martes, 12 de septiembre de 2017

El valor de la palabra



Sin respuestas políticas, apenas apelando a sus instintos represivos corregidos y aumentados, el establishment vernáculo ha decidido confrontar, tanto en el Norte como en el Sur, con los pueblos originarios y sus representantes, aquellos para quienes la palabra, y el cumplimiento de la palabra empeñada, mantienen su valor. No es un valor que cotice en el mercado, pero es sagrado y ellos lo saben.

Deberían saberlo much@s otr@s argentin@os, pues durante 12 años hubo un rescate de la palabra pública, esa que debería valer lo mismo que una firma o un juramento. Pero, claro, también persiguen a la mujer que, justamente haciendo uso de la palabra, puso en evidencia –y pone todavía- a todos aquellos que degradan en los hechos lo que dicen o inclusive cantan con sus bocas. Porque no se trata de gestos, se trata de comprender, comunicar y hacer legible el sentido de una época.

Frente al hecho cierto de la desaparición forzada de Santiago Maldonado, ese sentido busca ser tergiversado o directamente arrasado. Recién nomás, y frente a cámaras, una patota de policías de civil buscó infiltrarse entre quienes se manifestaban frente a los tribunales de Esquel. Aún descubiertos, uno de ellos pretendió llevarse a un manifestante, como si no bastara con la vida en vilo de Maldonado.

La batalla cultural que está en la base de los combates sociales argentinos de ayer, ahora y siempre, es dirimida de muchos modos, algunos bastante sofisticados, otros muy rudimentarios. Pero a tod@s debería preocuparnos el angostamiento de las alternativas que, en las actuales circunstancias, tiene el futuro del proyecto comunitario. Acaso debamos mirar con mayor atención a los pueblos originarios y, como ellos, hacer un credo de la Cultura, la Palabra, y la Justicia como verdaderos sostenes del devenir humano. Después de todas las que pasamos, y aunque cueste creerlo, nos va la vida en ello.

Por Carlos Semorile.

Lo que no fluye…



“A través de la ciudad” recopila las notas que Raúl Scalabrini Ortiz escribiera para La Nación entre 1928 y 1930, cuyo contenido está dedicado a cuestiones de índole municipal de la ciudad de Buenos Aires: baches, impuestos excesivos, servicios mal prestados, baldíos donde pululan las ratas, cuadras “tomadas” por barras de muchachotes insolentes, empresas que incumplen normas, inspectores coimeros, obras inconclusas, inundaciones, falta de alumbrado público, etc.

Es una oportunidad para quienes deseen conocer la ciudad de hace casi un siglo, y puede ser leído en una línea de continuidad respecto de la “Crónica y diario de Buenos Aires”, en la que Alberto Mario Salas recrea la aldea colonial de Santa María, ya aquejada de muchos de esos mismos problemas que un siglo más tarde retomará Scalabrini.

Pero, sobre todo, es una excelente ocasión para conocer al Scalabrini anterior a su etapa de lúcido ensayista del Pensamiento Nacional. Del primero al segundo hay una distancia considerable, y es lícito imaginar el arduo trabajo que Scalabrini fue haciendo consigo mismo para despojarse de ideas que obstaculizaban su comprensión del país y de las fuerzas que imposibilitan su emancipación. Como él mismo dijera: “El que no lucha se estanca, como el agua. El que se estanca, se pudre”.   

No es fácil acceder a las sencillas verdades que nos brindan los pensadores nacionales y populares, y no lo es por la simple razón de que todo está dispuesto para que no encontremos nunca los tesoros del Pensamiento Nacional. Pero aún hallando el escondido cofre de las generosas y patrióticas reflexiones de nuestros pensadores, todavía hay que despojarse del “autodesagrado argentino”. Y hacerlo cada día…

Por Carlos Semorile.

martes, 15 de agosto de 2017

El sentido último de las palabras




En la Argentina neoliberal de Cambiemos, hay un desbarajuste brutal de las palabras respecto de las cosas: donde nosotros decimos “democracia”, ellos dicen “corrupción”; pero donde nosotros ponemos los votos, ellos cometen fraude y escamotean el triunfo de Cristina. No es de extrañar viniendo de quienes secuestran y desaparecen a Santiago Maldonado, pero hablan de un artesano “extraviado”.

Como la degradación comienza por el lenguaje –verdadero nervio popular de la vida colectiva-, ahora escuchamos puro “ruido” donde antes escuchábamos un “discurso político”. Para quienes aún no se han enterado (pese a las múltiples evidencias del carozo de esta batalla), estamos discutiendo el sentido último de las palabras, e inclusive cuáles términos deben ser entendidos como conceptos políticos.

