sábado, 21 de agosto de 2021

La risa heterodoxa


    Como a muchos lectores de “El conejo, la reina, la niña y los verdes imberbes” –el último trabajo de Silvina Rocha-, también a mí me cuesta precisar desde qué edad puede ser leído y comprendido por el público infantil. Presumo que ha de tratarse de un prejuicio mío, y que en realidad la pregunta no tiene la menor relevancia: si mi abuela se hubiera guiado por semejantes huevadas, jamás me habría regalado el tesoro de la saga de “Papelucho” cuando aún no tenía ni diez años.

 

Es verdad que el texto está lleno de guiños que reenvían a otras lecturas y a sucesos que nos marcaron en el pasado reciente, pero también es cierto que -aún sin haber leído nunca a Lewis Carroll- disfruté como un enano de los personajes de Rocha que están emparentados con “Alicia en el País de las Maravillas”. Y con los otros también, porque si hay algo precioso en “el libro del Conejo” es la manera en que Silvina recontextualiza el clásico desde la periferia. 

 

Esa irreverencia le permite ser veraz en lo que su obra tiene de cálido homenaje y, al mismo tiempo, manejarse con absoluta libertad para situar su historia en una encrucijada nuestra, marcada a fuego por un lenguaje rioplatense y brindarnos un libro reo, muy reo y retobado como un hermoso hijo de esta tierra. Gracias a esta audacia, puede decirse que nada se pierde: antes bien, todo es pura ganancia a partir de aquello que Silvina ha pergeñado como fruto de su imaginación.  

 

Hablamos de un libro que es muy cariñoso con todas sus criaturas y que, junto con unos dibujos exquisitos de O´Kif, ofrece esta “vía regia” para la identificación y el placer. Donde la inteligencia y la pasión están al servicio de una narración entretenida que no deja de sorprendernos cada vez que cruza lo culto y lo popular. Y que nos hace reír mucho, y muchas veces, con esa risa heterodoxa que es la de la propia autora cada vez que el conejo hace magia y nos divertimos como gurises.     

 

Por Carlos Semorile.

viernes, 20 de agosto de 2021

"Ni es cielo ni es azul"


   “Lástima grande que no sea verdad tanta belleza…”, así cerraba Virgilio Expósito el recitado que precedía a la ejecución del tango “Maquillaje”. Desde ahí en adelante, al menos en este rincón del orbe, los versos de Lupercio Leonardo de Argensola quedaron grabados como una desmentida de todo aquello que preferiríamos ver como ideal pero que, ay!, suele no serlo. ¿Qué cosas? El mundo, en ciertas épocas.

 

Como dice la propia autora, no podía elegir un título que le calzara mejor a la historia que su libro narra y que es la de su suegro, Abraham Zanger, sobreviviente del gueto de Lodz y de los campos de exterminio nazis de Auschwitz Birkenau. Cuando el Ejército Rojo liberó los campos, Abraham logró regresar a Lodz y allí constató que de su familia no quedaba nadie vivo. Tenía apenas 19 años. Cuando seis meses después lo convocaron para el servicio militar, decidió emigrar.

 

Este brevísimo resumen (adelanto poco y nada, casi todo puede leerse en la contratapa del libro) es sólo una parte de las búsquedas de todo tipo que Inés Bruzzi realizó para poder darle un marco adecuado a los testimonios de su suegro. Entrevistas, cine de ficción, documentales, crónicas históricas, libros y artículos de investigación, fotos, todo ello va quedando registrado como parte de la trama, una segunda línea de la historia que uno va siguiendo con el mismo interés que la primera.

 

Con ser bueno, esto no es todo porque, en verdad, este libro es la historia de un diálogo amoroso mantenido a lo largo de muchos años, respetando los silencios de su suegro, pero sosteniendo la escucha. Y poniendo su propia capacidad de investigación al servicio de la mayor comprensión posible acerca de acontecimientos que todos creemos conocer y de los que, en realidad, sólo sabemos una ínfima parte, y por eso nunca nos hacemos las preguntas que pueblan este trabajo.

