Anoche
hubo parranda en Boedo. Nadine, la hija de Silvana y Leo, festejó sus quince
con su familia y sus amigas y amigos y durante siete horas hubo de todo: morfi,
chupi, emotivos discursos de y para la homenajeada, improvisados cantitos de
cancha (con esa gracia repentista tan nuestra) para vivar a todo lo que sucedía
bajo los focos, lindas charlas en la mesa y muchísimo bailongo grupal, pero también
de parejas que como Tania y Eduardo la gastaron en un par de rockanroles antológicos.
No estuvimos entre
quienes pasaron al frente a colmar de bendiciones a la bella Nadine, pero
podemos hacerlo ahora con estos versos de una antigua plegaria irlandesa:
“Que
el camino salga a tu encuentro.
Que
el viento siempre esté detrás de ti
y
la lluvia caiga suave sobre tus campos.
Y
hasta que nos volvamos a encontrar,
que
Dios te sostenga suavemente en la palma de su mano”.
No conté los pasos
que dio Leo yendo de una punta a otra del salón (pasando por cada mesa,
abrazando y enlazando afectos, tacleando mozos para que no faltara nada), pero
en su deambular se pegó unas cuantas vueltas olímpicas. Claro que, tratándose
del primo Leo, ni el músculo duerme ni la ambición descansa, y entonces no es
extraño que en medio del fiestón me haya vuelto a plantear la cuestión de si la
palabra escrita no congela el pensamiento, tal como pensaban Sócrates y Krishnamurti.
Como esta es la
tercera vez que me saca el tema, ya no puedo hacerme más el otario y, entre
atajos y digresiones, intentaré responder. ¿Debo aclarar de entrada que lo que
sigue no es más que mi humilde, pero no por ello menos firme, manera de encarar
el problema? En principio, me parece que desde luego puede suceder -y sucede-
que una idea se cristalice en su paso de la mente que la pensó al libro o
programa que la preserva. Por poner un ejemplo que casi no necesita más
argumentos: la UCR es éso.
Dicho de otro modo:
la idea que ha sido plasmada en un texto (acaso luego convertida en folleto o
libro), al ser leída necesita, a la vez, ser traducida. Sólo el laburito de
traducir nos ampara de ser literales y tomar las metáforas al pie de la letra,
como vemos que está pasando hoy con tantísima gente que confunde “libertad” con
servidumbre y, como dice el Tata Cedrón, “ya
no sabe ni cruzar la calle”. Sólo si lo leído o lo escuchado hasta el
hartazgo se traduce bien, ahí lo podemos descongelar y reescribir.
Para decirlo con las
palabras de una canción de Silvio Rodríguez: “Y si esto fuera poco, tengo mis cantos que poco a poco muelo y rehago,
habitando el tiempo, como le cuadra a un hombre despierto”. Habitar el
tiempo que nos toca vivir supone, pues, estar lo suficientemente despiertos
como para ser capaces de moler y rehacer lo que uno leyó o escribió porque el riesgo
de la cristalización es real y “naides” estamos exentos de semejante abismo.
Ni siquiera Sócrates
o Krishnamurti que, citando a Horacio González, “están equivocados en su manera de tener razón”. ¿Cómo es esta
vaina? No es apenas un juego de palabras, sino que señala la paradoja de un
pensar que se extravía en razones en apariencia válidas, pero que nos llevan al
error, por ejemplo, de condenar al texto o al libro por el sólo hecho de
contener unos preceptos que, desde luego, deben ser leídos, traducidos y,
eventualmente, reescritos.
Quiero decir, y con
esto termino, que no me cierra esa idea de condenar al libro porque, en teoría,
podría contener algo pétreo que nos aleje de la savia vital. Mucho menos lo
condenaría en los tiempos que corren, donde se están poniendo en práctica “todas las formas de menoscabo de lo humano”
(de nuevo González), y entre ellas la de apartarnos de la lectura que traduce y
que reescribe todo lo que es preciso para ponernos al día.
Y porque por más que
haya sido escrito en un folio ajado, o acaso en una piedra y usando un alfabeto
en desuso, no me privaría del placer de desearles “que Dios los sostenga suavemente en la palma de su mano”.
Carlos Semorile.



