lunes, 23 de febrero de 2015

Despacito y por la sombra



Cuando el Sol transitó el espacio zodiacal correspondiente, se dio a conocer la formación del Sindicato Capricorniano. Con la misma prolijidad, el grupo reivindica a quienes nacimos bajo ese signo y, entre otras cosas, reclama por festejos y regalos de cumple acordes a la dignidad humana. Sucede que a muchos de los que nacieron cerca de “las fiestas”, se los arregla con “las sobras”: reciben un único regalo que debe cubrir el aniversario en sí y la navidad y/o año nuevo, y un pedazo de pastel sobrante que hace las veces de torta de cumpleaños. Bueno, eso si les sonríe la fortuna: a veces la misma es reemplazada por una velita encima de un mísero alfajor de chocolate. Total!, el capricorniano/a está para bancársela sin chistar. Pero el SC patea el tablero y, casi sin querer, plantea una interesante pregunta: ¿seríamos las cabras así de sufridas y aguantadoras sin estas traumáticas experiencias de-formadoras?

En el muro del SC pueden leerse gran cantidad de testimonios desgarradores, mucho de ellos ilustrados con imágenes pavorosas: colegas de signo que desde la más tierna niñez, hasta sus muy variables edades presentes, han sido dejados en banda por amigos -y hasta por familiares- en el que debiera ser el día más apapachador del año. Globos que cuelgan tristes, gorritos que sobran, comida que será manducada en las semanas siguientes, postales todas de la soledad y el abandono. O, en otros casos, todo lo contrario: ninguna preparación, cero dedicación, pura improvisación para sacarse de encima el compromiso de un cumpleaños que coincide con las vacaciones. Toda la angustia que es imaginable esperar a partir de tan hórridas situaciones, en el capricorniano/a se convierten en una dolida certeza: si quiere algo, deberá arremangarse y “pelearla” hasta conseguirlo por sí mismo.

Más temprano que tarde, la cabrita aprende que para alcanzar sus altas metas deberá ir “despacito y por la sombra”. Así las cosas, sudará, se afanará y callará, sin nunca perder de vista el objetivo. Claro que las críticas no demoran en llegar, y el capri comienza a ser tildado de frío, obsesivo, interesado y calculador. En este sentido, su aislamiento se agudiza pues pocos se toman la molestia de ver que, detrás de las apariencias, existe un ser sensible, apasionado y romántico. ¿Forma parte esto también de un destino capricorniano? Así parece, porque la corteza que se armó aquel niño/a que nunca tuvo un cumpleaños como la gente, se refuerza con cada experiencia que le reafirma que lo suyo no es ni el estrellato ni el vértigo. ¿Es acaso menos feliz? En modo alguno, y quien así lo crea no sabe nada de los secretos deleites de quienes han aprendido a conquistar cada uno de sus placeres.

Por esa misma razón, el SC está llamado a lograr grandes cosas sobre todo si, además de las muy aleccionadoras historias de vida, puede dar un salto hacia el conocimiento de la profundidad del alma capricorniana. La organización es un aspecto, ineludible por tratarse de nosotros (y ya ven cómo nos la envidian los “libres” acuarianos), pero también hablemos de nuestros poetas, escritores y músicos. En fin, de nuestra apasionada y lúcida mirada.

Por Carlos Semorile.

jueves, 19 de febrero de 2015

Los indigentes lexicales



Hace ya algunos años, tomé clases de guión en una prestigiosa escuela de libretistas de cine y televisión. Las materias eran tan diversas como abarcativas: las necesarias estructuras de los libretos, gestión y producción (para saber qué es realizable y qué no), psicología de los personajes, traslación o “adaptación”, personajes y diálogos, y unos muy interesantes talleres sobre Shakespeare y sobre guión propiamente dicho. Las cátedras nos impulsaban a tomar todas las libertades y a asumir todos los riesgos siempre, claro, que fuésemos capaces de plasmar las ideas en el papel, listas para ser filmadas. Había una única restricción, pero era de hierro: la trama debía ser verosímil.

Desde esta mirada, uno debe reconocer que los libretistas de la corporación mediática trabajan con esmero. Y a destajo: se desloman para mantener las pantallas “en estado de emoción violenta”. La gestión y la producción no les van a la zaga, y entre todos hacen lo imposible por lograr algunas adaptaciones muy, pero muy traídas de los pelos. Pero, queridos míos, hacen agua por dos lados. En primer lugar, están forzando el verosímil que toda historia debe tener. Dicho de otro modo: ni tres Shakespeares juntos podrían hacerle creer a este pueblo que está viviendo bajo una dictadura. O que la misma Presidenta que todos los días les devuelve derechos y soberanía, está obsedida por el poder.

