis económico, el escritor había aprendido la lógica implacable de los dueños de la tierra de su propia historia, la de su padre arruinado”. “Los irlandeses -escribió Walsh- empezaron a venir en masa al fin del gobierno de Rosas, después del hambre de 1847. Hoy suponemos que se acriollaban con gran facilidad, pero no debe ser cierto: criaban ovejas y alambraban, que no eran trabajos para criollos. También se casaban entre ellos, por lo menos hasta el año 20, tres o cuatro generaciones de irlandeses casados con irlandeses. Nosotros somos un ejemplo de eso: no tenemos ningún antepasado que no sea racialmente irlandés. Pero eso se acabó”. Ni Rodolfo, ni ninguno de sus cuatro hermanos, siguió ese amino.
  
El “hambre de 1847”, que aquí menciona Walsh, supuso la ruina para un pueblo férreamente sometido al monocultivo. La dieta de la mayoría de los pauperizados campesinos irlandeses se sostenía, casi exclusivamente, en el consumo de papa. Por eso cuando un hongo destruyó la cosecha de papas, comenzó la Gran Hambruna, durante la cual murieron un millón y medio de personas, y una cifra similar emigró hacia países como Estados Unidos, Australia y Argentina. Otra consecuencia devastadora de la Hambruna fue que las áreas de habla irlandesa fueron las más afectadas. Por si fuera poco, quedó flotando una sospecha sobre el origen de la plaga que quedó sintetizada en un refrán popular campesino: “Dios envió la enfermedad de las papas, pero los ingleses causaron la Hambruna”. Tanto en Irlanda como en Argentina, colonia y semicolonia de Inglaterra, podía palparse el sentimiento anti británico.

En este sentido, Walsh había proyectado escribir el cuento “Mi tío que ganó la guerra”, donde contaría la historia del hermano de su madre, William Gill, quien se embarcó para sumarse a la rebelión irlandesa comenzada en 1916, pero en medio del viaje cambió de idea y terminó muriendo como soldado británico en Grecia. Más allá de este final equívoco, Walsh rescataba que su tío había tenido la intención de combatir a los ingleses “como correspondía a su sangre”. “Una sola vez asomó el sol durante la tediosa instrucción (…) Ese día Willie también vio el mar, que una noche, al borde de un sueño, había creído oír y después descartó. Pero ahí estaba el mar, en todo su bárbaro esplendor, y más allá un trozo de tierra, lejano y aun así verde fulgurante al sol, y entonces Willie pensó Eso ha de ser Irlanda, y pensó en su madre, y la vio extrema y pálida, vieja y flaca, sin embargo firme y temeraria, tal como había muerto”.

Según Walsh, en Willie se resumían las contradicciones de la clase media, admiradora de lo que consideraba eran los valores de la cultura británica. Con veleidades de poeta, Willie roba a los poetas ingleses y con esas armas seduce a las trabajadoras del frigorífico Anglo, hasta que deja embarazada a una secretaria y debe huir en un barco. Sin embargo, mientras espera pelar contra los alemanes, Willie escribe “una larga carta a sus hermanas y a su novia, en donde habla de la belleza eterna, invicta, intacta del Mediterráneo, de las civilizaciones antiguas que habitaban sus costas, alzándose y derrumbándose y alzándose nuevamente con belleza y esplendor, mármol y alabastro, jeroglíficos y estrellas –cartagineses y coptos, fenicios y griegos, judíos y omeyas: la raza humana muriendo y renaciendo, recorriendo sus grandiosos y a veces estúpidos caminos, espada contra espada, religión contra religión…”.

Se trata, nada menos, que de la tradición irlandesa de rescatar la cultura de civilizaciones que se derrumban, y de tomar prestado un idioma impuesto y llevar esa lengua hacia nuevas cumbres y nuevos horizontes. Se trata, también, del poder de las palabras, y de usar la lengua para establecer un marco de referencia cultural y desde allí contar la historia y ver qué enseñanzas deja dicha historia. Y esta lectura desde los márgenes de las civilizaciones dominantes, y centrada en las tradiciones periféricas, nos lleva al recate que Ricardo Piglia hace de la figura de Walsh y al uso que supo hacer de la literatura para construir el mejor contrarrelato que se le pudo oponer al relato del Poder, dándoles la voz a aquellos que se encontraban en los márgenes de la Historia. Porque “la esperanza insobornable” de Walsh supo incluirnos en “la alegría general que ha de venir un día”. Que así sea, por el bien de todos.

