sábado, 14 de agosto de 2010

El Chicho, el Frente Sandinista y Cristina frente a “los medios”

Cada vez que escucho a la derecha quejarse de “6-7-8” vuelvo a formularme la misma pregunta: ¿no tiene derecho a defenderse un proyecto transformador? ¿No es precisamente quitándonos ese derecho como siempre se han fracturado las experiencias de cambio? Por ejemplo, la guerra de los medios al gobierno del Chicho Allende era descarada y brutal, pero tanto él como sus seguidores estaban atados de pies y manos para combatir infamias y mentiras. Durante esa época, compartía mis días escolares con niños de la clase alta de Santiago y cotidianamente los veía despreciar todo lo chileno y exaltar todo lo extranjero -incluido lo argentino-. Un día de fiesta en el colegio, mi viejo se acercó hasta mi grupo de compañeros y con fingida ignorancia le preguntó a esos pibes petulantes qué pensaban de “ese señor Allende”. Los cogotuditos estaban felices de largar toda la mierda que tenían atorada contra “el roto” del presidente. A mí, el examen me parecía insostenible: íbamos a ser descubiertos de un momento a otro y ya calculaba la distancia desde el aula hasta el portón de salida. Pero mi educación semiológica me inducía al error. Mis tíos y mi propio padre me habían enseñado a desconfiar de la tele: cada vez que “el muchachito” del clásico western iba a abrir la boca, ellos se adelantaban y decían la frase exacta que los guionistas hollywoodenses ya habían escrito millares de veces. En aquel entonces, yo creía que esos niñitos estaban igual de preparados para resistir el bombardeo mediático. Pero ese día descubrí que era al revés: ellos estaban -por usar un término actual- “formateados” por los comunicadores. Decían las mismas cosas que la cantinela difamante de los medios repetía mañana, tarde y noche: Salvador Allende era, poco más o menos, un usurpador. Y muchas veces me pregunto qué habrá sido de ellos luego del infame período pinochetista, cuántos habrán descubierto el truco, cuántos se lo habrán pasado sin digerir a sus propios hijos. La segunda vez que me topé aguda y masivamente con la misma problemática fue hacia finales de la primera experiencia sandinista. Todos los días, “la contra” masacraba jóvenes nicaragüenses en la frontera con Honduras, pero nunca hubiera podido enterarme de ello leyendo La Prensa. Para el diario de Violeta (“la viuda” de) Chamorro lo único realmente grave que sucedía era que, bajo el sandinismo, no se podía opinar libremente. Curiosamente, el diario de la aristocracia nica destilaba veneno y falsedad en cada una de sus páginas, y muchos nos preguntábamos si valía la pena permitir tamaña obscenidad mientras el país sufría una agresión militar financiada por los gringos. Todavía me lo pregunto: ¿cuántos años retrocedió Nicaragua desde que Chamorro desplazó al FSLN utilizando “la prensa”, cuántas generaciones se perdieron? Los mártires que cayeron combatiendo al somosismo, ¿no merecían más audacia y creatividad frente a la cacareada “libertad de empresa”? Finalmente, nuestro presente argentino de hoy vuelve a llevarme a las mismas cuestiones y a parecidas preguntas. Cada tapa de Clarín, cada editorial de La Nación, cada embestida de TN ó Radio Mitre, ¿no son un reconocimiento explícito de que no saben, no pueden y, sobre todo, no quieren vivir en un país democrático? Vivimos, lo sepamos o no, permanentemente jaqueados por el odio oligarca. Pestilencias semejantes trituraron las experiencias de Chile y Nicaragua. En resumidas cuentas, en la Ley de Medios vive una parte nada desdeñable de nuestro futuro. Está en juego “la superioridad de la palabra”, esa que puede hacernos libres sin que lo demás importe nada.
Por Carlos Semorile.

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