 

Aquí es donde debemos decir que “ese cielo azul que todos vemos” a veces puede sorprendernos con su persistente añil, y con la belleza de páginas como las que Inés Bruzzi escribió para que viva la memoria de Abraham Zanger y, en ella, todo lo que cabe en la palabra resistencia.

 

Por Carlos Semorile. 

miércoles, 18 de agosto de 2021

Épica y sentido común


    “República de morondanga” no es sólo un gran hallazgo del lenguaje que resignifica en clave popular la apropiación neoliberal del término “república”, sino que nos sitúa en el terreno de las grandes lecturas culturales que el peronismo nunca debe abandonar: Sabemos que se puede tener razón, en un momento dado, políticamente; pero eso no sirve si no se tiene razón históricamente” (Cooke, 1951).

De modo dialéctico, y sabiendo que la razón histórica está del lado del pueblo y no de las corporaciones, se impone conquistar ese “sentido común” que da el tono a un determinado período histórico. Como también dijera Cooke hace setenta años: “Si ‘La Prensa tiene razón, tiene que estar equivocado el país, y si tiene razón el país están equivocados ‘La Prensa y todos los que tienen relación con ella”.

Hace cien años que los diarios esmerilan los procesos populares. Creer que se puede convivir con ellos en una medianía de morondanga ya no es un error político, sino histórico. Y para que la disputa por la coyuntura sea también histórica debe estar, como ayer, llena de épica.

Por Carlos Semorile.

jueves, 12 de agosto de 2021

"Pero yo prefiero pensar que..."

 


Antes de morir, Juan Forn alcanzó a dejar preparados para su edición los textos de “Yo recordaré por ustedes”, una formidable selección y reescritura de sus columnas de “los viernes” en Página/12. Para quienes fuimos sus seguidores, tempranos o tardíos, este libro representa un pequeño consuelo ante su pérdida: ya no sabremos qué y cómo hubiera seguido leyendo Forn, pero al menos pudo darle un cierre a toda una manera de entender la vida desde el lugar del lector.

 

Lo dice él mismo cuando afirma que “soy de la tribu del libro, leer es mi forma de pensar”, y explica la paradoja del libro: “cuando leemos, nos vamos del mundo, pero ese irse del mundo enriquece nuestra experiencia del mundo”. Provistos con las gemas obtenidas en nuestra experiencia lectora, estamos mejor preparados para salir del “confortable reino del estereotipo” y adentrarnos “en el laberinto de las contradicciones y las paradojas”. La paradoja de leer es que ilumina las demás extrañezas.

 

Podría decirse que Juan Forn fue un buceador de todas las “desprolijidades” humanas, pero las retrató de una manera tan piadosa que al final todos somos alcanzados por un tipo de comprensión hermana de la clemencia. En este sentido, rescato cuando en algún momento de sus relatos dice, por ejemplo, “Yo tiendo a pensar que…”; otras veces, su pausa reflexiva llega con un “A mí me resulta mucho más significativo…”, o un “Pero yo prefiero pensar que…”, y ahí todo gira de las interpretaciones más convencionales a un estado de misericordia donde “son las pequeñas cosas como esas las que nos salvan”.

 

También están sus apelaciones ópticas –“Mírenlo…”-, verdaderos llamamientos a ejercitar una mirada de cercanía y empatía que nos lleva a refrendar uno de los credos que él cita -“Bendito sea Dios, que a todos nos hace distintos”-, y que deberíamos extender del siguiente modo: “Y bendito seas por darnos a Juan Forn, porque él nos alojó en sus escritos y nos permitió sentirnos menos extranjeros de nosotros mismos”. Dentro de “la tribu del libro”, Forn ofició de chamán.

 

Lo cual me recuerda a un maestro de Kabalah que tuve, un rabino que amaba la Biblia porque en ella encontraba fielmente reflejada la complejidad del mundo, con la suma de todos sus horrores y de toda su hermosura. Y con esto quiero decir que, antes de irse, Forn nos regaló una biblia pagana tan rica como la otra: la bitácora de un viaje en el tiempo y en el espacio que empieza en África, pasa por la China milenaria y por varios lados más, y termina en Mar de las Pampas con Juan juntando pequeñas piedras en la playa porque, como dijera el amigo peluquero de Picasso: “Nada tiene más valor en el mundo que lo que no se puede comprar”. Por todo ello, “gracias, belleza, buen viaje”.