Por Carlos Semorile.

lunes, 20 de marzo de 2017

Resultados más parejos



El último número de Caras y Caretas está dedicado a los 40 años del asesinato y desaparición de Rodolfo Walsh. Entre varias notas muy buenas, rescato esta jugosa anécdota que cuenta Ricardo Ragendorfer: “Él solía jugar al scrabble con Lilia Ferreyra, su gran amor. Y siempre perdía. Pero no por azar o impericia; entonces, se puso a analizar el asunto para caer en la cuenta de que sus derrotas radicaban en la búsqueda de palabras con letras difíciles que, por lo tanto debían valer más. Así descubrió su error: en el scrabble, el valor de las palabras no estaba dado por su frecuencia en la lengua española sino en el idioma inglés, ya que el juego tiene su origen. “Entonces –según el relato de Lilia-, tras efectuar los cálculos pertinentes borró con una hojita de afeitar el valor de cada ficha y pintó el nuevo”. De esa manera, reiniciaron las partidas con el scrabble argentino. Y los resultados fueron más parejos”.   

Dentro de unos días, el sábado 25, se le rendirá un homenaje en el Museo de la Memoria, ubicado en la ex Esma, allí donde su cuerpo y sus escritos fueron vistos por última vez. Pero se me ocurre que hay otro cumplido posible, un miramiento que requiere que hagamos un trabajo de orfebres del mismo modo que él practicó sus oficios: siendo incisivos, minuciosos y perseverantes con las palabras y las ideas que construyen nuestra realidad. Porque no es lo mismo jugar contra el azar que tratar de ganar cuando todas las fichas están marcadas de antemano. Otra cosa es si los valores los ponemos nosotros y armamos un juego donde, al menos, los resultados sean más parejos. Es lo que hizo el irlandés Walsh, pateando el tablero inglés y creando uno argentino.    

Por Carlos Semorile.

lunes, 6 de marzo de 2017

El Inglesito



Insisto: hay que cuidarse –y mucho- de esos documentales de la BBC que te muestran la barbarie para seguir vendiéndote la civilización. Ayer por Encuentro enganché el final de un viaje que un muchacho, Simon Reeve, hace por el Océano Índico. Más precisamente el episodio donde retrata todos los horrores de Somalía (terrorismo islámico, migraciones internas, sequías, hambrunas, desgobierno e inseguridad –tanta que usaba unos calzoncillos anti perdigones-), para luego trasladarse a Somalilandia, un antiguo “protectorado” británico que es, obviamente, un invento y que no está reconocido por las Naciones Unidas. Pero al buenote de Simon esto no le interesa en lo más mínimo porque aquí sí hay orden y control: le sellan el pasaporte (“¿Cómo que Somalilandia no existe?”, dice sonriendo a cámara), funcionan los servicios, y en plena calle le dan una carretada de dinero a cambio de unos pocos dólares.   

Cualquier argentino nacido después de 1930 sabe que semejante “tipo de cambio” significa que esa economía es un dibujo: nadie en su sano juicio daría dos mangos por un país cuya moneda ha llegado a tan calamitoso estado. Pero Simon encuentra gracioso que le den una carreta llena de guita –y un morocho para cargarla- a cambio de un par de billetes verdes. Luego visita una cárcel porque en Somalilandia existe la ley –no como en Somalía-, y los piratas que pululan por los mares somalíes acaban entre rejas y cumplen sus condenas. Y el final es antológico. Algun@s ya lo habrán adivinado: hay una ONG que se encarga de los chicos pobres y jodidos por la guerra, y Simon los lleva a ver el mar por primera vez. El paupérrimo lenguaje que usa con sus protegidos, los grititos que pega, las arengas superficiales, y todo ese repertorio motivacional vacío y trucho me hizo acordar mucho a alguien que no quisiera mencionar. La BBC ha hecho escuela: sus presentadores venden humo y los gatos maúllan.

Por Carlos Semorile.

jueves, 9 de febrero de 2017

Claroscuro



(Este escrito, como la película que analiza, ya tiene sus añitos, y hace foco en el malestar de aquellos que realmente sufren. También habla de los que hacen sufrir, sea por vileza o perversión. En todo caso, se trata de cómo reintegrar los fragmentos estallados de una identidad que persevera en ser ella misma. En este sentido, lo rescato pensando en el post-macrismo. Y en que debemos dejar de hablar de la supuesta “locura” de quienes cada día nos degradan y fragmentan).

