miércoles, 28 de julio de 2010

Cristina: Mística y Reconstrucción Nacional

Estamos de sobremesa escuchando a Cristina transmitida desde un colegio bonaerense, cuando mi compañera me dice: “¿Sabés? Estoy cada vez más enamorada de mi país”. ¡La pucha, qué síntesis! Yo no hubiera sabido decirlo mejor, pero su frase expresa plenamente lo que me pasa y lo que, quiero creer, le sucede a millones de compatriotas. ¿Importa saber el contenido del anuncio de la Presidenta? Sí y no. No interesa porque, cualesquiera sean, las medidas que impulsa este gobierno tienen un patrón común: van contra el egoísmo, fomentan la solidaridad, destronan el fatalismo. Y a la vez, los anuncios importan porque cada uno de ellos, y todos en su conjunto, buscan consolidar la Patria, es decir, la posibilidad de que las hijas y los hijos de esta tierra tengan un futuro que sea digno de esos nombres esperanzados: el mañana, las potencialidades, el porvenir. Ya no más el estar condenados a un único destino para todos. Esas chicas y chicos del secundario que se mueven inquietos cuando ella les habla con precisión docente: ¿cómo recordarán, digamos dentro de 30 años, el día en el que recibieron su computadora portátil? ¿Lo relacionarán con el viaje a China, con las cadenas de valor agregado, con la ampliación del mercado interno, con la generación de empleos calificados y, asimismo, con las mendacidades del arco opositor, su calculado pesimismo, su obsceno desentendimiento de los intereses nacionales, en fin, con su falta de amor al prójimo? Pensaba escribir otra cosa con vistas al 26 de julio. Quería hablar de esas veces en que Cristina viene hilvanando ideas y machacando conceptos, y de repente da un giro en el discurso, se embala, sube la apuesta y su garganta vibra de una manera que hace que, por momentos, su voz suene como la de Evita. Estremece, emociona, genera mística. Se nota que a María Eva la lleva en las entrañas, le palpita en la sangre la compañera de Juan Perón. Pero debe ser que, a mis 47 pirulos, me pongo intolerante cuando los pibes gesticulan a las cámaras mientras Cristina se esfuerza por explicarles el país en el que les tocó nacer. O sea, “este país” que, como la abnegada Presidenta les explica, necesita que estudien, se formen, se capaciten. Esta mujer, pienso, es “scalabriniana” hasta la médula: está convencida de que podemos ser una Nación, con industrias, con desarrollo científico, con tecnología de punta, con conectividad a todo nivel. Como Scalabrini Ortiz, ella tampoco da ni pide tregua. Si no lo entienden de una manera, le busca la vuelta según el auditorio, lo pone del derecho y si es preciso del revés, pero siempre es la misma cosa: desarrollo más inclusión, consumo más fraternidad, comercio con integración social y comunitaria. Es como si dijera, “¿Allá en el fondo, alguien tiene alguna duda?”, y vuelta a empezar. Se trata, ni más ni menos, que de las “Bases para la Reconstrucción Nacional” pero en la era de las comunicaciones digitales y en la voz de una compañera que está preñada de ese antiguo sueño igualitario de nombre femenino: “La Argentina”. Ella encarna la perfecta mixtura entre el arrebato pasional y la racionalidad más exigente. Algunos todavía no vibran al unísono con esta situación de crisálida. Están los distraídos, los desencantados perpetuos, los pasatistas y, claro, los impacientes que no han levantado una piedra en su vida. Cada uno a su modo, descreen de la palabra y aún de las acciones de la Presidenta. ¿Habrá que decirles, parafraseando a Ernesto Cardenal, que recuerden a Cristina cuando tengan “puentes de concreto, grandes turbinas, tractores, plateados graneros, buenos gobiernos”? Ojalá no haga falta. Ojalá se enamoren. De la Argentina, claro.
Por Carlos Semorile.

NOSOTROS MISMOS (Una crónica del Bicentenario)

Yo estuve ahí, en las calles del Bicentenario. Fui otra orgullosa partícula argentina entre millares de colores y cantos nuestros. Emponchado en la bandera, sentí que me abrigaba la historia de las generaciones que hicieron posible esta felicidad de sentirnos parte de un proyecto generoso y solidario. Nuestro multitudinario festejo fue el primer espejo digno que gobierno alguno se animó a poner al alcance de todos. Caminábamos como en un sueño colectivo y, para intentar ser verídicos, nos mirábamos entre nosotros. ¿Qué veíamos? Que los rostros volvían a ser la capital de nuestras almas, que nos sonreíamos con los hermanos porque volvíamos a confiar. Por increíble que nos resultara, éramos nosotros quienes producíamos y disfrutábamos este fenómeno conmocionante: la liberación a raudales de una tremenda energía latente. Ese potencial siempre intuido estaba ahora en las carpas, en los escenarios, en la ancha avenida, fluyendo y circulando, tocando a cada uno, modificándonos a todos, haciéndonos sentir “la magia de CREER”. Estaban disponibles las imágenes de siempre, y también las más recientes, todas sometidas al veredicto democrático del rechazo o la recreación popular. Y mientras pasaban las horas y los días, las muchedumbres resquebrajaban las solemnes estampas de una identidad congelada y mustia. Cuando llegaron las carrozas, se actualizaron legados que tienen 200 años de historia, y se corporizaron tradiciones que hoy quieren verse en el reflejo de una nación más suave y dulce. Erótica inclusive: una bella muchacha mestiza planeaba sobre nuestras cabezas, y nos arengaba murguera y plebeya. Era la Patria, pero también era la Cultura reclamando, como siempre, el Futuro. Volvía a ser Mayo otra vez, pero la vigorosa asamblea nos hacía pensar en Octubre y en alguna otra fecha, desconocida aún, pero ya presentida. Todos los que, de un modo u otro, estuvimos allí, quisimos y queremos dejar de desconocernos. Durante esos días alegres y esperanzados, también celebramos que, individual y colectivamente, fuimos y queremos seguir siendo Nosotros Mismos.
Por Carlos Semorile.

El miedo, los mieditos y "La noche de Varennes"

Estas palabras fueron escritas tras la multitudinaria convocatoria a Tribunales por la efectiva aplicación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (o Ley de Medios), en abril de este año. No pretenden ser una crónica de la misma, sino del ambiente en el que se desenvuelve una batalla cultural que, de un lado y otro, todos entendemos que es decisiva:

Días atrás, un mediático conductor televisivo dijo sentir miedo. Lo dijo públicamente, dándole una dimensión política a su miedo privado y a sus posibles consecuencias. Mientras tanto, algunos periodistas -en rigor de verdad, figurones del “establishment”- sacaron a pasear sus miedos por los circunspectos salones del Congreso. Sin pudor por las paradojas, amenazaron con la posibilidad de ser asesinados si es que “un muerto” pudiera darle más credibilidad a sus discursos que últimamente cotizan a la baja. Ni uno ni otros parecen tener clara conciencia de la distancia que existe entre un hecho y su representación, y dan un alevoso paso en falso frente a un público azorado que realmente sabe del miedo. Los argentinos seguimos elaborando algunas cuestiones claves de los años en que el terror fue amo y señor, y no es extraño que aparezcan hoy algunos “miedositos” que están de estreno. La tienen difícil: nos invitan a la “avant premier” de sus terribles mieditos pero no pueden explicar cómo es que hasta ahora se la habían llevado de arriba. Mucho menos podrían convencernos de que nos sintamos tan amenazados como ellos, pues ni tenemos sus privilegios ni pretendemos los medios para que amplifiquen los temores comunitarios hasta el paroxismo. Son como los personajes de “La noche de Varennes”, la película de Ettore Scola: beneficiarios del antiguo régimen que escapan del derrumbe monárquico y deambulan sin rumbo hasta que una noche se topan, en una impensada localidad provinciana, con que unos ignotos milicianos republicanos descubren a los reyes disfrazados de aldeanos y se los llevan presos a París. Pero hay una sustantiva diferencia. Estos pícaros figurones vernáculos conocen de sobra los hechos que narra la película de Scola, y saben que a Magnetto y La Viuda los acecha su “noche de Varennes”. Aquí se acaban los mieditos de morondanga que han puesto en escena, y comienza entonces su temor real en base a datos reales de la más cruda realidad: la pérdida del control de Papel Prensa, la efectiva aplicación de la Ley de Medios y el análisis genético de los dos jóvenes apropiados. La contracara de este miedo es nuestra esperanza: se desmorona otra de las patas de la Dictadura, una menos visible pero más perdurable, la que colonizó conciencias y permitió que sus efectos devastadores continuaran bajo formas democráticas de gobierno. La que formateó el sentido común de los compatriotas y secuestró la Palabra entre las cuatro paredes de un programa de “dizque” noticias. Tenía razón la Presidenta cuando, frente a una caricatura de Hermegildo Sábat, leyó que se le “sugería” que se callara la boca. Le llovieron críticas por decir aquello, no sólo de los “opositores perpetuos” sino también de algunos periodistas bienpensantes y de otros librepensadores. Pero la compañera Cristina sabía de lo que hablaba: este sistema monopólico sólo funciona bajo el imperativo de que no se digan algunas cosas, y cuando esas palabras circulan -“cómplices”, “apropiadores”, “patoteros”, “mentirosos”-, entonces comienzan a correr las amenazas. Solapadamente, desde la tapa de los diarios hasta el informe exasperado del último notero, se nos exige que nos llamemos a silencio. Pero en esta encrucijada lo único que hay que temer es que todo permanezca igual, y que no advirtamos la impostura de un miedo que en el devenir histórico siempre significó el atropello de las mayorías. El momento es formidable. En oscuros despachos, “los nobles” se travisten de mendigos apaleados. En las calles, las multitudes vociferamos a coro la caída de los falsos dioses de la Palabra.
Por Carlos Semorile.

