sábado, 10 de diciembre de 2016

DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE (Sepan disculpar las involuntarias omisiones…)



De un año a esta parte, la única certeza que tenemos las argentinas y argentinos es que cada día nos espera una nueva calamidad. Todo comenzó del mismo modo en que iba a continuar y aún continúa: con un atropello constitucional para impedir que se produjese el normal traspaso del mando de Cristina a Macri. Casi de inmediato, el gobierno de los Ceos intervino la AFSCA, y se dedicó a pulverizar la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual para impedir cualquier crítica con las medidas que estaban a punto de tomarse, e inclusive disciplinar aquellas voces que tímidamente se atrevieran al disenso. Por esos días, y también en flagrante violación a las leyes, se pretendió hacer entrar por la ventana a dos nuevos miembros de la Corte Suprema de Justicia. Luego, estos mismos paracaidistas lograrían sus pliegos merced a la Cámara de Senadores convertida en corte de los milagros.

Otras de las urgencias del staff empresarial que nos desgobierna fue liberar el tipo de cambio, y en un abrir y cerrar de ojos el dólar alcanzó el mismo valor que tenía en las cuevas desde las que siempre se produjeron corridas cambiarias de tipo destituyente, cuando no directamente golpista. Como cualquiera podría haber previsto, un dólar a casi 15 pesos trajo consecuencias inmediatas en el precio de alimentos básicos de la canasta familiar (recuérdese el aumento del pan y el aceite), y afectando la capacidad de consumo de las familias argentinas. Al unísono, derogaron el mal llamado “cepo cambiario”, y anunciaron que desde ese momento cualquier ciudadano podía comprar tres millones de dólares mensuales. Y ese tipo de cinismo (aumentar la carne y hablar de la libre disponibilidad de divisas) sería su única coherencia conocida.

También corrieron, con presuroso afán, detrás de las demandas de los fondos buitres, contradiciendo todos los manuales del buen negociador (así se trate de una permuta de trigo por gallinas), y al mismo tiempo se interesaron en denominar como “holdouts” a nuestros esquilmadores. Y, en la misma línea de cumplir con los compromisos realmente asumidos ante sus mandantes, no dejaron pasar casi nada de tiempo antes de suprimir las retenciones a la minería y a la producción agropecuaria, especialmente a la soja. El verdadero agujero negro que semejantes medidas le producían a las arcas públicas, comenzó a ser saldado con toma de deuda a un ritmo escandaloso, superando incluso las insultantes cifras que la Dictadura Militar-Empresarial descargó sobre las espaldas del pueblo argentino. Y ello con el acuerdo de quienes, desde el Parlamento, traicionan no ya a un partido o una líder, sino a la Patria.

Mientras en los despachos de quienes están de los dos lados del mostrador se pergeñaban una serie de tarifazos descomunales (que irían acompañados de “consejos” a la población que fueron verdaderas provocaciones), comenzaba una oleada de despidos masivos en el sector privado y también en el sector público, estos últimos  acompañados de una persecución ideológica inédita en más de 30 años de democracia. Revisión de los perfiles que los empleados tienen en las redes sociales, elaboración de listas de indeseables, allanamientos nocturnos (al mejor estilo Grupo de Tareas, con puertas demolidas a patadas) en los domicilios de jóvenes funcionarios del gobierno anterior, fueron algunas de las directrices que se autoimpuso “el equipo del diálogo y del consenso”. El revanchismo tomó la forma de la acechanza, y se determinó que las fuerzas de seguridad se dedicasen a la cacería del disidente.

Y esto fue así desde un inicio: el 10 de diciembre de 2015, la Guardia de Infantería reprimió a los trabajadores bancarios, a quienes impidió la llegada a la Plaza del Congreso. Poco después, cobraron los estatales de La Plata y en esa misma ciudad varias mujeres de organizaciones sociales fueron baleadas cuando reclamaban por trabajo y comida frente a la gobernación. Casi enseguida, los militantes del CC Batalla Cultural de Olivos fueron desalojados a los golpes, privados de la libertad y torturados en una comisaría (meses más tarde, cuatro de ellos serían perseguidos y baleados en un rocambolesco e injustificado hostigamiento policial). Hay que recordar también al pibe baleado en una murga, el secuestro del hijo de una dirigente de ATE, los muchos locales atacados en diversas ciudades, las dos militantes baleadas en Villa Crespo, y la muy dudosa muerte de un dirigente de la comunidad senegalesa.

Entre tantos hechos -que, dicho sea de paso, nunca son ni investigados ni esclarecidos-, hubo desde detenciones de simples gentes de a pie que pretendían manifestarse frente al presidente o sus ministros, o aprietes por llevar un cartel y/o cantar en un tren, hasta importantes represiones como la ocurrida en Rosario durante el ¡privatizado! acto del Día de la Bandera, o la de ayer mismo en Córdoba capital, todas acaecidas bajo la misma idea de que los actos públicos se desarrollen en un clima de “total normalidad”. Sólo que dicho espejismo oculta la formidable persecución de que es objeto la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner -y miembros de su gabinete-, así como el intento (desbaratado por la movilización popular) de arrestar a Hebe Bonafini. Claro que aún persiste la injustificada detención de Milagro Sala, a la que ahora viene a sumarse el asesinato en prisión del hijo de uno de sus colaboradores.

Sería injusto no mencionar el fenomenal levantamiento popular que se produjo desde antes de la derrota de noviembre, y que se continuó en cientos de plazas autoconvocadas, plazas que más tarde tuvieron una expresión algo más orgánica pero igualmente dinámica, y que contrastan fuertemente con la apatía y los vallados que signan los protocolares y abúlicos mítines de quienes llegaron al gobierno estafando al electorado. A aquéllas plazas le siguieron marchas y convocatorias cada vez más masivas, amén de cientos de movilizaciones de gremios, de sectores, de vecinos, todos ellos de alguna manera heridos o preocupados por políticas que los afectan directa e indirectamente: el alza constante de precios y servicios, la quita de beneficios y derechos, la caída del salario y el aumento desbocado de la inflación, el cierre o la desarticulación de programas sociales, la negativa a reabrir paritarias.

En cambio, el programa neoliberal en curso promovió a la apertura de las importaciones, con un olímpico desprecio por el trabajo, el esfuerzo y el capital social acumulado de los argentinos, y asimismo alentó el regreso de la tristemente célebre bicicleta financiera, dando paso a una fabulosa fuga de divisas. Se trata, en suma, de una inmensa transferencia de recursos que pasan, como por un tubo, del sector del trabajo al sector del capital y que también tiene su correlato en términos psicosociales pues este retorno al pasado, implica el retorno de la fragmentación, el abatimiento y la desdicha. Nada les interesa tanto a los enemigos declarados del pueblo argentino como verlo sometido por un yugo menos evidente, pero tanto más limitante que el de la esclavitud económica. La estigmatización de “la pesada herencia” es un objetivo primordialísimo de quienes cada día buscan ofendernos y humillarnos.