Scott Hicks, el director de la formidable “Shine”, sintetiza temática, desarrollo y algunos de los planteos de su film: “Shine es el viaje que emprende David para definir su individualidad, pues, debido a su carácter, le cuesta distinguir dónde ‘acaba’ él y dónde comienzan los demás. Por ese motivo ‘fluye’ alrededor de los otras personas, como su fuera un susurrante río de palabras que sólo estuviera definido por su virtuosismo. Puede que el don del prodigio nazca con el riesgo inherente de que una pequeña parte de la personalidad se desarrolle excluyendo otros elementos que forman parte de una persona completa”. Ya la primera escena nos informa que David es ese discurso inconexo, mediante el cual busca integrar aquello que se ha desarticulado: una idea clara de quién es él, un sentido preciso del Yo. Manifiesta, eso sí, una voluntad: volver a ser “distinto”, como si aún en el centro mismo del desmembrado caos de la esquizofrenia, se supiera diferente a los demás. Entonces, en principio, identidad versus diferencia pareciera ser uno de los ejes sobre los que se desenvuelve el “viaje de David”.

Cuando comienza el racconto, conocemos en pocos pero poderosos trazos a Peter -su papá- y al tipo de infancia que, a la sombra de ese Padre cuasi mítico padeció David. En efecto: Peter, más dueño que padre de sus hijos, nos recuerda al Cronos de la Teogonía, aquel dios de “mente retorcida” que se tragaba a sus vástagos pues temía sucumbir a manos de éstos. Su madre es un pálido vegetal silencioso, casi un hijo más de este señor arbitrario y orgulloso que dirige con mano férrea los destinos de esa familia de judíos emigrados a Australia tras la Soha. David no sólo se halla inerme ante los súbitos estallidos de violencia de Peter, sino que carece de elementos como para desarmar el engañoso divorcio entre Afecto y Representación; en síntesis: el tipo está más jodido todavía porque nadie sale indemne de este zangoloteo donde, por un lado, el papá le hace creer que lo quiere hasta la adoración, pero -por el otro lado- su lugar en el mundo está pensado como una mera revancha de antiguas frustraciones y arcaicos resentimientos. En este sentido, es perfectamente lícito discutir con Hicks si esta dificultad para distinguir dónde “acaba” él y dónde comienza el mundo es algo atribuible -así, sin más- al carácter de David. En todo caso, lo que sí parece quedar en claro es que aquí se problematizan los lazos entre carácter e infancia, ó cómo a determinado padre, corresponde determinado hijo -si lo decimos suave-, ó, si nos dejamos de vueltas, cómo la enfermedad del padre, enferma al hijo.          

De entrada nomás tenemos un planteo redondo donde el padre necesita del hijo para sustentar una identidad amenazada por la disgregación (su propia desgraciada infancia primero, el Holocausto luego, el exilio y la pobreza más tarde), y donde el hijo “asume” -desde la indefención que dan el amor y la ingenuidad- un traje de plomo, una máscara asfixiante. No es extraño entonces que este hijo varón sea el bien más preciado que posee este padre, ni que David compre el mandato del triunfo cuando de ello parece depender tanto el racionado afecto que recibe, y hasta su propia supervivencia. De este modo “el prodigio” deja de ser la expresión natural de una sensibilidad exquisita, para convertirse en un mero medallero al servicio de la menguada autoestima paterna. El talento del chico se resignifica según el cuestionable criterio del “hombre de acero” y, paradojalmente, lo artístico -con su cuota de belleza y armonía- se pone al servicio de una lucha sin cuartel donde a los gusanos hay que aplastarlos sin miramientos (pero, ¿cómo?: ¿este hombre no supervivió a los campos nazis?). De tal modo, aquello que es propio de David queda subsumido en una confusa identidad mayor, pero que no le pertenece: la familia -un concepto vago e indescernible de la figura del propio Peter- es un magma de endogámicas certezas que coagula cualquier intento por alzarse con la propia diferencia (el padre, único dios de aquel panteón doméstico, ni siquiera consiente en permitir -conciencias adentro- la libertad de culto).     