   

Por Carlos Semorile.

lunes, 9 de agosto de 2021

El dolor de ya no ser


 Hace ya unos siete años, escribí una breve crónica sobre el modo en que comenzaba a percibirse la renovación ferroviaria que entonces gestionaba el hoy despechado Florencio Randazzo. Allí contaba que estando de compras con mi compañera en uno de los chinos del barrio, un niño de unos cuatro años sacó el tema de –cito textual- “los trenes de Cristina Fernández de Kirchner”. La madre de la criatura, un ejemplar prototípico de la clase media, se apresuró a declarar su fobia anti-K, dando por sentado que íbamos a festejarle la gracia. Manifestadas nuestras divergencias, y aclarados los tantos, ella nos contó que el pibe la tenía harta pidiéndole que lo llevase a ver “los trenes de Cristina”. Nos reímos un rato los tres –menos el chiquito, que insistía-, y nos despedimos aconsejándole visitar Tecnópolis.

 

Luego, comentando el hecho, no pudimos pasar por alto que el gurí tenía las cosas más claras que su propia madre. Tiempo después, viéndola a Cristina inaugurar las nuevas formaciones del Sarmiento, me acordé de ellos e imaginé un cuadro de Daniel Santoro: “El niño nacional dándole la sopa popular a la mamá gorila”. También me vinieron a la mente las palabras del compañero Jorge Marinovich, quien sostenía que debíamos tener “la claridad de entender este proyecto, que no pide intelectuales ni sabios, sólo te pide no ser pelotudo”. Como cierre, aunaba los enfoques del niño y de Jorge: “Eso mismo digo: si mirás bien “los trenes de Cristina”, con “no ser pelotudo” alcanza”.

 

Creo que si no agregara nada más, la moraleja seguiría funcionando casi de la misma manera. Sin embargo, sabemos que mucha gente no alcanzó a entender la encrucijada aquélla y advino un tiempo sombrío plagado de incertidumbres y padecimientos: “Nunca se había visto algo así. Llegar a que las poblaciones tolerasen esto es el misterio a desentrañar, más allá de la obligación de referir, por parte de los movimientos populares, por qué brechas descuidadas o desconocidas un día percibimos que muchas de estas cosmovisiones rudimentarias y escolarizadas en el viejo andamiaje de “miedo y esperanza”, se establecían como una mayoría, bien que electoralmente efímera” (Carta Abierta 22, octubre de 2016). Existió, pues, un velamiento mediático que impidió que se comprendiera lo que aquel chango podía percibir.        

 

Hubo un tiempo, además, en que Carta Abierta llegó a respaldar las aspiraciones presidenciales de Randazzo pero, una vez definidas las candidaturas, la primacía del proyecto –otra obviedad- estuvo por encima de los nombres propios. “El misterio a desentrañar” acaso debería incluir los desvaríos de un ex ministro que hoy confiesa haber despreciado la posibilidad de ser gobernador nada menos que de la provincia de Buenos Aires. El pasado debe estar plagado de despistes semejantes, y en el ámbito local es difícil no recordar las bravuconadas de Vandor en abierto desafío a Juan Perón. De allí a rememorar la frase de Marx sobre las repeticiones en la Historia hay un solo paso. Pero la magra espesura de este personaje hace que evitemos palabras como tragedia y comedia. Con no ser grotescos, alcanza.