La segunda falla es todavía más insalvable que la primera. Vuestros personajes políticos “pasan letra” –como se dice de los malos actores-, pero no pueden hacer que suenen creíbles los diálogos que ustedes les escriben. Como dice el amigo Jorge Ruiz de Larrea, son “indigentes lexicales”: viven en estado de zozobra discursiva, están notoriamente por debajo de la línea del habla comunitaria argentina. Ese lenguaje exige, al menos, reconocer que existe una historia de conquistas sociales que representan el horizonte mínimo de cada laburante, de cada ama de casa, de cada desempleado inclusive. Pero no hay caso: antes que hablar ese idioma, ellos y ustedes prefieren el silencio.  

martes, 10 de febrero de 2015

Los pasos perdidos



De aquí en más, y como viene sucediendo desde hace semanas, van a intentar que usted se sume a una marcha convocada por un conjunto heterogéneo de fiscales encubridores, procesistas confesas, empleados de embajadas extranjeras, varias clases de inútiles de toda inutilidad, testaferras de fondos buitres, ex espías y falsas profetas. Usted, él, yo, todos los conocemos y sabemos bien que no han sabido, no han podido, y no han querido juntarse para ofrecer en serio una alternativa superadora del proyecto que hoy gobierna. O sea que sólo los reúne el deseo profundo de hacer daño. ¿A Cristina? No sea iluso, mi amigo. La Presidenta va a salir fortalecida de este fango de mentiras, y va a seguir conduciendo este proyecto que nos llevó de la fragmentación a la integración en todos los órdenes de la vida social. El que va a salir jodido es usted, su familia, sus amigos y conocidos. Todos los que ama.

Porque eso es lo que pasa con los golpes de estado, no? Al principio, parece que van a perseguir a unos pocos –en este caso, a los kirchneristas-, pero al final terminamos todos jodidos. Se acaba el poco o mediano bienestar que cada quien alcanzó, de a poco se va angostando el consumo, como quien no quiere la cosa desaparece el laburo, misteriosamente crece la deuda pero no se proyectan ni mucho menos se hacen obras, empiezan los ajustes, crece la malaria y nos agobia la desazón. Y cuando uno se aviva, suele ser demasiado tarde: la población vive atemorizada, la protesta está judicializada, y se han desarticulado los lazos sociales. ¿No lo recuerda -o si es usted más joven- no le contaron cómo fue la larga noche neoliberal que comenzó con la dictadura, profundizó el menemismo, y se fue al carajo el 19 y 20 diciembre de 2001? Haga memoria o entérese: ese el país que quieren los organizadores del 18F.

No sé usted, pero a mí me suena a demasía llamarlos “organizadores”. Está visto y probado que no pueden organizar nada medianamente complejo. Son meros instrumentos de grandes medios y otros poderes que los necesitan para desmembrar a una comunidad pacífica hasta convertirnos en un manojo de seres aislados, hambrientos y asustados. ¿Le parece que exagero? Agarre un mapa, busque Europa, e infórmese de cómo la pasan de mal muchos de esos pueblos y de la jauja de dinero que fluye hacia los bancos y las demás grandes corporaciones. Créame: usted no quisiera estar en los zapatos de esas pobres  gentes. Acá, en nuestra Argentina, le puede ir a veces mejor o a veces peor, pero no le va mal y tiene la libertad de decir lo que se le antoja. Lo que no tiene es una oposición que esté a la altura de las circunstancias: son vociferantes y golpistas. No camine junto a los que nos quieren abismar. Son pasos perdidos.  

Por Carlos Semorile.

lunes, 9 de febrero de 2015

El Flaco incesante



La presidenta Cristina Fernández publica una nota sobre el desendeudamiento de la Argentina, y la acompaña con una bella y desconocida foto de Néstor Kirchner. La imagen lo muestra sacando medio cuerpo afuera de un tren, saludando con el puño apretado a la muchedumbre que se ha reunido a recibirlo a la vera de las vías con banderas celestes y blancas. Se ven señoras, hombres, pibes, madres con sus niños a cuestas, y una adolescente muy arregladita y sonriente que lleva collares sobre la camiseta de Racing y en la mano una bandera nacional. Al fondo, unos árboles y unos edificios y un remolino de gente en torno a la que suponemos es la estación. Si no fuese una fotografía, podría tratarse de un lienzo en el que el pintor dejó retratado un pasaje de nuestra vida comunitaria. Es el líder dándole fuerza a su pueblo para que nadie desfallezca, para que ninguno afloje.

