viernes, 29 de julio de 2022

De Eusebio Dojorti a Juan Pablo Maestre


(Foto: Valentina Parajó para Perfil)

Hoy 29 de julio, fecha del fallecimiento de Eusebio Dojorti/Buenaventura Luna en 1955, se inaugura en el Museo Nacional de Bellas Artes la muestra Identificaciones del pintor argentino Ernesto Deira (1928-1986), una serie de 7 obras cuya intención “era trazar una crónica sobre algunos de los acontecimientos más violentos sucedidos en el mundo desde los años 60: la pobreza en el Tercer Mundo, los procesos de descolonización, la invasión estadounidense a Vietnam y, en el caso de la Argentina, los primeros actos represivos que inauguraron la década del 70”.

 

Uno de los cuadros que pintó Deira está basado en la tapa de la revista “Así” del 22 de julio de 1971, en cuya portada apareció la imagen del cuerpo supliciado de Juan Pablo Maestre (hijo de Dojorti y de Olga Maestre), quien había sido secuestrado días atrás junto con su compañera y esposa Mirta Misetich, quien continúa desaparecida.

 

La serie "Identificaciones" -inusual en la obra de Ernesto Deira- fue exhibida en Buenos Aires a fines de 1971, y casi enseguida viajó a Chile, de donde pudo ser rescatada por su familia recién este año y luego de mucho batallar.

 

El cuadro inspirado en la imagen del cadáver de Juan Pablo Maestre es el que puede verse en la página del MNBA, y se completa con una versión de la "Lamentación sobre Cristo muerto" del italiano Andrea Mantegna (un pintor del Quattrocento), obra que para muchos tiene una asombrosa semejanza con la del cadáver del Che Guevara expuesto en la lavandería de Valle Grande.

 

Sea como fuere, el hecho es que los cuadros de Deira -y, entre ellos, la obra sobre Juan Pablo y el Cristo muerto- estuvieron en Chile al mismo tiempo que los Maestre nos exiliamos en el país hermano debido a la persecución de la dictadura de Lanusse.

 

Y que un 29 de julio vuelve a unir los nombres de Eusebio Dojorti y de su hijo Juan Pablo Maestre, del mismo modo en que ya están enlazados su pasión por la Palabra, su capacidad para convertirla en poesía y en canción, su rabiosa piedad política, y sus derroteros en las luchas sociales del pueblo al que pertenecían y siempre dentro del movimiento nacional y popular de las grandes mayorías argentinas.

 

Por Carlos Semorile.

 https://www.bellasartes.gob.ar/exhibiciones/se-exhiben-en-el-bellas-artes-las-obras-de-ernesto-deira-restituidas-desde-chile/

miércoles, 15 de junio de 2022

Encuentro entre poetas

En 1984, cuando aquí veníamos saliendo de la Dictadura Genocida, tuvimos dos acontecimientos que revolucionaron el aire que respirábamos. Uno de ellos fue la serie de conciertos que Silvio Rodríguez y Pablo Milanés dieron en el antiguo estadio de Obras Sanitarias, que en principio iban a ser unos pocos recitales y terminaron siendo catorce fiestas populares. De aquel encuentro entre artistas cubanos y argentinos quedó un registro sonoro y también uno fílmico, pero quienes entonces éramos jóvenes y ya habíamos gastado nuestros magros ahorros en las primeras localidades, seguimos yendo cada noche y encontrando cada vez una nueva manera de colarnos.

 

El segundo acontecimiento fue la aparición de “Silvio. Que levante la mano la guitarra”, un libro donde podíamos hallar aquellas letras del cubano que teníamos la imperiosa necesidad de leer con detenimiento. Muchas ya formaban parte de nuestra historia musical porque, como es sabido, los cassettes con sus canciones ya venían circulando de mano en mano desde tiempo atrás. Pero la obra, además, traía unas fotos preciosas –en ByN- que para los fanáticos eran otro motivo para comprarla y atesorarla. Hablando de fanatismo, en mi familia llegó a haber casi tantos ejemplares como miembros del clan: “-¿Este es el mío?” “-No, querido, el tuyo lo prestate o te lo afanaron. Este es el mío”.

 

El otro asunto que nos resultaba vital en aquellos años donde aún no existían las redes electrónicas, era poder acceder al pensamiento vivo de Silvio a través de la entrevista realizada por los autores del libro, Víctor Casaus y el ya fallecido Luis Rogelio Nogueras (“el mejor poeta de mi generación”, tal como lo presentó Silvio en su concierto de 2007 para el pueblo dominicano). Aunque el “deshilvanado prólogo” había querido dar cuenta de las cuestiones presentes en la literatura musical del trovador, era aquí, en este encuentro entre poetas (Casaus, Nogueras y Rodríguez), donde el libro alcanzaba su cenit de definiciones –con ciertos ajustes de cuentas-, remembranzas, fraternidad y gratitud.