Con su mundo interno escindido en dos mitades aparentemente irreconciliables, los encuentros de David con el mundo externo confirman y refuerzan esta dicotomía primigenia. Así, lo masculino (aún en su variable más flexible e interesante, el profesor Parkers de la Real Academia de Música de Londres -lo más parecido a un artista que le toca en suerte de entre sus profesores-) siempre “exige” más de su talento. Los varones adultos del film entienden al mundo como un escenario de cruel antropofagia, y valoran las capacidades de David en la exacta medida en que éstas cumplen las metas propuestas, sin importar que en el camino aquél se infantilice y se ausente del mundo como tal. Lo masculino, paradojalmente, priva a David de aquellos saberes e instrumentos que la cultura relaciona con su género, y lo coloca en la posición de no poder resolver ninguna cuestión práctica. En tanto, David tiene un primer acercamiento con una figura femenina exogámica, la escritora Katherine Prichard, que es la contracara de estos hombres volcados darwinísticamente hacia la exterioridad. Con su vida dedicada a los libros, y organizada en torno al retiro y al silencio, Katherine lleva una existencia reflexiva -pero plácida- que parece ponerle “pausa” al torbellino mental que comienza a acuciar al muchacho. La nueva paradoja es que este mundo femenino -de fluido contacto con una interioridad apasionada y sensible- es el responsable de que David junte el coraje necesario para seguir los dictados de su corazón, y sorteando las amenazas del padre (que cubren el arco que va desde la extorsión hasta los bifes) se encamine hacia el extranjero -que es asimismo el primer gran punto de giro de su vida, y de la peli-.       

El estudiante David, lejos del hogar y lejos de su amiga Katherine, es ya un río de palabras (aunque no susurrantes, todavía) en perpetua búsqueda de confirmación, guía, y sustento moral. Embarcado tras la conquista de un logro que lo valide ante un padre que le ha cortado los víveres emocionales, el joven se somete gustoso a las intensas jornadas en las que su maestro Parkes (alguien a quien también le falta una mitad) intenta trasmitirle -masivamente, podría decirse-la técnica con la cual afrontar el compromiso de tocar el concierto N° 3 de Rachmaninov en el certamen anual de la Academia. Esta complejísima pieza une, como en un tejido, a todos los varones del film -incluido al obviamente ausente Rachmaninov-; de adelante para atrás: Parkes, cuando aún contaba con sus dos brazos, la interpretó para el autor y lo hizo tan bien que le tocó el alma; el cazatalentos Rosen, al parecer con buen tino, se niega a enseñársela al David niño por considerar que un pendex no puede comprender el tipo de pasión que la pieza expresa; y para el padre de David representa un límite infranqueable, un hasta aquí llegué que le obliga a poner la educación musical de su hijo en manos de un extraño. En suma: cuando David se prepara como un poseso a rendirle tributo al padre, le llega la noticia de la muerte de Katherine, aquella mujer que ordenaba el mundo con sus palabras, la que fuera su amiga y confidente, la única persona en el planeta con la que podía comunicarse y entenderse como lo hacen aquellos que son y se saben distintos.

Las condiciones objetivas conspiran contra el propósito de David de ganar la competencia; es más, no pueden ser peores. El padre ha decretado su destierro y se niega siquiera a recibir sus cartas, la amiga que le ordenaba la azotea lo deja sin sus esenciales palabras, y en medio de este caos emocional y mental se dispone a dar un salto sin red donde precisa de todas sus fuerzas para domar -a un tiempo- el instrumento y la partitura. Se emplea a fondo en la tarea, se entrega como nunca antes con explosiva fiereza, y hechiza al auditorio con su interpretación. Pero mientras esto sucede “afuera”, en el interior de su mente algo se resquebraja; no escucha música sino sonidos sordos. ¿Son los gemidos de un piano sometido a una increíble presión, o el retumbar de un cerebro que se precipita hacia el colapso? Finalizado el concierto, cae redondo sobre el escenario. David paga “cash” los costos de congratularse con el padre (a la par que lo supera), y comienza a transitar la paradojal situación de los que “al ganar, pierden” (la salud en este caso: a su castigado cuerpo que acaba de derrumbarse como si saliera de una “descarga” eléctrica, no tienen mejor idea que volver a conectarlo al tomacorriente). Cuando David regresa a Australia, llama a su papá (al que -lo que son las cosas- nunca dejó de querer), y el silencio de ese hombre gélido le confirma que se ha quedado solo en el mundo. De modo que, en lo que podría pensarse como un punto de giro “en reversa”, David ingresa al hospicio.

