Si la selección nacional no
hubiese llegado a las semifinales, hace rato que habríamos dejado de escuchar
que los árbitros nos favorecen o que inclusive los resultados obtenidos con
tanto esfuerzo y sacrificio son manipulados desde la guarida del VAR. Quienes
realmente crean en este entongue, deberían hacer como los muchachos que -en un
episodio profético de “Boggie, el aceitoso”- lanzaban un misilazo que destruía
las instalaciones de los réferis virtuales.
Pero no es de ellos que nos
interesa hablar, sino de aquellos que podrían sacar algún provecho de toda esta
basura que circula en las redes y que tiene tantos puntos de contacto con el
daño que la genuina manipulación mediática provoca en tantas conciencias para
hacerlas odiar lo que deberían amar. Al igual que la selección, la Argentina
conoció hace no muchos años un período de dicha colectiva basado en realidades
palpables para las grandes mayorías: había laburo, desendeudamiento, bienestar,
previsibilidad, proyectos y esperanzas.
¿Qué nos pasó? Un odio feroz
fue vertido de forma sistemática en los oídos de millones de personas que de
este modo comenzaron a creer, como los que piensan que la selección no merece
llegar hasta donde llegó (y aún puede llegar), que no nos merecíamos la
buenaventura de vivir en un país normal y entonces apostaron por hacerlo en un
virreinato desquiciado y vapuleado, donde cada día hay una nueva humillación
que, afectando a unos, nos degrada a todos.
¿Qué país podríamos tener
si el gorila –histórico o reciente- no anduviera con su odio a cuestas? Como escribió
Horacio González, el odio es “la negación de la reflexión”: si bien infunde “enérgica
vitalidad”, no deja de ser “el más originario de los tropiezos del alma, un
sentimiento que nace ya tropezado”. En términos futboleros, sería como
olvidarse del equipo, marcarse solo y terminar tirándola a los caños. Vean lo
que dicen de la selección, cómo niegan los méritos de sus triunfos, y piensen
si no hicieron lo mismo con la mejor Argentina que conocimos.
Por Carlos Semorile.