lunes, 23 de marzo de 2026

Mirta Misetich, desaparecida por la dictadura… de Lanusse


Un profesor que tuvimos, antropólogo él, solía cuestionarnos algunas certezas históricas al preguntarnos si la Edad Media había comenzado al mismo tiempo en todas partes y para todo el mundo, o si había ido llegando a cada espacio social según sus distintos ritmos y peculiaridades que valía la pena analizar. Lo mismo puede decirse de la que habitualmente llamamos La Dictadura Genocida, para diferenciarla de las dictaduras que la precedieron, pero que la fueron anunciando.

Mirta Elena Misetich nació y se crio en un ambiente económica desahogado pues su padre era un alto ejecutivo de Grafa, empresa perteneciente al grupo Bunge & Born. De destacada inteligencia, sacó una de las notas más altas para entrar a trabajar como programadora de IBM, en la época en que las computadoras ocupaban casi todo un piso. Sin embargo, ella aseguraba que el que era realmente inteligente era su hermano Antonio, quien siendo niño había diseñado y armado sin ayuda de nadie el circuito de un tren eléctrico. Terminó renunciando a ese trabajo bien remunerado porque terminaba agotada y porque su sensibilidad hacía que sus intereses ya fueran otros, sociales y políticos.

 Estudiando sociología, en la biblioteca de la vieja Facultad de Filosofía y Letras conoció a quien sería su compañero de vida y militancia, Juan Pablo Maestre. Ambos formaron parte de los orígenes de las proto-FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), a la que Mirta se integró por sus propias convicciones y no por ser la pareja de Maestre. Juan Pablo valoraba su buen humor y su capacidad para la dicha: “Yo soy muy feliz con mi gordita”, repetía Pablo cuando le preguntaba por qué ella y no otra.

 Tras el secuestro y desaparición del matrimonio Verd-Palacio en San Juan y el intento de secuestro de Roberto Quieto en Villa Urquiza, Mirta y Juan Pablo pasaron a la clandestinidad con la idea de trasladarse a Cuyo. No llegaron a hacerlo porque el 13 de julio de 1971 ambos fueron secuestrados en la entrada del edificio de los padres de Mirta en pleno centro de Belgrano por una patota que logró separarlos y llevárselos ante la presencia de numerosos vecinos convertidos en aterrorizados testigos.

 El domingo 18 de julio los padres de Mirta y su hermano Antonio, que había regresado de EE.UU., se acercaron a la Quinta de Olivos y solicitaron una entrevista con Lanusse. Como en el episodio de Aramburu y los familiares de los fusilados del ´56, Lanusse se negó a recibir la súplica del matrimonio Misetich. Aunque prometió ocuparse del caso, en realidad ya lo había hecho: Juan Pablo había sido asesinado y arrojado en un zajón de Escobar (fortuitamente hallado por un pescador, fue enterrado como N.N.), y Mirta todavía hoy continúa desaparecida.

 De todos modos, y con el fin de hacer diverger los reclamos de las dos familias, el Ministro del Interior de Lanusse, Arturo Mor Roig, y su jefe de policía, Cáceres Monié, sembraron falsas esperanzas en los padres de Mirta: “El señor Antonio Anselmo Misetich (…) entrevistó ayer por la mañana al ministro del interior, doctor Mor Roig y en horas de la tarde fue recibido por funcionarios de la Presidencia de la Nación. Según trascendió, el día martes conversó por segunda vez con el jefe de Policía, general Jorge Cáceres Monié. Una fuente vinculada a la Policía Federal reveló que en esa entrevista el general Cáceres Monié le dio esperanzas al señor Misetich sobre los resultados de las investigaciones que viene realizando la Policía. Según la misma fuente, le habría comunicado que la Policía sabe que Mirta Misetich se halla con vida, reponiéndose del shock que recibió por el episodio vivido. Le habría agregado que en los próximos días podrían producirse novedades”. (“El padre de Mirta Misetich realizó gestiones en la Casa de Gobierno”, La Opinión, 29-7-1971).