El gobierno de “los millonarios offshore” (en cuentas que primero no existen, luego un poco y al final se “blanquean”, incluyendo a los papis evasores), trabaja en dos direcciones que convergen: por un lado, el desguace de todo aquello que representa un avance en términos de desarrollo, capitalización e industrialización, con su correspondiente mejora en la vida de los trabajadores; por otro lado, la negación de toda la historia de luchas y conquistas del pueblo argentino. Negacionismo de los 30.000 desaparecidos, pero negacionismo a la vez de todo lo que representaron y representan los movimientos nacionales y populares de la Argentina. Uno podría hasta comprender la lógica por la cual parlamentarios, sindicalistas y gobernadores avalan la entrega del país a la usura despiadada del buitrismo de adentro y de afuera. Lo que no se entiende, como dijera Buenaventura Luna, es que sean dirigentes “sin Patria ni destino”. 

En síntesis, todo está en peligro, desde las situaciones personales (los indicadores de salud se deterioran a pasos agigantados), a las comunitarias (se desarticulan espacios o se los degrada), y las sociales (donde los medios continúan sembrando confusión, intolerancia, odio y violencia). Como dijera hace muchos años García Márquez: “Veinticuatro horas diarias de literatura periodística terminan por derrotar el sentido común hasta el extremo de que uno tome las metáforas al pie de la letra”. Entonces, y recapitulando: quienes habiendo sido engañados se empeñen en mantenerse como “monotributistas de la sordera” seguirán a merced del relato de los medios, y a quienes se animen a abandonar la colmena, los espera un puesto de lucha en esto que cada día se parece más al Diario del Año de la Peste. Y ese olor nauseabundo que usted percibe, es que nos están embadurnando con mierda.

Por Carlos Semorile.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Soñar cosas queridas



Hay una polémica olvidada en torno al “idioma nacional de los argentinos”, nacida al calor de un planteo audaz que decía justamente éso: que nosotros hablábamos una lengua propia y que hablarla era parte de nuestra emancipación como pueblo y como nación. Los que se animaron a sostener tamaña osadía (tanto en las primeras décadas del siglo XIX, como a principios del siglo XX), cobraron como locos. Les dieron para que tengan y guarden.

Sin embargo, dejaron sembrada una cuestión que siguió estando, justamente, en boca de todos o casi todos. Borges mismo se ocupó del asunto y terminó concluyendo que no había un “idioma argentino” pero sí “un matiz de diferenciación (…) que es lo bastante nítido como para que en él oigamos la patria (…) Pienso en el ambiente de nuestra voz, en la valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas palabras, en su temperatura no igual”.

Tiene su encanto, pero no deja de ser una manera elegante de dar por concluida una disputa y dejar al idioma en manos de sus detentadores letrados y cultos, y a salvo de sus variantes populares y plebeyas. A la vez, deja afuera algo del alma de los hablantes que se hace presente entre quienes usamos el “voseo” como un trato entre iguales, sin jerarquías ni reverencias. El voseo es bastante más que una temperatura emocional, es un radical anhelo igualitario.

La música popular de Buenos Aires siempre tomó en cuenta el idioma de la calle, y el lunfardo y sus mezclas fueron modos de sostener una lengua propia en contra de la lengua oficial pero dentro de ella al mismo tiempo. En este contexto, cuando acudimos al sonido de un “Chiflido” sabemos que vamos al encuentro de algunas de esas voces plebeyas cargadas de pertenencia, emoción e identidad. Es decir: vamos a escucharnos a nosotros mismos.

Este folletín tiene mucho de chamuyo encarador, como pasa en cualquier milonga que se precie, pero no es puro barullo sino más bien una esperanza de “bellas criaturas danzantes que al son de la orquesta parecen flotar”. Hay que ser muy chambón para no irse detrás de las fintas de “La Piba Uau”, o para no comprender que un sueño que dura una noche es un sueño que dura una vida. Estos llamados y estas canciones también son parte del idioma nacional.

Claro que no faltan ni el desconsuelo del pobre, ni esos hachazos que pegan duro cuando “la vida es rezongo de cosas perdidas”. Pero este “Chiflido” es un convite a festejar los aromas de amor que perduran cuando somos capaces de celebrar la vida con palabras y músicas que nos pertenecen en cuerpo y alma, y nos “vosea” que no nos olvidemos que tenemos una lengua propia y que cantarla es parte de nuestra emancipación como argentinos y argentinas. Porque en el Sur soñar es más lindo cuando soñamos con cosas queridas.

Por Carlos Semorile.

sábado, 3 de diciembre de 2016

“Susurro entre poetas”



(Foto de Roberto Chile, intervenida por Ernesto Rancaño, 2010)

Quien en estros días no esté siguiendo el cortejo que lleva los restos del Comandante desde La Habana a Santiago de Cuba, difícilmente pueda explicarse el universo en el que vive. Esos millones de cubanos de todas las edades, pero especialmente los niños y jóvenes cantando –como en un juramento- “Yo soy Fidel” dan la medida de que “en una sola marcha cabe el mundo”, y de que no fue “vano el gemir en la querella, la angustia lenta y cansancio largo”. Por tanto pueblo volcado en las calles en oleadas de amor y gratitud, por tanta tristeza y congoja, pero también por tanta libertad en las conciencias, diremos junto con el poeta: “Aunque el dolor me anegue, no he de estallar en llanto. Cuando la muerte llegue, le entregaré este canto”.

Por Carlos Semorile.

viernes, 7 de octubre de 2016

Fidel y el huracán



(Foto: paso del huracán Matthew por Haití)

Veinte años atrás, el 17 de octubre de 1996, estaba en La Habana cuando el huracán Lili azotó la Isla de la Juventud y la provincia de Matanzas, causando importantes daños a la economía cubana. Pero nada más: ni un muerto, ni siquiera un herido. De los días posteriores, recuerdo una entrevista televisiva a una mujer mayor, una campesina muy humilde, cuya casa había sido barrida por el huracán. Un periodista le preguntaba si estaba angustiada (imaginen las horas de pantalla que llenarían aquí con las lágrimas de la vieja), pero la digna señora lo negó de plano: “Aquí los muchachos –dijo señalando a unos jóvenes que ya estaban limpiando el terreno- me van a hacer la casita de nuevo”.

De los días anteriores, recuerdo las patrullas de militantes visitando a las familias de La Habana Vieja -zona delicada justamente por su antigüedad-, persuadiéndolas de evacuar sus casas y acudir a los centros de refugiados, con la certeza de que sus hogares y sus bienes serían resguardados por la policía (Rodolfo Livingston solía decir que los policías cubanos son más buenos que las psicólogas argentinas). Pero sobre todo recuerdo las extensas pláticas que cada noche mantenía Fidel con el meteorólogo y especialista en huracanes José María Rubiera Torres, y que eran verdaderas clases televisadas sobre todo lo que el pueblo cubano necesitaba saber respecto del temido “Lili”.

