jueves, 12 de diciembre de 2019

Infancias emancipadas


Por circunstancias que sería tedioso enumerar, crecí asistiendo a marchas y concentraciones, por lo cual no hay lugar social donde me sienta más a gusto que entre una multitud solidaria y compañera. Es una tradición que comenzó mi abuela materna llevando a sus hijos pequeños a la histórica concentración del 1º de marzo de 1948, en la vieja estación de Retiro. Entre ese millón de personas emocionadas ante la reconquista de lo propio, estaba Scalabrini Ortiz, para quien “La nacionalización de los ferrocarriles fue un acto de proyecciones tan profundas y extensas, que sólo es comparable a la batalla de Ayacucho, que dio término al dominio español a la América del Sur”.

Y es que hay fechas ineludibles, formadoras, inaugurales, y acaso no haya mejor pedagogía que ésa: ser parte del pueblo que celebra la Patria. Por esta razón, tantas madres y padres decidieron que el calor africano que el martes calcinó Buenos Aires no les haría desistir de llevar a sus pibas y pibes, a sus niñas y niños, a la asunción del presidente Alberto Fernández. Saben que estos baños de muchedumbre templan el corazón, amplían el estrecho horizonte del territorio conocido -la casa, la cuadra, el barrio, la escuela, las amistades y, ¡cuando no!, las pantallas-, y establecen una conexión intangible con la fuerza y la energía del espíritu colectivo cuando éste escribe la Historia.

Es una apuesta por el porvenir que está bastante más allá de todos los discursos sobre la infancia porque, en realidad, es un investimiento que los coloca en situación de ciudadanos de una comunidad que tiene deseos muy concretos respecto del futuro. Esos padres quieren que sus hijas e hijos tengan, como decía Scalabrini, “un pequeño horizonte para cada esperanza”. Y por ello, los sueñan y los cobijan emancipados.

Por Carlos Semorile.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Exterminad a todos los salvajes


(Sin pretensión alguna de originalidad, el presente escrito busca –en todo caso- refrescar algunas constantes de nuestra tragedia americana).

El ensayista sueco Sven Lindqvist escribió hace ya tiempo un libro fundamental que, como corresponde, casi no se conoce, pese a que tenemos la fortuna de contar con una edición de la UBA disponible a un precio irrisorio. Es, creo, indispensable leerlo en estos tiempos de resurgidos golpes imperialistas.

¿Qué tiene de especial este libro, cuyo título nos reservamos para no adelantar conclusiones? Para empezar, tiene la virtud de ser la obra de un europeo que se anima a correr la delgada capa de barniz civilizatorio con que las potencias de la vieja Europa adornan sus conquistas. Una vez descorrido el velo, aparece la animalidad más primitiva y básica que desemboca en la brutalidad y en el asesinato:

“Nuestra exportación más importante -reflexiona como europeo Sven Lindqvist- era (y es, actualizamos nosotros) la violencia”. Para Lindqvist, el origen de todas las violencias imperiales está en una falaz pero inconmovible idea de superioridad: “En África, Australia y América y en todas las miles de islas de los mares del sur, viven razas inferiores. Tienen -quizás- distintos nombres y tienen entre ellos pequeñas diferencias sin importancia, pero todos ellos son, realmente, ‘negros’. ‘endemoniados negros’. ‘Los finlandeses y los vascos y todo lo que se llamen, no son tampoco para tener en cuenta, son una especie de negros europeos, condenados a desaparecer’. Los negros siguen siendo negros, más allá del color que tengan (…) Los negros no tienen ningún cañón y por lo tanto ningún derecho. Sus países son nuestros. Sus ganados y sus campos, sus miserables enseres domésticos y todo lo que poseen y tienen es nuestro, del mismo modo que sus mujeres son nuestras, para tomarlas como concubinas, castigarlas y permutarlas. Nuestras para contagiarlas con sífilis, preñarlas, maltratarlas y hacerlas sufrir ‘hasta que los más perversos de nuestros malvados las hayan convertido en algo más miserable que los animales’ (…) El hipócrita corazón británico palpita por todos, excepto por aquellos que el propio imperio británico ahoga en sangre”.