(El hermano de Mirta, el físico Antonio Misetich (hijo) fue uno de tantos científicos talentosos que emigraron a los EE.UU. para desarrollar allí las investigaciones que aquí no podían realizar: llegó a trabajar en la NASA como físico nuclear. Cuando regresó a la Argentina tras la desaparición de Mirta, entró a trabajar en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), y en el plano político se integró a las FAR, hasta que él mismo fue secuestrado y desaparecido en abril de 1976 por un Grupo de Tareas de la ex Esma. El senador estadounidense Edward Kennedy realizó gestiones para interceder por Antonio Misetich, pero las mismas resultaron infructuosas).

Pasarían muchos años para que fuese publicada una semblanza sobre Mirta. Realizada por Pedro Lipcovich lleva por título “Mirta Misetich. El valor y la piedad”, y fue publicada el 26-5-2006 por Página/12 en su suplemento aniversario “Los que no fueron tapa”. Allí se asegura que Mirta “sostuvo hasta su muerte una forma de hacer política, una forma de definir la vida, en la que se aunaban el valor y la piedad”.

También se recogen dos testimonios, el de su prima Marta Gan (“cuando éramos chicos, Mirta y Antonio venían a pasar las vacaciones acá. Se apasionaban por las excursiones. En la adolescencia, Mirta era una chica risueña, cariñosa; era muy linda”), y el de E.R., ex militante de las FAR: “Cuando la secuestraron, Mirta era mi "responsable". Yo venía en crisis con la militancia. Había entrado a los 18 años y esa vida compartimentada llegó a ser para mí algo muy solitario, muy próximo a la muerte. Empecé a querer irme. Nadie me puso obstáculos pero sentí que, claro, yo había dejado de ser lo que se llamaba un "cuadro valioso". Mirta no sentía las cosas de ese modo; creo que ella no se consideraba un "cuadro valioso" y que para ella yo, cualquiera, era valioso tanto si se quedaba como si se iba. Yo creo que Mirta estaba llena de piedad. En eso fue que la secuestraron. Yo me reunía con ella en un bar y la consigna era, si no iba, repetir la cita varias veces en el mismo lugar. Ella faltó una vez y yo seguí yendo. Empezó a aparecer en los diarios el secuestro de los Maestre; yo no conocía el apellido de ella, no pensé que fuera ella y seguía yendo a ese bar hasta que, de casualidad, una compañera de la organización me vio, me hizo salir y me contó lo que había pasado. Quiere decir que, si Mirta hubiera hablado cuando la torturaban, a mí me podían haber agarrado en el bar. Quiere decir que me salvó la vida”.

 Por Carlos Semorile.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Todas las formas de menoscabo de lo humano


 

Desde 1948 el pueblo palestino ha sufrido, a manos del Estado de Israel, “todas las formas de menoscabo de lo humano”. La frase es del Profe González y la repetimos hoy, mientras sigue el genocidio en curso, para que nadie finja demencia. Y porque es inadmisible y repugnante. Da mucho asco.

Por Carlos Semorile.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

El verosímil


 

Una de las cosas que hace que los relatos funcionen es su grado de verosimilitud. O, dicho de otro modo, que esa narración contenga un cacho suficiente de verdad como para ser aceptada por quien al escucharla, verla o leerla no sienta que insultan su inteligencia proponiéndole una historia que es del todo inverosímil y, en última instancia, falaz. Si el verosímil nace dañado, ninguna crónica se sostiene. O, al menos, no debería.

 

Pero sucede que el verosímil es apenas una herramienta al servicio de algo mayor que es aquello que contamos o nos cuentan y que puede –y aquí complejizamos lo que dijimos en el párrafo anterior- ser verdad o una mentira absoluta. Si leemos o vemos “Súperman” no necesitamos pensar, salvo que nos psicoticemos, que nosotros podemos volar: alcanza con que creamos que el personaje puede hacerlo y para eso el verosímil debe apoyarse sobre bases sólidas porque si no es apenas uno más: Clark Kent.