No necesito agregar casi nada más. Cada quien se puede imaginar a Fidel “peloteando” al Director del Centro Nacional de Pronósticos del Instituto de Meteorología de Cuba, exigiéndolo al máximo, pidiendo que no quedara ninguna hipótesis sin trabajar y ningún vaticinio sin revisar a fondo. Cada jornada de espera, era un día de trabajo en función de minimizar los riesgos y de aumentar la conciencia y la épica popular. Por eso me indigna cuando se habla de catástrofes naturales y solamente se sientan a contar las muertes (que podrían haberse evitado) y las “desgracias” que no debieron haber ocurrido. “Lili” le hizo serios daños a los cultivos de un sector de la Isla. Sólo éso. Tiempo después, cruzó el Atlántico y mató a 4 personas… en Inglaterra. 

Por Carlos Semorile.

sábado, 10 de septiembre de 2016

El goce pagano



Qué hermoso que es el Negro Fontova!!! Anoche fuimos a verlo al Teatro Roma de Avellaneda (“Cómo el Colón, pero para todos”), donde brindó un recital de música folklórica, “El color de mi tierra”. Cantó piezas de Dávalos, Castilla, Margarita Palacios, los dos Falú (Eduardo y Juan), el Cuchi Leguizamón, los Hermanos Ábalos, el Duende Garnica (“El olvidao”, reclamado a gritos desde la platea), y algunas hermosas composiciones propias.

Antes de cada tema, el Negro nos regaló unos breves apuntes biográficos de los distintos autores y compositores, desasnándonos con aspectos ocultos o poco conocidos de sus vidas. Luego, la impecable interpretación de zambas, chacareras, cuecas, y demás ritmos que en la voz de Fontova tienen justamente “el color de mi tierra”, y que en su guitarra Clarita alcanzan una coloratura que muchos conjuntos no consiguen ni poniéndose “tecnos”.

Todo el recital transcurre como si el Negro nos hubiera invitado a la sala de su casa, y entonces se permite chistes zafados, salidas locas, pasos de varieté, homenajes a figuras que todos amamos, puteadas homéricas para todo el gorilaje y cantitos militantes como aquel de “vengo bancando este proyecto…”, pero en inglés y dedicado al juez Griesa y a su joroba de buitre imperialista. El Negro es un hechicero, un prestidigitador que va envolviendo al público en las deliciosas aguas de los humores vasodilatadores de la risa.

Abajo del escenario, lo espera una buena cantidad de gente que quiere abrazarlo, sacarse una foto, contarle que fueron vecinos suyos hace una punta de años, o simplemente agradecerle la dicha de haberlo escuchado. Gabriela Martínez Campos -su compañera, a la que Fontova nunca deja de mencionar-, organiza todo ese caos de un modo amoroso y, al mismo tiempo, coreográfico. El Negro, por su parte, no se la cree y siempre, pero siempre hay alguien más que merecería toda esa atención y ese cariño (ayer era un cura del grupo de la Opción por los Pobres, pero lo mismo da: podría haberse tratado de cualquier otro u otra). El Negro sigue siendo el mismo hippie de sus años mozos, y eso es mucho decir.

El mismo Fontova que nos hacía delirar de gusto en su boliche “El Goce Pagano”, cuando éramos todos unos pibes y bailábamos como poseídos en aquellas pachangas alucinantes de música, amigos y amores. El mismo anarco que armó su atrevida campaña presidencial cuando la democracia ya comenzaba a demostrar sus límites y sus vicios liberales. Y, a la vez, es otro Fontova: es este Negro que supo escuchar el latido de la tierra argentina de estos últimos años, y no teme embanderarse como nacional y popular. 

Siempre lo fue, y por eso es un artista que está en el corazón del pueblo que se identifica con este Negro atorrante que, en medio de un concierto, arma un desparramo de alegría cuando dice: “Qué lindo que es armar quilombo!”. Por eso es el Comandante de todos los negros dichosos de estas pampas irredentas. El Sultán del Goce Pagano. El dichoso enamorado de su Gaby.

Por Carlos Semorile.

lunes, 5 de septiembre de 2016

De “tradicionalistas” y tradicionales



En la política argentina pasa un poco –un poco bastante, a decir verdad- lo mismo que pasa con el folklore, que está lleno de “tradicionalistas” que son los dueños de las figuras, de sus legados y de la exégesis que debe hacerse sobre los mismos. Y quienes controlan los diccionarios determinan qué cosas pueden decirse, dónde es adecuado decirlas y cuándo se hace necesario guardar uno de los silencios que, de tan prudentes, se vuelven cómplices. Hay una cúpula sindical que hasta hace muy poco convocaba a marchas lánguidas, con una agenda para el decil de más altos salarios y con planteos salidos de una destituyente usina de mentiras. Luego dejaron pasar como si nada el veto macriano a la Ley Antidespidos, y hoy mismo estuvieron negociando un bono navideño. Nos siguen subestimando. La impresionante Marcha Federal que colmó de pueblo y de demandas “la plaza de nuestras libertades”, debería servir para volver a discutir los legados y los diccionarios. La verdadera tradición –Perón y Evita, pero también Néstor y Cristina- es de los que luchan.

Por Carlos Semorile.

lunes, 29 de agosto de 2016

Las tres irlandesas



Me recomendaron la serie “Rebellion” que trata sobre el Alzamiento de Pascua de 1916, cuando “las orgas” republicanas tomaron los principales edificios públicos de Dublín y decretaron el nacimiento de la República de Irlanda, en abierto desafío a la corona inglesa luego de siete siglos del más feroz y despiadado colonialismo. Primera crítica a esta serie de notable factura visual: estas largas, tristes y humillantes siete centurias brillan por su ausencia.

Es cierto que pueden rastrearse algunos de sus efectos, cual si fueran “restos” que van quedando adheridos en las relaciones de una comunidad fuertemente atravesada por sus “deberes” de lealtad al rey extranjero. Así, por ejemplo, se ve el retorno a casa de los irlandeses que vienen de pelear, a las órdenes de oficiales ingleses, en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. La explicación es simple: en un país condenado al primitivismo agropecuario no hay trabajo, y entonces sobran los hombres dispuestos a enrolarse para que a sus hogares llegue al menos una mísera paga mensual. Apenas llegan, una militante nacionalista les recrimina que peleen bajo la bandera británica.

Ella es una de las irlandesas arriba mencionadas, “las tres pequeñas doncellas” (según el victorianismo tardío del novio de una de ellas) sobre las cuales se estructura el relato de “Rebellion”. Frances, que así se llama esta joven, ha logrado zafar de enseñar para las monjas de Galway y milita junto al maestro Pádraig Pearse (el futuro presidente del gobierno provisional) en la preparación del Levantamiento. Su prima May viene del condado de Cork y trabaja en el Castillo de Dublín, la sede de la administración colonial: es secretaria y amante de un alto funcionario inglés. No está particularmente inclinada ni a apoyar ni a condenar a los rebeldes, pero termina filtrando un documento secreto que puede salvar el pellejo de sus principales líderes.