The Martin Dressler City

Cuando ocurrieron los atentados a las Torres Gemelas, muchos estadounidenses recordaron la trilogía Operaciones Ejecutivas, del bestsellerista Tom Clancy. En ella, el Capitolio de Washington, con Presidente y todo incluído, era el blanco de un ataque suicida llevado a cabo con un Boeing 747. Se pensaba, por aquel entonces, cuánto tiempo pasaría antes que Hollywood llevara a la pantalla el libro de Clancy o alguno similar que reflejara las peores fobias de los norteamericanos.. Confieso que desconozco si tanto ripio anunciado llegó finalmente a las salas, porque en aquel momento recordé un libro que, aún sin apelar al terror anticipatorio, hablaba y habla de las pesadillas que asolan a esa sociedad tan peculiarmente asustada:

Antes de que nos inunden las versiones fílmicas de la actual tragedia, conviene leer un libro que puede darnos una mirada mucho más honesta de la ciudad hoy atacada, y de aquellos que construyeron lo que hasta ayer era el perfil en el que los estadounidenses preferían reflejarse. Martin Dressler, es el título de esta maravillosa obra de Steven Millhauser, y es a su vez el tenaz protagonista de una época en la que Nueva York era todavía poco más que una ciudad en ciernes rodeada de suburbios pobres, muy pobres. Dressler es hijo de un tendero, hijo de la inmigración y de cierta clase de segregación, que sin embargo se atrevió a soñar "un sueño propio y al final tuvo la suerte de realizar lo que muy poca gente se atreve siquiera a imaginar: logró satisfacer los anhelos de su alma. Un privilegio por cierto riesgoso, al que los dioses permanecen celosamente atentos, esperando a que surja la hendidura, la ínfima hendidura que finalmente lo conduce todo a la ruina”. Martin Dressler sueña el sueño del progreso, y el progreso son hoteles cada vez más grandes, más modernos, y más polifuncionales. Dressler ejecuta sus planes con la pasmosa tranquilidad de quien no halla obstáculos en su camino: su ritmo es el del progreso y el progreso le debe, a este profeta de la modernidad, su ritmo. Contemplamos su marcha triunfal mientras las bandas que contrata para la inauguración de sus hoteles, interpretan la melodía de la aceleración de los tiempos. Asistimos a la suplantación de malezas y rocas, por prodigiosos edificios hijos de la técnica, pero también nos movemos al pausado acontecer de un tiempo que, lánguidamente, se está dejando morir: sus lámparas, sus sillones, sus tranvías, caballos y viejos motores ya no contienen ningún futuro dentro de sí y, sin mayores resistencias, sólo esperan el tiro del final. Millhauser, con singular pericia, nos hace paladear cada detalle de ese victorianismo en retirada, y su maestría consiste en enancarse en la mismísima bisagra entre dos épocas, y desde allí dar cuenta de la maravilla y el horror que hay a cada lado de la línea demarcatoria. Martin Dressler, con su desprecio por todo lo que es viejo y antiguo, es responsable de que esa línea no perviva por mucho más tiempo: él corre en pos de la promesa de un mundo acabado y total, donde la maravilla es una cúpula, donde la magnificencia del mundo cabe en el diseño de un puente, y una mole surgiendo enhiesta del fondo mismo de la tierra o la mecánica de una turbina contienen más poesía que cualquier experimento romántico. Pero, a la vez, Milhauser nos anuncia las nefastas consecuencias que en el terreno emocional supone la fatal creencia de que todo se reduce a números y acero. El emprendedor Dressler se empantana en el terreno amoroso, y puesto a elegir entre sus vecinas, las hermanas Vernon, lo hace con criterio empresarial: se casa con la rubia “presentable”, y desecha a su verdadera compañera, la morocha de anchas espaldas. De ahí en más, Martin se despierta cada día a un mundo febril de actividad y energía arrolladora, para dejarse vencer cada noche por la enferma laxitud de una esposa que lo envuelve en la durmiente niebla de su ensueño. Aquí se nos revela como absolutamente incompetente para actuar como el caballero del cuento, para despertar a Caroline Vernon del sopor en que se ha sumido luego del pinchazo que, suponemos, le administró su propia madre. Él entra cada noche, subrepticiamente, a su cama de esponsales, como el día mismo se diluye en la noche, y cada madrugada la abandona en sigilo y se arranca de ese mundo en penumbras: una radiografía precisa como pocas para todo aquel que quiera saber de qué letargos escapa un hacedor de mundos (mientras que la morbosa ensoñación de su esposa es un retrato fiel de las decisiones que ella elude y hasta dónde llega la potencia de su deseo oculto). Es el componente genialmente arquetípico de la novela de Millhauser; el que, alejándose de la anécdota, toma a lo masculino y a lo femenino en sus ingredientes míticos esenciales. Hacia el final, Dressler se empecina en su delirio de suplantación del mundo real por uno artificial: es un “adelantado” construyendo hoteles estilo shoppings tan abarcativos en su oferta de servicios como ni aún hoy se ven. Esta es la hendidura por la que esperaban los dioses: en su caída, Martin Dressler llegará a ser dolorosamente consciente de haber jugado la farsa del amor errado, y de haberse hechizado con las evanescentes promesas de permanencia que emanaban de las sólidas piedras. Y así Millhauser, que se metió de lleno con la sustancia concreta de los sueños, con su materialidad más profana, nos revela la ilusoria cualidad del sueño americano.
Por Carlos Semorile.

Trayendo Hijas al Campo: acerca de "Memorias de Antonia"

En 2004, mientras asistía en Natal a los Seminarios que dictaba Diana Wechsler, y a la par que escribía lo que luego sería Palabras Grávidas, recordé una película que se había estrenado hacía algunos años y que parecía versar sobre la Maternidad. Memorias de Antonia, tal su título, estaba repleta de embarazadas y, en su momento, había sido recibida con el aplauso unánime de la crítica. Pero, bajo una nueva mirada, el filme revelaba algunas inconsistencias de fondo, debilidades que intenté retratar en la siguiente crónica:

¿Quién que recuerde el film Memorias de Antonia atesora sus imágenes bajo el signo de la estridencia? Mucho más probable es lo contrario: la memoria suele reservarle un lugar tan apacible y calmo como el pueblito belga donde transcurre la historia. Sin embargo -si bien de modo asordinado- el film es innegablemente estridente tanto en sus afirmaciones como en sus negaciones. ¿Y qué afirma y qué niega, de un modo tan peculiar, vehemente y sereno a un tiempo, la película de Marleen Gorris? Nada menos que lo femenino y lo masculino como dos modos de estar en el mundo, modos que la biología parece definir tanto, y de un modo tan definitivo, como los más arcaicos patrones culturales que apuntalan el sometimiento. Y mientras la batalla de los géneros se desarrolla en el cambiante escenario de la vida, el Tiempo, ese implacable, discurre y espera, paciente, a que unos y otras jueguen los juegos de la vida hasta finalmente diluirse en la única danza que tiene alguna relevancia: la del Tiempo mismo. Ambas ideas, lejos de estar disociadas, se aproximan hasta imbrincarse y formar una única unidad de sentido: las mujeres conectan naturalmente con los ciclos de la vida, mientras que los hombres son los fatales disrruptores de un fluir que no están en condiciones de captar. Este cuerpo teórico se desliza, casi con espontaneidad, hacia una plegaria que es, en sí misma, un programa de acción: “no dejéis que los hombres se acerquen a vosotras más de lo estrictamente necesario, porque la pérdida de la identidad y de la conciencia acrecentada -de la que somos portadoras- estarán, entonces, a la vuelta de la esquina”. Los caricaturescos hombres de esta película cubren un espectro de patetismos que va de la torpeza lisa y llana, a la villanía y la crueldad; y aún el mejor de todos ellos -el querible Dedos Torcidos- es un monumento a la insensatez de la razón con que los hombres se empeñan en destruir la obra de la vida. Por ello, tal vez lo mejor sea usarlos con implacable sentido práctico: sementales en la edad de la procreación, o amantes en la pos-menopausia, siguen siendo chicos grandes que no destacan mayormente en un paisaje que se puebla de un linaje de mujeres cuyas expectativas, anhelos y compromisos discurren por muy otros andariveles (sabemos tanto del granjero Bas, el amante de Antonia, como de su percherón). En un panorama donde la pareja es la gran ausente, ni siquiera la maternidad parece atraerles (la única excepción es Letta, amiga y antigua cómplice de Antonia, una perpetua embarazada todoterreno que muere tras su parto número trece). Así las cosas, las sucesivas niñas de este férreo matriarcado no pasan de ser las nuevas hijas de la omnipresente Antonia, para quien ellas -llegado el momento- parecen embarazarse. ¿Y acaso no hay aquí un eco del mítico Saturno, aquel que se comía a sus propios hijos, guardándolos en su abdomen? Pero lo que en el dios era afán de perfección, en Antonia parece derivar hacia la aceptación cabal y plena de las peculiaridades que hacen de cada hija, nieta y bisnieta una persona por derecho propio. Pero, ¡ay!, se le asemejan tanto en su desdén por lo masculino -esos seres burdos que prefieren habitar la Historia en vez del Tiempo- que las diferencias si no se anulan, al menos se subsumen y queda pendiente, entonces, la posibilidad de fundar una comunidad de pares que implique un encuentro de sensibilidades, inteligencias y talentos amorosos. Es algo que Antonia y sus Memorias, lamentablemente, dejan sin resolver.
Por Carlos Semorile.

jueves, 15 de julio de 2010

Prólogo de "Palabras Grávidas", por Diana Wechsler

Creo que la lectura de este libro es imprescindible, o por lo menos, muy necesaria. Es uno de esos hitos que la cultura nos ofrece no sólo para informarnos sino para producirnos una transformación, un cambio de conciencia. Y en este caso, en el tema de la maternidad, es un cambio que como seres individuales y como sociedad necesitamos.

A ningún observador atento se le escapa la profunda contradicción que la sociedad tiene respecto a la maternidad. Por un lado, nuestra tradición judeo-cristiana la sacraliza, pero por otro lado la denigra. Y esto se traduce en un lugar confuso: ¿se la valoriza?, ¿se la castiga?, ¿se la esconde?, ¿se la revela? No siempre está claro y suelen ser mujeres de carne y hueso quienes sufren es sus vidas esta contradicción.

Es por eso que leer “Palabras Grávidas” es disponerse a ingresar en un calidoscopio donde se multiplican las miradas sobre el nacer y el parir, sobre recorrer ese entretejido que une los deseos, los intentos, los logros, las luces y sombras de todos los hombres, y que descubre cómo el hecho más común y más animal puede ser al mismo tiempo el más sagrado y maravilloso: nacer, ser. Claro que este despliegue debe llevarlo adelante alguien con la sensibilidad suficiente como para percibirlo. Es aquí cuando la relación persona-escritor-tema se presenta como un todo. En este juego de espejos de espejos, donde se van mirando unos a otros, es donde aparecen las múltiples lecturas, y las que nosotros también elegimos.