 

La mencionada solidez puede estar anclada en un elemento cuya verosimilitud es apenas una petición de principios, como es el caso de la “kripotonita”: si damos crédito a sus efectos, entonces el resto viene por añadidura. O puede estar basada en algo mucho más sutil y hasta inasible, como la construcción de una atmósfera que termina haciendo creíble que un día “Remedios la bella” ascendió a los cielos sin retorno.

 

Para ilustrar estas cuestiones nos vino al pelo esta foto de un volumen del Reader´s Digest en cuya tapa comulgan la palabra “inverosímil” (en letra catástrofe y entre signos de admiración) y la expresión “fenómenos inexplicables”. Quienes alguna vez alcanzamos a leer dicha revista estadounidense, podemos dar fe de que es francamente indigerible, y esta imagen parece una confesión de reo: lo indigesto de su contenido sólo podía tragarse por la petición de principios de “lo inexplicable”. ¡Qué vivos!

 

Pero no hay tal cosa como “lo inexplicable”. Hay, como planteamos de entrada, una manera de volver creíble lo que a todas luces es una falsedad que, a fuerza de una reiteración psicotizante, termina siendo creído por los receptores pasivos de un relato que “las casas de tolerancia periodísticas” imponen a partir de la posición hegemónica que tienen en el mercado de la imagen, la voz y la palabra. Lo único inverosímil es que no lo veamos.  

 

Lo que de veras es increíble es que alguien crea que haya alguna verdad en la “causa cuadernos”, o en cualquiera de las otras que se le siguen a Cristina o a quienes fueron sus funcionarios. Claro que la cosa no viene de ahora: en el formidable libro “El negro corazón del crimen”, que recrea la investigación de Rodolfo Walsh sobre los fusilamientos ilegales y clandestinos de José León Suárez, Marcelo Figueras plantea que ciertos sectores sociales se enardecían si les vendían un caso de inmoralidad, aunque fuese inventada, y sintetiza: “la idea había sido condicionarlos, de modo que (…) cada vez que escuchasen ‘peronista’, pensasen: ‘delincuente’”.

 

Hace 70 años, pues, que los peronistas son delincuentes por una mera petición de principios que no necesita demostrar nada (y que, además, invierte la carga de la prueba) mientras ellos siguen digitando el verosímil.

 

Por Carlos Semorile.

miércoles, 22 de octubre de 2025

Agnotología pampeana


 

Si como muchos creemos, el domingo a la noche estaremos festejando el triunfo de Fuerza Patria y la derrota inapelable de los seguidores del Ungido, será porque también le habremos propinado un golpazo a la “agnotología”. Dos años atrás me enteré –gracias a Leo, el primo de mi compañera- que la mencionada disciplina se dedica a sembrar la ignorancia para así sacar provecho del desconocimiento de la población.

 

Alguno puede pensar, y le asiste todo el derecho, que lo único novedoso es el nombre, ya que siempre existió el problema de que las grandes mayorías no tuvieran elementos para dilucidar el origen de su miseria. Desde el socialismo utópico al científico, se debatió con intensidad cuál era la mejor manera de descorrer el velo que impedía la toma de conciencia necesaria para que las masas, una vez esclarecidas, hicieran la revolución.

 

En estas pampas, siempre tan vilipendiadas cuando se trata de compararnos con la “civilizada” Europa, tuvimos el privilegio de contar con una serie de pensadores que, desde el Revisionismo Histórico al Pensamiento Nacional, se dedicaron a triturar las zonceras –para decirlo al modo jauretcheano- que embretan las mentes de nuestros compatriotas y que son “agnotológicamente” inducidas para mantenernos sometidos.   

 

Uno de estos patriotas, Scalabrini Ortiz, contó el caso de un comerciante que solía asistir al sótano de FORJA, pero nunca comprendió que sus vaivenes económicos eran un reflejo preciso, matemático, de la malaria de la Década Infame y de la bonanza peronista. En su ignorancia, criticaba al gobierno que le había permitido salir de pobre y se negaba a escuchar los vaticinios del correntino. Estaba tan perdido que Scalabrini escribió: “No le oí ni una sola palabra de agradecimiento para nadie”. Les suena, ¿verdad?  