 Elizabeth fue compañera de ambas en el período de esplendor teatral y literario irlandés que antecedió a la revolución política, pero claramente pertenece a la clase acomodada de Dublín y su prometido es de aquellos irlandeses que se sumaron al ejército imperial porque “compraron” la promesa inglesa de que la concesión de autonomía y el autogobierno llegarían merced a su apoyo a Inglaterra en la Gran Guerra. Sin embargo, está enamorada del socialista Jim (en la foto con el uniforme de los partidarios de James Connolly, el líder marxista y católico admirado nada menos que por Lenin), y se compromete a fondo con él y con la rebelión en ciernes. Esto, en principio. 

Luego, al correr del primer capítulo y de los cuatro siguientes, aparecen otras subtramas que van perfilando varias de aquellas cuestiones que son la marca en el orillo de la situación colonial: la miseria de las barriadas pobres, el desempleo crónico, la prostitución extendida a sus formas menos evidentes, la persecución política y el chivateo contra los nacionalistas, las tensiones intrafamiliares debido a las lealtades contradictorias hacia la patria o hacia el invasor. Hay también algunas escenas de esas que, ay!, tienden a equilibrar la balanza entre la violencia imperial y la rebeldía emancipatoria. Así y todo, “Rebellion” es una buena entrada a la “cuestión irlandesa”. Bienvenida sea.

Por Carlos Semorile.

sábado, 11 de junio de 2016

“Todo en el aire nos llama aquí”



(Foto: Carlos Brigo)

¡Qué! ¿Por qué no habríamos de decir que anoche nos conmovieron las palabras y las canciones de Liliana Herrero? ¿Por qué deberíamos quedarnos sólo con una “performance” musical, exquisita sin duda, y soslayar nada menos que la emoción? ¿Por qué no escribir que durante el concierto lloramos, pensamos, sostuvimos creencias posibles y de las otras, abrazamos una memoria literario/musical que nos pertenece, nos reímos y cantamos con ganas y, sobre todo, sentimos juntos que “todo en el aire nos llama aquí”?

¿Y si planteamos de una vez que escucharla a la Herrero provoca dislocamientos y rupturas? ¿Y si decimos que eso sucede por el modo en que Liliana regresa a las fuentes, no para perpetuar la tradición como un museo de nostalgias petrificadas, sino para producir una dichosa apertura a un futuro desconocido? ¿Y qué pasa si agregamos que, de tal suerte, esa cultura que creíamos conocer como algo extremadamente añejo y ya perdido, ahora nos parece tan fresca y joven que todavía –para nuestro asombro- sigue naciendo?

Hay una forma estandarizada de interpretar La chacarera de las piedras, y esa manera de abordar el pasado nos roba el futuro, porque le quita a la cultura su poder de desafiar y trastocar. Esa fetichización del paisaje nos deja afuera de la Historia porque un pasado como ése existe como un mero artículo –uno más- para consumir. Anoche, gracias a Herrero y Rossi, escuché por primera vez esos versos y entendí por qué alguien dijo que “el poeta es el creador de un pueblo: le da un mundo que contemplar, tiene su alma en sus manos”.

Ese tipo de poesía fue el que nos regalaron anoche Liliana y sus muchachos. Concedamos que hay algo de cierto en la nostalgia, y que los creadores de nuestra literatura musical dejaron imágenes grabadas en nuestras retinas para que estén ahí, como una retrospectiva imposible y, a la vez, para que sepamos que “todo en el aire nos llama aquí”. Pero es una nostalgia elaborada para que la cultura sea un reclamo de futuro para nosotros, para nuestros hijos  y nietos, y para la dicha posible de una Patria emancipada.

Por Carlos Semorile.

viernes, 6 de mayo de 2016

“Cambiar el mundo de la palabra”



Hoy, en el blog del Pájaro Rojo, leí un muy buen artículo del escritor y activista social inglés George Monbiot -“Neoliberalismo: la raíz ideológica de todos nuestros problemas”- en el que demuestra que la fuerza de esta matriz filosófica radica en que maneja desde las sombras los destinos de cada ser viviente: “El neoliberalismo es tan ubicuo que ni siquiera lo reconocemos como ideología. Aparentemente, hemos asumido el ideal de su fe milenaria como si fuera una fuerza natural; una especie de ley biológica, como la teoría de la evolución de Darwin. Pero nació con la intención deliberada de remodelar la vida humana y cambiar el centro del poder”. Dice Monbiot que “el término neoliberalismo se acuñó en París, en una reunión celebrada en 1938” en la que estuvo el Friedrich Von Hayek, quien seis años más tarde escribió, como quien confiesa un crimen aberrante, un libro llamado “Camino de servidumbre”.

Pero con este asunto del Centenario del Alzamiento de Pascua, ando muy irlandesito y recuerdo que, bastante antes que Von Hayek acuñara el término neoliberalismo, el dublinés W. B. Yeats había alertado sobre “una tradición de vida -perfeccionada y en parte desarrollada por la gente que habla inglés- que ha generado gran riqueza y gran pobreza”, y merced a la cual “cada vida irlandesa era una ruina entre cuyos escombros se podía descubrir lo que tal o cual persona debería haber sido”. Por su parte, Douglas Hyde, otro lingüista y además político irlandés, había manifestado su sorpresa por la facilidad con que los ingleses habían “soportado la pérdida de tantas de sus tradiciones en nombre del progreso material”. Es decir, perdieron lazos sociales de integración comunitaria en nombre de un progreso que no llegaba y dejaba “escombros donde se podía descubrir lo que tal o cual persona debería haber sido”.

Creo que está todo dicho. En el mundo están los Von Hayek, Premio Nobel de economía por llamar neoliberalismo a una doctrina ya existente (“perfeccionada y en parte desarrollada por la gente que habla inglés, que ha generado gran riqueza y gran pobreza”), y están los Yeats, que forman parte de un pueblo rebelde cuyos escritores y poetas “cambiaron el mundo de la palabra”. Y lo cambiaron para la emancipación. Para salir de la servidumbre.

Por Carlos Semorile.

domingo, 1 de mayo de 2016

“La plenitud del placer” (La Organización Negra y nuestros años felices)



Supimos de ellos cuando Sandra y Sergio estudiaban teatro. Hacían “cosas locas” en el patio del Conservatorio Nacional de Arte Dramático, ahí en la hermosa casona -venida a menos- de French y Aráoz. Para las elecciones del Centro de Estudiantes se presentaron como la Lista Negra y, a contramano del resto de las agrupaciones, pidieron lo imposible: “asistencia bucodental en el establecimiento/guardapolvo gris en las teóricas/desparasitación de todos los gatos de la enad, sin excepción/enanos de jardín sobre Aráoz (…) ascensor hasta la terraza/pelopincho en ídem/más camponeatos de jámbol”, entre otras reivindicaciones. Aún para quienes entonces éramos militantes de juventudes políticas, los panfletos de La Negra (como pronto comenzaron a llamarse) eran una invitación a pensar más allá de las bajadas de línea. Como dicen hoy, casi 32 años después, ellos planteaban lo que nadie: una toma de posición artística.