El “hipócrita corazón” falsamente humanitario puede ser europeo o yanqui, pero en todo caso habla en nombre de una civilización que siempre termina cometiendo un genocidio.

Por eso el título del magnífico ensayo de Lindqvist es “Exterminad a todos los brutos”. O a todos los salvajes, o a todos los bárbaros, dependiendo de la traducción. Este es, en definitiva, el corazón del pensamiento civilizador: todo lo que se oponga al interés imperial de turno, será calificado de bárbaro y pasado a degüello.

En las semicolonias, este esquema imperial se repite al interior de nuestras sociedades fragmentadas, y las clases acomodadas ven a las clases subalternas como “negros endemoniados más allá del color que tengan”, multitudes bárbaras opuestas a la civilización o al “republicanismo” de turno.

¿Qué tiene que ver todo esto con las imágenes que nos llegan desde Bolivia, y que deberían provocar una náusea colectiva y una potente reacción de desagravio, aunque más no sea en defensa propia? Que, para colmo de males y merced al trabajo de pinzas realizado por los monopolios de comunicación (verdaderas usinas del odio como última y única razón de ser) y un neo-evangelismo fascista de cuño anglosajón, muchos de los socialmente desamparados y de los racialmente despreciados, colaboran tesoneramente a levantar el cadalso desde donde ellos -y sus hijos, y sus nietos- verán la luz de sus últimos días.

Los sucesos recientes de Ecuador y Chile (donde el patriciado meritocrático, a través de sus “pacos”, reprime, viola, tortura, y busca cegar a quienes despertaron luego de 30 años de pesadilla neoliberal), el genocidio selectivo y por goteo en Colombia, o la desembozada masacre en Haití, no deberían sorprender ya a más nadie respecto del verdadero rostro y de las genuinas intenciones de la barbarie “democrática y renovada”. Porque, como dijo Lindqvist: “Tú ya sabes lo suficiente. Yo también lo sé. No es conocimiento lo que nos falta. Lo que nos falta es el coraje para darnos cuenta de lo que ya sabemos y sacar conclusiones”.

Por Carlos Semorile.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Duas coisas...

¿Lo escucharon? Así hablan los líderes de Nuestra América, usando a pleno la lengua franca del Pueblo, y en olor de santidad porque están diciendo la verdad que los medios ocultan, y que una caterva de canallas judiciales envilecen.

Dois: ¿Vieron que dijo "Que Dios los bendiga", y esa montonera de marxistas del PT no lo abucheó, ni se persignaron presurosos con la hoz y el martillo? Bueno, que Deus, Alá, o el Altísimo Vladimir Ilich nos amparen, y que sepamos luchar para alcanzar la dignidad que sencilla y humanamente nos merecemos.

Gracias, Lula querido, y que el Universo te bendiga!!!

Por Carlos Semorile.

martes, 29 de octubre de 2019

El canto y las tradiciones (bis)

Hace cuando hace cuatro años y monedas, el Foro Internacional por la Emancipación y la Igualdad comenzó y concluyó del mismo modo: con exhortaciones a recuperar el canto y las canciones. “La patria que hemos soñamos tiene el nombre del futuro: cantemos para ella nuestra mejor canción”, fueron las muy elaboradas palabras de la ministra Teresa Parodi en el inicio de la primer jornada. Por su parte, en el cierre, la diputada portuguesa Marisa Matías recordó los versos de “Grândola, Vila Morena” (“Tierra de fraternidad, el pueblo es quien más ordena dentro de ti, oh ciudad”), una canción significativa durante la Revolución de los Claveles, es decir dos años antes que Matías naciera.

Dentro de muy poco, va a cumplirse el cuarto aniversario del nacimiento de una promesa que nació como canto, se multiplicó como juramento, y finalmente se depositó como ofrenda ante la misma destinataria y ante nuestro presidente electo: “Vamos a volver”. Alguien podría argumentar que cuatro años no son nada en el devenir de la historia de una nación, pero soy de los que sospechan que este canto que parimos colectivamente va a perdurar en la memoria del Pueblo.
   