En la internación, el río de palabras de David se vuelve -ahora así, catatonia mediante- susurrante, y es que los interlocutores, reales o aparentes, lo han abandonado. Pero además se torna incesante como si buscara restituir, mediante la letanía de la palabra y el discurso, un entramado que vuelva a articular sus fragmentos dispersos. Si el mero hecho de nacer obliga a adquirir dosis parejas de plasticidad y firmeza como parte de lo que -muy alla Manolito- podríamos llamar “el desarrollo de la personalidad”, puede que Hicks esté en lo cierto cuando sugiere que el don del prodigio supone un “plus”, unas horas extras existenciales al momento de conseguir lo mismo que el común de los mortales. El riesgo, sin embargo, no parece consistir en que una pequeña parte suplante al todo; o sea: el genio al mando de una nave a la deriva (en todo caso ése parece ser el proyecto de Peter, donde él -como padre- decide la “deriva” de la vida del hijo, entendiendo deriva en su acepción marina de “desvío del rumbo propio“). El riesgo, al menos en este caso, más bien parece consistir en que no haya un continente adecuado para que ese plus de “genialidad” pueda plasmarse saludablemente. Lo saludable sería que esa “talentosa” diferencia no quede inexpresada, para lo cual necesita de un encuadre (encuadre en sentido amplio: un continente que abarque desde lo técnico hasta lo amoroso) para evitar que la -llamésmole- “sobrecarga” estalle y se desperdigue amorfamente. Pero aquí no se dan ni la firmeza de una estructura que contenga, ni a la sensibilidad se la deja fluir para que -plásticamente- entrelace los elementos más contradictorios de la psiquis. La consecuencia es la dispersión de una mente sin puntos de referencia; ni medianía ni genialidad, pues dichas posibilidades se anulan mutuamente: nada se subordina a nada, todo se caotiza y se fragmenta.

Si por momentos David nos recuerda a un “stiker”, es debido a que su “no-personalidad” busca constantemente definir contornos mediante el contacto con los otros. Algunas de esos otros son, afortunadamente para David, minas. Y no sólo por lo mucho que le gustan las meninas, sino por aquello de que su sensibilidad “conecta” mejor con el mundo receptivo de las mujeres que con el mundo intrusivo de los hombres. Un par de ellas lo ayudan de modos diversos, que en un caso supone conseguirle el hotel que lo alberga, y da la causa-casualidad que en su habitación hay un piano. David recorre las teclas noche y día como un demonio, lo que termina por agotar a sus ocasionales vecinos y obliga a que el conserje se lo clausure con llave. No importa: ha sido suficiente como para que el punto de fijación que lo llevó al ocaso, pueda ser virado en el punto de giro que le permita encontrar una salida a la medida de sus actuales posibilidades (y conviene recordar que los psiquiatras de la institución le tenían prohibido tocar). De tal suerte, David se propone “volver a ser distinto” tocando el piano a como dé lugar. En el salón del restaurant Moby´s, él se conecta con la música como quizás nunca antes (y hasta suena raro hablar tan poco de música en una peli que cuenta la vida de un músico): por primera vez hay gozo en vez de sacrificio, libertad y no competencia, alegría antes que obsesión por el triunfo.

Tras sus entradas, el tipo se pasea por entre las mesas como un dandy; los tipos lo admiran, las chicas lo besan, es querido por todos, odiado por nadie; tiene su pisito en los altos del boliche, y los fines de semana los pasa en la casa de su amiga, la mesera Silvya; se gana su salario con el sudor de la diestra y la siniestra, y hace lo que le gusta: en resumidas cuentas, la vida le sonríe. Un diario local publica una nota de color en la que da cuenta del “resucitado” fenómeno, y Peter -papá corazón- intenta una movida que le será fatal. Se le aparece de sopetón al buenazo de David -lo deja casi albino del susto-, le soluciona un conflicto con una lata de conservas, y se cree con derecho a recordarle que es un tipo afortunado como pocos (claro!, como no fue a él al que internaron...). Además tiene el tupé de intentar re-engancharlo con el gastado verso del abuelo injusto y aquel violín que terminó sus días en el fango. Pero David ya no come vidrio, y dándose la vuelta -física, concretamente- nos introduce en el segundo punto de giro de la peli: al negarse a recordar un hecho que pertenece a la memoria emotiva de su padre pero no a la propia, abandona aquel mundo paterno donde sus dones estaban al servicio de una idea descabellada del mundo, una idea enfermante en la que los hijos son una réplica de los padres. Cuando David vuelve a darse la vuelta, ya el padre ha abandonado la habitación: la paradoja entonces de los que al perder, ganan. David recoge del suelo la medalla que su padre dejó caer (si no posee al hijo, tampoco sus logros le pertenecen), y desde la ventana de su cuarto -con el fruto de su trabajo entre las manos- despide cariñosamente a una figura abatida. Caen las máscaras, y tras la inexpugnable fortaleza de un hombre sin fisuras, se revela la inconsistencia de una identidad que necesitaba del hijo como soporte y proyección; y del otro lado, tras la apariencia de una fragilidad inoperante, se revela una inmensa capacidad amorosa que -ante la posibilidad del rencor o de la furia- se conduele del dolor ajeno.