Que esa postura desde el arte haya derivado hacia “performances urbanas entre la vanguardia y el espectáculo” (como dice el muy buen ensayo de Malala González), y que esas intervenciones puedan leerse en clave política, no desvirtúa la intención original. Basta verlos –pero también escucharlos- en el luminoso “ejercicio documental” que con amor les dedica Julieta Rocco. Allí siguen siendo rostros y voces que no presumen de ninguna otra condición estelar, como no sea la de haber formado parte de La Organización Negra y sus distintas etapas: la guerrilla teatral urbana, la etapa de Cemento donde –como dicen- “el público era nuestro”, la Tirolesa en el CC Recoleta (que incluyó una intervención policial digna de un sainete), y hasta la apropiación nada menos que del Obelisco, que les sirvió de camarín y del cual tuvieron las llaves. Más todavía: para quienes los vimos allí, LON envolvió de libertad el Obelisco.

Y es que aún siendo medidos y sumamente reflexivos en sus testimonios, los integrantes de LON van dejando perlas que hablan, claro, de su experiencia, pero también de las vivencias de muchos que vivimos aquel tiempo como alcanzando “la plenitud de placer”. Si se lo piensa bien, eso es mucho decir para quienes habíamos pasado años fundamentales de nuestras vidas bajo el oscurantismo de la Dictadura. Pasaba por la recuperación del goce de los cuerpos –las fiestas se sucedían unas a otras como en un carnaval de poseídos-, pero también pasaba por la “felicidad de hacer”. De hacer sin medios ni recursos, ni mucho menos “sponsors”, y sin embargo nos movíamos, viajábamos, proyectábamos y, como esos muchachos hermosos que se ejercitaban en las orillas de la General Paz, finalmente “hacíamos”. Acaso sin saberlo, éramos sobrevivientes, y nos consumían las ganas de “vivir la verdad”.

La Organización Negra sacudió conciencias desde el impacto visual y corporal, y no desde una elaboración intelectual. Pero cada uno es cada uno y cada cual es cada cual, y a mí me sigue fascinando aquella leyenda suya del “Primer sábado de septiembre” de 1984. “Algunos de los integrantes de La Negra paseando por Dock Sud se encuentran con el espectáculo dantesco del Perito Moreno en llamas”. Y es que todos nosotros veníamos de un incendio dantesco e, instintivamente, nos pusimos del lado del placer y de la vida.

Por Carlos Semorile.

domingo, 24 de abril de 2016

“Una terrible belleza ha nacido”



“Durante el levantamiento de Pascua en Irlanda, Eamon Bulfin, nacido en 1894 en la Argentina e hijo del escritor William Bulfin, iza la bandera irlandesa en el edificio de correos de Dublín. Al fracasar la rebelión, se le perdona la sentencia de muerte por su condición de ciudadano argentino y es expulsado de las Islas Británicas. Al llegar a Buenos Aires es puesto en prisión por haber desertado del servicio militar obligatorio. Más tarde negociará un transporte de municiones desde la Argentina para el Ejército Republicano Irlandés”. El movimiento Sinn Féin (Nosotros Solos, o mejor, Nosotros Mismos) tenía un sustrato cultural (“Tenemos que convencernos de que nosotros no tenemos a nadie que sea mejor que nosotros”), y capitalizaría el alzamiento republicano y, pese al ninguneo de la prensa -para la cual prácticamente no existía- llegaría a ser definido por uno de sus líderes, Eamon de Valera como “la nación organizada”.

Nos interesa esa expresión –Nosotros Mismos, o Nosotros solos- acuñada a fines del Siglo XIX por uno de los líderes irlandeses, Arthur Griffith: “En la primavera de 1905 ‘Sinn Féin’ se había convertido en la etiqueta universal aplicable a  actitudes y comportamientos, ya fuesen políticos, sociales, deportivos, educativos, culturales o económicos, de condición separatista o partidarios de una Irlanda irlandesa. Era un movimiento, una corriente. La expresión no representaba aún a ninguna organización, sino que manifestaba una actitud mental y ofrecía cierta ideología y programa a todos aquellos que deseaban romper cualquier tipo de vinculación con Inglaterra. Era una expresión que abarcaba las grandes diferencias existentes entre los partidarios de esas medidas y los modos de lograrlas”. Sobraban razones para el mal llamado “separatismo”: “La gente en todas partes se jacta o se queja  de los infortunios de sus primeros años, pero nada se puede comparar con la versión irlandesa: la pobreza; el padre alcohólico, locuaz e inestable; la piadosa y derrotada madre gimiendo junto al fuego; sacerdotes pomposos; maestros abusivos; los ingleses y las cosas terribles que nos hicieron durante ochocientos años”. Hacia 1907, el líder indio Pandit Nehru estuvo en Dublín y se llevó una impresión muy favorable del movimiento Nosotros Mismos: “La política del Sinn Fein no consiste en rogar para obtener favores, sino en luchar por ellos. No desean combatir a Inglaterra con las armas, sino ignorarla, boicotearla y asumir pacíficamente la administración de los asuntos irlandeses”. O Nehru miraba sesgadamente, o la situación cambió en pocos años, y hacia mediados de la segunda década del Siglo XX “Irlanda tenia el récord mundial de orgas”. Primero se habían armado los protestantes del Norte para evitar que Inglaterra le concediese la autonomía a Irlanda, luego los sindicalistas para que no volviesen a reprimirlos “impunemente como en la gran huelga de 1913” y, desde ya, los temidos republicanos. Estos últimos grupos “pasaron a ser oficialmente considerados ‘subversivos’, primera vez que la curiosa palabrita, que tanta carrera haría en la Argentina, era usada en documentos públicos”. “La rebelión de 1916 estaba programada para 1914, pero la guerra la pospuso, aparentemente para las calendas griegas”. El de la Gran Guerra no era un tema sencillo, pues los irlandeses eran llamados a pelear al lado de sus enemigos de toda la vida: “Las trincheras son más seguras que los arrabales de Dublín, según afirmaban los carteles de reclutamiento”. Y, como siempre, además de los muertos, los tullidos: “Dublín se llenó de pronto de cojos, hombres cuyas extremidades se habían quedado atrás, en los campos de batalla del Imperio o bien bajo el chirrido de las palancas y los engranajes que daban fuerza a la débil industria dublinesa”.