 

A casi cuarenta años de aquella conversación hay que reconocer la vigencia de las reflexiones de un hombre que siempre se exigió a sí mismo para estar a la altura, no sólo del presente, sino del porvenir. Del mismo modo en que su poesía y su musicalidad no se han resentido por el paso del tiempo, sus respuestas de 1984 pueden ser leídas hoy sin encontrar rastros de solemnidades vanas: “De Cuba no tengo ninguna influencia. Lo que tengo de Cuba son las raíces (…) Creo que mi influencia fundamental es la Revolución (…) pero si quieren una respuesta profunda diré que el responsable máximo de mi expresión es Fidel”.

 

Esta nueva edición contiene dos introducciones relevantes. Una es del propio Silvio: “De todo lo que se ha escrito sobre mi trabajo, Que levante la mano la guitarra es sin dudas lo más entrañable (…) Se trata de un libro concebido en tiempos difíciles, complejos, hermosos, en una Cuba que intentaba acercarse a su propio ideal. Mucho de aquel país está en las manos del lector, en asuntos que –si miro en torno- parecen intemporales”.

 

La otra es de Víctor Casaus: “Que levante… nació paralelamente con el documental homónimo que realizamos en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), con guión de Wichy Nogueras. Wichy partió demasiado pronto y por ello hemos mantenido intacto el contenido original de este libro en las diversas reediciones que han aparecido década tras década. Así sucede con esta, que continúa siendo, sobre todo, un homenaje a la amistad, que ahora se ensancha otro poco con la inclusión de la foto de Kaloian Santos Cabrera en la flamante portada. Desde esa amistad, esta nueva edición de Colihue hace justicia también a la importancia que ha tenido Argentina en la vida del trovador (…) Silvio ha acompañado desde la canción y el compromiso los más importantes desafíos del pueblo argentino”.

 

 Ya mencionamos la trascendencia que tuvieron aquellos recitales de Obras, lo mismo que los del Luna Park en 1986, el concierto homenaje por los 30 años de la muerte del Che Guevara en la querida cancha de Ferro, su presencia en 2004 en la Plaza de Mayo por los festejos de la Revolución de Mayo, el impresionante encuentro de Villa Lugano en 2015, y otra masiva celebración en Avellaneda en 2018.

 

En este último acto, el poeta Jorge Boccanera le dedicó su poema “Engarce”, y cuando presentó esta nueva edición en la última Feria del Libro de Buenos Aires, recordó que cuando entrevistó a Silvio en 1978 en México “le comenté que me llegaban noticias de que aquí, en Argentina, mucha gente escuchaba sus canciones en casettes que iban de mano en mano eludiendo la sombra de la dictadura. Silvio me miró no muy convencido”. Esas dudas, hace ya tiempo, quedaron disipadas.

 

En su presentación, Boccanera también rescató “la presencia e influencia de su madre que, dice el trovador, ‘se bañaba con danzón, barría con boleros y cocinaba con sones’”. Este influjo se desarrollaría luego bajo el amoroso amparo de Haydée Santamaría, y del creador y director del ICAIC Alfredo Guevara (háganse un regalo: busquen y lean sus cartas reunidas en “¿Y si fuera una huella?”). Y entre muchos otros con quienes se hermanó en la poesía, Silvio destaca a Roque Dalton.

 

   Este libro, este encuentro entre poetas, es una delicia porque, como escribió el irlandés Yeats, “Sólo las palabras son un bien cierto: canta entonces, que esto es cierto también”. Y Silvio siempre nos ha dado motivos para creer en las palabras, y en la verdad de la canción.

Por Carlos Semorile.


 

martes, 3 de mayo de 2022

Peronistas sin saberlo


De la mano de la gobernanza de Alberto Fernández no sólo hay “funcionarios que no funcionan”, sino que la propia discusión política viene en un declive tan pronunciado que hay quienes se atreven a poner en tela de juicio el nivel de “peronismo en sangre” de figuras cruciales del ciclo kirchnerista. Algunos, en su delirio, mascullan que ni siquiera Cristina pasaría la prueba de sus estériles “peronómetros oxidados”.