Claramente, ni “corrupción” ni “extraviado” pueden ser tomados como tales, pues opacan y velan la relación que mantenemos con la verdad a través de las palabras y el lenguaje. Si quieren superar a Cristina (porque siguen creyendo que se trata de un tema de “egos”), deberían alejarse de las perversas vinculaciones a las que el macrismo ha sometido al lenguaje. O siguen siendo el “eco” de su jeringonza, o se suman a la pelea por emancipar la lengua colectiva y la vida popular.

Por Carlos Semorile.
 

miércoles, 5 de julio de 2017

La rea danesa



En pleno menemato, tuve la fortuna de conocer a un académico finlandés que hacía tiempo vivía en Buenos Aires y que ya era un porteño más. Contaba cosas fabulosas de los sistemas de salud, educativo y de seguridad social de Finlandia, pero también advertía que todo eso estaba en peligro porque el neoliberalismo también había desembarcado en aquellas lejanas costas. Viéndolo con ojos argentinos, parecía que el finlandés exageraba. Pero él hablaba con verdadera angustia del futuro de sus hermanas ya jubiladas, y de la incertidumbre que acechaba a su madre, cada vez más desatendida en el plano de la salud y con crecientes dificultades para mantener su vivienda.

El amigo finlandés era un exquisito lector de la realidad social latinoamericana, y de la Argentina en particular. Mantenía buenos vínculos con el mundo gremial del ámbito de la educación (su profesión), y cultivaba una mirada amistosa hacia el mundo nacional/popular en todos sus sentidos, desde el tango al peronismo. Ayudaba, desde luego, que en su tierra natal el tango se hubiese adoptado tempranamente y que inclusive tengan sus propias letras en finés. Pero, por otra parte, el finlandés era un marxista de los que habían leído “El Capital” y, con mucho orgullo, contaba que la Declaración de Independencia de Finlandia está rubricada por Lenin. El finlandés era –casi- un “montonero”.

Me acordé del educador finlandés viendo la serie “Rita”, pero sobre todo leyendo las críticas que andan dando vueltas por la red. Muchos de esos comentarios hacen hincapié en las siderales distancias entre el sistema educativo danés y el de otros países, pero parecen no haber visto que también a ellos los alcanzan los “recortes”, los “ajustes” y todos los demás eufemismos que se usan para justificar la degradación de la educación pública (con inclusión social) y para volver “inevitable” el traspaso de alumnos a la educación privada. La gran contendiente de la maestra Rita Madsen es una alcadesa que no tiene nada que envidiarle al Hada Buena, y es contra su sistema de exclusión -y privatización encubierta- que da sus mejores batallas.  

En todo lo demás, podemos estar de acuerdo: Rita es irreverente, “políticamente incorrecta”, y todo lo que quieran. Pero, fundamentalmente, Rita es una rea. Podría ser una chica nacida y criada en Parque Patricios: cálida, traviesa, provocadora, frontal, inteligente, vulnerable, madraza, buena amiga, generosa, leal y solidaria. Además, le gusta dar abrazos y ayudar a los menos favorecidos. Como el cuate finlandés, Rita podría ser una “compañera danesa”.

Por Carlos Semorile.

jueves, 22 de junio de 2017

Evitad los rulos



Cuando comenzaron los primeros síntomas de sociopatía macrista –o sea, casi de inmediato- comenté sobre un antecedente lejano en el tiempo, y desconocido por muchos. Ocurrió en la provincia de San Juan cuando todavía la mandoneaban los conservadores pero era inminente el desembarco radical que, con la conducción de Yrigoyen, ya gobernaba en el resto del país.   

Sucedía que, dentro del viejo tronco radical que dirigían los así llamados “principistas”, había surgido un ala joven que conducía Federico Cantoni. Los muchachos “intransigentes” eran muy activos, se desplazaban por toda la provincia denostando al “Régimen” y, como no estaban ajenos a las “nuevas tecnologías” de la época, organizaban sesiones de cine para juntar auditorios. Los “intransigentes” no sólo eran jóvenes radicalizados: tenían una astucia que a los viejos radicales “principistas” les había llevado toda la vida conseguir.

