lunes, 9 de febrero de 2015

El Flaco incesante



La presidenta Cristina Fernández publica una nota sobre el desendeudamiento de la Argentina, y la acompaña con una bella y desconocida foto de Néstor Kirchner. La imagen lo muestra sacando medio cuerpo afuera de un tren, saludando con el puño apretado a la muchedumbre que se ha reunido a recibirlo a la vera de las vías con banderas celestes y blancas. Se ven señoras, hombres, pibes, madres con sus niños a cuestas, y una adolescente muy arregladita y sonriente que lleva collares sobre la camiseta de Racing y en la mano una bandera nacional. Al fondo, unos árboles y unos edificios y un remolino de gente en torno a la que suponemos es la estación. Si no fuese una fotografía, podría tratarse de un lienzo en el que el pintor dejó retratado un pasaje de nuestra vida comunitaria. Es el líder dándole fuerza a su pueblo para que nadie desfallezca, para que ninguno afloje.

Es una imagen muy emotiva. La corbata de Kirchner flamea con el viento, y no es difícil pensar que si el tren estuviese detenido, él ya se habría lanzado al abrazo de esos corazones. Tampoco cuesta nada imaginar su voz afónica, la del final de sus discursos, haciendo un llamamiento al coraje, a la confianza para salir de la maldición de no creer en nosotros mismos, a terminar con los privilegios y construir una Patria para todos, con soberanía, justicia e igualdad. ¿Cuántas veces Néstor nos llamó por nuestro nombre -“argentinos”, “argentinas”- y nos dijo lo que en verdad valíamos, y nos habló del amor como una categoría política? ¿Y cuántas veces no terminó sus arengas al borde del desborde, agradeciéndonos –él a nosotros- por el cariño y el acompañamiento? Por todas estas cosas, y por muchas más que no caben en estas líneas (como el desendeudamiento), Kirchner está siempre. Es Néstor, el Flaco incesante.

Por Carlos Semorile.

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