 

Por Carlos Semorile.

martes, 13 de julio de 2021

Hombro y Corazón - A 50 años del secuestro y asesinato de Juan Pablo Maestre y la desaparición de Mirta Misetich

Nos gustaría afirmar que traemos aquí dosis parejas de ternura y lucidez para recordar a Mirta y Juan Pablo, y su historia de compañeros de vida y de militancia que asumieron un compromiso y fueron consecuentes consigo mismos y con sus compañeros. Quisiéramos  convencernos que sabremos transmitir el tipo de madera con que estaba hecho Pablo, y por lo cual lo extrañamos tanto. Será que, siendo un hombre como todos, fue un tipo excepcional, y que las muchas veces en que lo hubiéramos necesitado, ya no lo teníamos. Será que nunca lo olvidamos, como nunca olvidamos que Mirta continúa desaparecida y que -como buena parte del pueblo argentino- seguimos exigiendo verdad y justicia. La memoria la pusimos y ponemos nosotros. Ahora por escrito, y acompañados por queridas compañeras y compañeros.

 

En estos cincuenta años sin ellos, Juan Pablo y Mirta siempre han estado en nosotros de muchas formas. Desde la manera de plantearnos las cosas y encarar la realidad, hasta el nombre de sobrinos suyos (Mirta Elena, Juan Pablo Carlos, Pablo Alejo), y otros que no llevan sus nombres ni tampoco llegaron a conocerlos y no obstante los conocen, los respetan y los quieren. Ante la tragedia respondimos procurándonos amparo, cobijo y respaldo toda vez que ello fue posible, o solidaridad, ayuda y afecto a la distancia cuando no hubo de otra.

 

Sus padres fueron los sanjuaninos Olga Maestre y Eusebio Dojorti, popularmente conocido como Buenaventura Luna. Cuando ellos se separaron, Juan Pablo, nacido el 9 de junio de 1943, era apenas un crío. Durante su infancia, fue harto difícil tener certidumbres porque la realidad era muy dura y, si bien había lugar para los sueños, no había margen para el delirio. La única certeza eran su madre y hermanos, una especie de clan porque la familia de Olga la había abandonado a su suerte tras sancionarla por su relación con el bohemio Dojorti. Desde chico, Pablo fue mamando muchas características de Olga, como el aguantar las situaciones difíciles, la idea de sostener con el cuerpo los compromisos asumidos, o comprender la suprema importancia de la palabra: decir la verdad y nunca mentir.

 

Además, Olga inició a sus hijos en la cuestión nacional y social, llevándolos a los actos peronistas como el que se hizo 1º de marzo de 1948 en Retiro para celebrar la nacionalización de los ferrocarriles. Tiempo después, lograron ver a Eva Perón en la antigua Secretaría de Trabajo y Previsión. Allí, Evita acarició con ternura la cabeza del pequeño Juan Pablo, y tras esta visita su hermano mayor -“Marucho”- comenzaría a trabajar en Teléfonos del Estado y su hermana mayor –Marta- en Casa de Moneda. Años más tarde, en 1956, la familia accedió a la vivienda que les había sido adjudicada en Ciudad Evita. Para Olga comenzaba una etapa de reparaciones en el plano personal: ahora sus hijos trabajaban y sostenían el hogar.

 

En el plano social, ocurría todo lo contrario porque los golpistas de 1955 pretendían “desperonizar” la Argentina. Sabían que no sería fácil. En 1956, con propósito escarmentador, vuelven a fusilar en el país, y desde 1957 las Fuerzas Armadas asumen la doctrina de la “escuela francesa” de represión ilegal. Si bien aún las familias no era un blanco del accionar represivo, la resistencia se cimentó desde su núcleo como último refugio frente el embate de las fuerzas de seguridad actuando como ejército de ocupación. Las “cocinas peronistas” funcionaron como el ámbito donde el peronismo se puso a punto como “cultura del oprimido”, el lugar donde fue narrado y fue legado. Es decir: el mismo tipo de herencia que Olga les dio a sus hijos.

 

Bajo el agobiante clima “cuartelario” de esos años caracterizados por una política de “hambre y leña”, los jóvenes de Ciudad Evita comprenden que al peronismo no se lo persigue por sus errores, sino por sus aciertos. Comienzan a participar de una resistencia en principio anárquica, pero que poco a poco les permite superar la dispersión inicial. Se conocen del colegio, del barrio, o de la barra de amigos, donde los más grandes –como “Marucho” Maestre- les enseñan a “traducir” lo que en la prensa y en los libros se distorsiona de la realidad. Y así van aglutinándose, haciendo reaparecer la política desde nuevas formas de organización y, sobre todo, sosteniendo la identidad cultural que el establishment deseaba desterrar.