 

Acaso lo más penoso de esta tramoya –porque a debate no llega- es que obtura en vez de abrir y que expulsa muchísima más gente que la que incorpora. No siempre fue así. En 1971, en el célebre reportaje “Los de Garín”, Carlos Olmedo decía: “Nosotros no nos integramos al peronismo; el peronismo no es un club o un partido político al que uno puede afiliarse. El peronismo es fundamentalmente una experiencia de nuestro pueblo y lo que nosotros hacemos ahora es descubrir que siempre habíamos estado integrados a ella, o dicho de otro modo, es desandar el camino de equívocos y malos entendidos por los cuales en alguna etapa de nuestra vida no supimos comprender que siempre habíamos estado integrados a ella en el sentido que está integrado a la experiencia de su pueblo todo hombre que se identifica con los intereses de los más”.

 

Este planteo de Olmedo se sintetizará en el dicho “peronistas sin saberlo”, el cual explica –allá y entonces, pero también aquí y ahora- el descubrimiento de haber pertenecido siempre a una identidad político/cultural. El entrevistador de Olmedo, Francisco “Paco” Urondo, lo puso en la voz de uno de los personajes de su novela de 1974 “Los pasos previos”: “-¿Desde cuándo sos peronista? –Me parece que mucho antes que yo mismo me lo imaginara”.

 

Casi 50 años más tarde del reportaje de “Paco” Urondo a Carlos Olmedo, el entonces ex Ministro de Economía Axel Kicillof decía en una entrevista realizada en el año bisagra 2019: “para mí definirme peronista fue un salto identitario (…) Lo que yo diría hoy es que durante mucho tiempo participé de ese grupo de argentinos, e incluso te lo extendería a América Latina e Hispanoamérica, que son peronistas sin darse cuenta”.

 

Hay cientos de miles de “peronistas sin darse cuenta” que lo son, pero para que puedan asumir el “salto identitario” que implica “desandar el camino de equívocos y malos entendidos” que los mantuvo alejados del movimiento nacional, es urgente que la gobernanza se deje de llamados vacíos a la unidad y atienda “los intereses de los más”. Esto es lo que reclaman tantos compatriotas que son “peronistas sin saberlo”.

 

Por Carlos Semorile.

sábado, 23 de abril de 2022

Cada cual vive como quiere


 

Anoche el Cuarteto Cedrón dio un recitalazo en Hasta Trilce, y quienes podemos decir que estuvimos en esa pasión nos llevamos –además de las canciones- las palabras con las que el Tata fue engarzando un tema como otro, pero siempre como testigo y protagonista de lo que grandes poetas y músicos sembraron en esta tierra donde, como contó sobre la obra de Kartun “La vis cómica”, al inicio no había ni piedras para defenderse de los perros hambrientos.

 

Que de aquella desolación original hayan surgido “Lejana tierra mía” –de la cual hizo unos acordes al inicio- y “Tierra querida” –que cantó sobre el final acompañado por Daniel Frascoli en guitarra-, habla de un apego que fue creciendo al rescoldo de la mixturación entre la sangre y el espíritu hasta generar géneros refinados y soberbios en la música y una lírica popular tan emotiva, reflexiva y exquisita que no tiene nada que envidiarle a nadie.

 

El Tata lamentó no haber llevado las citas de Stravinski y de Mahler que hablan de la importancia de la tradición, pero las reemplazó con sus propios recuerdos. Y con los de otros que, como Raúl González Tuñón, siempre están presentes en su corazón: alguno muy risueño, como la del ladrón que cada tanto empeñaba su ojo de vidrio y que era oriundo de Venado Tuerto; y otros son más bien su sospecha de que Tuñón escribió “Los ladrones” para decir “cada cual vive como quiere”.

 

Son las memorias de distintas “bandas de atorrantes” como las que andaban por Boedo en la época Olivari, Manzi, Castelnuovo, y que los afiches “de diseño” pretenden borrar de la empecinada memoria de algunos porteños. O la que se juntaba en el conventillo de la calle Olavarría 757 (la casa de su hermano Alberto donde el Tata recaló después de 14 meses de colimba, “la peor época de mi vida”), y por donde pasaron Gelman, Urondo, Paco Ibañez, Glauber Rocha, y otros.

 

No hay registros de Youtube de aquellas bohemias, pero está el mantel de “Pippo” –que el Tata mostró a la audiencia- donde el reaparecido Nacho Whisky (“¿Estás vivo, Nacho?” “Sí, estoy vivo”, repetido tres veces como en un relato bíblico) escribió “La calesita del tiempo”, y que al ser interpretada provocó el estremecido grito de “¡¡¡Impresionante!!!” por un muchacho que estaba en la sala y que nos representó a todos.