Pero volvamos a los hechos del Levantamiento: “El domingo de Pascua de 1916, los republicanos comenzaron a concentrarse en sus cuarteles, de uniforme y con armas, cargando canastos de bombas caseras, repartiendo carteles, asignando posiciones, llenando bolsillos con balas y preparando el cuerpo médico, compuesto de unos pocos profesionales y varias mujeres con mayor o menor entrenamiento. Eran una banda variopinta que incluía nobles como Joe Plunkett, hijo del conde Plunkett, uno de los títulos más añejos del país, o la condesa Markiewicz, paqueta de primer agua, feminista y librepensadora que traicionaba clase y país para luchar por Irlanda. Estaba el matemático Eamon de Valera, nacido en Nueva York de padre español pero irlandés hasta los huesos, que tendría una vida larga y agitada y sería presidente de la Irlanda independiente. Había personajes como Michael O’Reilly, que había tomado el título de Jefe de Clan y se presentaba como ‘El O’Rahilly’. Había pibes como Sean Macloughlain, que en cosa de días terminaría de comandante de la división Dublín, con 15 años apenas cumplidos. Y había revolucionarios de tiempo completo y con muchos años de cárcel y castigos en el lomo, como el ínfimo Thomas Clarke, pequeño como un gnomo, y Charles Burgess, que se rebautizó en irlandés como Cathal Brugha, recibiría 25 heridas en el alzamiento y viviría para contarlo”. Había de todo, pero también hubo muchas mujeres porque “el Sinn Féin contaba con una atracción añadida que ha menudo se ha pasado por alto: siempre fue una organización política donde las mujeres fueron bien recibidas”. El papel de la mujer ya era importante en las tribus celtas, de modo que aquí hay un fuerte componente cultural. Por eso, como señala Brian Feeney, “la condesa Markievicz se quedó en el Sinn Féin después de 1910 cuando otros los abandonaron, pues ésta era la única institución que concedía a la mujer todo tipo de oportunidades”. ¿Pero quién era la condesa Markiewicz, y por qué puede narrarse el Alzamiento de 1916 a través de su biografía?

Constance Gore-Booth (tal su apellido de soltera) pertenecía a una de esas familias anglo-irlandesas que nacieron como consecuencia de la política inglesa de ocupación de Irlanda mediante la “plantación” de súbditos británicos. Con 19 años recién cumplidos, “Constance viaja a Londres para ser presentada como debutante ante la reina Victoria (…) El 17 de marzo de 1887, a las tres de la tarde, la Corte en pleno cree estar viendo una aparición (…) El apodo por el que pronto se la conocerá aflora ya en todos los labios: the new Irish beauty, la nueva beldad irlandesa (…) Constance se inclina ante la Reina y retrocede sin pisotearse la cola. Se desvanece la indiferencia que la salvaje muchacha del Oeste experimentaba por Londres y la society de medias de seda más relucientes que el marfil. Al igual que hicieron sus antepasados ante los reyes, la blanca damisela jura fidelidad a la reina negra, toda cubierta de perlas y de condecoraciones. Victoria dirige una sonrisa encantadora a la joven que con el tiempo se convertirá en su más feroz enemiga”. Pero no mucho después, Constance escribe: “¡Qué pandilla de chabacanos son los miembros de la familia real! (…) Tal es mi opinión, después de visitar la Exposición victoriana. ¡No tienen el menor gusto, en ningún campo artístico!”. Y va más allá: “Cuánto odio la lengua inglesa cuando tengo que expresar un razonamiento: su pobreza me vuelve estúpida”. Casada tardíamente con un falso conde polaco, Constance se acerca fervorosamente al movimiento cultural que encabezan los poetas, dramaturgos y escritores nacionales: Hyde, Singe, Wilde, Shaw, Joyce, y Yeats, quien pronuncia una conferencia titulada “De la necesidad de desanglizar irlanda”. El renacimiento gaélico, que buscaba reafirmar la identidad irlandesa, anticipará la revolución política que pronto sacudirá la isla. Activa participante de esta movida cultural, Constance explicaría su propio alumbramiento político: “Desperté a la idea de que Irlanda no se había rendido, y de que existían hombres y mujeres que no habían aceptado la conquista”.

Cerrados todos los caminos de participación, los irlandeses se inclinan por la opción armada. Así, con los conocimientos adquiridos por su aristocrático origen, la amazona Markiewicz se dedicará a entrenar scouts en tácticas de guerrilla urbana: “Dentro de diez años esos muchachos serían hombres. Me los imaginaba alcanzando la mayoría de edad y alistándose, como si tal cosa, en el Ejército o en la policía británicos y, en consecuencia, sometiendo a los de su propia clase a la autoridad inglesa”. (En la novela Un héroe llamado Henry le toman un poco el pelo a la Markievicz: “La condesa incluso adiestraba a los patos del estanque, en medio del parque, inculcándoles los asuntos cruciales de la guerrilla urbana”. Pero, en otro fragmento, se rescata que quemara una bandera inglesa frente al Trinity College el día en que ungían al nuevo rey de Inglaterra, mientras otros miraban espantados y temerosos). Feminista a ultranza, también integrará la Unión de Mujeres que planteaba: “Establecer la completa independencia de Irlanda; alentar el estudio del irlandés, de la literatura, de la historia, del arte y de la música, sobre todo entre los jóvenes; popularizar las manufacturas irlandesas; desacreditar la lectura de obras literarias inglesas, los cantos ingleses; disuadir a cualquiera de asistir a las vulgares representaciones inglesas de teatro o de music-hall; combatir por todos los medios la influencia inglesa, que es una injuria al gusto artístico y al refinamiento del pueblo irlandés”. Casi lo mismo, sería resumido en una pancarta que rezaba: “Aún no has sido conquistado, querido país”. Luego, ya convertida en la “Condesa Roja”, tendrá una destacada actuación en la huelga de 1913, conducida por el dirigente socialista Jim Larkin. Este Larkin, que impresiona nada menos que a Lenin por su triple condición de “socialista, nacionalista y católico romano”, siendo niño se enfrenta a sus patrones en un barco que cubre la ruta entre Moobile y Buenos Aires: “el joven termina encadenado, en compañía de un centenar de ratas que le devoran las uñas de las manos y de los pies”. Por su actuación en la huelga del año 13, Constance recibe una carta de los laburantes: “En una época en que todas las fuerzas del capitalismo se confabularon para aplastar a los trabajadores, en que las fuerzas de la Corona dieron prueba de su tradicional brutalidad y su odio al pueblo, golpeando y asesinando ferozmente; cuando las prisiones estaban llenas de inocentes, hombres, mujeres y muchachas, y el porvenir era sumamente sombrío, usted vino a ayudarnos a organizar los recursos; usted trabajó entre nosotros durante meses, sirvió a la causa del partido con una labor tan incesante, con una actitud tan vigilante, con una perspicacia tan generosa, que logró infundirnos valor a todos los que tuvimos el privilegio de ser testigos de ello”. Un verdadero tesoro.

En la Pascua de 1916, Constance Markiewicz estuvo entre quienes ocuparon los principales edificios de la vieja Dublín para terminar con siete siglos de desembozado colonialismo. Frente a la efigie del almirante Nelson, los rebeldes leyeron la Proclama del Gobierno Provisional: “En el nombre de Dios y de las generaciones difuntas, cuyas tradiciones antiguas ha heredado como nación, Irlanda, por medio de nosotros, congrega a sus hijos bajo su bandera y combate por su libertad”. Yeats escribiría luego: “Una terrible belleza ha nacido”. (Ese día aparece una pancarta de indudable inspiración neutralista: “No estamos al servicio del rey ni del káiser”. En esta oportunidad, Dublín se levanta en soledad, sin acompañamiento alguno: “Dublín estaba demasiado cerca de Inglaterra, y de allí procedían las órdenes y la crueldad”. Por ello, Pearse, otro de los líderes, dirá en un discurso: “Dublín, al alzarse en armas, ha redimido la honra que perdió en 1803, cuando no supo acudir en auxilio de la rebelión encabezada por Robert Emmet”). Además de la bandera tricolor que izó el hiberno-argentino Eamon Bulfin, estaba “la bandera tradicional del país, verde con un arpa dorada al centro. Por suerte el techo estaba alto y no daba para ver que la bandera era un cubrecama verde de la condesa Markiewicz, bordado a mano y con una esquina masticada por su perrito”.