 

En este proceso, Pablo se perfila como líder natural planteando que había que terminar la inconclusa Revolución de Mayo, y promoviendo la toma del colegio durante el conflicto por la educación “laica o libre”. También en el secundario, escribió, montó y actuó en una obra de teatro que discurría sobre los “deber ser”, y estaba en la onda del existencialismo francés, aunque con alguna distancia irónica y crítica. Sucede que no avalaba los mandatos, ni siquiera los que emanaban de cierta militancia como no lo leer a Borges o no bailar rock & roll. Por el contrario, fue un lector voraz, siempre interesado por las manifestaciones de las vanguardias estéticas, sin por ello dejar de tener presente las tradiciones populares del canto y la poesía argentinas. 

 

En esta línea compuso algunos temas, como La canción del negro pobre que Mercedes Sosa le pidió para su repertorio cuando lo escuchó cantarla en una de las peñas folklóricas de aquéllos años: La Cueva de Fanny. Aunque por alguna razón La Negra no llegó a grabarla, Pablo se adelantaba en el plano estético a la célebre canción de cuna de Nicolás Guillén, y en el plano social decía que para dejar atrás la miseria, y la desdicha del yugo y del egoísmo, había que poner “hombro y corazón”.

 

Tal como Dojorti, Juan Pablo tenía buena pluma. Una de las pocas cosas escritas suyas que quedaron es una semblanza del poeta Jaime Dávalos: Lo conocimos (...) en una noche de Buenos Aires en que la ‘comprensión’ iba del brazo con los señorones. Nosotros le llevábamos (…) nuestra indiferencia. Quiero ser honrado: fuimos a escuchar a un tipo que decía versos, un poeta. Él fue como un hálito puro que nos golpeó la cara. Nos trajo su cargazón de cielos y de campos. Su perfume a romero y a albahaca, que yo sé, se lo robó al vino en la noche de carnaval”.

 

Al concluir la secundaria, logró la proeza de ingresar a la Escuela de Cine de La Plata. Trabajaba como preceptor en un colegio de Caballito, y de allí se iba a La Plata. Cuando volvía a Ciudad Evita ya era de madrugada, porque el tren lo dejaba en la estación de Aldo Bonzi, y desde ahí se iba hasta la casa silbando por la vía del tren. Después de unos meses, no pudo sostener más ese ritmo de vida y tuvo que dejarlo.

 

Hizo el ingreso a ingeniería, a psicología y a sociología, y se decidió por esta última. En 1963, ya era bibliotecario de la vieja facultad de Filosofía y Letras, y allí conoció a quien desde entonces sería su compañera, Mirta Elena Misetich. Alcira Argumedo, que lo conoció en esos años, nos decía que Pablo “tenía una cara ‘angelical’: ¿Sabés la de minas que tendría con esa carita? Las que quisiera”. Pero cuando le preguntaban por qué Mirta y no alguna de las otras novias que tuvo, él respondía: “Soy muy feliz con mi gordita” (ambos habían ganado peso).

 

Allí también lo conoció el historiador José Luis Romero, quien le ofreció a Pablo una buena suma de dinero para que le organizara su biblioteca personal. Algún tipo de empatía o de mutuo respeto debió existir entre el antiperonista Romero y el peronista Maestre, pero Juan Pablo no aceptó la oferta del prestigioso historiador.