En 1916 y 1917, ambos sectores concurrieron juntos “ma non troppo” a las elecciones nacionales y provinciales, y las dos veces perdieron frente a los conservadores. Hubo un “cisma”, Cantoni creó la UCR Intransigente, y él y los suyos fueron expulsados del Radicalismo. Pero Cantoni era dueño de una oratoria vibrante, llena de giros coloquiales y campechanos que imantaban a las masas. El 24 de noviembre de 1919, ante la llegada de un interventor yrigoyenista, los “intransigentes” produjeron el “17 de octubre sanjuanino”.   

Pese a la contundencia de las multitudes en las calles, los “principistas” seguían disputando los cargos para la elección provincial de 1920. Como no hubo acuerdo, ambos sectores buscaron la mediación de Yrigoyen, y don Hipólito les impuso una fórmula donde no había ni intransigentes ni principistas, y que disgustó por igual a ambos sectores. La encabezaba el psiquiatra Amable Jones, médico de las hermanas de Yrigoyen, y que era una suerte de “paracaidista político” sin vínculos con ninguno de los dos grupos en disputa.

Con “la fórmula de la unidad”, los radicales vencieron a los conservadores, y Jones alcanzó la gobernación. De entrada nomás, Jones pretendió “sobrevolar” la interna radical y nombró un gabinete mayoritariamente porteño. Cantoni y sus hombres fueron a verlo para que nombrara a hombres de la provincia, pero salieron convencidos de estar frente a un “interventor” que venía a manejar San Juan como si fuese un manicomio a cielo abierto. Cantoni dijo: “Nosotros en San Juan estaremos locos, pero no tanto como para que nos embolsen”.

El siguiente paso en falso de Jones fue avanzar sobre prerrogativas del Poder Legislativo, nombrando a los miembros de la Corte y a los comisionados municipales. Como los legisladores sin excepción rechazaron estos nombramientos, Jones vetaba las leyes que salían de las Cámaras y reponía por decreto a las autoridades municipales. Tras cinco meses de idas y vueltas, se realizaron las elecciones municipales en las que Jones se dio el lujo de dar por buenas las ganadas por el oficialismo y anular los triunfos de la oposición.

También avanzó sobre el Poder Judicial y pretendió que el Presidente de la Corte avalara la designación del resto de los miembros del Alto Tribunal que él había propuesto pero que no contaban con el acuerdo del Senado. Cuando el Presidente de la Corte se negó, le ordenó a la policía que lo desalojara y lo denunció por desacato; y cuando el Fiscal y el Procurador General se negaron a procesarlo, Jones directamente los exoneró. En apenas seis meses, Jones había decapitado al Poder Judicial de la provincia.

La crisis se agravó todavía más cuando los parlamentarios dieron asilo al Presidente de la Corte, y Jones resolvió -policía mediante- cerrar la Legislatura. Los legisladores -Cantoni incluido- fueron a gestionar ante Yrigoyen, pero éste continuó respaldando a su amigo Jones. Entonces, el 26 de febrero de 1921 los legisladores “antijonistas” conducidos por Cantoni se reunieron afuera de la legislatura para iniciarle juicio político. Fue el comienzo del “bloque” legislativo de oposición a Jones, y el origen de la denominación “bloquista”.

El bloque “bloquista”, valga la redundancia, agrupaba no sólo a la UCR Intransigente, sino a todos los que respaldaban a Cantoni como líder que enfrentaba las consecuencias de la política yrigoyenista en San Juan. La transformación de la UCRI en Bloquismo surgía de la lucha política contra un enemigo común, y no de una postura ideológica o de principios (que más adelante serían plasmados en la Constitución provincial de 1927, precursora de derechos como el voto femenino, el salario mínimo y el acceso a la vivienda).

Habría muchas cosas más para contar de aquella experiencia formidable que creó un Radicalismo de avanzada, sumamente emparentado con las conquistas del Peronismo. Por lo pronto digamos que, veinticuatro años más tarde, el Peronismo operaría bajo esta misma lógica frentista de acumulación detrás de la figura de un líder, y alejada de exámenes discriminadores –propios de ciertas izquierdas- en base a supuestas purezas ideológicas. Como aquel frente “bloquista”, la “Unidad Ciudadana” surge de la lucha política contra un enemigo común. Y agrupa no sólo a un partido, sino a todos los que respaldan a Cristina como líder que enfrenta al neoliberalismo y todas sus sociopatías.

Por Carlos Semorile.

martes, 20 de junio de 2017

“¿Qué he sacado con quererte?”