Creo necesario hablar primero de la persona, de esa que es capaz de asomarse a ese universo. Conozco a Carlos desde hace muchos años. Permitió que lo acompañe en parte de su camino de búsqueda personal, de construcción de su identidad, y sus condiciones hicieron que ese camino fuera profundo y transformador, recorrido con rigurosidad y compromiso. También asistió como alumno a mis seminarios sobre maternidad, y es de destacar que no era un lugar fácil: único hombre en un grupo de mujeres, profesionales del tema, que con pasión encaran, defienden y discuten su tarea. Pudo ingresar “al otro lado” y hacer de puente de lo femenino-masculino, de la maternidad y paternidad, siempre con humildad y respeto, enseñando como se puede ser fuerte y sensible al mismo tiempo.

Como escritor ya tiene un recorrido hecho. Su interés por lo humano, por los vínculos, las relaciones entre personas van apareciendo en su obra con ternura (su libro “Olga y Eusebio, papeles resguardados al rescoldo del amor”, donde rescata la obra de su abuelo, da cuenta de esto). La investigación extraordinaria que realiza para “Palabras Grávidas” es de destacar. No es un material que se encuentra con facilidad, y él le da un ordenamiento particular. Con un cuidado infinito, casi sin aparecer, Carlos va desovillando el inconsciente colectivo y lo transforma en anécdota, en relato, en concepto. Creo que sólo una mirada como la suya es capaz de guiarnos por ese laberinto que es el alma humana, sin susto por las sombras ni aplauso por lo obvio.

Formalmente, este libro trata del lugar que ocupa la maternidad en la literatura. O sea, qué lugar ocupó y ocupa la maternidad en la vida, traída por los diferentes autores y sus personajes. En la estructura del libro (concepción-embarazo-parto) es interesante cómo Carlos elige a quienes mencionaron en sus obras diferentes tramos de este pasaje humano. Tanto aparece la humanización que hace Saramago del nacimiento de Jesús, como la chispa de luz en medio de la sombra de Cheever, o la elevación temática de Liliana Bodoc o lo conmovedor de Margaret Atwood. Estos y muchísimos autores más están unidos por un hilo invisible, por un hilo temático que los va uniendo a todos. Carlos respeta y transcribe sus escritos, sin darle importancia ni a su época histórica, ni a su escuela literaria ni al país de donde vienen. Solo los une el haber introducido en sus páginas referencias breves o extensas sobre la maternidad, el haberse conmovido detrás de estos hechos. Entre todos ellos se teje una red, y nosotros, como hijos de alguien y como padres de otros también formamos parte de esa trama.

Carlos tiene la capacidad de hablar por todos los hijos, por todos los padres, por los autores vivos, por los autores muertos, por lo personajes reales o los personajes ficticios. Entonces sí nos posibilita que entremos en una dimensión donde nos encontramos todos, absolutamente todos, para ponernos en contacto con la pura esencia humana.
Lic. Diana Wechsler
Directora de Natal - Docencia en Maternidad
Buenos Aires, 2006

miércoles, 14 de julio de 2010

“¡Bendita porque sos hembra! ¡Dichoso del que te siembra!”

Como sostengo en Palabras Grávidas, la buena literatura cobija las diversas temáticas de la maternidad. A dicho libro pertenecen estos dos fragmentos que rescatan a la mujer en la madre y a la madre en la mujer, y va -como cierre- un poema celebratorio de esa doble condición.

En esta escena de El Médico -la novela de Noah Gordon- tenemos a un hombre que vuelve de la guerra ansioso por conocer al hijo que nació en su ausencia, y a una parturienta queriendo recuperar la competente solidez de su marido:

“Rob fue a su lado en tres zancadas y la abrazó sin hablar. Después tocó el vientre plano.
-¿Todo fue bien?
Mary soltó una carcajada temblorosa, porque estaba fatigada y dolorida. Rob se había perdido sus frenéticos gritos por cinco días.
-Tu hijo tardó dos días en llegar.
-Un hijo.
Apoyó su enorme palma en la mejilla de Mary. A su contacto la oleada de alivio la hizo temblar, estuvo a punto de derramar el aceite de la lámpara y la llama parpadeó. Durante su ausencia se había vuelto dura y fuerte, una mujer curtida, pero era todo un lujo volver a confiar en alguien competente. Como pasar del cuero a la seda. Mary dejó la espada y le cogió la mano para llevarlo al interior, donde el bebé dormía en una cesta forrada con una manta. En ese momento, vio con los ojos de Rob el trocito de humanidad de carne redonda, las facciones hinchadas por los dolores del parto, la pelusilla oscura en la cabeza. Sintió fastidio por ese hombre pues no logró dilucidar si estaba decepcionado o sobrecogido de júbilo. (…) El bebé soltó un leve vagido y Rob lo levantó del canasto y le acercó el dedo meñique, que el niño aceptó, hambriento. Mary usaba un vestido suelto con un cordón en el cuello, que le había cosido Fara. Aflojó el cordón, dejó caer el vestido por debajo de sus senos henchidos y cogió al bebé. Rob también se echó en la estera cuando ella comenzó a amamantarlo. Le apoyó la cabeza en el pecho libre y Mary notó que tenía la mejilla húmeda. Nunca supo que su padre o ningún otro hombre llorara, y las sacudidas convulsivas de Rob la asustaron.
-Querido mío. Mi Rob... -murmuró.
Instintivamente, su mano libre lo orientó suavemente hasta que la boca de él rodeó su pezón. Era un lactante más indeciso que su hijo, y cuando apretó y succionó, Mary se sintió muy emocionada, aunque tiernamente divertida: por una vez, una parte de su cuerpo penetraba el de él. (…) Los dos pares de labios en sus pechos, uno diminuto y el otro grande y conocido, le hicieron experimentar una hormigueante calidez. Quizá la Madre bendita o los santos estaban obrando su magia, pues por un instante los tres fueron uno. Finalmente, Rob se incorporó, y cuando se inclinó y la besó, Mary probó su propio sabor tibio.”

Prestemos atención a lo que aquí se nos narra, porque la hormigueante calidez que experimenta Mary con sus dos hombres succionando de sus pechos es una imagen netamente sexual. Y veamos ahora un breve relato mítico de Alejo Carpentier donde, desde lo profundo de una aldea primitiva visitada por un varón citadino, se nos habla de la madre que habita en la mujer:

“Los hombres y las mujeres pasan este tiempo como una necesaria crisis de la naturaleza, metidos en sus chozas, tejiendo, haciendo cuerdas, aburriéndose enormemente. Pero padecer las lluvias es otra de las reglas del juego, como admitir que se pare con dolor, y que hay que cortarse la mano izquierda con machete blandido por la mano derecha, si en ella ha fundido los garfios una culebra venenosa. Esto es necesario para la vida, y la vida ha menester de muchas cosas que no son amenas. Llegaron los días del movimiento del humus, del fomento de la podre, de la maceración de las hojas muertas, por esa ley según la cual todo lo que ha de engendrarse se engendrará en la vecindad de la excreción, confundidos los órganos de la generación con los de la orina, y lo que nace nacerá envuelto en baba, serosidades y sangre -como del estiércol nacen la pureza del espárrago y el verdor de la menta. Una noche creímos que las lluvias hubieran terminado. Hubo como una tregua, en que las techumbres dejaron de sonar, y fue un gran respiro en todo el valle. Se oyó el correr de los ríos, a lo lejos, y una bruma espesa, blanca, fría, se adueñó del espacio entre las cosas. Rosario y yo buscamos nuestros calores en un largo abrazo. Cuando, salidos del deleite, volvimos a cobrar conciencia de lo que nos rodeaba, llovía de nuevo. “En tiempo de las aguas es cuando salen empreñadas las mujeres”, me dijo Tu mujer al oído. Puse una mano sobre su vientre en gesto propiciatorio. Por primera vez tengo ansias de acariciar a un niño que de mí haya brotado, de sopesarlo y saber cómo habrá de doblar las rodillas sobre mi antebrazo y ensalivarse los dedos...”

El narrador de Los Pasos Perdidos comienza haciendo alusión al ingobernable clima que todo lo indispone a su real antojo, para enseguida después referirse a todas las otras consecuencias que están inscriptas en el código genético de lo natural que nos constituye. Es entonces cuando interviene Tu mujer -su amante, una joven dispuesta a la maternidad que la naturaleza habilita en ella como posibilidad asociada a un tiempo y a un tempo-, y al varón se le disparan sus propias ganas del hijo. Y como aquí se ha hablado de lluvias, fertilidad e hijos, nos despedimos con una canción -Por qué será que parece- que el poeta sanjuanino Buenaventura Luna le escribió a Olga Maestre, su compañera de tantos años y madre de sus “changuitos”:

Por qué será que parece
que voy p´ande va tu sombra
que rama que el viento mece
florece cuando te nombra.
Rubia… dorada que no morena
lluvia… bendita sobre mi pena.
Con esta luna que crece
nos vamos para la Villa
ya vamos llegando a trece
y tu amor fue la semilla.
Madre… dorada de mis changuitos
tiernos y como yo morenitos.
Calladita, chinitita
alivio de toda pena.
Madrecita, rubiecita
mejor que la yerba buena.
Por qué será que parece
que se ensanchan mis graneros
que tu amor en mi alma crece
que hay más luz en mi sendero.
Lluvia… dichosa sobre mi siembra
Rubia… dichosa porque sos hembra.
Por qué será que parece
que nos mira todo Huaco
también la majada crece
y está más viejo el guanaco.
¡Sierra… dichosa porque sos hembra!
¡Tierra… dichoso del que te siembra!
(Autor: Carlos Semorile. Publicado en la revista Creávida Nº 12, diciembre de 2007).

Los bebés están sumidos en lo inextricable y en lo inexplicable

En el título de esta nota nos permitimos parafrasear a Marguerite Yourcenar, quien ha escrito que absolutamente todos estamos sumidos en lo inextricable y lo inexplicable. Y si nadie escapa a esta complicada situación existencial, podemos pensar que los menos exentos de todos son los bebés. En las líneas que siguen compartiremos algunos de los fragmentos literarios que nos llevan a decir esto que aquí sostenemos:

En sus excepcionales Recordatorios, Marguerite Yourcenar escribió en estos términos su propia llegada al mundo, allá por 1903:

“La niña, ya separada de la madre, daba vagidos dentro de una cesta, tapada con una manta. (…) Lavaron a la recién nacida: era una niña robusta, con el cráneo cubierto por una pelusilla negra parecida a la piel de un ratón. Tenía los ojos azules. (…) La recién nacida gritaba a todo pulmón, probando sus fuerzas, manifestando ya esa vitalidad casi terrible que llena a todo ser (…) Probablemente –como hoy dicen los psicólogos-gritaba de horror por haber sido expulsada del lugar materno, por terror al recuerdo del estrecho túnel que había tenido que atravesar, por miedo a un mundo donde todo es insólito, hasta el hecho de respirar y de percibir confusamente algo que es la luz de una mañana de verano. Tal vez hubiera experimentado ya unas salidas y entradas análogas, situadas en otra parte del tiempo; confusos retazos de recuerdos, abolidos en el adulto, ni más ni menos que los de la gestación y el nacimiento, flotaban quizá bajo aquel cráneo pequeño aún no suturado. No sabemos nada sobre todo esto: las puertas de la vida y de la muerte son opacas y se cierran bien pronto y para siempre. Esta niñita que acaba de cumplir una hora, se halla, en todo caso, atrapada como en una red por las realidades del sufrimiento animal y de la pena humana; también lo está por las futilidades de una época; por las pequeñas y grandes noticias del periódico que nadie, esta mañana, ha tenido tiempo de leer y que yace encima del banco del vestíbulo; por lo que está de moda y por lo que es pura rutina”.

