sábado, 10 de septiembre de 2016

El goce pagano



Qué hermoso que es el Negro Fontova!!! Anoche fuimos a verlo al Teatro Roma de Avellaneda (“Cómo el Colón, pero para todos”), donde brindó un recital de música folklórica, “El color de mi tierra”. Cantó piezas de Dávalos, Castilla, Margarita Palacios, los dos Falú (Eduardo y Juan), el Cuchi Leguizamón, los Hermanos Ábalos, el Duende Garnica (“El olvidao”, reclamado a gritos desde la platea), y algunas hermosas composiciones propias.

Antes de cada tema, el Negro nos regaló unos breves apuntes biográficos de los distintos autores y compositores, desasnándonos con aspectos ocultos o poco conocidos de sus vidas. Luego, la impecable interpretación de zambas, chacareras, cuecas, y demás ritmos que en la voz de Fontova tienen justamente “el color de mi tierra”, y que en su guitarra Clarita alcanzan una coloratura que muchos conjuntos no consiguen ni poniéndose “tecnos”.

Todo el recital transcurre como si el Negro nos hubiera invitado a la sala de su casa, y entonces se permite chistes zafados, salidas locas, pasos de varieté, homenajes a figuras que todos amamos, puteadas homéricas para todo el gorilaje y cantitos militantes como aquel de “vengo bancando este proyecto…”, pero en inglés y dedicado al juez Griesa y a su joroba de buitre imperialista. El Negro es un hechicero, un prestidigitador que va envolviendo al público en las deliciosas aguas de los humores vasodilatadores de la risa.

Abajo del escenario, lo espera una buena cantidad de gente que quiere abrazarlo, sacarse una foto, contarle que fueron vecinos suyos hace una punta de años, o simplemente agradecerle la dicha de haberlo escuchado. Gabriela Martínez Campos -su compañera, a la que Fontova nunca deja de mencionar-, organiza todo ese caos de un modo amoroso y, al mismo tiempo, coreográfico. El Negro, por su parte, no se la cree y siempre, pero siempre hay alguien más que merecería toda esa atención y ese cariño (ayer era un cura del grupo de la Opción por los Pobres, pero lo mismo da: podría haberse tratado de cualquier otro u otra). El Negro sigue siendo el mismo hippie de sus años mozos, y eso es mucho decir.

El mismo Fontova que nos hacía delirar de gusto en su boliche “El Goce Pagano”, cuando éramos todos unos pibes y bailábamos como poseídos en aquellas pachangas alucinantes de música, amigos y amores. El mismo anarco que armó su atrevida campaña presidencial cuando la democracia ya comenzaba a demostrar sus límites y sus vicios liberales. Y, a la vez, es otro Fontova: es este Negro que supo escuchar el latido de la tierra argentina de estos últimos años, y no teme embanderarse como nacional y popular. 

Siempre lo fue, y por eso es un artista que está en el corazón del pueblo que se identifica con este Negro atorrante que, en medio de un concierto, arma un desparramo de alegría cuando dice: “Qué lindo que es armar quilombo!”. Por eso es el Comandante de todos los negros dichosos de estas pampas irredentas. El Sultán del Goce Pagano. El dichoso enamorado de su Gaby.

Por Carlos Semorile.

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