 

Y en la facultad se hizo amigo de un brillante semiólogo, Carlos Olmedo. Juntos recorrerían una breve pero muy intensa deriva en la construcción de una organización político-militar que tuvo varios nombres provisorios y muchos debates internos entre 1964 y 1970, año en que se dan a conocer públicamente asumiendo su identidad peronista: las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Sucede que además de su conocida adhesión al proyecto guevarista, las FAR también venían de ese peronismo “silvestre” que protagonizó la resistencia que se inició el mismo 16 de junio de 1955, y que fue radicalizándose a medida que se iban cerrando todos los demás caminos políticos. Dentro de lo que se conoce como las “Proto-FAR”, Pablo y Carlos Olmedo –más el compañero y abogado Roberto Quieto- fueron quienes dieron dos vastos y sustantivos debates simultáneos sosteniendo la inviabilidad de la lucha rural, y logrando la síntesis acerca de la identidad peronista de la organización: “Nuestra organización se considera expresando lo que podríamos llamar una estrategia de nacionalismo revolucionario. En la Argentina, el nacionalismo revolucionario implica la valoración positiva de una experiencia fundamental de nuestro pueblo, que es la experiencia peronista. Esa valoración positiva por parte de un revolucionario, puede ser entendida tan solo como identificación con esa experiencia, como la asunción plena de esa experiencia, de sus logros, de sus aciertos y de sus limitaciones. De sus aciertos para fortalecerse con ellos, para desarrollarse, y de sus limitaciones para combatirlas y superarlas”.

 

Mientras la organización iba creciendo con la incorporación y formación de nuevos militantes, y a través de un proceso de acumulación y pertrechamiento en vistas a las acciones armadas, tanto Juan Pablo como Carlos Olmedo solían afirmar que “Los fierros pesan, pero no piensan”, y de ese modo reafirmaban que las decisiones políticas están siempre antes y por encima que los hechos armados.

 

Dentro de la organización, Pablo se encargaba de un montón de cosas: casas, garantías, laburos, etc., pero sobre todo se ocupaba de generar ideas, estrategias, y de pensar hacia dónde ir y cómo hacerlo. Inclusive previó su propia caída y se hizo amigo de un psicólogo al que, en principio, contactó pensando en que su madre podía necesitar de su ayuda si a él le pasaba algo.

 

Además, Pablo solía recomendar no acatar a los jefes cuando sus órdenes estuvieran reñidas con el sentido común. Se habían impuesto la necesidad de que sus acciones evitaran cualquier derramamiento innecesario de sangre, lo cual les fue generando una buena reputación. Andando el tiempo las FAR, al igual que el resto de las organizaciones armadas, llegarían a ser percibidos a nivel popular como “los muchachos”.

 

Pero Pablo y Carlos no llegarían a verlo. Luego de trabajar en las primeras empresas de investigación de mercados que hubo en el país, Juan Pablo llegó a tener una alta responsabilidad dentro de la División de Marketing de Gillette, y Carlos llegó a la presidencia de la Fundación de la empresa. Pese a su cargo, solía bajar a tomar mate con los trabajadores de la caldera para conversar y palpar el ánimo político. Debido a este compromiso, cuando en 1973 actualice su Caso Satanowsky, Rodolfo Walsh dirá que “Esa renuncia a los privilegios de la posición y el título no le será perdonada al ejecutivo Maestre”.[1]

 

En 1971, las FAR sufren una serie de golpes tremendos y caídas muy significativas: “una pareja de apellido Verd había desaparecido (en San Juan capital), el dirigente de las FAR Roberto Quieto había escapado por muy poco de un secuestro, a Juan Pablo Maestre lo habían matado de un tiro y su mujer Mirta Misetich estaba desaparecida”.[2]

 

Mirta y Pablo fueron secuestrados en el barrio de Belgrano cuando iban a despedirse de los padres de Mirta antes de pasar a la clandestinidad, en un operativo que incluyó una “zona liberada” que Rodolfo Walsh descubrió mediante la intercepción de la onda radiotelefónica de la policía, y que en parte alcanzó a grabar. En verdad, Pablo también estuvo desaparecido y sólo la rápida intervención de su familia y del equipo de abogados conducido por Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Duhalde logró impedir que su cuerpo –hallado fortuitamente en un zanjón de Escobar- fuese enterrado como NN.