Con frases concisas y contundentes, Yourcenar nos enfrenta a ese dilema universal y filosófico que es la entrada de un ser a la rueda del tiempo, esa malla de realidades donde los sufrimientos y las penas tienen tanto de humano como de animal. Así narrados, los primeros instantes de vida de esta bebé nos sitúan frente al comienzo de lo insólito que nos acompañará a lo largo de toda nuestra existencia. Será por ello que Yourcenar escribe no sabemos nada de todo esto, para más adelante delinear una de esos cuadros de doméstica armonía, una de esas imágenes que fervientemente necesitamos para volver a confiar:

“La niña que aún no sabe (o que ya no sabe) lo que es un rostro humano, ve inclinarse sobre ella a unos grandes orbes confusos que se mueven y de los que sale ruido. Del mismo modo, muchos años más tarde, borrosos esta vez por la confusión de la agonía, acaso verá inclinarse sobre ella el rostro de las enfermeras y del médico. Me gusta pensar que Trier, el perro, a quien habían echado de su cómodo sitio de costumbre, la colcha de Fernande (la madre de la bebé), encuentra la manera de deslizarse hasta la cuna, husmear esa cosa nueva cuyo olor aún no conoce, y mueve su larga cola para mostrar que confía, para luego regresar con sus patas torcidas a la cocina, donde se encuentran las buenas tajadas”.

Sin embargo, el asunto de los bebés es demasiado importante como para irnos siguiendo las torcidas huellas de este perro aburguesado, y en Archivos del Norte, el segundo volumen de su trilogía El Laberinto del Mundo, Marguerite Yourcenar vuelve a posar sus ojos y los nuestros sobre el misterio que representa aquella criatura que fue:

“Pero es harto temprano para hablar de ella, suponiendo que pueda hablarse sin complacencia y sin error de alguien que nos toca inexplicablemente tan de cerca. Dejémosla dormir en las rodillas de Madame Azélie, en la terraza sombreada por los tilos; dejemos que sus ojos nuevos sigan el vuelo de un pájaro o el rayo del sol que se mueve entre dos hojas. Lo demás tal vez sea menos importante de lo que creemos.”

Si lo único que debiera interesarnos es la manera en que esos ojos nuevos se fascinan con todo lo que es movimiento y vida, si todo lo demás tal vez sea menos importante de lo que creemos, acaso se deba a que no deberíamos aproximarnos a universos tan frágiles “sin sentir por las débiles criaturas humanas a menudo alguna simpatía y, siempre, compasión”. Ellos, los bebés, están sumidos en lo inextricable y lo inexplicable pero, aún así, están a salvo de otras complejidades –y perversiones- que tiene la vida. Así reflexiona Yourcenar frente a un retrato del niño que luego sería su padre Michel:

“Cuanto más envejezco yo misma, más constato que la infancia y la vejez, no sólo se juntan sino que son también los dos estados más profundos que nos es dado vivir. La esencia de un ser se revela en ellos, antes o después de los esfuerzos, aspiraciones y ambiciones de la vida. El rostro liso de Michel niño y el rostro surcado de arrugas del viejo Michel se parecen, lo que no siempre sucedía con sus caras intermedias de la juventud y de la edad madura. Los ojos del niño y los del viejo miran con el tranquilo candor de quien aún no ha entrada en el baile de máscaras, o bien de quien ha salido ya. Y todo el intervalo parece un tumulto vano, una agitación en el vacío, un caos inútil y uno se pregunta por qué ha tenido que pasar por él”.

Las convulsiones del mundo, parece decirnos la Yourcenar, no son nada frente a ese estado esencial que se revela en el inicio de una vida. Una mirada parecida a ésta la encontramos en Howard Fast, quien se ocupa de otro tiempo convulsionado en su ya clásico Espartaco; veamos de qué manera Varinia, la compañera del líder de la rebelión de los esclavos, llega a compartir, aunque más no sea por un instante, el mundo de su bebé:

“Varinia alimentaba al niño y dulcemente le cantaba:
Duerme mi niño, duerme querido,
Mientras tu padre en el bosque está;
Busca a la nutria, a la nutria alancea;
Trae la piel, suavidad de medianoche;
Nunca el frío del invierno logrará
Alcanzar a mi niño, a mi adorado...
La succión se hizo más suave. Advertía la presión menor sobre el pezón. Cuando la criatura, acicateada por el hambre, chupaba fuerte y largamente, sentía ella en todo su cuerpo un estremecimiento. Y entonces, poco a poco, así como se iba llenando su estómago, la sensación desaparecía. ¡Qué cosa más curiosa la del niño mamando! Le dio del otro seno, por si aún quería más leche y le dio unos golpecitos en la mejilla para reiniciar el reflejo de la succión. Pero había terminado. Había cerrado los ojos y estaba poseído por la infinita indiferencia de las criaturas que tienen el estómago lleno. Durante unos instantes la acunó contra sus senos desnudos y tibios y luego lo puso en la cuna y cerró la parte delantera de su vestido. Mientras lo miraba desde arriba pensó en cuán hermoso era. Gordito, redondo, fuerte... ¡Qué hermosa criatura! El cabello como seda negra y los ojos de azul profundo. Más tarde esos ojos se volvieron oscuros, como habían sido los ojos de su padre; pero nada podía decirse de los cabellos. Cuando desaparecieran esos cabellos negros de seda con que había nacido, podrían nacer oscuros y rizosos o dorados y lacios. Pronta y fácilmente quedó dormida. Su mundo era fácil y sencillo. Su mundo era el mundo de la vida, gobernado por las sencillas leyes de la vida, sin molestias ni complicaciones. Su mundo era el mundo que sobrevivía a todos los mundos...”.

El mundo de los bebés es el mundo que, tal vez por su repetida irrupción y callada persistencia, sobrevive a todos los mundos. A Alexandra, una de Las Brujas de Easstwick (la novela del norteamericano John Updike que, como se verá en este breve fragmento, poco y nada tiene que ver con su superficial y decadente versión cinematográfica), se le disparan, al correr de una heterodoxa experiencia sexual, las siguientes añoranzas sobre sus bebés y sobre ese mundo que, pobrecitos ellos y pobre de nosotros, es inevitable abandonar:

“Recordó a sus cuatro pequeños y cómo, al llegar uno a uno, eran las hembras quienes al chupar, tiraban de sus entrañas de un modo más conmovedor, mientras que los chicos eran ya un poco como hombres, provocando un vacío agresivo, el dolor de la súbita succión, con los oblongos cráneos azules combándose y moviéndose sobre los haces de los músculos contraídos donde algún día brotarían las masculinas cejas. Las niñas eran más delicadas, incluso en los primeros días; saquitos de azúcar sedientos, dulces y esperanzadores, destinados a convertirse en bellezas y esclavas. Bebés: sus deliciosas piernas elásticas y arqueadas, como si montasen en caballitos durante el sueño; la adorable entrepierna ceñida por los pañales; los pies flexibles y de color violeta; la piel en todas partes tan fina como la de un pene; su grave manera de mirar, y sus bocas fruncidas y descaradamente babeantes. La manera en que cabalgan sobre la cadera izquierda de la madre, aferrándose ligeramente al costado, al costado donde está el corazón, como se aferran las enredaderas a una pared. Alexandra empezó a llorar, pensando en sus bebés perdidos, bebés devorados por los niños en que se habían convertido, bebés hechos pedazos y echados como alimento a los días, a los años”.
(Autor: Carlos Semorile. Publicado en la revista Creávida Nº 11, agosto de 2007).

Y la "tibia leche de tu cuerpo" lo cobijará…

En su Curso de Literatura Europea, Vladimir Nabokov analiza un pasaje de Madame Bovary donde la voluble Emma Bovary visita, junto con su amante, el lugar en que su hija está creciendo. La acción, durante los primeros años de la década de 1840:

“Las consideraciones románticas al ponerle nombre a la niña contrastan con las condiciones en las que la dan a criar fuera, costumbre rara en aquel entonces. Emma va con León a visitar a la niña. ‘Reconocieron la casa por un viejo nogal que le daba sombra. Baja y cubierta con tejas pardas, tenía colgada una ristra de cebollas en el exterior, bajo la ventana de la buhardilla. Unos haces de leña, apoyados de pie en un seto de espino, cercaban un bancal de lechugas, unos metros cuadrados de espliego y unas matas de guisantes enroscadas en palos. Por la hierba corría agua sucia, y alrededor se veían varios trapos indescriptibles, medias de punto, una chaquetilla roja de percal y una sábana grande de tosco lienzo tendida sobre el seto. Al ruido de la verja, apareció la nodriza con un niño en brazos al que estaba dando el pecho. Con la otra mano tiraba de un pobre chiquillo encanijado con la cara llena de pupas, hijo de un calcetero de Rouen, cuyos padres, demasiado ocupados en su, negocio, habían llevado al campo’.”