Desde luego, nadie desea que sea necesario tener que volver a entonarlo frente una nueva derrota, pero perdurará como señal de un compromiso asumido hacia una líder y, fraternalmente, también hacia todos aquellos que comprendieron la singularidad de un ciclo político de impensadas reparaciones y de conquistas de derechos. Desde ese inicio, el “Vamos a volver” se fue radiando hacia la comprensión de muchos más que lo fueron asumiendo como propio, como bandera de esperanza.

Así se escuchó anoche en el Parque Los Andes, cuando las columnas –que muchas veces no eran tales, sino simples montoneras de compañeras y compañeros- iban llegando a celebrar un triunfo que nos costó cuatro años de desdichas, de agravios, de persecuciones, de insultos y chicanas, de profundo desprecio por la historia y el legado político de las grandes mayorías argentinas, y que a muchos les costó –y aún les cuesta- la cárcel, y a otros inclusive les arrebató la vida.

Y todo eso afloró anoche en las gargantas de la multitud que se abrazó entre Chacarita y Villa Crespo para decirle a la Historia que volvimos porque nunca nos fuimos. Porque somos la sustancia invariable de la Patria, la única que no puede ni podrá faltar jamás toda vez que se pretenda hacer el balance de su riqueza material y espiritual.

La que en el medio de las insondables coordenadas del tiempo sideral, va ordenando los ciclos de su conciencia histórica y le canta a las multitudinarias generaciones del porvenir que, pase lo que pase, y le pese a quien le pese, siempre “Vamos a volver”.

Por Carlos Semorile.

miércoles, 16 de octubre de 2019

“Poder elegir la vida que uno quiere vivir” -Algunos apuntes sobre “Profundamente argentina”-


“Profundamente argentina” reúne trece discursos a través de los cuales -como dice el “Gallego” Fernández en el Prólogo- Cristina ejerció la “conducción, orientando al Pueblo, a la militancia y a los cuadros auxiliares” durante la etapa de nueva “Alianza” neoliberal que hoy nos deja un panorama de devastación económica, social y cultural como pocas veces se produjo en un plazo de tiempo tan breve y tan duro.

Reconforta saber –o recordar- que en una de sus intervenciones en el Senado, Cristina les haya dicho en la cara que el plan de gobierno que estaban llevando adelante “Es perverso socialmente, es de sociópatas”.

O que en otra oportunidad, cuando se debatía la “Ley antitarifazos”,  les advirtiera: “¿Saben por qué pueden hacer todo esto ustedes? Por la impunidad mediática que tienen, pero ¿saben qué? Les juega en contra, porque creyeron que podían hacer cualquier cosa. Este es el tema de tener impunidad mediática. Finalmente, terminan pasándose de vueltas en las decisiones que toman y luego la crisis se torna incontrolable”.

Cristina vuelve una y otra vez sobre el rol de los medios monopólicos porque “en este mundo en el que se escucha poco y se mira todo, es necesario volver a reflexionar, volver a formarnos, volver a escuchar”.

Y, entonces, caracteriza la etapa de la Alianza Cambiemos como tributaria de un blindaje mediático increíble como nunca se vio en la historia de la República Argentina. Sólo me hace recordar al blindaje que tuvo la dictadura en materia del Terrorismo de Estado (…) Que no solamente es un blindaje mediático a favor de las políticas del gobierno que están provocando esta verdadera catástrofe social y económica. Es también el servicio de blindaje mediático para los que levantan la mano o presentan proyectos como éste, y al mismo tiempo presta el servicio de ataque furibundo y brutal contra aquellos y aquellas que no formamos parte de ese dispositivo de lo que se ha dado en denominar muy amigablemente ‘la gobernabilidad’, y que yo creo que en muchos casos hace más juego con la complicidad”.

No se trata de un exceso de adjetivación –que, por otra parte, no lo hay-, sino de situar desde dónde se ejerce el “verdadero poder”, y señalar que ese Poder sale indemne de las crisis que genera: “Fíjese que los fracasos de los gobiernos nunca fueron responsabilidades de los medios de comunicación, que muchas veces los promocionaron y los impusieron con noticias falsas, con mentiras, con un tratamiento absolutamente diferente según quién fuera el partido político o el dirigente. Al contrario, siempre los que terminan siendo responsables de todo lo que pasa son la política y los partidos políticos”.