 

El padre de Mirta, un alto ejecutivo en Bunge y Born, fue recibido por Arturo Mor Roig, Ministro del Interior de la dictadura de Lanusse, y el jefe de policía -general Cáceres Monié- le aseguró que su hija se hallaba con vida reponiéndose del shock vivido durante el secuestro. Desde luego, era mentira: Mirta continúa desaparecida.

 

Días después del entierro, Ortega Peña y Duhalde escribieron una nota que tomaba las palabras que “Marucho” le dedicó a Juan Pablo en el cementerio de la Chacarita: “Pablo, sos el pueblo”. Tras su muerte, surgieron Unidades Básicas bautizadas con su nombre -en una de ellas, en la localidad de Los Hornos, militó el albañil Jorge Julio López-, y en la entrada de la Biblioteca Nacional el nombre de Juan Pablo encabeza la lista de la placa que recuerda a las bibliotecarias y bibliotecarios víctimas del Terrorismo de Estado.

 

Si acaso fuimos capaces de trazar una semblanza de su vida breve y luminosa, es porque aprendimos de Olga Maestre que la palabra preside los encuentros entre el pasado y el presente, y es uno de los modos privilegiados en que la memoria se proyecta hacia el futuro. Las razones de este homenaje hay que rastrearlas en un ciclo histórico que abarca mucho más que las vidas de Mirta Misetich y Juan Pablo Maestre porque, de la mano de la oralidad de “la mami” Olga, llegamos a la fuente misma de donde abreva la vida espiritual popular, y eso a su vez nos permite entender mejor el modo en que ellos fueron parte de las luchas sociales, políticas y culturales de nuestro pueblo. Y a cincuenta años del secuestro de Pablo y Mirta, seguimos poniendo “hombro y corazón”.

 

Por Carlos Semorile.



[1] Rodolfo Walsh, Caso Satanowsky, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 2010, pág. 197.

[2] Michael McCaughan, Rodolfo Walsh. Periodista, escritor y revolucionario. 1927-1977, Buenos Aires, LOM Ediciones, 2015, pág. 175.

lunes, 28 de junio de 2021

El hombre que sostuvo el sentido de la lucha y la posibilidad de ser feliz

No es sin congoja que me dispongo a contar unas pocas situaciones, arbitrarias y esparcidas, de escucha y de lectura de Horacio González. La primera que aparece con cierta nitidez me acompaña desde 1988: haciendo un repaso por un largo ciclo de violencias, González sostenía que aún nos hacía falta un nombre para designar a la Dictadura, cuyos estertores todavía nos acechaban. Del corazón del habla popular no había surgido algo similar a “La Fusiladora”, que recogía la injuria de los criminales del ´55 y buscaba reponer la verdad en la historia. La voz de Horacio descendía algunos decibeles, y en esa agonía viajaba la urgencia de entender que esta falta denotaba el déficit político hijo de la derrota. “El Profe” decía desconocer cuál podía ser ese nombre y nos convocaba, no a encontrarlo, sino a pensar en el tema de los nombres.

 

Lo siguiente que recuerdo es haber leído su idea de que la mejor filosofía, no ríe ni condena, intenta comprender”. Juraría que la tomé de su libro sobre Macedonio Fernández, aunque la cita precisa –ahora que la rastreo- está en Escritos en carbonilla”, que se editó más de diez años después. Sea como fuere, no me interesó porque surgiera de Macedonio o del Flaco Spinetta sino por su posicionamiento piadoso ante la existencia y porque lo retrataba a él, nuestro “filósofo incesante”.

 

En esa misma línea de intentar la comprensión y ejercitar la piedad me impactó su lectura de un pasaje Camus: “La historia no debe ahogar la sensualidad. El sol, ese caldero irreflexivo de placer, no debe omitir la comunión entre los hombres justos. El regocijo y el gozo recuerdan que el hombre puede sacrificar su dimensión social sin convertirse en un ser feroz, sin solidaridad. El sentido de la lucha en comunión social recuerda que el hombre puede abandonar su sublime tedio carnal sin perder la posibilidad de ser feliz”. ¿Qué otro sociólogo que no fuera Horacio se atrevía a abrir semejantes posibilidades existenciales y vitales?