 

Cada vez que recuerdo esta anécdota (narrada en “Bases para la reconstrucción nacional”) pienso que no alcanzó: que en el 55 y en el 2015 hubo muchos compatriotas solapadamente entrenados para escarnecer a los probos y enaltecer a sus verdugos. Así les fue, y así nos va porque, más allá de los formidables logros materiales y espirituales, la “agnotología pampeana” produce seres desdichados: putean a quien le deben gratitud.  

 

Como decía al inicio, creo que el domingo las urnas castigarán este experimento macabro que tiene a la crueldad como marca heráldica y a la entrega como fin desembozado. Pero también pienso que, a esta altura de los desgraciados sucesos de los que todas y todos somos testigos, no deberían sacar ni medio voto, no al menos entre aquellos que se cuentan entre sus víctimas. Porque una cosa es ser testigo, y otra es ser cómplice.

 

Por Carlos Semorile.

viernes, 10 de octubre de 2025

Intemperie


 

Cientos de miles de palestinos regresan, a partir de un precario y -ya violado por Israel- alto el fuego, hacia el norte de Gaza. Los espera la intemperie más feroz: la de sus barrios arrasados, la de los miles de muertos entre los escombros, la de sus escuelas, hospitales y demás edificios públicos reducidos a polvo y cenizas, la de los servicios inexistentes, la acechada por las fuerzas sionistas de ocupación.

El retorno a su tierra está atravesado por la más angustiante incertidumbre. No es que no sepan lo que les espera, porque justamente vienen de haber padecido “todas las formas de menoscabo de lo humano”. Sus vidas han sido supliciadas en el altar de un supremacismo que, por la boca de sus líderes, no ha vacilado en considerarlos menos que humanos, y por un proyecto imperial que los necesita exterminados.

Es un pueblo que conoce como pocos lo que significa resistir desde la intemperie, sin que los asista nadie porque sólo han contado con la solidaridad simbólica de los pueblos del mundo, pero no de los gobiernos y mucho menos de los organismos internacionales que, salvo algunos casos puntuales, no han hecho nada por impedir la monstruosidad de un alevoso genocidio que el planeta ha visto suceder en tiempo real.

El dizque acuerdo de paz no los contempla como sujetos de derecho, y es probable que sus tierras sean convertidas en una riviera israelí que repita, en un nivel fastuoso, lo mismo que vienen haciendo desde 1948. Y si esto llega a ser así, la intemperie nos alcanzará a todos.

Por Carlos Semorile.


miércoles, 17 de septiembre de 2025

Bajo una misma bandera


 

Estas esculturas a orillas del río Liffey, en Dublín, recuerdan la Gran Hambruna que padeció Irlanda de 1845 a 1851 cuando toda la isla era todavía una colonia británica, y cuyas secuelas demográficas, sociales y culturales llegan hasta la actualidad. En ámbitos académicos se debate, con argumentos encontrados, si la Gran Hambruna se trató o no de un genocidio que Gran Bretaña cometió contra el pueblo irlandés. Unas pocas líneas del “Ulises” de Joyce ponen las cosas en su lugar:

“Fueron echados de sus casas y hogares en el negro 47. Sus cabañas de barro y sus chozas a la vera del camino fueron arrasadas por la topadora y “The Times” se frotó las manos e informó a los sajones pusilánimes que pronto habría tan pocos irlandeses en Irlanda como pieles rojas en América. Hasta el Gran Turco nos envió piastras. Pero el Sajón intentó hambrear a la nación en su país mientras en la tierra abundaban cosechas que las hienas británicas compraban y vendían en Río de Janeiro. Sí, echaron a los campesinos en hordas. Veinte mil murieron en barcos cementerios. Pero los que llegaron a la tierra de la libertad recuerdan la tierra de la esclavitud. Y volverán otra vez y en mayor número”.