Fracasado el Levantamiento de 1916, “Madame” Markiewicz escuchará desde su celda las detonaciones con las que los ingleses fusilan prolijamente a los líderes de la insurrección. Sus compañeros caen para escarmiento de sus seguidores, y la noticia es recibida con “gritos de alborozo en la Cámara de los Comunes”. (El cineasta Ken Loach, casi más irlandés que inglés, afirma que “los que protagonizaron el Alzamiento de Pascua sabían que iban a morir, pero aún así tenían que aprovechar el momento para declarar la independencia. Al hacerlo, convirtieron la guerra de independencia en una posibilidad. El interrogante de cúan lejos se va en un caso, cuánto se consolida lo que se tiene, es una tensión permanente en los movimientos políticos y revolucionarios”). La Condesa, que no es pasada por las armas “única y exclusivamente en razón de su sexo”, le escribe al tribunal que “habría preferido que ustedes hubiesen tenido la decencia de fusilarme”. Y como para que no queden dudas, dirá años más tarde: “Nosotros hemos conocido la dicha de tener en el punto de mira el corazón de un soldado inglés”. Cuando Yeats escriba la elegía a esa semana crucial, nombrará a la Markiewicz como “esa mujer”. (Y aquí, cómo no, quienes somos del Sur no podemos dejar de escuchar un fuerte eco walshiano). Beneficiada por la amnistía de 1918, Markiewicz regresa a la militancia: “‘Madame’ arenga, insulta y maldice sin descanso a Inglaterra, la bestia negra, el país de sus ancestros, del que hay que desconfiar, asegura a ciencia cierta, ‘porque ella viene de él y lo conoce bien’”. Llegará al parlamento de la mano del Sinn Féin, y cuando se discuta la partición de la isla (jugada de la diplomacia inglesa para debilitar el nacionalismo y la emancipación de los irlandeses), ella se opondrá: “Yo he visto las estrellas, y no pienso seguir la luz vacilante de un fuego fatuo”. Estaba por comenzar la guerra civil irlandesa.

En 1966, al conmemorarse el 50 aniversario del Levantamiento de Pascuas, el IRA (el Ejército Republicano Irlandés, el brazo armado del Sinn Féin, retoño de aquellas jornadas) dinamitó la columna de Nelson: “Desde la torre de Nelson, emblemática de la mirada imperial, los irlandeses no pueden ver ni su propia ciudad ni tampoco a Nelson; la cultura colonial no puede verse a sí misma, ni tampoco a la cultura dominante”. A cien años del Alzamiento de Pascua, elevamos una plegaria para que en Irlanda se pueda volver a decir que “Una terrible belleza ha nacido”.

Bibliografía: Roddy Doyle, Un héroe llamado Henry; Brian Feeney, Sinn Féin: Un siglo de historia irlandesa; Carlos Gamerro, Ulises: claves de lectura; Ken Loach, Desafiar el relato de los poderosos; Fran McCourt, Las cenizas de Ángela; Anne Pons, Constance Markievicz; “Noventa años de la rebelión”, artículo de Sergio Kiernan.

Por Carlos Semorile.

“La estrella que guía”



Todo un cuatrimestre escuchando televisadas huevadas. Ciento veinte días en los que sólo hablaron ellos y otros como ellos. Cuatro meses de mentiras, adulteraciones y falsías. Salvo honrosas excepciones, los que tuvieron la palabra avalaron la fábula macriana sobre la necesidad de “hacer cirugía mayor sin anestesia” para salvar al moribundo.  En la tele, hicieron algunos “mohínes opositores” pero terminaron haciendo la apología del retorno al pasado.

Y todo hubiese seguido así de previsible, monótono y tedioso, de no ser por el retorno de Cristina y sus palabras grávidas de verdades. Verdades que corrigen los desviados ejes de todos los falsos debates, para que vuelva a discutirse la agenda del pueblo y no la del “gabinete offshore”. Una plataforma de derechos y no una de resignaciones, de garantías y no de intimidaciones, de libertad y no miedo. La dignidad de la palabra empeñada, no su degradación.  

La tele –espejo deformado y deformante, pero espejo al fin- comienza a dar cuenta de esta novedad y, donde antes había “armonía a cascotazos” (o arrodillamientos vergonzosos y vergonzantes), vuelven a escucharse planteos y cuestionamientos. Sí!, hasta vuelven a escucharse gritos donde antes se enseñoreaba la medianía del pálido consenso. Estaban muertos, muchachos!, estaban como “falleciditos” y les volvió el color a la cara, y las ideas al marulo.

Y hay que ver ahora a los espadachines del “Cambio” (acostumbrados al disciplinamiento discursivo), quejándose como barbies de que “así no se puede debatir”. Los “santos patronos de la tolerancia” echando pestes a diestra y siniestra, enfurecidos ante contendientes livianos que apenas si les señalan los hechos o directamente inquisidores cuando se enfrentan con kirchneristas. La famosa “grieta” siempre fue un mal nombre para hablar de la lucha de clases.

Pero todo esto, insisto, no habría ocurrido si Cristina no llegaba con su palabra, su voluntad y sus ideas. “En estos días”, como dijera el poeta, “los mares se han torcido con no poco dolor hacia sus costas”. La quieren presa pero vive en el corazón de los humildes. Ella es nuestra “estrella que guía”.

Por Carlos Semorile.

lunes, 18 de abril de 2016

Casa Grande y Senzala



La remera de la muchacha dice algo así como: “En la casa grande se reviran cuando en la senzala los esclavos aprenden a leer”. Hace referencia al ensayo de Gilberto Freyre que explica la división de la sociedad brasilera en dos clases: la clase propietaria que vive en la “casa grande”, y los esclavos amontonados en la “senzala” (o quilombo, como se le llamó por estos pagos). Es una suerte de “civilización o barbarie” que apunta a las mismas determinantes culturales que pretenden establecer una supremacía de origen que a unos les otorga todos los bienes, y al resto los confina a mendigar por cada uno de los derechos más elementales. Y si algo trastoca este “orden natural e inamovible”, la oligarquía se pone como loca y te hace un golpe mediático/judicial/legislativo. Vamos a ver cómo reaccionan esos 54 millones de brasileros que ahora comen cuatro veces al día, y que deben aprender a leer las mentiras de los medios. Ojalá la senzala les arme flor de quilombo.