Es una imagen muy emotiva. La corbata de Kirchner flamea con el viento, y no es difícil pensar que si el tren estuviese detenido, él ya se habría lanzado al abrazo de esos corazones. Tampoco cuesta nada imaginar su voz afónica, la del final de sus discursos, haciendo un llamamiento al coraje, a la confianza para salir de la maldición de no creer en nosotros mismos, a terminar con los privilegios y construir una Patria para todos, con soberanía, justicia e igualdad. ¿Cuántas veces Néstor nos llamó por nuestro nombre -“argentinos”, “argentinas”- y nos dijo lo que en verdad valíamos, y nos habló del amor como una categoría política? ¿Y cuántas veces no terminó sus arengas al borde del desborde, agradeciéndonos –él a nosotros- por el cariño y el acompañamiento? Por todas estas cosas, y por muchas más que no caben en estas líneas (como el desendeudamiento), Kirchner está siempre. Es Néstor, el Flaco incesante.

Por Carlos Semorile.

sábado, 7 de febrero de 2015

Los escritos del Bicentenario



A fin de año me dediqué a ordenar papeles y archivos, y en esa tarea volví a toparme con gran cantidad de artículos que dan cuenta del fenómeno de transformación social que la Argentina comenzó a vivir a partir de 2003. Y aún desde antes de que Néstor Kirchner demostrara en los hechos que no iba a dejar sus convicciones en la puerta de la Rosada, como lo atestigua “El hombre que venía”. Tomando esta conocida nota de Nicolás Casullo como punto de partida, puede decirse que se produjeron un conjunto de textos notables que han estado a la altura de la complejidad de la época que venimos transitando. Sin ninguna pretensión de exhaustividad, podría mencionar las reflexiones de Ricardo Forster, las muy jugosas entrevistas a Ernesto Laclau y a Casullo, los trabajos de Carta Abierta, las “Notas para una caracterización del kirchnerismo” de Eduardo Rinessi y, por supuesto, los valiosos escritos de Horacio González.

Como dije, hay mucho más y cada quien puede armar su propia lista de referencia. No todos los papeles pertenecen a la academia, y hay excelentes laburos de Norberto Galasso, Enrique Masllorens, Sandra Russo (“El iluminador”, acerca del asombro ante un presidente Kirchner que iba sembrando esperanzas), Orlando Barone (“Fábula del periodista sospechoso” y “La derecha es feliz cuando gobierna la derecha”, sobre el Chile de Piñera), Ana Jaramillo (“El modelo de sustitución de importaciones de ideas”), Hernán Brienza, Federico Bernal, y Roberto Caballero (“La historia la ganan los que escriben”, formidable diálogo con Gabriel Mariotto). La parcialidad del listado se debe a las limitaciones de quien esto escribe, y a un mal endémico que aún no hemos logrado superar: el desconocimiento de tanto/a compañero/a que seguramente plasmó con talento y buen criterio su pensamiento sobre la Patria.

Desde ya que aquí están faltando los discursos de Cristina Kirchner, que muchas veces funcionan como el acicate de tantos otros escritos que intentan seguir pensando los temas que ella va planteando en su agenda de gran estratega del desarrollo con justicia e igualdad. Ese trabajo de docencia –sea en formato de arenga o de disertación- ya forma un “corpus” para quienquiera saber por qué la Argentina despilfarró en el pasado sus grandes chances de crecimiento, y cómo hizo –y hace todavía- para dejar atrás la falsa condena a la fragmentación, el abatimiento y la desdicha. Y uso adrede estos tres términos porque en la oratoria de la Presidenta no sólo se encuentran todos los datos y todas las claves para comprender los escabrosos meandros de la economía, sino también todo el abanico de conquistas espirituales, y por qué el peronismo representa la reparación por igual del mundo material y del mundo espiritual.       

Sin ánimo de ofender, debo decir que no he escuchado ni he leído ninguna palabra salida de la boca o la pluma de un opositor que me haga dudar, aunque sea por un instante, que estamos desacertados en las líneas directrices de esta revolución pacífica que le permite a los argentinos recuperar el trabajo y el consumo, pero también la dignidad y el orgullo. Los que no ven más allá de sus narices, están sin ideas ni argumentos. Como dice el compañero José Míguez, lo que en verdad tienen para decirle a la sociedad “es inexpresable” y entonces no pueden hablar “sin condenarse”. Es una historia que viene de lejos, de cuando Mitre decidió “extraviar” el Plan de Operaciones de Moreno y cuando el cáncer de lengua de Castelli privó de su mejor orador a la Revolución de Mayo. Hoy la taba se dio vuelta. Mientras los escritos y las palabras del Bicentenario marcan el rumbo, la mafia liberal apela al silencio.