Emma, quien jamás ha estado demasiado ocupada como no sea en sus ensueños, da a su hija a criar afuera; tan afuera -podría decirse- que ni siquiera sabe con certeza dónde está viviendo Berthe, esa hija suya a la que ha puesto un nombre de condesa. Y por la descripción que Flaubert hace de la casa de la nodriza, nos parece estar llegando a la cueva de una bruja de los pantanos: la misma señora que da el pecho a su niña. Sin embargo, la escena no tiene por qué ser tétrica para retratar esta fatal ausencia de lactancia materna. Más o menos para la misma época, pero del otro lado del océano, sitúa Katherine Anne Porter El viejo orden, el cuento donde describe la vida de una descendiente de los primeros colonos –esclavistas, vale la pena tenerlo presente- del Sur de Norteamérica, y la de su criada y ama de leche de sus primeros tres hijos:

“Sophia Jane y Nannie habían iniciado entonces su huraña y terrible carrera procreativa, un hijo cada dieciséis meses. Nannie los amamantaba a ambos; Sophia Jane, espantosamente incómoda, suprimía su leche con vendajes y brebajes hechos con vino. Cuando ambas tuvieron el cuarto hijo, Nannie casi se muere de fiebre puerperal. Sophie Jane amamantó a ambos niños. Le puso Charlie al bebé negro y Stephen a su propio hijo; los alimentó equitativamente, sin favorecer más al blanco que al negro, como Nannie estaba obligada a hacer. Su esposo estaba escandalizado y trató de prohibírselo; su madre vino a verla y razonó con ella. La encontraron muy difícil y terca. Empezaba a manifestar un carácter que era justo, humano, orgulloso y simple. Tenía muchas vanidades y debilidades menores en la superficie: un amor por el lujo y una tendencia a rechazar las críticas. Esta tendencia se basaba en la sensación de que su juicio y sensibilidad eran superiores a los de casi todos los que la rodeaban. Eso la hacía muy difícil de manejar. Tenía un modo sereno de defender sus posiciones que convencía a sus rivales de que en verdad moriría antes que ceder; y no se contentaba con amenazas. Entonces aprendió que la habían inducido mediante engaños a permitir que otra mujer alimentara a sus hijos; resolvió que nunca más la engañarían de ese modo. Amamantaba al hijo y al hijo adoptivo, con un placer tibio y sensual con el cual no había soñado, traduciendo su natural alivio físico en algo sagrado, divino, una retribución del cielo por lo que había sufrido en el parto. Sí, y por lo que le había faltado en el lecho matrimonial, pues sabía que también allí algo había fallado.”

El placer de amamantar es un despertar de tibias sensaciones también para el hijo. En El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago, esto es lo que reclama el bebé llamado Jesús cuando regresa a los brazos de su madre tras haber sido circuncidado:

“No se conformaba el niño con la disminución que acababa de sufrir su cuerpo, sin la contrapartida de cualquier añadido sensible del espíritu, y lloró durante todo aquel santo camino hasta la cueva donde lo esperaba su madre ansiosa, y no es de extrañar siendo el primero, Pobrecillo, pobrecillo, dijo ella, y acto continuo, abriéndose la túnica, le dio de mamar, primero del seno izquierdo, se supone que por estar más cerca del corazón. Jesús, pero él no puede saber aún que éste es su nombre, porque no pasa de ser un pequeño ser natural, como el pollito de una gallina, el cachorro de una perra, el cordero de una oveja, Jesús, decíamos, suspiró con dulce satisfacción, sintiendo en el rostro el suave peso del seno, la humedad de la piel al contacto de otra piel. La boca se le llenó del sabor dulce de la leche materna y la ofensa entre las piernas, insoportable antes, se fue haciendo más distante, disipándose en una especie de placer que nacía y no acababa de nacer, como si lo detuviera un umbral, una puerta cerrada o una prohibición. Al crecer, irá olvidando estas sensaciones primitivas, hasta el punto de no poder ni imaginar que las hubiera experimentado, así ocurre con todos nosotros, dondequiera que hayamos nacido, de mujer siempre y sea cual sea el destino que nos espera.”

Ahora bien, si amamantar puede quedar del lado de los placeres, ¿por qué estafar a una mujer induciéndola a que sea otra la que se hace cargo de esta tarea en ciertas épocas desacreditada? La respuesta nos la da Bertha, la joven y reciente madre burguesa del cuento Felicidad perfecta de Katherine Mansfield:

“¿Qué puedes hacer cuando tienes treinta años y al doblar la esquina de tu calle, de pronto te invade un sentimiento de felicidad -¡como si estuvieras en la gloria!- como si de repente te hubieras tragado un trozo de ese sol brillante del atardecer y siguiera ardiendo en tu pecho, enviando una lluvia de chispas hacia cada partícula, hacia cada dedo de tus manos y de tus pies?... Pero, ¿no habrá forma de expresar este sentimiento sin estar “borracha y alborotada”? ¡Qué idiota es la civilización! ¿Para qué te dan un cuerpo si luego tienes que tenerlo
encerrado en una caja como si fuera un violín muy, muy valioso?”

Ser madre es, para muchas mujeres, la puerta de acceso a la conciencia de tener un cuerpo, y ello implica un irrumpir de dormidos éxtasis que rabian por instalarse. Y cuando la sociedad se ocupa de que esto no ocurra, no es que sea idiota -como piensa Bertha-, sino perversa. “¿Para qué tener un bebé si lo tienes que guardar, no en una caja como un valioso violín, sino en brazos de otra mujer?”: es la pregunta que la propia Bertha y el sentido común se formulan cuando al fin logran asomar la cabeza por entre la maraña de prejuicios y sojuzgamientos de la Era Victoriana. Pero, de un modo u otro, volvemos siempre sobre el mismo asunto: los niños necesitan recibir el amor de un pecho que los amamante. Escuchemos lo que Francoise Dolto le contaba a su hija –Catherine Dolto, en la entrevista publicada bajo el nombre de Infancias- sobre los fundamentales cuidados de su propia madre:

“A todos nos amamantó durante un año, lo que era extraordinario, porque ya en esa época las madres burguesas no amamantaban más a sus hijos. Pero era uno de los principios de mi abuelo materno: una mujer debe dar el pecho a su bebé durante un año. Entonces ella siempre lo hizo, pues era muy apegada a su padre, y creo que lo que hizo allí fue importantísimo. Y en cuanto a mí, casi muero a los seis meses, de una bronconeumonía doble, y fue mi madre quien me salvó estrechándome contra ella toda la noche sin dejarme en la cuna, apretada contra su pecho.”

Las imágenes de salvación del hijo muchas veces se contraponen a una situación tan real como la anterior: es el hijo quien salva a los padres sacudiendo en ellos las escamas agrietadas de sus antiguas existencias. Si hasta una traidora como Acila, la ”malinche” de Los días del fuego, el libro de la argentina Liliana Bodoc, puede sentir cómo se derrumban los viejos dogmas ante la potencia de la lactancia:

“Cuando la boca del niño se aferró a su cuerpo, Acila sonrió:
-Ahora sé lo que vale un instante.”

Y si hablamos del Tiempo, hay que señalar que algunos autores de ficción se permiten ciertos saltos temporales y relatan, como Noah Gordon en El médico, acontecimientos que, bien mirados, son atemporales :

“Rob fue a su lado en tres zancadas y la abrazó sin hablar. Después tocó el vientre plano.
-¿Todo fue bien?
Mary soltó una carcajada temblorosa, porque estaba fatigada y dolorida. Rob se había perdido sus frenéticos gritos por cinco días.
-Tu hijo tardó dos días en llegar.
-Un hijo.
Apoyó su enorme palma en la mejilla de Mary. A su contacto la oleada de alivio la hizo temblar, estuvo a punto de derramar el aceite de la lámpara y la llama parpadeó. Durante su ausencia se había vuelto dura y fuerte, una mujer curtida, pero era todo un lujo volver a confiar en alguien competente. Como pasar del cuero a la seda. Mary dejó la espada y le cogió la mano para llevarlo al interior, donde el bebé dormía en una cesta forrada con una manta. En ese momento, vio con los ojos de Rob el trocito de humanidad de carne redonda, las facciones hinchadas por los dolores del parto, la pelusilla oscura en la cabeza. Sintió fastidio por ese hombre pues no logró dilucidar si estaba decepcionado o sobrecogido de júbilo. Cuando Rob levantó la vista, en su expresión había congoja y placer. (…) El bebé soltó un leve vagido y Rob lo levantó del canasto y le acercó el dedo meñique, que el niño aceptó, hambriento. Mary usaba un vestido suelto con un cordón en el cuello, que le había cosido Fara. Aflojó el cordón, dejó caer el vestido por debajo de sus senos henchidos y cogió al bebé. Rob también se echó en la estera cuando ella comenzó a amamantarlo. Le apoyó la cabeza en el pecho libre y Mary notó que tenía la mejilla húmeda. Nunca supo que su padre o ningún otro hombre llorara, y las sacudidas convulsivas de Rob la asustaron.
-Querido mío. Mi Rob... -murmuró.
Instintivamente, su mano libre lo orientó suavemente hasta que la boca de él rodeó su pezón. Era un lactante más indeciso que su hijo, y cuando apretó y succionó, Mary se sintió muy emocionada, aunque tiernamente divertida: por una vez, una parte de su cuerpo penetraba el de él. Pensó fugazmente en Fara, y sin experimentar la menor culpa agradeció a la Virgen que la muerte no se hubiera llevado a su marido. Los dos pares de labios en sus pechos, uno diminuto y el otro grande y conocido, le hicieron experimentar una hormigueante calidez. Quizá la Madre bendita o los santos estaban obrando su magia, pues por un instante los tres fueron uno. Finalmente, Rob se incorporó, y cuando se inclinó y la besó, Mary probó su propio sabor tibio.
-No soy un romano -dijo él.”

No soy un romano, dice este adelantado: un hombre del siglo XI que se permite llorar de emoción ante su mujer por el hijo que ésta le dio y que él acaba de conocer. Pero, prestemos atención a otro aspecto que aquí se nos narra: la hormigueante calidez que experimenta Mary con sus dos hombres succionando de sus pechos, es una imagen netamente sexual. Este es un aspecto del embarazo que se suele dejar de lado, pero esta mujer acaba de parir y quién podría negar la fortísima impronta sexual que hay en todo parto. Pero prestemos atención a Mary: se le está retirando la leche. Es de lamentar que aquél goce de Mary no haya podido continuar, y que la pareja se vea obligada a buscar un ama de leche para el pequeño:

“Mary se repuso rápidamente después de dar a luz. Siguieron las instrucciones de Ibn Sina, quien advirtió que hombre y mujer debían de guardar abstinencia durante las seis semanas posteriores al parto, y aconsejó que las partes pudendas de la madre reciente se trataran suavemente con aceite de oliva y se masajearan con una mezcla de miel y agua de cebada. El tratamiento funcionó de maravilla. La espera de seis semanas pareció una eternidad, y cuando se cumplieron, Mary se volvió hacia Rob tan ansiosa como él hacia ella. Semanas después la leche de sus pechos empezó a menguar. Fue un sobresalto, porque su producción era copiosa; Mary había contado a Rob que en ella había ríos de leche, leche suficiente para abastecer al mundo. Cuando amamantaba, sentía aliviarse la dolorosa presión de sus pechos, pero en cuanto desapareció la presión, sintió el dolor de oír el quejido hambriento de Rob J. Comprendieron que necesitarían a una ama de cría. Rob habló con varias comadronas, y por medio de ellas encontró a Prisca, una armenia fuerte y humilde que tenía bastante leche para su hija recién nacida y para el hijito del hakim. Cuatro veces por día, Mary llevaba al niño al almacén de cueros de Dikram, el marido de Prisca, y aguardaba mientras el pequeño Rob J. se alimentaba. De noche, Prisca iba a la casa del Yehuddiyyeh y se quedaba en la otra habitación con los dos bebés, mientras Rob y Mary hacían sigilosamente el amor y luego gozaban del lujo del sueño ininterrumpido con una nueva certeza. A veces Rob tenía la impresión de que ella se adjudicaba todo el mérito de la pequeña y ruidosa criatura que habían creado juntos, pero la amaba tanto más por eso mismo.”