 Este señalamiento es crucial, y puede llegar a ser determinante en la etapa que se avecina, tan preñada de esperanzas así como también de demandas, y de urgidas exigencias en cada plano de la vida social.

Por ello, no son pocas las interpelaciones que Cristina le hace al Pueblo en su conjunto, como la formidable apelación que hizo en Racing a cada uno de los sectores maltratados por las políticas macristas. Y una de ellas, significativa por demás: “Entonces si sos joven, si no conseguís laburo, si además estás podrido de que te paren porque no les gusta tu cara, tu vestimenta o lo que pensás. Si no querés vivir en un país donde un pibe desparece, nadie se hace cargo y todavía no sabemos dónde está Santiago Maldonado”.

Y, junto con el llamamiento, su propuesta de realizar “un nuevo contrato social de ciudadanía responsable: “Este nuevo contrato social no es ni más ni menos que la búsqueda de una mirada práctica que genere una base de orden. Un nuevo orden que permita el desarrollo individual de las personas dentro de las condiciones humanas y espirituales, pero siempre, siempre en el marco de una realización social colectiva para evitar que el esfuerzo de cada argentino y cada argentina termine siendo devorado por el egoísmo y el individualismo”.

Hay mucho más material para reflexionar a partir de estos trece discursos de Cristina, y cada quien hará su propia selección y recorte. Por nuestra parte, quisiéramos concluir con estas palabras –que, en sí, son todo un programa- que Cristina les dirigió a los jóvenes reunidos en el Plenario de Estudiantes Secundarios, realizado en la UTN de Avellaneda el 30 de julio de 2016:         

“Yo siempre quise como Presidenta que cada argentino pudiera elegir su vida, porque yo tuve la inmensa suerte de poder elegir la mía. ¿Qué significa elegir tu vida? Significa que vos decidís qué vas a hacer (…) Eso fue lo que siempre quise, que la dicha, la inmensa suerte que tienen los que nacieron en hogares donde no les faltó nada, la tengan también el resto de los argentinos. No tiene que ser un privilegio poder elegir la vida que uno quiere vivir, quiero que en la Argentina siga siendo un derecho para todos”.

Por Carlos Semorile.

martes, 27 de agosto de 2019

No es una vincha, es un cepo al pensamiento


Tras la marcha convocada por referentes mediáticos de Cambiemos para repudiar el triunfo opositor, volvieron a circular algunas imágenes bizarras, como la de una señora con un globo amarillo como vincha.

Como otras veces en que la oligarquía decidió salir a las calles, todo fue patético. Mucho ya se dijo respecto del sinsentido de manifestarse a favor de una república imaginaria, pero negando validez al contundente resultado de las urnas. O sobre el hecho, también muy sugestivo, de que hayan abierto las vallas pretorianas que resguardan a un mandatario temeroso de verse interpelado por vocinglerías y reclamos.   

En esta ocasión, el patetismo tuvo su cuota más alta cuando el candidato oficialista salió al balcón de la Rosada para hacer una serie de morisquetas, con su esposa oficiando como “election planner” y haciéndole pases de “reiki” para sosegar el “capusottiano” desborde emocional  del susodicho. Si se pretendía demostrar fortaleza, quedó flotando en el aire un aroma a despedida, a retirada, a final ineludible.  

El problema viene de lejos. No hay más que recordar aquellos festejos tipo “pelotero” para adultos donde campeaba un “pensamiento piñata”, a la espera del reparto de cargos que iban a derramarse como golosinas entre los angurrientos concurrentes. De aquellos  “voluntarios” hoy sólo queda la figura del Mago sin Dientes tratando, desde su penoso candor de convidado de piedra, de salvar la pilcha en medio de la desbandada.

No es por ensañamiento que recordamos la soledad de este militante descartado por su propia dirigencia, sino para reiterarles a muchos que, así como no se debe cruzar una avenida sin mirar antes el semáforo, tampoco se pueden obviar todas las señales de peligro que emanan de sectores que ya nos han hecho mucho daño. Con la “pureza” no alcanza, con la “credulidad” a lo pavo no vamos a ninguna parte: a partir de cierta edad, la “inocencia” es una suerte de perversidad.

