De golpe y porrazo, vuelve
a funcionar el reproductor de compactos y saco al azar un “cidí” que resulta
ser de Silvio y, como nos pasa cuando hace mucho que no escuchamos algo, le “pongo
el óido” con más cuidado. La canción cuenta un día cualquiera de su vida, que
comienza con un café y un diario: “Me
entrego preocupado a la lectura del diario acontecer de nuestra trama, y sé por
la sección de la cultura que el pasado conquista nueva fama”. Pienso en el
saludo nazi de ciertos personajes: si pasa, pasa.
El verso
inmediatamente anterior dice: “Leo que
hubo masacre y recompensa, que retocan la muerte, el egoísmo. Reviso, pues, la
fecha de la prensa: pareció que ayer decía lo mismo”. Lo notable es que aún
nos asombre la constatación de la masacre recompensada, pero está bien porque
quiere decir que todavía funciona un núcleo de irreductible humanismo que no se
acostumbra al egoísmo ni a la muerte, que suele ser la no tan visible consecuencia
de las políticas que deprecian la vida.
Ese eje humanista
tiene su basamento en el legado ético que mamamos siendo críos y que más o
menos se mantiene en pie a lo largo de una vida, lo cual es casi increíble si
consideramos el cúmulo de inequidades a la que está sometida casi cualquier
existencia. Mi tío “Marucho” Maestre lo decía mucho mejor: “Los garcas deberían estar agradecidos de que los pobres no hagan rodar
sus cabezas”. Y eso que “Marucho” no era ningún caído del catre, y sabía bien el rol que juegan las “casas de
tolerancia periodísticas”.
Así las caracterizó León
Trotsky hace más de cien años, y explicaba: “La
burguesía, las clases poseedoras, no resignarán sin lucha lo que se encuentra
en sus manos. Saben qué poderoso instrumento es la prensa. Tienen a sueldo a
una importante plantilla de periodistas de ambos sexos que, defendiendo la
libertad de prensa, defienden su fuente de ingresos y la fuente de su barata
popularidad. Todas estas personas luchan con todos los medios disponibles
contra nuestra política relativa a la libertad de prensa; no sueltan de sus
garras los anuncios, no se someten al decreto, mienten, difaman, vociferan,
maldicen…”. Muy pocas veces se rectifican, como hoy con el caso del cadáver
de rehén israelí, que al final sí era el correcto.
Pero bien que mientras
tanto lo usaron sin pudor (al cadáver y al dolor de sus deudos; enseguida volveremos
sobre el punto) para enlodar más aún la imagen de una organización político-militar
con la que llegaron a un acuerdo, acuerdo que el Estado Terrorista de Israel no
ha dejado de incumplir todas las veces que se le dio la gana, por no mencionar
el saldo de 70 mil palestinos masacrados, muchos de ellos insepultos. ¿Ves cómo
te hacen llorar como un deudo a ciertos muertos e ignorar a otros miles?
Es lo que se nos
ocurre llamar bajo el descriptivo nombre de “proceso inducido de indignación
selectiva”, y decimos “descriptivo” porque no apelamos a una designación “valorativa”:
simplemente decimos que es así cómo ocurren las cosas; o, para decirlo mejor,
así es cómo los medios consiguen que las cosas “ocurran” de cierta manera –y no
de otra- en la cabeza de la gente. Pero es todavía peor, porque están logrando
que las personas estén “creídas de su
libertad en pleno sometimiento” (Yourcenar).
Así es posible, por
ejemplo, que un amigo publique una levísima chicana respecto a la estafa piramidal
promovida por el ungido, y que el hermano de un viejo amigo en común se
desboque en agravios, usando la típica “lengua
del ultraje” (González dixit) que ya es parte del ambiente cloacal en que
han convertido el derecho de opinión trastocado en libertad de insultar a lo
pavote. Luego el hermano del antiguo amigo pide disculpas en privado, sin hacerse
cargo de su beligerancia pública porque “estaba
borracho”.
Es probable que lo estuviera,
pero no del modo en que él cree: como muchas y muchos compatriotas, está sumido
en un estado de ebriedad en la que el odio al semejante no sólo está permitido,
sino que está incitado a derramarse como injuria sobre aquellos que nos
permitimos disentir con el mandato de aborrecer a las grandes mayorías desposeídas.
Y este es, retomando un asunto crucial que mencionamos más arriba, la mayor
amenaza: no quieren dejar en pie ni siquiera la idea de amor al prójimo.
La gran estafa de los
medios, aquí y en todas partes, es concurrente con toda estafa económica y política,
y está horadando la médula de la humanidad entendida como un tejido social que
aspira a su emancipación.
Por Carlos Semorile.