Un profesor que tuvimos, antropólogo
él, solía cuestionarnos algunas certezas históricas al preguntarnos si la Edad
Media había comenzado al mismo tiempo en todas partes y para todo el mundo, o si
había ido llegando a cada espacio social según sus distintos ritmos y
peculiaridades que valía la pena analizar. Lo mismo puede decirse de la que
habitualmente llamamos La Dictadura Genocida, para diferenciarla de las
dictaduras que la precedieron, pero que la fueron anunciando.
Mirta Elena Misetich nació y se crio
en un ambiente económicamente desahogado pues su padre era un alto ejecutivo de
Grafa, empresa perteneciente al grupo Bunge & Born. De destacada
inteligencia, sacó una de las notas más altas para entrar a trabajar como
programadora de IBM, en la época en que las computadoras ocupaban casi todo un
piso. Sin embargo, ella aseguraba que el que era realmente inteligente era su
hermano Antonio, quien siendo niño había diseñado y armado sin ayuda de nadie
el circuito de un tren eléctrico. Acabó renunciando a ese trabajo bien
remunerado porque terminaba agotada y porque su sensibilidad hacía que sus
intereses ya fueran otros, sociales y políticos.
Estudiando sociología, en la
biblioteca de la vieja Facultad de Filosofía y Letras conoció a quien sería su
compañero de vida y militancia, Juan Pablo Maestre. Ambos formaron parte de los
orígenes de las proto-FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), a la que Mirta se
integró por sus propias convicciones y no por ser la pareja de Maestre. Juan
Pablo valoraba su buen humor y su capacidad para la dicha: “Yo soy muy feliz con mi gordita”, decía Pablo cuando le
preguntaban por qué ella y no otra.
Tras el secuestro y desaparición del
matrimonio Verd-Palacio en San Juan y el intento de secuestro de Roberto Quieto
en Villa Urquiza, Mirta y Juan Pablo pasaron a la clandestinidad con la idea de
trasladarse a Cuyo. No llegaron a hacerlo porque el 13 de julio de 1971 ambos
fueron secuestrados en la entrada del edificio de los padres de Mirta en pleno
centro de Belgrano por una patota que logró separarlos y llevárselos ante la
presencia de numerosos vecinos convertidos en aterrorizados testigos.
El domingo 18 de julio los padres de
Mirta y su hermano Antonio, que había regresado de EE.UU., se acercaron a la
Quinta de Olivos y solicitaron una entrevista con Lanusse. Como en el episodio
de Aramburu y los familiares de los fusilados del ´56, Lanusse se negó a
recibir la súplica del matrimonio Misetich. Aunque prometió ocuparse del caso,
en realidad ya lo había hecho: Juan Pablo había sido asesinado y arrojado en un
zajón de Escobar (fortuitamente hallado por un pescador, fue enterrado como
N.N.), y Mirta todavía hoy continúa desaparecida.
De todos modos, y con el fin de hacer
diverger los reclamos de las dos familias, el Ministro del Interior de Lanusse,
Arturo Mor Roig, y su jefe de policía, Cáceres Monié, sembraron falsas
esperanzas en los padres de Mirta: “El señor Antonio Anselmo Misetich (…)
entrevistó ayer por la mañana al ministro del interior, doctor Mor Roig y en
horas de la tarde fue recibido por funcionarios de la Presidencia de la Nación.
Según trascendió, el día martes conversó por segunda vez con el jefe de
Policía, general Jorge Cáceres Monié. Una fuente vinculada a la Policía Federal
reveló que en esa entrevista el general Cáceres Monié le dio esperanzas al
señor Misetich sobre los resultados de las investigaciones que viene realizando
la Policía. Según la misma fuente, le habría comunicado que la Policía sabe que
Mirta Misetich se halla con vida, reponiéndose del shock que recibió por el
episodio vivido. Le habría agregado que en los próximos días podrían producirse
novedades”. (“El padre de Mirta Misetich realizó gestiones en la Casa de
Gobierno”, La Opinión, 29-7-1971).
(El hermano de Mirta, el físico
Antonio Misetich (hijo) fue uno de tantos científicos talentosos que emigraron
a los EE.UU. para desarrollar allí las investigaciones que aquí no podían
realizar: llegó a trabajar en la NASA como físico nuclear. Cuando regresó a la
Argentina tras la desaparición de Mirta, entró a trabajar en la Comisión
Nacional de Energía Atómica (CNEA), y en el plano político se integró a las
FAR, hasta que él mismo fue secuestrado y desaparecido en abril de 1976 por un
Grupo de Tareas de la ex Esma. El senador estadounidense Edward Kennedy realizó
gestiones para interceder por Antonio Misetich, pero las mismas resultaron
infructuosas).
Pasarían muchos años para que fuese
publicada una semblanza sobre Mirta. Realizada por Pedro Lipcovich lleva por
título “Mirta Misetich. El valor y la piedad”, y fue publicada el 26-5-2006 por
Página/12 en su suplemento aniversario “Los que no fueron tapa”. Allí se
asegura que Mirta “sostuvo hasta su muerte una forma de hacer política, una
forma de definir la vida, en la que se aunaban el valor y la piedad”.
También se recogen dos testimonios,
el de su prima Marta Gan (“cuando éramos chicos, Mirta y Antonio venían a pasar
las vacaciones acá. Se apasionaban por las excursiones. En la adolescencia, Mirta
era una chica risueña, cariñosa; era muy linda”), y el de E.R., ex militante de
las FAR: “Cuando la secuestraron, Mirta era mi "responsable". Yo
venía en crisis con la militancia. Había entrado a los 18 años y esa vida
compartimentada llegó a ser para mí algo muy solitario, muy próximo a la
muerte. Empecé a querer irme. Nadie me puso obstáculos pero sentí que, claro,
yo había dejado de ser lo que se llamaba un "cuadro valioso". Mirta
no sentía las cosas de ese modo; creo que ella no se consideraba un "cuadro
valioso" y que para ella yo, cualquiera, era valioso tanto si se quedaba
como si se iba. Yo creo que Mirta estaba llena de piedad. En eso fue que la
secuestraron. Yo me reunía con ella en un bar y la consigna era, si no iba,
repetir la cita varias veces en el mismo lugar. Ella faltó una vez y yo seguí
yendo. Empezó a aparecer en los diarios el secuestro de los Maestre; yo no
conocía el apellido de ella, no pensé que fuera ella y seguía yendo a ese bar
hasta que, de casualidad, una compañera de la organización me vio, me hizo
salir y me contó lo que había pasado. Quiere decir que, si Mirta hubiera
hablado cuando la torturaban, a mí me podían haber agarrado en el bar. Quiere
decir que me salvó la vida”.
Por Carlos Semorile.