Cuando compartimos estas imágenes de “señoronas y señorones” de Barrio Norte apoyando un gobierno que genera miseria, desamparo y muerte, no es porque nos guste flagelarnos: queremos que los distraídos dejen de fingir demencia, y comiencen a hacerse cargo del lugar que realmente ocupan dentro del “reparto de la torta”, y tomen nota de que no figuran “ni a placé” en los planes de los ricos.

Y para que usted advierta que estos repetidores de “slogans” (los Ceos de las empresas hoy en funciones de gobierno, los “periodistas serios e independientes”, los propaladores de “verdades” que no resisten el menor análisis), le han robado el lenguaje y, junto con el lenguaje, el pensamiento que podría ser el dique para que se defienda de sus arteros ataques. Recuerde que “Todo el que pretenda imponer su dominio al hombre ha de apoderarse de su idioma”, y que si usted permite que ellos piensen en su nombre, es probable que termine como la señora de la foto: con un globo como cepo alrededor de su cerebro.

Por Carlos Semorile.

jueves, 22 de agosto de 2019

La encerrona trágica del Larretismo

Nos permitimos repetir algunas ideas y conceptos ya tratados en alguna crónica anterior, e incluso bajo un título similar, porque un sector de la sociedad se empeña en reiterar su inclinación a la barbarie.

Fernando Ulloa fue uno de esos capos que no son tan conocidos como nos convendría a todas y a todos. Su profesión era el psicoanálisis pero, como toda persona que pone a funcionar el bocho con pasión y buen criterio, nos legó algunas reflexiones que van más allá del ámbito de la terapia. Ulloa sostenía que muchas veces las instituciones promueven “encerronas trágicas” que dejan a los sujetos a merced de situaciones donde no pueden recurrir a un tercero que les proporcione “miramiento”, ternura y buen trato. Se trata de una “cultura de la mortificación” que acentúa, al mismo tiempo, el desamparo de las víctimas y la crueldad de los victimarios.

En las últimas horas, la Policía de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (pilchas nuevas, móviles y celulares a destajo, armados hasta los dientes) asesinó a un ciudadano indefenso: Jorge Gómez, un trabajador de 41 años que tuvo la desdicha de creer que estaba siendo interpelado por un funcionario sensato, y no por un uniformado adiestrado para matar bajo la cobertura de un poder que pretende que la barbarie se instaure como “doctrina”. Mientras la familia de Jorge Gómez no sale de su estupor, el asesino acaba de salir en libertad.

Por otra parte, pero dentro de esta misma lógica de castigar al “marginal”, dos custodios de un supermercado Coto mataron a golpes a Vicente Ferrer, un jubilado de 70 años que hurtó un aceite, un pedazo de queso y un chocolate. Luego de golpearlo dentro del local, los vigiladores abandonaron a Ferrer en plena calle donde falleció antes de ser asistido por el Same, mientras la Policía de la Ciudad rodeaba el cuerpo de la víctima y trataba de impedir que se tomaran imágenes del ciudadano asesinado por los sabuesos de Coto. 

Todo esto, desde luego, resulta muy triste y angustiante. Pero a nadie debería resultarle “novedoso”, porque desde que la cultura de la mortificación alcanzó la gobernanza de la ciudad primero, y luego del país todo, este Grupo de Tareas del capital financiero ha logrado que “cada necesidad sea un drama angustioso”. Mucha gente cegada por el odio les permitió acceder al control nada menos que del Estado, y desde allí se han dedicado a deshilachar todos y cada uno de los derechos conquistados para, como en la Dictadura, hacer trizas el tejido social. 

Sin embargo, es legítimo preguntarse si luego de la paliza electoral recibida hace apenas 10 días, estos personeros del capital financiero no alcanzaron a percibir un “cambio” del humor social. De no ser así, asistiremos –como de hecho asistimos- al curioso espectáculo de que los promotores de la encerrona trágica se vean encerrados ellos mismos por un “relato” que pretende enajenar derechos a cambio de “puro ripio”. 

Por Carlos Semorile.