En el siglo XI ya están instaladas ciertas prescripciones -la cuarentena-, y vemos que no había falsos pudores para masajear la vulva de la mujer con lo que a los oídos contemporáneos puede sonar como una receta afrodisíaca. Lo que para Madame Bovary era un sacrificio, para Mary es un placer, y si acudir a un ama de leche era para Emma Bovary un alivio, para Mary lo es también pero por muy distintos motivos: puede recuperar la intimidad suspendida por el parto y el posparto.
(Autor: Carlos Semorile. Publicado en la revista Creávida Nº 10, abril de 2007).

La “estación literaria” de la conciencia

En septiembre de 2006, la Fundación Creavida organizó en la ciudad de Buenos Aires el Seminario "Hacia una nueva conciencia del parto y del nacimiento humanos". Invitado al mismo, estuve en la conferencia que allí brindaron los investigadores Robbie Davis-Floyd y Michel Odent, y que tuvo por título "Nuevas maneras de hablar de nacimiento y de amor". Las líneas que siguen representan mi intención de transformar la experiencia vivida durante el Seminario, en un periplo literario que intenta abarcar tanto la poética como la dramática de estos cruciales acontecimientos humanos:

En las dichosas jornadas seminarísticas de septiembre pasado tuvimos la fortuna de escuchar, lo que no es tan frecuente, voces inteligentes y amigas recreando -desde distintos puntos de vista- la posibilidad de generar conciencia allí donde ésta es tan valiosa como necesaria. Puede parecer una obviedad decir que el parto y el nacimiento humano precisan de un nuevo enfoque, pero los problemas que se suscitan de semejante convocatoria son intrincados. E inclusive podría afirmarse que no existe un problema más complejo que el de la conciencia humana intentando recrear los modos en que se asume la existencia.

De tal suerte, todo parece derivar de una tensión irresuelta entre la existencia –vivida tal y como se presenta a prima facie-, y la conciencia que, bajo este esquema, se asemeja a una de esas primas que nos visitas de tanto en tanto, nos complican la cotidianeidad por unos días, y se marchan sin que de momento advirtamos las huellas de su paso por nuestras vidas. ¿Habrá alguna manera de cerrar la brecha, tanto a nivel individual como colectivo? ¿Es atrevido o es pertinente que nos preguntemos cómo percibir todo lo que condiciona una vida humana? Para comenzar a responder semejante interrogante, nada mejor que visitar una página donde el ensayista Horacio González analiza un breve pero fundamental texto de Albert Camus:

“Permanece el tema de los extremos que se miran: el reino de las cosas inertes, que siempre estamos por interrogar, y la historia, esas espumas que siempre recomienzan con la lucha de los hombres.

En el Facel-Vega de Gallimard, ruta de Sens a París, mediodía. “Para corregir una indiferencia natural, me encontré situado a media distancia entre la miseria y el sol. La miseria me impidió cree que todo está bien bajo el sol y en la historia. El sol me enseñó que la historia no lo es todo”.

"Esa media distancia entre la naturaleza y la sociedad contiene la roca viva de toda la literatura de Camus. Importaba el descubrimiento de los contrarios para imaginar a los hombres en tensión permanente, atraídos simultáneamente por dos fuerzas contrapuestas. Así, donde podría existir ‘indiferencia’, hay una tensión: cada extremo trae a la conciencia la existencia del otro, prometiendo un mundo donde todo pueda ser usufructuado sin herejías. La historia no debe ahogar la sensualidad. El sol, ese caldero irreflexivo de placer, no debe omitir la comunión entre los hombres justos.
El regocijo y el gozo recuerdan que el hombre puede sacrificar su dimensión social sin convertirse en un ser feroz, sin solidaridad. El sentido de la lucha en comunión social recuerda que el hombre puede abandonar su sublime tedio carnal sin perder la posibilidad de ser feliz.
Los centros de la vida –el sol y la sociedad de los hombres- son dos soberanos que obligan a un particular vasallaje: la equidistancia. Sin embargo, sepamos cerrar los ojos y pensar qué clase de lugar es esa media distancia. ¿No sería ella, propiamente, una estación literaria? Porque el Sol y la Ciudad no podrían existir sin relatos, sin escrituras. La literatura, entonces, será el arte del distanciamiento que hará la crónica de cada entrega, recordando, ante el volumen sanguíneo del sol, que la miseria existe, y, ante los templos históricos devoradores de los hombres, que el erotismo de los bienes naturales nos prepara tálamos y mieles afortunadas.”

A esta iluminadora página de y sobre Camus, quisiéramos situarla en relación al embarazo que siempre nos presenta una situación vital de erótica terrenalidad, pero cuya complicada actualidad nos recuerda que todavía faltan muchas jornadas solidarias como para asegurar la comunión entre los hombres y mujeres justos. El conflicto, como bien dice González, no lo inventamos nosotros; surge de la conciencia de que el otro extremo existe, y si el embarazo y el parto siempre prometen un nuevo sol, la conciencia nos recuerda que a la nueva vida la amenazan los pasajeros nubarrones de la historia. ¿Por qué? Porque, como nos advierten Robbie Davis-Floyd y Michel Odent, el paradigma de esta civilización “planetaria” se proyecta de modo tal que, por ejemplo, en un futuro no demasiado lejano nadie -y las embarazadas menos que nadie- podrán escapar de su destino de paciente perpetuo. Es verdad: la modernidad aspira a la obscenidad de restringir el impulso creativo que toda vida humana representa, a la desaparición de las biografías que se animen a seguir naciendo todas las veces que sea necesario. El poeta Robert Duncan lo dice mucho mejor: “El drama de nuestros tiempos es que todos los hombres están abocados a un solo destino”.

Pero, para corroborar aquello de la estación literaria de la que hablaba González, leamos lo que escribió uno de los más geniales literatos de todos los tiempos y lugares, la francesa Marguerite Yourcenar. Casi sobre el final de sus Archivos del Norte, Yourcenar se ocupa de la niña que fue, de los antepasados que tuvo por línea paterna –los Cleenerwerck, más tarde los Crayencour-, y nos deja un fresco donde podemos terminar de entender la clase de problemas históricos que requieren la intervención de la conciencia:

“En cuanto a la niña, tiene seis semanas. Como la mayoría de los recién nacidos humanos, parece una criatura muy vieja y que va a rejuvenecer. Y, en efecto, es muy vieja: sea por la sangre y los genes ancestrales, sea por el elemento no analizado que, con una hermosa y antigua metáfora, llamamos alma, ha atravesado los siglos. Pero ella no lo sabe y es mejor así. Tiene la cabeza cubierta de una pelusilla negra como el lomo de un ratón; los dedos de sus puñitos cerrados, cuando los abre, parecen delicados filamentos de plantas; sus ojos miran las cosas sin que nadie las haya definido o nombrado para ella; de momento, no es más que un ser, esencia y sustancia indisolublemente mezcladas en una unión que durará bajo esa forma alrededor de tres cuartos de siglo, quizás más aún. Vivirá unos tiempos que son los peores de la historia. Verá al menos dos guerras llamadas mundiales y las secuelas que consigo traen otros conflictos que se encienden por aquí y por allá; guerras nacionales y guerras civiles, guerras de clases y guerras de razas e incluso, en uno o dos puntos del globo, por un anacronismo que demuestra que nada termina, guerras de religión, que llevan cada una dentro de sí las suficientes chispas para provocar la conflagración que todo lo arrase. La tortura, que nos parecía relegada a la Edad Media, se convertirá en una realidad; la pululación de la humanidad desvalorizará al hombre. Unos medios de comunicación masivos, al servicio de intereses más o menos camuflados, derramarán sobre el mundo, junto con visiones y ruidos fantasmales, un opio del pueblo más insidioso de lo que fue jamás ninguna religión. Una falsa abundancia que encubre la creciente erosión de los recursos dispensará alimentos cada vez más adulterados y unas diversiones cada vez más gregarias, panem et circenses de unas sociedades que se creen libres. La velocidad, al anular las distancias, anulará asimismo la diferencia entre los lugares, arrastrando por todas partes a los peregrinos del placer hacia los mismos sones y luces ficticios, hacia los mismos monumentos tan amenazados en nuestros días como los elefantes y las ballenas, con un Partenón que se desmorona y al que proponen rodear de cristal, con una catedral de Estrasburgo corroída, una Venecia podrida por los residuos químicos y una Giralda bajo un cielo que ya no es tan azul. Cientos de especies animales que habían logrado sobrevivir desde la juventud del mundo serán aniquilados dentro de unos años por motivo de lucro y de brutalidad; el hombre arrancará sus propios pulmones: los grandes bosques verdes. El agua, el aire y la protectora capa de ozono, prodigios casi únicos que han permitido la vida en la tierra, serán manchados y desperdiciados. En ciertas épocas, se asegura que Siva baila sobre el mundo, aboliendo las formas. Lo que hoy baila sobre el mundo es la estupidez, la violencia y la avidez del hombre. No convierto el pasado en un ídolo: estas visitas a unas oscuras familias de lo que hoy es el Norte nos ha mostrado lo que hubiéramos visto en cualquier otro sitio, es decir, que la fuerza y el interés mal entendidos han reinado siempre. El hombre, en todo tiempo, ha hecho algún bien y mucho mal; los medios de acción mecánicos y químicos que se ha procurado recientemente y la progresión casi geométrica de sus efectos han hecho este mal irreversible; por otra parte, unos errores y unos crímenes no muy importantes cuando la humanidad no era, en la tierra, sino una especie igual a las otras, se han convertido en mortales desde que el hombre, víctima de la locura, se cree todopoderoso. El Cleenerwerck del siglo XVII debió inquietarse al ver ascender en torno a Cassel el humo de las bombardas de Mounsier, hermano del rey, cuando combatía al príncipe de Orange; el aire que respirará la hija de Michel y de Fernande llevará hasta ella los humos de Auschwitz, de Dresde y de Hiroshima. Michel-Daniel de Crayencour, emigrado, encontraba asilo en Alemania; hoy ya no existen asilos seguros. Michel-Charles permanece indiferente ante las miserias de los sótanos de Lille; el estado del mundo es el que algún día pesará sobre esa recién nacida.”