¿Qué le está faltando a esta historia? Pues claro, manito, un tantito así de romance, unos besitos, algún arrumaquito sincero. La mesera Silvya recibe la visita de una amiga de Melbourne, la astróloga Gillian, una mujer que no quiere apurarse en darle el sí a su pretendiente asesor de inversiones (que le regaló un anillo que equivale, pongásmole, como a cien salarios de la categoría 1A de la administración pública). La no convencional Gillian parece “saber llevar” al casi disfuncional David, poniendo en orden sus pensamientos como antes lo hizo Katherine, o simplemente calmándolo en sus estados de frenesí. De hecho lo ayuda a escribir la carta que lo vuelve a conectar con la única figura masculina rescatable de su pasado (el maestro Parkes de la Real Academia), o lo acompaña a escuchar -y disfrutar- a Roger, su antiguo rival de las competencias locales de piano. Cuando esta mujer “diferente” está por regresar a Melbourne, el impulsivo David le propone casamiento; ella le dice que sería poco “práctico“, y él le sugiere que lo consulte con las estrellas. Cosa que ella hace al llegar a su casa: primero queda pasmada ante la carta natal de David, y luego saca una “combinada” (técnicamente una sinastría entre la suya y la de él). Con las dos cartas ante sí, Gillian se quita el anilllo que la ligaba a la lógica de la practicidad mundana, y hace lo que poca gente dentro del gremio se atreve a hacer: le da bola a lo que “ve” en el mandala, y se casa con David y con el “misterio”.

¿Una boda un tanto “loca” y final feliz? No. A partir de aquí, es donde justamente la peli de Hicks consigue escapar -siguiendo sus propias palabras- “de las estructuras de diagnóstico, terapia y clínica, es decir las constantes de la película de la semana que pasan por la televisión”. En las escenas finales se hace evidente que este hombre de peculiar talento que tanto se parece a un niño, nunca volverá a ser aquello que jamás fue: una persona de las llamadas “normales”. Necesita, por ejemplo, que Gillian le marque el tempo que puede permanecer en el indiferenciado mundo acuático (“nada La Campanella, y después sales”), o que le junten y sequen la partitura con la que él se metió en la piscina. Algunas de sus facultades han quedado dañadas, y ello es irreversible; no pocos psiquiatras lo volverían a internar si estuviera en sus manos.

Sin embargo, esa misma persona es ahora capaz, en diálogo con su esposa, de pensarse a sí mismo en los siguientes términos (del guión original): 

Gillian: Lo que había allí sigue estando en tu interior.
David: ¿En serio, querida Gillian? ¿Está ahí? ¿Lo puedes ver?  
Gillian: Por supuesto.
David: Ja, ja, ja. Gillian puede verlo, pero nadie más puede hacerlo porque piensan: “Oh, pobre David, pobre desgraciado. Dios no lo ayudó”. Lo sé, pero lo sé porque he vivido aquí siempre, dentro del interior lesionado...

Hay que pensar que quien así habla, es la misma persona que al inicio se burlaba sarcásticamente de su apellido (Helfgott: “con la ayuda de Dios”), y que consideraba la historia de su propia vida como una “tragedia ridícula”. El “viaje de David”, es entonces el viaje de una conciencia que aprende a mirarse desde un lugar propio, no contaminado por los nauseabundos dictámenes que vienen del “pozo del pasado”. Nunca falta el distraído que piensa que el “shine” del título alude a los espejitos de colores de la fulguración mediática. No; el “brillo” es más bien un recorrido antes que un estado. Es el camino que lleva a que el “interior lesionado” pueda salir a la luz, y hacer su peculiar aporte al conjunto de la experiencia vital. La maravillosa escena final es mucho más que la “cúspide” de un winner que supera aquella inmovilidad del niño de las primeras escenas: es el epifánico instante en que un ser reúne sus fragmentos estallados, los integra del mejor modo posible, y le es dado tener un encuentro verdadero con los otros, con el mundo.        

Por  Carlos Semorile.