Por Carlos Semorile.

viernes, 6 de febrero de 2015

Los socios del silencio



Como en las mafias consolidadas, las que tienen mucho poder pero también mucho que perder, la Corporación Judicial apuesta al silencio. Se mantuvieron callados en la época que debieron hablar y ahora, en el momento que ellos y sus socios perdieron el monopolio de la palabra, convocan al mutismo. Demasiado tarde, señores. Aquí hay un pueblo que “le tiene rabia al silencio por todo lo que perdió: que no se quede callado quien quiera vivir feliz”.

Por Carlos Semorile.

lunes, 2 de febrero de 2015

"¡¿Qué hacen ustedes acá?!"



Acabo de ver la película inglesa “´71” (Yann Demange, 2014), que trata sobre el conflicto norirlandés y tiene varias similitudes con “Larga es la noche”, el famoso film de 1947. Ambas tienen el mismo escenario, Belfast, y se repite el hecho de que un hombre herido busca llegar hasta sus compañeros para salvar su vida. Pero si en la cinta de Carol Reed, el fugitivo era un militante del IRA (James Mason), aquí se invierten los términos y se trata de un soldado inglés (Jack O´Conell) que participa, como fuerza de choque, en la cacería de militantes republicanos en 1971. Ante la zona liberada que imponen las fuerzas inglesas, se arma una solidaria escaramuza callejera, y el soldado debe perseguir a un niño que les arrebata un fusil. Atrapa al pibe pero, aislado de su pelotón, es desarmado por los vecinos y recibe una feroz paliza. Abandonado a su suerte, asiste al asesinato de un compañero y logra escapar a duras penas.

Hasta aquí las similitudes o, si se quiere, la reescritura de un clásico. De allí en adelante, la peli de Demange (con guión del dramaturgo escosés Gregory Burke) se adentra en las muy severas reyertas internas del IRA, pero también en el papel que juegan los paramilitares ingleses y su relación con los terroristas protestantes y, sobre todo, en su infiltración de las facciones republicanas. El soldado que interpreta O´Conell es involuntario testigo de estas tramoyas y, por eso mismo y sin él saberlo, no sólo quieren su muerte los irlandeses más fierreros, sino también los servicios secretos británicos que le temen a su testimonio. Toda la complejidad del entramado del Norte de Irlanda mantiene su tensión hasta el fin de la historia, sin caer en golpes bajos ni en soluciones tan simplistas como irreales. Sin embargo…, queda sin responder la pregunta que mi cuate Esteban les hiciera a los yanquis asentados en Panamá.

Con Esteban fuimos compañeros en primer año del secundario, y luego vecinos de barrio cuando tuvimos cambiados los turnos del cole: en la parada del bondi nos pasábamos los trabajos de las materias, y los profes corregían 2 veces los mismos laburos pero los calificaban de modo diverso, dependiendo del concepto que nos tenían a cada uno. Después me mudé y nos perdimos el rastro, hasta que en el lapso de un año y monedas nos cruzamos dos veces casi en la misma esquina. En la primera ocasión, él dudaba si seguir padeciendo ingeniería o si largarse a recorrer Latinoamérica. En el segundo encuentro, rebosaba felicidad: recién llegaba de México, se disponía a cambiar de carrera. Entre las anécdotas del viaje, destacaba la de su distraída entrada a la zona del Canal de Panamá; lo detuvieron unos marines que le preguntaron que hacía allí, a lo que Esteban contestó: “¡¿Qué hacen ustedes acá?!”

Esa es la pregunta crucial, porque si queda sin responder todo el resto puede  estar muy bien, pero se pierde el sentido del drama de una nación y de su pueblo. Los irlandeses pueden tener mil quilombos entre ellos, pero los ingleses no tienen nada que hacer allí. Y la mentira más grande que se dice en “´71” la formula un milico cuando les asegura a los soldados que, aunque vayan a Belfast, siguen estando en el mismo país. No jodan: son fuerzas de ocupación en una patria llamada Irlanda. ¿Y qué carajo hacen ustedes acá?

Por Carlos Semorile.