La intensidad de la ternura con que observamos a la pequeña Marguerite, es análoga a la intensidad de la crispación y el horror que nos provoca la lectura de hechos bien conocidos por todos, y acaso esa oscilación vacilante que nos lleva de una a otra es la que puede tomar el nombre de conciencia. Pero todo nombre prefigura un destino, o al menos abre una pregunta en torno de él; y entonces decir conciencia tal vez convoque a que tomemos sensatas previsiones respecto de los aspectos menos humanos de la civilización que nos toca transitar. Quizá la conciencia nos invita, en su modalidad perentoria y paciente a la vez, a que nos hagamos cargo de aquellas cosas que, como el lenguaje o como el parto, nos conciernen a todos porque forman parte de nuestra cultura.

¿Por qué sumamos el lenguaje a este periplo? Porque pensamos que hay que seguir buscando entre los pliegues del lenguaje para recuperar territorios simbólicos de autonomía y emancipación. Allí nos espera una audacia libertaria inusitada: la que contribuye al conocimiento de lo que somos y también de lo que podemos llegar a ser. Nunca nos desconocimos tanto como ahora que vivimos bajo el imperio de la civilización global, y nunca como ahora debemos insistir en sostener nuestras culturas singulares, las mismas que nos afianzan en la identidad de mujeres (y hombres), dignas y nobles, que saben acerca del parir y acerca del nacer. Y tenemos que saber que “una civilización puede derrumbarse y se derrumba, pero la cultura no”, porque a la larga el Hombre siente la necesidad de reencontrarse con aquello que lo centra desde la raíz.
(Autor: Carlos Semorile. Publicado en la revista Creávida Nº 9, diciembre de 2006).

Pertenecer a la vida

Los buenos escritores iluminan con sus páginas aquellos aspectos vitales sobre los cuales han decidido posar una mirada tan inteligente como reflexiva. A este miramiento literario, a veces, es preciso acompañarlo de ciertos núcleos teóricos para que -entre ambos- ayuden a profundizar allí donde el hábito se perpetúa en observar tan sólo la superficie de las cosas. Es lo que sucede con este muy intenso fragmento autobiográfico de la brasileña Clarice Lispector –que ella tituló Pertenecer- y unas notas del libro Haptonomía pre- y postnatal, de Catherine Dolto: ellas corren el velo para que, al mirar, veamos.

“Un amigo mío, médico, me aseguró que desde la cuna el niño siente el ambiente, el niño quiere: en él el ser humano desde la cuna ya comenzó. Estoy segura de que en la cuna mi primer deseo fue el de pertenecer. Por motivos que no interesan aquí, de alguna manera yo debía estar sintiendo que no pertenecía a nada ni a nadie. Nací sin motivo. Si en la cuna experimenté esa hambre humana, ésta sigue acompañándome en la vida, como un destino. Al punto que mi corazón se contrae de envidia y deseo cuando veo una monja: ella pertenece a Dios. Exactamente porque es tan fuerte en mí el hambre de darme a algo o a alguien, es que me volví muy arisca: tengo miedo de revelar cuánto necesito y cuán pobre soy. Lo soy, sí. Muy pobre. Sólo tengo un cuerpo y un alma. Y necesito más que eso. Quién sabe si no empecé a escribir tan pronto en la vida porque, al escribir, por lo menos me pertenecía un poco a mí misma. Lo que es un triste facsímil. (…) Casi logro visualizarme en la cuna, casi logro reproducir en mí la vaga y no obstante apremiante sensación de necesitar pertenecer. Por motivos que ni mi madre ni mi padre podían controlar, yo nací y resulté tan sólo: nacida. Sin embargo, fui preparada para ser dada a luz de un modo muy bonito. Mi madre estaba ya enferma, y, por una superstición muy difundida, se creía que tener un hijo curaba a una mujer de su enfermedad. Entonces fui deliberadamente creada con amor y esperanza. Sólo que no curé a mi madre. Y siento hasta el día de hoy esta carga de culpa: me hicieron para una misión determinada y fallé. Como si contasen conmigo en las trincheras de una guerra y yo hubiera desertado. Sé que mis padres me perdonaron por haber nacido en vano y haberlos traicionado en la gran esperanza. Pero yo, yo no me perdono. Querría que simplemente se hubiera cumplido un milagro: nacer y curar a mi madre. Entonces, sí: yo habría pertenecido a mi padre y a mi madre. Yo no podía confiar a nadie esta especie de soledad de no pertenecer porque, como desertor, tenía el secreto de la fuga que por vergüenza no podía conocerse. La vida me hizo de vez en cuando pertenecer, como para darme la medida de lo que pierdo al no pertenecer. Y entonces lo supe: pertenecer es vivir. Lo experimenté con la sed de quien está en el desierto y bebe sediento los últimos tragos de agua de una cantimplora. Y después la sed vuelve y es propiamente en un desierto donde camino.”

Podemos –y hasta debemos- relacionar estas palabras de Lispector con los conceptos que la médica pediatra Catherine Dolto desarrolla en tanto investigadora de la afectividad:

“Desde la vida intrauterina, el niño depende totalmente de las sensaciones que confirman su existencia y se muestra muy sensible a los ofrecimientos de confirmación a los que responde siempre de una manera variable en función de sus estados de disponibilidad y de vigilia. (…) Puede verse, entonces, cuánto, la realidad física del embarazo –indisociable de la vivencia psico-afectiva de ambos padres- corresponde a importantes variaciones de las percepciones y sensaciones que lo afectan a través de la realidad de su vivencia más íntima. A su manera, comparte más o menos directamente las emociones de sus padres. Las modificaciones de sus respuestas atestiguan muchas de sus interacciones. (…) El regazo materno está lejos de ser un universo cerrado sobre sí mismo. Ciertamente, el niño no vive en directo las dificultades que atraviesan su madre y, por este hecho, está en parte protegido. Sin embargo, está mucho más atento y sensible a los mensajes que le llegan de todas partes de lo que se creía en otras épocas.
(…) Se comprende así que las vivencias emocionales de la madre, que están fuertemente ligadas a la vivencia del padre, tienen gran importancia durante todo el embarazo. Esas vivencias parentales influencian mucho el desarrollo del niño y la instauración de lazos de la triada. Todo eso jugará, también, un rol importante en el momento del parto y del nacimiento: dos acontecimientos que suceden juntos, pero son distintos. Cuando ocurren hechos graves durante la vida prenatal, si el niño esta potencialmente en peligro y debe afrontar exámenes repetidos (ecografías, amniocentesis, tomas de sangre del cordón) o si se le debe realizar una cirugía fetal, los padres pueden aportarle, gracias a su acompañamiento, una ayuda considerable. Descubrimos, entonces, cuanto ese ‘estar juntos’ en la afectividad permite reducir el efecto traumático de tales acontecimientos para todos los participantes.”

Para Catherine Dolto –hija y, en cierto sentido, continuadora de Francoise Dolto-, la criatura humana es un ser necesitado (sediento, diría Lispector) de una confirmación afectiva y de una explicación que le aporte sentido a su experiencia vital:

“El recién nacido es alguien que viene de pasar de un estado a otro, con todo lo que eso acarrea en emociones y sensaciones fuertes. Todo lo afecta y todo es potencialmente amenazante, esta acechado. Como cualquier ser humano, está en búsqueda de seguridad ante todo. El niño se abre al mundo con todos sus sentidos despiertos, exacerbados y potentes, con una confianza que será, obligadamente, decepcionada en parte. Allí, todo es por primera vez experiencia nueva; todo deja una profunda marca, buena o mala, en términos de seguridad de base o de inseguridad, de placer o de displacer. (…) Al nacer el niño pierde muchas libertades que eran suyas en el vientre materno, en el que no tenía representaciones imaginarias de un espacio no cerrado. Podía desplazarse hacia lo que llamaba su atención, bailar entre manos tiernas, jugar con su cordón y su placenta, succionar su dedo gordo o su pie, masturbarse. Y ahí lo vemos, pegado a su cuna por la gravedad, incapaz de desplazarse ni de llevar a su boca una mano o un pie cuando, de casualidad o después de muchos esfuerzos, ha logrado aproximarlos. Es victima de una repentina incoordinación motriz que lo frustra en sus seguridades habituales. Muchas veces durante el día debe afrontar el miedo al vacío bajo el cual manos, más o menos segurizantes, lo levantan. Descubre el hambre, la respiración, el frío, el exceso de calor, el dolor de panza, la cola mojada y las vestimentas que aprietan, pican o frotan. Él, que era co-viviente (pero no simbiótico), está ahora dependiente y minusválido en este nuevo mundo en el que enfrenta la soledad por primera vez. En búsqueda de continuidad entre su vida pasada y su nueva situación, explora sus referencias sensoriales y sensuales en el contacto con sus padres. A través de esas referencias de continuidad, la cuestión de su identidad está en juego. Ante esa marejada de sensaciones y emociones fuertes, de percepciones nuevas y afectos variados se encuentra sin defensa, a no ser que se encierre en la anestesia de las percepciones y la renuncia a sí mismo. Todos sus sentidos están alerta; está al acecho de todo lo que le hace signo; busca el sentido en todo lo que siente. Es ‘todo pregunta’, ya que es humano; es ‘todo espera’ porque no puede hacer nada por sí mismo para asegurar su supervivencia. La inmadurez del pequeño humano en búsqueda de sentido hace de ese cruce entre el deseo y la necesidad una encrucijada peligrosa, ya que allí todo se vuelve signo, todo es lenguaje para él; pero quienes están a cargo de él a menudo no lo saben. De allí provienen muchos malentendidos dolorosos, a veces trágicos. Desgraciadamente, sus esfuerzos de adaptación, sus miedos y sus sufrimientos pasan –la mayor parte de las veces-inadvertidos a los ojos de su entorno que lo interpretan sin conocer su lengua. Se puede, probablemente, explicar así los ‘jirones’ de paranoia que, en ciertas circunstancias, se encuentran en los adultos a pesar de su buena salud psíquica.”