 

El Tata conversó mucho con el Profe Miguel Praino, su amigo y compañero de toda la vida, evocando tierras donde llevaron nuestra música, o lo que aprendieron de Osvaldo Tarantino (“el Satie del tango”) en las madrugadas del mítico “Gotán”. Digamos que en “Diagonales” se luce Julio Coviello, del mismo modo que Federico Terranova hace un inspirado dúo de cuerdas con Praino, pero también señalemos que el Profe es tanto su viola como Shakespeare su pluma.


En 2022 se cumplen cien años de cuando el joven Tuñón –apenas 17 pirulos- escribió “Eche veinte centavos en la ranura” y el Tata cuenta que se lo dice al Ministro de Cultura y es como si éste oyera llover: “Dios no pasó por aquí”. El que siempre pasa es el Cuarteto, y una y otra vez nos recuerda que “La tradición es la transmisión del fuego, y no la adoración de las cenizas”. Después, que cada cual entienda y viva como quiera.

 

Por Carlos Semorile.

domingo, 10 de abril de 2022

El agrimensor del espíritu de la tierra


 La obra “Scalabrini Ortiz” (Teatro El Picadero, sábados a las 17:30 hs.) es una proeza de la dramaturga Florencia Aroldi, cuyo texto conjuga de modo virtuoso aspectos sobresalientes de la vida pública y privada de este gran pensador nacional. Sin adelantar nada de la trama, sí hay que decir que en escena está también la que fuera su compañera de toda la vida, Mercedes “Mecha” Comaleras, una mujer tan formidable como extraordinario fue el amor que hubo entre ellos.  

 

Alejandra Darín y Pablo Razuk encarnan a “Mecha” y a Raúl con el mismo cuidado con el que la prosa de Aroldi se acercó a la intimidad de sus personajes para iluminar palabras, silencios y gestos. Si ciertos pasajes épicos emocionan hasta las lágrimas (como el conocido relato de Scalabrini sobre la jornada del 17 de Octubre de 1945 –aquí Razuk deja el pellejo-), no conmueven menos los diálogos llenos de sobreentendidos de esta pareja de luchadores a los que nunca les sobró nada.

 

Ambos asumieron el no reconocimiento: “Nosotros éramos y somos místicos de la realidad. Queríamos la realidad por sobre todas las cosas y creíamos y creemos que ella encierra una magnitud de mundo que trasciende de aquello que pueden palpar nuestros elementales sentidos. Así, en nuestra pesquisa, dimos en descubrir lo que después debía aparecer como evidente para todos: que el cuerpo nacional nos pertenecía solo con la estricta condición de permanecer en servidumbre de un interés, de una inteligencia y de un espíritu ajenos (...) Tanto trabajo para demostrar algo que cuando sea comprendido será tan evidente que parecerá una obra estúpida la que estoy realizando (...) Y nuestros hijos asombrados preguntarán un día: ¿Cómo pudo nuestro padre ser tan tonto para perder media vida en demostrar una cosa tan sencilla?”.

 

Esa “cosa tan sencilla” ha vuelto ha quedar oculta para millones de compatriotas a los que este singular agrimensor les dedicó, para que ellos y sus descendientes tuvieran un porvenir emancipado, sus laboriosas horas de investigador, ensayista y pensador. La obra de Aroldi es tan sobria como el propio Scalabrini. Y es tan estremecedora como lo sigue siendo la scalabriniana mixtura de misticismo y realidad.

 

Por Carlos Semorile.

domingo, 27 de marzo de 2022

El criollo incesante




Recién anoche, después de casi dos años de su partida hacia el misterio, pudimos juntarnos a homenajear a Horacio Fontova. El marco fue el mejor de todos los posibles, el Auditorio Nacional del Centro Cultural Kirchner, y la emotiva belleza del cuidado homenaje supo –merced a la ternura y la inteligencia de su compañera Gabriela Martínez Campos- eludir cualquier cliché y rescatar al Negro como músico, como escritor, como dueño de una mirada propia y, en suma, como pensador.

 

No lo hizo sola, desde luego, y gran cantidad de músicas y músicos, de actrices, actores y poetas dieron testimonio del inmenso cariño que Fontova cosechó entre sus pares. Pero fue Gabriela quien condujo toda esa energía, que con facilidad se podría haber desbordado hacia un recordatorio tan empalagoso como insustancial, y lo contuvo dentro de la idea de ir al hueso del legado del Negro: qué pensó, qué dijo, qué escribió y pensando en quiénes, y con cuánta hermosura lo plasmó.

