lunes, 6 de noviembre de 2017

“Señores, ustedes son unas bestias…”



A principios de los ´80, el padre de un querido amigo nos recomendó dos cosas que aún le agradezco: que sacásemos un abono para el ciclo Teatro Abierto, y que fuésemos a estudiar cine con un amigo suyo. La experiencia de Teatro Abierto fue tan maravillosa que me exime de otros comentarios. Por razones que no vienen al caso, las clases de cine no duraron demasiado, pero el cineasta llegó a recomendarnos una peli que bajo ningún concepto debíamos dejar de ver: “La esclava del amor”.

El film de Nikita Mijalkov pinta con maestría los crujidos que anuncian el derrumbe de un universo aparentemente inmutable y eterno, el de los zares de la madre Rusia, y la violencia que ese mundo despliega para evitar la inexorable llegada de un tiempo de insurrección y de justicia. En el centro de los acontecimientos se halla una famosa actriz de cine mudo, tan bella como hueca, que sin embargo de a poco va despertando a una verdad que no es la de los decorados y los sets.

Podría decir que recuerdo de “La esclava del amor” porque se acerca el Centenario de la Revolución Rusa, y quedaría como un duque. Pero no. Me acuerdo más bien debido al meollo de la trama, que plantea cómo una conciencia distraída, hasta el extremo de lo banal, puede llegar a percibir lo esencial de una época. La actriz, enamorada de un cameraman bolchevique que filma los fusilamientos clandestinos que llevan adelante las fuerzas zaristas, empieza a ver de qué va la cosa.

No se trata de algo que ella haya buscado, o que tenga la intención de sumarse a la causa de los desposeídos. Más bien sucede que la realidad la golpea porque de buenas a primeras asesinan a su amado, y ella se encuentra huyendo con los rollos de película que desenmascaran los crímenes del régimen. Una patrulla de la Guardia Blanca –una banda de cosacos sedientos de sangre- persigue el tranvía en el que ella viaja, y cuyo motorman ha decidido abandonarla a su perra suerte.

Asomada al último vagón, y con la expresión absolutamente transfigurada, el rostro de la otrora beatífica actriz es ahora una máscara que resume todo el espanto de un despertar abrupto y sin medias tintas: “Señores –le dice a sus perseguidores-, ustedes son unas bestias… Su propio país los maldecirá…”.    

Toda época ofrece coartadas para el escapismo y la trivialidad. Pero también pide que se la comprenda y que, cuando los cosacos vienen degollando, seamos capaces de decir: “Señores, ustedes son unas bestias”. Más temprano que tarde, “Su propio país los maldecirá”.

Por Carlos Semorile.

lunes, 30 de octubre de 2017

Kartunópulos



¡Qué delicia escuchar a Mauricio Kartun! ¡Con cuánta admiración y cariño lo presenta Jorge Dubatti, sin que suene a demasía cuando dice que “Kartun es Shakespeare, no sé si lo tienen claro”, y enseguida comenta que acaba de ser traducido al griego, tomá pa´ vos! La charla se da en el Teatro del Viejo Consejo, en San Isidro, dentro del ciclo de la Escuela de Espectadores que dirige Dubatti. Antes y después, en la plaza y en el CC REA, disfrutamos de unos payasos divertidísimos.

Dichosa jornada teatral completa, entonces, pero con el plus que significa acceder al riquísimo mundo reflexivo de un dramaturgo “con estaño”. Un tipo cuyo padre le legó la sabiduría para pescar en el entramado del flujo de intercambios, y supo cómo intermediar entre los que compran y los que venden. Podría haber sido uno de esos comerciantes con un terrenito en Benavídez para llenar la Pelopincho los fines de semana, pero supo advertir que el tiempo es el bien más preciado que tenemos –lo único que no podemos reponer-, y se dedicó a crear, a hurgar en los mitos que nos constituyen, y a trascender.

Claro que dicho así suena solemne, cuando todo en Kartun –para chorearle un concepto al Negro Fontova- es absolutamente “vasodilatador”. Que te cagás de risa, hermano, eso quiero decir. Pero también digo que aprendés un montón porque el tipo ha pensado mucho y bien sobre su oficio, y además es tremendamente generoso y brinda sus pensamientos con una ternura rea que no es nada habitual.

Y aquí también “trasciende” –como en su teatro y en su docencia-, porque uno se apropia de esas ideas y comprende que es verdad que si te dedicás al mundo creativo estás por afuera del circuito de la producción en serie. Pero “por afuera” filosóficamente hablando, al punto que estás del lado de la poesía, del lado de lo contrahegemónico, del lado donde todo el tiempo se hace antítesis y, sólo a veces, síntesis.