En efecto, cuando a un pueblo se le quitan sus leyes ancestrales, sus tradiciones y sus costumbres, cuando se liquida a su clase dirigente y se persigue a quienes –por erudición y voluntad de resistir- podrían enlazar el pasado con el presente y el futuro, cuando se le confiscan sus tierras y se les prohíben su idioma y su fe, cuando se lo abandona a su suerte para que una plaga se ocupe de exterminarlos (y se colabora para que así suceda mediante decomiso de cosechas, arrestos por robar comida y deportaciones), o cuando las represiones de los periódicos levantamientos son desproporcionadas y sanguinarias, el conjunto de todas estas políticas debe caracterizarse como un genocidio.

La memoria histórica del pueblo irlandés ha generado este embanderamiento para señalar que la hambruna con la que Israel busca aniquilar al pueblo palestino tiene las mismas características que la promovida por Gran Bretaña en el siglo XIX: forma parte de una estrategia genocida que no debería contar con la complicidad de los gobiernos que siguen sin tomar medidas al respecto.

Es el mismo embanderamiento que puede verse de punta a punta del planeta en brazos de los pueblos más disímiles que, ridiculizando las políticas exteriores de sus gobiernos y desobedeciendo el relato oficial de las corporaciones mediáticas, están asumiendo que hoy la bandera palestina representa un piso de dignidad, humanismo y cultura contra “todas las formas de menoscabo de lo humano” (Horacio González dixit).

También debe entenderse como un severo “¡Alto!” al arrasamiento que lleva adelante Israel. Y no sólo porque la ONU ya se ha pronunciado, muy tarde pero taxativamente, sobre la cuestión del genocidio. Sino porque, como pronosticó Joyce, los expulsados tienen la mala costumbre de volver a la tierra que una vez fue suya. Los pueblos tienen con su terruño un vínculo muy distinto al que los agentes coloniales señalan en sus mapas. Y por ello tampoco conviene olvidar lo que no hace tanto dijo Cristina: “Los pueblos siempre vuelven y encuentran los caminos”.  

Por Carlos Semorile.

miércoles, 23 de julio de 2025

El más grande y dulce amor del Negro Maestre


 

No fue uno solo, desde luego, sino muchos y a cada uno los llevó en su corazón: su adorada madre Olga Maestre, sus hermanas y hermanos, su compañera de vida y militancia Luisa Galli, sus hijos Juan Pablo y Miguel, sus nietas Uma y Ona, su nieto Galo, sus sobrinas y sobrinos, pero también sus compañeras y compañeros de militancia, el peronismo, la música, la lectura, el pensar minucioso, preciso y detallista “echándole ganas” a partir de su propio criterio, el bailar guapachoso, la risa, la vida.

Cuando sus padres aún no se habían separado, la familia vivía en Villa Santa Rita -Luis Beláustegui 2635-, y en la esquina estaba la fábrica de cigarrillos Particulares. De aquella fábrica solía escucharse la sirena llamando a los distintos turnos de trabajo, y Olga recordaba en especial la de las seis de la tarde, pues a esa hora había nacido su hijo Eusebio el 23 de julio de 1942, y por esa razón ambos –madre e hijo- atribuían el renacer cotidiano de El Negro a partir de dicha hora del día en adelante.

Durante su infancia había sido harto difícil tener expectativas y certidumbres porque la realidad era muy dura y tangible. Sin redes de apoyo familiar, la única certidumbre de aquellos primeros años fueron la abnegada Olga y sus propias hermanas y hermanos, y en ese sentido puede decirse que funcionaron como un clan. En este contexto, como bien señalaba El Negro, “si bien había lugar para los sueños, no había margen para el delirio”. Entonces soñó y porfió por realizar sus ideales.