La seguridad o la inseguridad de base hacen al modo en que un ser humano puede afirmarse en el mundo, y el mismo papel cumplen las respuestas –verdaderas, falsas o, peor, inexistentes- que el bebe recibe en su continuo preguntar por el sentido de las sensaciones que lo abruman:

“Porque es humano, el recién nacido está listo para amar a quienes lo rodean, incluso a riesgo de perder la vida o el sentido común. Los lactantes temen la soledad en la que podrían ahogarse, soledad mucho más compleja por el hecho de no serlo aún. (…) En estos tres primeros meses, el niño se somete muy rápidamente a lo que se le propone. Los bebés son inteligentes; saben que no pueden elegir. Aceptan pasar por inverosímiles enredos neuróticos, si ése es el camino impuesto por sus padres, con tal de intercambiar amor por supervivencia, que están estrechamente unidos en este preciso momento. Me gusta decir que los bebés son ‘atletas del amor’: saben que hay que amar para vivir. Imaginen lo que esto representa para seres que durante nueve meses quisieran demostrar lo que les gusta y lo que no, jugar, bailar y que no se les hiciera ninguna proposición adecuada. Tras su nacimiento, se les proponen aun cosas que no les convienen. Se los separa de aquello que representa todo su universo de referencia; se los mete en una incubadora para que no tengan frío; se los hace dormir en el otro extremo de la Maternidad, ‘para que la madre descanse bien’. Después, cuando ellos quieren dormir, queremos que coman; cuando quieren comer, queremos que sean pacientes y sonrían.”

Estas notas, nos hablan de una Catherine Dolto preocupada por lo que ella llama la ciencia de la afectividad -o Haptonomía- que eluda estos malos entendidos entre las expectativas de los padres y las verdaderas necesidades de los hijos (a la Lispector no la espera un regazo que le otorgue seguridad afectiva, sino que la aguarda una expectativa desmesurada). En este sentido, es muy claro el ejemplo que Lispector brinda en Pertenecer: la conciben para curar a su madre, pero fracasa (y no pensemos que el caso es una rareza, pues a partir del uso de las células madre contenidas en el cordón umbilical, esto puede devenir en una tendencia masiva). Y aunque sus padres le perdonan el “haber nacido en vano y haberlos traicionado en la gran esperanza”, es ella misma la que no se perdona.

Pero estos fragmentos de Dolto hablan, sobre todo, de esa capacidad atlética que todos tenemos para el amor y que en el relato de Clarice Lispector está presentado como una angustiosa necesidad de pertenecer –a algo o a alguien-. Y si pertenecer es vivir, la soledad no pertenecer es tanto peor en la medida en que todavía no es la soledad del adulto autónomo, sino que es la del abandono en que un bebe podría –literalmente- ahogarse. Manuel Scorza, en su fantástica Historia de Garabomobo el invisible, dice lo mismo pero en un tono poético: “No existe animal solitario. El peor de los castigos es la exclusión. El animal que ha inventado la risa necesita un eco”. Y luego, plantea una teoría de los determinantes años que nos forman: “¿Qué es mejor? ¿La grandeza o la felicidad? La verdadera patria del hombre es su infancia. Cruzando esa frontera ya se es para siempre sublime o canalla”. Mejor es, qué duda cabe, la felicidad, y lo mejor sería que al nacer se nos cobije con dosis parejas de seguridad y de sentido para que realmente podamos contar con la infancia como patria y no tengamos ni siquiera la oportunidad de ser canallas.
(Autor: Carlos Semorile. Publicado en la revista Creávida Nº 8, septiembre de 2006).

“Nadie nos pertenece, salvo en la memoria”

La abuelidad está lejos de ser un estado espontáneo al que los ancianos se acomodan con la misma naturalidad con que cobran sus jubilaciones (y sería prudente suponer que en todo lo que implica “jubilarse” no sea tan fácil encontrar actitudes resignadas). La misma palabra “abuelo” -concluyente, definitiva- provoca un intenso escozor de incomodidad: “¡si acababa de comenzar. Dios mío!”. Pero cuando uno mismo ha plantado casi un bosque para consagrar de la vida su esplendor que fluye al paso del tiempo, no es fácil mantenerse tan terco y negarse a que los nietos trepen por uno como si el abuelo fuera uno de esos sólidos árboles de abultado tronco. Así las cosas, se llega -como toda vez que algo nos mueve de lugar- a la pregunta fundamental: ¿quién creo que soy?, o al menos: ¿quién soy ahora? El abuelo, se contesta el abuelo, sin por ello dejar de pensar que usurpa el lugar de una creatividad que no le es propia. Una creatividad -la de los hijos- que obliga, por ejemplo, a cierto abuelo a rastrear el modo en que esa hija que ahora está por parir se hizo presente en su vida:

“Pero la idea de que su primer nieto entrara en el mundo sin que él estuviera cerca era dolorosa. Judith había nacido en Inglaterra y la vio por primera vez muy envuelta en pañales, un bulto compacto de cara redonda y roja. Fue el primer recién nacido que tuvo en brazos; pensaba que sería una experiencia precaria, saturada de miedo a dejar caer algo tan valioso y frágil, pero no, hasta en el niño más diminuto había una fuerza adhesiva, un algo que encajaba activamente en tus brazos y tus manos, desterrando el temor. La cabeza caliente e insegura, los ojos errátiles como gotas opacas de un líquido celeste, la carita fruncida, colérica y musculada por la voluntad de vivir. ‘Estamos juntos en esto, papá’, le había asegurado el cuerpo de la nena, ‘y lo vamos a superar los dos’.”

Este abuelo -de un cuento de John Updike, Abuelos -, sabe positivamente que hace mal no estar ahí para recibir a las criaturas: el miedo puede apoderarse del terreno, y uno quedar paralizado ante la enormidad de vida que le depositan en los brazos. A los bebes -tal vez- los ayude este primer “miramiento”, pero es indudable que quienes sí lo precisan son los padres, que necesitan sentir la adhesiva fuerza de su voluntad de vivir, el gesto de un cuerpito que dice: “Estamos juntos en esto, y lo vamos a superar los dos”. Pero veamos qué se dicen ahora estos dos seres, madre y abuelo recién estrenados:

“Cuando por fin, a despecho de las estrictas normas, le dejaron pasar a ver a su hija, encontró a Judith inesperadamente neutral después de la prueba: ni extenuada ni jubilosa, ni enferma ni buena, ni más vieja ni más joven que sus treinta y un años. Tenía puesto un camisón de hospital debajo del viejo albornoz azul celeste de Joan, y estaba sentada en el borde de la cama. Acababa de dar de mamar al niño, y las enfermeras se lo habían vuelto a llevar al nido.
-No sé, papá -dijo-. Ha sido un poco extraño. Esta mañana me han puesto ese ser en los brazos y es que no tenía ni idea de qué hacer con él. Ni sabía casi dónde tenía la cabeza y dónde los pies. Tenía miedo de dejarlo caer y me sentía, comprendes, muy torpe.
El se sentó en el sillón de cuero que Andy había ocupado la noche anterior y sonrió paternalmente.
-Dejarás de sentirte torpe enseguida.
-Sí, eso es lo que dice Paul. -Paul, el sabelotodo. Sólo por la manera en que Judith pronunciaba su nombre, se había ganado un ascenso inmerecido. Richard se notó más celoso y resentido frente a Paul y el niño que frente a Andy. Judith dijo-: El ya es un gran padre.
-A lo mejor es un papel más fácil. No hay todo ese..., ese tinglado. A lo mejor tú todavía sientes al niño como parte de ti, como un pie. Quiero decir, ¿cuánto sentimiento se puede desarrollar de buenas a primeras hacia un pie? ¿Cómo fue realmente el... parto?
Desde su primera infancia Judith había sido del género fuerte e independiente, un poco opaca en sus sentimientos, con algo de la llaneza desenvuelta de su madre.
-Bien -dijo-. El parto fue bien. Paul lo hizo estupendamente, lo de la respiración. Hubo un momento en que se puso a cantar, y les hizo reír a todas las enfermeras. Pero en lo del método Lamaze no tenían razón. Duele. No hacían más que decir que era sólo presión, pero dolía, papá.
La tibieza acudió a sus ojos al imaginarse a su hija sufriendo. Parpadeó y se puso en pie, y le dio un besito en la frente, aquella frente ancha y pálida que desde el principio, por más que él la quisiera, guardaba tras de sí sus secretos, sus sensaciones, su identidad.
-Debo irme. Las enfermeras quieren hacerte algo.
-Ve a verle, está a la vuelta de la esquina. A ver a quién crees tú que se parece. Mamá dice que se parece al abuelo, por la boca, que tiene un hoyito en el centro y baja en las comisuras.
-A mí eso me hace pensar en la boca de Andy. No supondrás que él es el abuelo real, ¿verdad?
Judith tardó un momento en comprender y darse cuenta de la ironía de su padre. Estaba tan atontolinada como él; a él le habían comprimido durante la noche, y a ella la habían escindido en dos.
-Por cierto -dijo-, tu madre te manda un beso. Andy tenía que volver corriendo a Boston a primera hora de la mañana, tan pronto como pudieran rescatar el coche del aparcamiento, donde se quedó atrapado anoche.
-Me lo ha contado todo. Han estado aquí, ella y Andy, nada más desayunar. Le convencería ella, supongo.
Richard se echó a reír.
-Va a ser difícil seguir el ritmo de tu madre en esto de ser abuelos.
-Sí. Tendrías que haberla visto sostener el niño. Ella sí sabía dónde tenía la cabeza.
A él también le pareció evidente, cuando una enfermera acercó a su nieto a la ventana, que aquel pomelo rojizo, ceñudo con los ojos cerrados y unos pocos mechones de pelo sedoso, claro como el de su padre, era una cabeza humana, y que los diminutos apéndices azules del otro extremo, sin envolver, eran dedos de los pies.
-¿Quiere tomarlo en brazos? -le preguntó a través del cristal la enfermera, que era joven y negra.
-¿Puedo?
-Usted es el abuelo, ¿no? Los abuelos son personas especiales aquí.
Y el cuerpo en miniatura del niño sí se adhirió a su pecho y a sus brazos, aunque más débilmente que los bebés que él había osado llamar suyos. Nadie nos pertenece, salvo en la memoria.”
(Autor: Carlos Semorile. Publicado en la revista Creávida Nº 7, abril de 2006)