Por Carlos Semorile.

miércoles, 13 de abril de 2016

Silencio

(Foto: Sebastián Miquel)



Todavía no las encuentro, pero debe haber cientos de fotos de grupos de compañeras y compañeros reunidos alrededor de un celular tratando de escuchar las palabras de Cristina. Esa imagen se completa con el sonido de un silencio profundo que cubría toda la extensión de esa explanada frente a la mole de Comodoro Py. Fue un silencio conmovedor durante el cual varias generaciones de argentinos prestaron una atención casi religiosa para atesorar, y luego compartir, cada uno de los conceptos de la Presidenta. Como ya escribimos en alguna ocasión, Cristina moldeó y se ganó esa vigilia por prepotencia de discursos, uno mejor que el otro –más sustantivo, más potente- y siempre haciendo docencia y generando Conciencia y Pensamiento Nacional.

Claro que mencionar justo hoy las palabras “silencio” y “Cristina” remite inevitablemente, a estos cuatro meses que pasamos sedientos de sus palabras. Cuatro largos y áridos meses durante los cuales “su” silencio permitió tomar noción de la degradación de la palabra pública argentina, a bocas de extraños y también de algunos que creíamos propios. Los primeros son expertos en “sinceramientos”, y todo ese estilo de palabras que no hacen más que tergiversar los hechos. Los segundos se sacaron el corset de una identidad que los incomodaba por razones comprensibles: prefieren aquél folklore donde el retumbar de los bombos opacaba la adulteración de la doctrina peronista en un “canon” neoliberal. Como si el legado justicialista viviera sólo en un pasado que ya tiene dueños, cancerberos y vigilantes, en vez de ser una herencia que merecía estar de nuevo en todas esas manos que hoy vuelvan a hacer la “V”.

Por todo esto, los traidores y los cipayos de siempre deberían, al menos, tratar de entender ese silencio místico con el que pueblo busca embeberse de los discursos de la única conductora del Movimiento Nacional. Porque sólo Cristina pronuncia las palabras que nos permiten tener un asidero en el mundo, una base para creer en nuestras propias capacidades, y hasta la posibilidad de que convivamos dentro de un marco de paz social. Y si este silencio y aquéllas palabras son desoídas, es muy probable que terminemos felicitándonos por ser elocuentes como los que venden la Patria en inglés, mientras nos quedamos mudos en argentino. Y no creo que ese sea el camino a recorrer, porque sería como no haber escuchado nunca las palabras de Juan Perón y de Eva Duarte.

Por Carlos Semorile.

martes, 12 de abril de 2016

La tercer batalla de Retiro



(Imagen del día 13 de abril de 2016)
 
Hace casi 210 años, el 10 de agosto de 1806, las milicias criollas derrotaron a los británicos en Retiro. En un terreno que entonces era difícil, “la colaboración espontánea de la población –que empujó a hombros la artillería- posibilitó” capturar el cuartel ubicado allí. Era un triunfo de proporciones relativamente modestas pero de implicancias gigantescas: se le había perdido el miedo al invasor, lo cual dio paso a la Reconquista y un año más tarde a la Defensa de Buenos Aires. Más aún: el pueblo adquirió la conciencia de su propio valor, y poco tiempo después protagonizaría las jornadas de la Revolución de Mayo. Así, la primer batalla de Retiro está ligada a la Soberanía.

La segunda jornada épica sucedida allí fue el primero de marzo de 1948. “Cuando la vieja campana de la ‘La Porteña’ –escribió Scalabrini- anunció con su tañido que volvía a ser argentina, mis pobres ojos de anónimo ciudadano, perdido entre un millón de ciudadanos tan emocionados como yo, regaron con sus lágrimas ese pedazo de suelo natal que se llama Retiro, donde 142 años antes la juventud argentina había anunciado también la conquista y derrota del extranjero invasor”. Ese día, Perón había sido internado de urgencia y lo reemplazó el ministro Pistarini: “La ráfaga de historia que nos conmovió a todos –reflexionaba Scalabrini- fue el hecho definitivo que dio término a la farsa de un mundo colonial”. Y aseguró: “La nacionalización de los ferrocarriles sólo es comparable a la batalla de Ayacucho (pues) es el primer paso ineludible de la liberación económica”. La segunda batalla de Retiro fue por la Independencia.

La tercera será mañana 13 de abril de 2016 y es una batalla –en sentido amplio- por la Justicia. Más allá de pronósticos imposibles, es seguro que nos daremos un baño de muchedumbre de esos que templan el corazón y amplían el estrecho horizonte del territorio conocido -la casa, la cuadra, el barrio y las amistades-, para establecer una conexión intangible con la fuerza y la energía del espíritu colectivo cuando éste se decide a escribir la historia. Son fechas ineludibles, formadoras, inaugurales, y acaso no haya mejor pedagogía que ésa: ser parte del pueblo que defiende la Patria. Como a los criollos de 1806 y de 1948, la Historia nos convoca a todos los hijos mestizos del país argentino.

Por Carlos Semorile.

Conciliábulos



En su Historia de la Argentina, Norberto Galasso afirma que “José Alfredo Martínez de Hoz ha reconocido que él y sus amigos conspiraron a partir del 11 de marzo de 1973 para recuperar el poder político perdido” a manos del peronismo. ¿Quiénes eran esos cuates de “Joe”? Estaban nucleados en dos grupos, uno liderado por Jaime Luis Enrique Perriaux, donde confluían –entre otros- Guillermo Zubarán y Horacio García Belsunce, y otro orientado por Alberto Rodríguez Varela donde participaban  Jaime “Jimmy” Smart, Roberto Durrieux, y Raúl Salaberry. Un tercer grupo lo presidía Federico de Álzaga. “Como puede observarse –escribe Galasso- aparecen aquí personajes de aquellas familias tradicionales que gozaron los mayores privilegios a través de nuestra historia: Martínez de Hoz y Álzaga”. Y aunque no dejaron documentos ni una mísera “selfie”, ellos planificaron y llevaron adelante el 24 de marzo.

Hagamos un salto en el tiempo, y detengámonos en esta imagen captada por el fotógrafo Pepe Mateos en la Sociedad Rural el 9 de abril de 2013. Allí aparecen –entre otros- Pinedo, Biolcati, Macri, Gil Lavedra, y el fiscal Marijuán. ¿De qué conversan en ese mediodía que parece noche en la notable toma de Mateos? Mejor dicho: ¿contra quién conspiran estos “personajes de familias tradicionales -y no tanto- que gozan los mayores privilegios”? Es simple: planifican cómo terminar con un nuevo gobierno peronista. ¿No me cree? Vuelva a mirar la foto, y dígame si no es un documento que incrimina a cada uno de los comensales en una conspiración contra las legítimas aspiraciones del pueblo argentino. ¿Sigue sin creerme? Relea el comienzo de estas líneas y piense que mientras usted trabaja, ama y sueña, estos señores llevan adelante oscuros y recoletos conciliábulos donde se confabulan para robarle el futuro.

Por Carlos Semorile.