 

Después viene una remembranza combinada de haberle escuchado y leído la cita de Tácito que encabezaba la Gazeta de Buenos Aires: “Tiempos de rara felicidad son aquellos en los cuales se puede sentir lo que se desea y es lícito decirlo”. Y ello me lleva a la mesa redonda que compartió con Jorge Alemán, Nicolás Casullo, Ricardo Forster y Eduardo Grüner en el cierre del Congreso Internacional de Filosofía de San Juan. En el inaugurado a medias edificio del nuevo Centro Cívico hacía un frío espantoso (había nevado en Buenos Aires), una helada que sólo fue soportable por la dicha de ser testigos privilegiados de los cruces y chacotas teóricas que ellos se prodigaron entre risas.

 

Cuando se avecinaba una ominosa mudanza de los tiempos, se permitió participar del homenaje que se le hizo a Carlos Olmedo en la Biblioteca Nacional a fines de octubre de 2015. En otros aspectos del líder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, esa tarde Horacio recordó que Olmedo pensaba que hasta un simple volante estudiantil debía estar bien escrito, una idea muy emparentada con su propia mirada sobre la palabra pública. Poco tiempo después, en “Tomar las armas”, continuaría su diálogo con Carlos Olmedo, el filósofo que se había apartado de un “destino de antemano prefigurado”.    

 

En su despedida de la Biblioteca Nacional también había abordado el mismo tema –“Nadie prepara su papel”-, citando a Perón sin dejar de mencionar las discusiones que su generación mantuvo con el líder: “Vaya si nos enojamos con él. Vaya si no perdura el enojo con él: ese enojo es un enojo importante. Y fue uno de los máximos políticos de la historia argentina que pensaba en el destino como una forma de libertad, no como un mensaje trazado para siempre en la vida de las personas”.

 

El tema de los nombres –por allí arrancamos- y el tema del destino siempre fueron pensados por González al rescoldo de los mitos porque nadie hubo como él que reflexionara sobre su papel en la vida comunitaria argentina, lejos de esa idea perezosa –y muchas veces reaccionaria- de que debemos desembarazarnos de ellos. Por el contrario, en uno de sus cientos de artículos periodísticos, escribió que “Los mitos valen la pena a condición de su revisión”. Vaya si los revisó.

 

Y cuando el anunciado arrasamiento se produjo, eludió el fácil nombre de “macrismo” y postuló que estábamos frente a una época a la que llamó “La experimentación”: “El gobierno de Macri está inspirado por una idea de experimentación total sobre las existencias. Sobre sus condiciones morales, laborales e intelectuales. Y sobre los escenarios mismos de sustento de la idea de persona. Persona como identidad, trabajo y libre disposición para la esfera afectiva pública y privada. A eso apunta la experimentación, a vulnerar esas instancias de reconocimiento entre personas, construidas en forma autónoma a través de sus propias biografías”. Y en este terreno tampoco nadie acertó tanto como él.

 

La última vez que pude disfrutar de verlo y escucharlo pensar –dos situaciones inescindibles- fue en un curso virtual sobre La Comuna de París donde, fiel a su estilo, bromeó con ser “el demagogo del zoom”. Era un chascarrillo, pero también una advertencia sobre el curso que puede tomar la vida social si este interregno, que anhelamos que sea provisorio, se perpetúa y advienen seductoras formas de control social.

 

En uno de sus últimos artículos sostuvo que “en el nivel de lo trágico, lo personal y lo político encuentran su punto común”. Es imposible no darle la razón cuando leemos tantas despedidas de quienes fueron sus discípulos, amigos y compañeros. Hay un llanto contenido en cada una de ellas, y también lo hay aquí. Aún siendo un simple lector suyo sé que, más allá del signo de los tiempos, escuchar y leer a Horacio era entrar en esos “Tiempos de rara felicidad en los cuales se puede sentir lo que se desea y es lícito decirlo”. Porque intentó comprender, y porque sostuvo “El sentido de la lucha sin perder la posibilidad de ser feliz”.

 

Por Carlos Semorile.