 Y también del lado atorrante de la vida, del lado de los que alguna vez se animaron a pensar cómo sería posible “vivir sin laburar”, acaso sin delinquir. De esa esquina donde se juntan los que se emocionan con un poema de Gelman o con Raúl González Tuñón, los que se pintan la cara para que afloren las sonrisas ocultas y de los que, como marineros griegos, en sus brazos se tatúan a Rosita y a “la madre anciana”.

Los que son capaces de hacer un ritual en base a su mito personal, y entender que de eso se trata: de permitir que aflore la nostalgia, y trabajarla luego para que dé sus frutos. Y plantarla, con paciencia de jardinero, para que un día, en un sótano porteño o en algún otro arrabal del mundo, un montón de espectadores vuelvan a purgar sus emociones ante un Dios criollo, que es apenas un folklorista fracasado.

Por Carlos Semorile.

jueves, 26 de octubre de 2017

Usted preguntará por qué transaron…



Mientras “se cargan” a Julio De Vido, es lícito hacerse algunas preguntas sensatas. ¿De qué modo llegan a coincidir un grupo mediático hegemónico, una serie de fiscales y jueces, y un grupo variopinto de legisladores que cubre todo el arco político, con excepción del Kirchnerismo. ¿Qué elementos tiene el Poder para encanar a un ex funcionario, que además es diputado y que ni siquiera tuvo un juicio?  

La respuesta está en el libro “Papel Prensa, el Grupo de Tareas”, de Víctor Hugo Morales. Allí Morales rescata el testimonio que José Pirillo (ex dueño de La Razón) brindara en el Juzgado Nacional en lo Penal Económico Nº 4 en octubre de 2010. En su declaración, habla de un “departamento secreto de inteligencia que funcionaba en Papel Prensa” y, ante la pregunta del juez Martín Castellanos, Pirillo se explaya:

 “Dicho departamento no sólo funcionaba en Papel Prensa, sino que lo hacía en los tres diarios (aclaremos: Clarín, La Nación y La Razón). Se encargaban de reunir información sobre gastos que efectuaban jueces, fiscales, funcionarios públicos a través de tarjetas de crédito. A modo de ejemplo, se recibía información del Banco Central sobre el consumo de un determinado juez, y esos datos se contrastaban con las tarjetas de crédito para verificar el consumo del grupo familiar de aquel. La empresa investigaba lo gastos del funcionario y de su núcleo familiar y cuando excedían a los ingresos en blanco que recibían, se emitía un anónimo a dicho funcionario.
A los pocos días, desde alguno de los tres diarios, se le hacía saber a dicho juez que se había recibido un anónimo y que necesitaban una entrevista personal para confirmar tal información, ello con el objeto de publicarla o no. Jamás se publicaba esa información porque se acordaba con el funcionario investigado, quien quedaba en deuda con el diario por el favor que se le hacía al no publicar lo que ese medio sabía. Los tres diarios recibían copias de dicha información, siendo la misma depositada en sus respectivos diarios, para ser utilizada en el momento que resultase necesario.
En Papel Prensa el departamento de inteligencia funcionaba en el piso sexto o séptimo, aclarando que tal inmueble no figuraba a nombre de la compañía y se mantenía en secreto el propietario del mismo”.

Víctor Hugo agrega que este espionaje fue potenciado luego por la sociedad entre Clarín y Techint, quienes juntas controlan Impripost, la empresa que se encarga de los resúmenes de las tarjetas de crédito de todo el país. Y también menciona que “José Pirillo falleció en Río Gallegos a causa de una severa intoxicación que no pudo ser controlada”, y apenas dos meses después de declarar ante Castellanos.

Si usted se pregunta por qué tantos defeccionan, consumen “sanguchitos, cambian de discurso o simplemente son dóciles, relea este relato y piense qué gran peli no están filmando nuestros cineastas.

Por Carlos Semorile.

lunes, 2 de octubre de 2017

“Un abrazo hermanador”



Los argentinos hacemos honor a una bella herencia gaucha que se expresa en el sentido que le damos a la palabra “hermano”, que a veces no es el sanguíneo sino aquel que se la juega con y por uno. Todas esas variables fraternas se dieron cita hoy en las palabras de Sergio Maldonado, desde el infructuoso anhelo de que algún gendarme se la jugara -como Cruz con Fierro-, al descubrimiento de una fraternidad ampliada, esa que nos hermana con el compromiso de Santiago y de tod@s l@s que luchan. Ayer la Plaza tuvo mucho de congoja porque, como vos dijiste, aprendimos a querer a Santiago. Por eso, y mientras reclamamos Verdad y Justicia, te mando un fuerte abrazo hermanador.