 

Esto se vio reflejado en la cuidada selección de imágenes que realizó su sobrino, Gonzalo Martínez Campos, en las que se impuso la sobriedad y donde la palabra de Fontova fue la protagonista. En el mismo sentido, la dirección musical de Popi Spatocco, a través de musicalizaciones que el Negro hubiese adorado, consiguió que cada voz se luciera en su propio registro y que las letras de Fontova alcanzaran la dignidad literaria que tienen por derecho propio. En ellas están su revisionismo histórico, su condena a la banda de miserables que malversan lo que es de todos, su rescate de los originarios, su exquisito olfato para la vida popular, su intensa piedad por todas las criaturas.

 

Que todo ello lo haya dicho en canciones que son un muestrario de ritmos latinoamericanos pero sobre todo bien argentinos, es un reflejo de lo claro que tenía el Negro el tema de la identidad. Sabía de donde venía y por la índole musical de su familia estaba abierto a todos los legados, pero quien repase lo que se cantó anoche en el Kirchner, y quiénes lo cantaron, no podrá dejar de advertir que representaban al folklore, al tango y al rock argento. Es la música de un criollo incesante.

   

Un mestizo reo que manejaba como pocos los recovecos de la lunfardía porteña, sin dejar de bucear en todos los demás lenguajes que pudieran servirle para expresar la profundidad de su espíritu renacentista -dibujante, pintor, escritor, actor-. Y también un laburante comprometido en cada uno de estos oficios: me resisto a creer que, amén de sus muchos talentos, todo le saliera de taquito. Él también fue un alquimista que, con calle y estaño, separó lo sutil de lo grosero.

 

El Negro soberano y soberanista al que le dolían todas las injusticias, y por eso mismo se brindaba como bandera para las mejores causas. El compañero de los gestos amorosos, para quien cada acto debía reflejar el amor proclamado. Un tipo hermoso que nos deja un mandato fruto de su meditada sapiencia: para joder a estos tipos, debemos ser felices.

 

Por Carlos Semorile. 

viernes, 25 de marzo de 2022

Incluso la moderación necesita un límite


 

Mi compañera sostiene que los 24 de marzo suelen aclarar el panorama político con la misma contundencia que la energía popular que se despliega en las calles para reivindicar las luchas de la generación masacrada, pero también de todas las de nuestra historia. Los sucesivos encuentros de Axel Kicillof con Hebe de Bonafini y las cosas que ambos dijeron, pero en especial las que dijo el Gobernador, parecen apuntalar esta percepción: este 24 nos nació un candidato.

 

Después de la reciente visita de Cristina a la Casa de las Madres, Kicillof tomó la posta con una serie de definiciones que lo posicionan como candidato presidencial del espacio político que hoy gobierna y que mañana podría no hacerlo si no corrige la tibia parsimonia de su andar: “Cuando uno se fija metas fáciles de alcanzar, cuando uno piensa dónde está el límite de lo que tenemos que buscar, ya está empezando mal (…) El problema es siempre y permanentemente romper esos límites y correr la frontera de lo posible, más allá de lo que dicen los diarios, los poderes dominantes, la voz de la sensatez. Ahí está el ejemplo de las Madres, que si hubieran puesto precio a su palabra o hubieran actuado en base a lo que era alcanzable, nunca hubieran sido lo que fueron”. Si la voz de la prudencia maniataba a las palabras, el Gobernador desató ese lazo.

 

En política, como en la vida misma, no hay ninguna certeza infalible porque ni aún la mejor estrategia nos garantiza que triunfemos en las luchas que estamos empeñados. El presidente Alberto Fernández está empacado en su apuesta consensualista, donde la templanza la ponemos millones de compatriotas que nos mordíamos la lengua antes que darle de comer al enemigo. Pero incluso la moderación necesita un límite porque, si vamos a perder, preferimos perder peleando: “Hoy hay que pensar para qué llegamos al gobierno en 2019: no es ni para permanecer, ni para no molestar. Es para darle de comer a la gente, para darle trabajo, para reactivar nuestras industrias, poner en marcha la producción y buscar la justicia social. Al que no le interesa pelearse con nadie, sepa que no lo necesitamos. Hay que dar todas las peleas”.

 

Antes de Axel, Hebe había expresado –en una frase que nos recuerda el planteo final de “Las Brujas de Salem”- que “Lo único que tenemos nuestro es la palabra”. Esto es verdad tanto en la vida como en la política y por eso muchos celebramos que, de todo lo que tenemos que ocuparnos de rescatar, hayamos comenzado por recuperar nuestra lengua política. La que dice quiénes somos y lo que anhelamos ser.

 

Por Carlos Semorile.