Una de las más bellas sentencias políticas que se han escrito en la
Argentina reza lo siguiente: “Creer: he
allí toda la magia de la vida. Atreverse a erigir en creencias los sentimientos
arraigados en cada uno, por mucho que contraríen la rutina de creencias
extintas, he allí todo el arte de la vida”. Su autor no era un hombre
religioso, pero tenía muy presente los aspectos espirituales que permiten
pensar las multitudes como pueblo.
Había comenzado como agrimensor, luego publicó un libro de
poemas que pudo haberlo congelado en cierto parnaso de las letras, pero se
dedicó a desentrañar la trastienda entreguista de una época atroz: la Década
Infame. A partir de ese momento, Raúl Scalabrini Ortiz –que de él se trata-
supo que debía luchar en varios frentes, inclusive en el plano personal: “Sin una creencia el hombre vale menos que
un hombre. Sus poderes se amenguan, su vitalidad se marchita. Ignoraba que
fuese tan arduo el aprendizaje de creer”.
Lo sucedido ayer 24 de Marzo en las plazas de nuestro país –comenzando
por la Plaza de Mayo que él llamaba “la
plaza de nuestras libertades”, pero también en Rosario, Córdoba, Mendoza,
Mar del Plata y tantas otras ciudades y pueblos- puede y de seguro va leerse de
muchas maneras. Pero sea cual sea el análisis, haríamos mal si soslayásemos el
componente espiritual que expresaron masivamente tantas argentinas y argentinos
para quienes viene resultando en extremo difícil el aprendizaje de creer.
No digo nada nuevo si expreso que todo el sistema que conocemos como
“establishment”, conspira de forma constante contra la posibilidad de que
alcancemos la potencia de creer en nosotros en tanto pueblo. Tampoco si reitero
que este tiempo desquiciado que venimos atravesando fue socavando algunas de
las creencias igualitarias que no hace tanto nos permitieron sostener “un pequeño horizonte para cada esperanza”
(de nuevo Scalabrini).
Pero lo extraordinario también ocurre, y en este caso se fue generando
desde cada pequeño espacio que trabajó con tenacidad para hacer de este 24 un
acontecimiento memorable. Todas y todos salimos de nuestras casas sostenidos en
la creencia de que, junto a otros cientos de miles de compatriotas, íbamos a
protagonizar un hecho político de trascendencia histórica porque estábamos
dispuestos a contrariar una rutina cruel de sometimiento material y anímico.
Fue un genuino levantamiento espiritual.
Constatamos en las calles que “los
pueblos siempre vuelven y encuentran los caminos” cuando son capaces de
creer en la primacía de la vida colectiva.
Por Carlos Semorile. (Foto de Carlos Brigo).

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