Por Carlos Semorile.

domingo, 24 de septiembre de 2017

“Fue tu odio”



Ir a ver de nuevo “Terrenal”, volver a encontrar la fraternidad en disputa de los dos formidables Claudios (Da Passano y Martínez Bel), hallar en falta la contundente presencia física de Claudio Rissi, pero admitir a cambio que Rafael Bruzza nos brinda un Tatita también excepcional y pródigo en elocuencia. Purgar, en fin, por el terror y la piedad las muchas emociones de un presente ominoso, gracias a una dramaturgia luminosa y a un festín teatral impar, único, del carajo.

Y escuchar mejor un texto que estremece los cimientos del mundo del Capital y entender, en las palabras de Abel a Caín, el origen de nuestros males: “No sé cómo lo hiciste, pero sé que fuiste vos. Fue tu odio”.

Por Carlos Semorile.

martes, 12 de septiembre de 2017

El valor de la palabra



Sin respuestas políticas, apenas apelando a sus instintos represivos corregidos y aumentados, el establishment vernáculo ha decidido confrontar, tanto en el Norte como en el Sur, con los pueblos originarios y sus representantes, aquellos para quienes la palabra, y el cumplimiento de la palabra empeñada, mantienen su valor. No es un valor que cotice en el mercado, pero es sagrado y ellos lo saben.

Deberían saberlo much@s otr@s argentin@os, pues durante 12 años hubo un rescate de la palabra pública, esa que debería valer lo mismo que una firma o un juramento. Pero, claro, también persiguen a la mujer que, justamente haciendo uso de la palabra, puso en evidencia –y pone todavía- a todos aquellos que degradan en los hechos lo que dicen o inclusive cantan con sus bocas. Porque no se trata de gestos, se trata de comprender, comunicar y hacer legible el sentido de una época.

Frente al hecho cierto de la desaparición forzada de Santiago Maldonado, ese sentido busca ser tergiversado o directamente arrasado. Recién nomás, y frente a cámaras, una patota de policías de civil buscó infiltrarse entre quienes se manifestaban frente a los tribunales de Esquel. Aún descubiertos, uno de ellos pretendió llevarse a un manifestante, como si no bastara con la vida en vilo de Maldonado.

La batalla cultural que está en la base de los combates sociales argentinos de ayer, ahora y siempre, es dirimida de muchos modos, algunos bastante sofisticados, otros muy rudimentarios. Pero a tod@s debería preocuparnos el angostamiento de las alternativas que, en las actuales circunstancias, tiene el futuro del proyecto comunitario. Acaso debamos mirar con mayor atención a los pueblos originarios y, como ellos, hacer un credo de la Cultura, la Palabra, y la Justicia como verdaderos sostenes del devenir humano. Después de todas las que pasamos, y aunque cueste creerlo, nos va la vida en ello.

Por Carlos Semorile.

Lo que no fluye…



“A través de la ciudad” recopila las notas que Raúl Scalabrini Ortiz escribiera para La Nación entre 1928 y 1930, cuyo contenido está dedicado a cuestiones de índole municipal de la ciudad de Buenos Aires: baches, impuestos excesivos, servicios mal prestados, baldíos donde pululan las ratas, cuadras “tomadas” por barras de muchachotes insolentes, empresas que incumplen normas, inspectores coimeros, obras inconclusas, inundaciones, falta de alumbrado público, etc.

Es una oportunidad para quienes deseen conocer la ciudad de hace casi un siglo, y puede ser leído en una línea de continuidad respecto de la “Crónica y diario de Buenos Aires”, en la que Alberto Mario Salas recrea la aldea colonial de Santa María, ya aquejada de muchos de esos mismos problemas que un siglo más tarde retomará Scalabrini.

Pero, sobre todo, es una excelente ocasión para conocer al Scalabrini anterior a su etapa de lúcido ensayista del Pensamiento Nacional. Del primero al segundo hay una distancia considerable, y es lícito imaginar el arduo trabajo que Scalabrini fue haciendo consigo mismo para despojarse de ideas que obstaculizaban su comprensión del país y de las fuerzas que imposibilitan su emancipación. Como él mismo dijera: “El que no lucha se estanca, como el agua. El que se estanca, se pudre”.   

No es fácil acceder a las sencillas verdades que nos brindan los pensadores nacionales y populares, y no lo es por la simple razón de que todo está dispuesto para que no encontremos nunca los tesoros del Pensamiento Nacional. Pero aún hallando el escondido cofre de las generosas y patrióticas reflexiones de nuestros pensadores, todavía hay que despojarse del “autodesagrado argentino”. Y hacerlo cada día…

Por Carlos Semorile.