En el amor político pasa lo mismo que en el amor de pareja: puede que llegue un momento en que uno se haga la pregunta del título, y que por toda respuesta deba admitir que así “como cambia el calendario, cambia todo en este mundo”. Y a veces, como en el desamor, las cosas cambian para peor. Por eso fue tan significativo el acto en Avellaneda: los que venimos perdiendo por goleada, fuimos a reafirmar que “antes de amar, debe tenerse fe”. 

Durante un  año y medio buscaron que hocicara, que se rindiera e implorara misericordia. Que se arrastrara a un set televisivo para hacer pública su “autocrítica”, y diese por fenecido el ciclo iniciado en 2003. Que replicara, en suma, lo que tantos otros hacen a cambio de una tregua inestable e indecente. Los demás, los simples, los de abajo, sin certezas, sin “partido” ni medios; sin agachadas, sin dobleces ni traiciones; sino solamente con nuestra fe y nuestro amor, nos abrazamos a la única que levanta la bandera de la esperanza.

Y ella nos respondió con una lección política que nos urge asimilar. ¿Querían “vecinos” e “historias reales”? ¿Pedían discursos sin beligerancias? Acá los tienen pero, si “cambia todo en este mundo”, ahora tienen que ver sus caras y escuchar sus historias, y admitir que todos esos nuevos excluidos se sumen a esta Unidad Ciudadana que no pide certificados de pureza partidaria o ideológica. Sólo pide que antes de amar, deba tenerse una mínima fe.

Por Carlos Semorile.

viernes, 16 de junio de 2017

¿Paciencia?



Este asunto de la quita de las pensiones a las personas con discapacidad (que ahora parece que, como dicen los mexicanos, “siempre no”, pero –como pregonan los macrianos- “si pasa, pasa”), me hizo recordar a un personaje que conocí “bajo bandera” allá por Punta Indio, año 1982. Este conscripto era muy menudo y, aunque casi enclenque en cuanto a musculatura, estaba lleno de determinación, astucia y energía. Como tantos otros colimbas, fingía una discapacidad para zafar de la milicia. Sólo que él se llamaba Paciencia.

Como en los microcosmos jerárquicos, arbitrarios y violentos, los denigrados reclutas rápidamente denigraban a su vez a aquellos que estaban apenas un escaloncito por debajo de su posición. Esto ocurría masivamente, como cuando los porteños -alentados por los suboficiales- gastaban a los puntanos, y se daba con una saña que hoy llamaríamos “bullying” en casos de particular indefensión. Como parte del ritual injuriante, casi todos le tocaban la pelada al pequeño Paciencia mientras le decían: “Ya vas a crecer, tené paciencia”.  

El hecho era doblemente ofensivo porque se suponía que Paciencia era sordo, y no podía reaccionar ante un agravio que “no escuchaba”. Además, milicos de todos los rangos (incluyendo al personal médico) le habían tendido celadas que iban del susurro al grito más sacado y gutural, pero Paciencia se mantenía firme en su personaje. Casi estaba al borde de la ansiada “baja”.

Pero un día lo traicionó el hambre. Habíamos terminado de comer, y estábamos echados como a unos 200 metros de la cocina. De pronto, espumadera en mano, sale de allí uno de los cocineros y avisa que quien así lo quisiera podía repetir el plato. Mientras muchos se preguntaban unos a otros qué había dicho el gordo de delantal blanco, Paciencia ya estaba con sus cacharros haciendo la fila para volver a almorzar. Ganó el pan y perdió la baja.

Porque Paciencia no era chiquito porque sí: toda su estructura física delataba una historia de necesidades que se remontaba a sus ancestros. Del mismo modo, su capacidad de aguante ante las ofensas era un síntoma claro de aquellas resistencias que se ejercitan en la adversidad y se incorporan al carácter cuando todo es desamparo, sin cobijos ni derechos. Así las cosas, hasta el apellido “Paciencia” parece una declaración de obligadas renuncias.

Entonces, retomando lo del inicio, ¿cuántos “casos Paciencia” creen los funcionarios macrianos que se camuflan entre las personas con discapacidad que reciben pensiones de parte del Estado? Y aún suponiendo que fueran unas cuantas decenas: ¿no perciben que hay un universo de necesidades desatendidas, de sujetos que todavía no alcanzaron sus derechos? ¿Y no creen que ya está bueno de jugar al diálogo y, al mismo tiempo, hacerse pasar por sordos? ¿Cuánto más creen que pueden seguir reproduciendo este modelo arbitrario y sumamente violento, donde los denigrados se bancan sin chistar los oprobios? Y, sobre todo, ¿no se dan cuenta que se agota la paciencia?

Por Carlos Semorile.