Cuando la familia logró mudarse a una de las casas de Ciudad Evita, El Negro y su hermano menor Juan Pablo Maestre ya funcionaban como un tándem fraterno que había asumido la identidad política que habían tomado por vía materna (también podría haber sido la paterna, pero esa es otra historia), el peronismo, y que los llevaría desde la militancia inorgánica y silvestre de su adolescencia a la formación de una organización que se llamaría Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

Dentro de lo que se conoce como las Proto-Far, El Negro vivió muy de cerca las discusiones que Carlos Olmedo, Roberto Quieto y su propio hermano Juan Pablo llevaron adelante para definirla como una organización peronista que entendía el carácter urbano de las luchas a desarrollar. Del contacto con otras organizaciones y del “fierrerismo” de varios de sus miembros, recordaba la advertencia que tempranamente hicieron Olmedo y Juan Pablo: “Los fierros pesan, pero no piensan”.

No hace tantos años nos contó, en una conversada sobremesa en su casa de Coghlan, que tenía pensado escribir un texto cuyo inicio sería: “Siempre tuve un inmenso respeto y cariño por la figura de Jesús”. Y es que así como mamó el peronismo, también asumió su rabiosa piedad política. Bastaba escucharlo hablar de quienes fueron sus compañeros de militancia, y que fueron también sus amigos y poco menos que sus hermanos: Juan Pablo, desde luego, pero también Alberto Camps, Carlos Olmedo, “El Negro” Quieto, “La Petisa” María Angélica Sabelli (a quien solía recordar bajándose un paquete entero de galletitas, pero de a una y como quien no quiere la cosa), el abogado Manuel Evequoz, Marcelo “El Monra” Kurlat y Francisco “Paco” Urondo, a quien recordaba con una sonrisa cada vez que rememoraba sus impecables ironías. 

Con su compañera Luisa Galli pasaron casi todas las ordalías que pueden ocurrirles a quienes se rebelan, desde el secuestro y el tormento a la cárcel, y luego el prolongado exilio. Quienes tuvimos la fortuna de viajar a México, los vimos enteros -más preocupados por el exilio interno del resto de la familia que por el de ellos mismos-, militando en la Casa Argentina de la Solidaridad, haciendo malabares entre los trabajos y las muchísimas horas de estudio. Y alcanzamos a compartir –con ellos y sus compañeras y compañeros de exilio- una dimensión de disfrute de la vida, bien anclada en el sentido de las luchas compartidas.

Por muchas razones (entre ellas ciertas cuevas represivas instaladas en el Poder Judicial), el regreso al país no resultó sencillo. Pero la pelearon en todos los frentes y, muy de poco y no sin comerse agrios sinsabores, lograron insertarse laboralmente. Recuerdo algunas mesas de discusión política con amigos de juventud que tomaron otros caminos políticos, y la manera en que por momentos sobrevolaba una velada crítica a sus opciones pasadas: El Negro siempre trataba de llevarla por el lado amable, hasta que no le dejaban otra chance que demoler los remanidos argumentos de una socialdemocracia tan precaria como fugaz.

Por suerte, también hubo otros reencuentros para nada tensos con queridas compañeras y compañeros de militancia que, cada uno desde su lugar, sigue bregando por un país más justo. Estos cumpas son como tías y tíos para los hijos de Luisa y Eusebio, del mismo modo en que ambos han testimoniado para que los hijos de los compañeros caídos puedan recuperarlos desde una dimensión cotidiana y de cercanía engarzada a su condición de militantes. Esta foto da cuenta del encuentro con los hijos de Alberto Camps y Rosa María Pargas, y con su amigo y compañero Juan “Tata” Cedrón (cuando paró en la casa de los Cedrón en París, Eusebio le regaló una libretita negra que el Tata todavía conserva, y donde tiene los nombres y teléfonos de artistas e intelectuales franceses que eran solidarios y denunciaban a la Dictadura Genocida).

Fue una tarde luminosa porque nos dejó una imagen perdurable de las luchas de todos ellos para que el conjunto del pueblo argentino recupere lo que alguna vez fue su más grande conquista: la democratización del goce. Y así quiero recordarlo al Negro: generoso siempre para que el más grande y dulce amor a la savia de la vida, fructifique en todas y todos.

Carlos Semorile.