sábado, 9 de junio de 2012

El pasado nos odia

Las palizas a periodistas de estos días no hacen más que poner de relieve el que acaso sea el problema más agudo de este “cambio de época”: la disputa entre el porvenir y los restos atomizados del pasado. No es mi intención postular que los dueños de la torta y las masitas están en la lona, ni que carecen de poder de fuego. Pero también sería necio negarnos a las evidencias de lo que nos dejó la tertulia de los caceroleros. Una de ellas es que desnudó el verdadero reclamo de estos ricos de solemnidad y los retrató ante el país entero pertrechados en su insolidaridad. Es más: la definición literal de la palabra "idiota" dice que se trata de "un ser irremediablemente individual", y a eso se redujo la “convocatoria”, a una juntada de idiotas, pero no en el sentido habitual que le damos a ese insulto, sino en el sentido específico del término: un manojo de seres irremediablemente individuales condenados a mil años de pavura y angustia. Tampoco aquí se trata de negar que, por debajo de sus reclamos variopintos -e incluso extravagantes-, estas “islas” están unidas por intereses de clase, y como tales clases operan y conspiran. Pero sí parece importante apuntar que, en una Argentina que trabajosamente reconstruye su tejido social, el impudor de este individualismo exacerbado es como una hacer una “vernissage” en un comedor comunitario. Raro que en Corpus Christi los obispos no señalen tamaña gula. Asimismo resulta asombrosa la facilidad con la que estos santos varones del conservadurismo vernáculo pasan de la palabra al acto, de lo atildado a lo patotero, haciendo trizas aquella tajante frontera entre bárbaros y civilizados. En comparación, las “hordas” que llenamos varias veces “la Plaza de nuestras libertades” -como la llamaba Scalabrini- defendiendo el Proyecto en 2008, nos limitamos a un reiterado pedido a los noteros de los canales canallas: “digan la verdad”. Éstos no: atávicamente convencidos de su impunidad, repartieron de lo lindo y, al mismo tiempo que se dedicaban a fajar en montonera (¡perdón!), se manifestaban agredidos. ¿Es posible que esto no sea simple cinismo, que realmente lo vivan de ese modo? Una canción de Silvio Rodríguez (“Nunca he creído que alguien me odia”) viene en nuestra ayuda cuando dice: “Siempre que un hombre la pega a otro hombre no es al cuerpo al que le quiere dar. Dentro del puño va el odio a una idea que lo agrede, que lo hace cambiar. Cuando lo quieto se siente movido, todo cambia de sentido”. Efectivamente, la idea de una Argentina inclusiva, justa, integrada y unida, los agrede, les cae como una patada al hígado y, por eso, esos gestos desencajados, esos bramidos destemplados, esas postales de la podredumbre. Y es que al quebrar el molde neoliberal asistimos a la descomposición de un mundo privilegiado que a los alaridos pide que regrese el “ante bellum statu quo”, o sea, que las cosas vuelvan a ser como eran antes de la guerra. Lo que llamamos “batalla cultural” se dirime entre ese retorno al pasado y la posibilidad de construir un futuro para todos. Silvio lo dice mejor que nadie: “Sé que todas las palabras con que le canto a la vida vienen con muerte también. Sé que el pasado me odia, y que no va a perdonarme mi amor con el porvenir. Por eso manda verdugos, con todos sus uniformes. Mi asesino es el pasado, aunque con mano de hombre”. En ésas andamos, pues, desarticulando la oscura trama de un pasado que le impidió a la Patria su despliegue y al pueblo su felicidad. La situación es paradójica porque somos gobierno pero, a la vez y acaso con un empeño más grande todavía, somos la resistencia que lo sostiene frente a todos los embates destituyentes. El pasado nos odia por haber movido lo quieto, por trastocar el sentido unívoco de las palabras y las cosas, por atrevernos a hacer algo más grande que nosotros mismos. Y porque tenemos, como Néstor y Cristina, un amor genuino por el porvenir. 
Por Carlos Semorile.

viernes, 1 de junio de 2012

Sarlo y Lanata versus “la astucia de la historia”



En las postrimerías del neoliberalismo, Jorge Lanata conversó largamente con Beatriz Sarlo en la tele. Fue en un programa tipo “periodismo serio”: una mesa, dos sillas y la iluminación apenas indispensable sobre un fondo negro. Me acuerdo poco del conjunto de la entrevista, acaso porque la época no daba más que para diagnósticos anodinos desligados de cualquier épica transformadora. Sin embargo, Sarlo produjo un momento disruptivo cuando postuló que tal vez podría llegar un cambio de la mano de alguna “astucia de la historia”. Con su habitual sarcasmo, Lanata se le rió en la cara y comenzó a chucearla: ¿qué cosa era exactamente una “astucia de la historia”?, ¿en qué sujeto histórico encarnaba semejante entelequia? Sarlo dijo entonces que mientras ellos charlaban, acaso en ese mismo instante, había alguien reflexionando y escribiendo las ideas que terminarían con un ciclo histórico y abrirían otro. Lanata porfió en su escepticismo, pero Sarlo mantuvo abierta la chance de que pudiese producirse un fenómeno como el que vaticinaba al aire. El resto es historia conocida. Tras el derrumbe del país virtual, surgió un hecho inesperado y el peronismo -como dijera Nicolás Casullo- volvió a funcionar como peronismo haciendo, por eso mismo, que se lo ataque tanto por derecha como por izquierda. Dentro de los realineamientos del cambio de época, Lanata pasó por el teatro de revistas y terminó entregando armas y bagajes en la puerta del Monopolio. Por otra parte, no fue Sarlo quien produjo los trabajos que mejor analizan la emergencia, o mejor dicho la irrupción del retorno de la política, sino que esos escritos se los debemos a Ricardo Forster. Ella, ofuscada, olvidó su propio pronóstico y determinó que ahora “la astucia” va de la mano del cálculo en la maquiavélica fábrica de imposturas kirchneristas. Así las cosas, Sarlo cierra aquella discrepancia que la distanciara brevemente de Lanata, y hoy ambos arremeten contra esta “astucia de la historia” que encarna en sujetos tan poco potables. Algo de razón tenía el “progre” Lanata de “años ha”: al vaticinio de Sarlo le andaba faltando carnadura histórica. Pero también voluntad política para aprovechar esas “vueltas que tienen la vida y la historia”. Al respecto, hace pocos días decía Cristina en Bariloche: "Y yo digo las vueltas de la vida y de la historia, pero ojo no son vueltas de la vida y de la historia que se den solas. Para que la historia y la vida den vueltas hay que empujar, y hay que saber empujar para qué lado: para el lado de las transformaciones, de las inclusiones, de las reparaciones". Pocas veces, con excepción de Juan Perón, un estadista fue tan claro al presentar públicamente los dilemas con los que se enfrenta el decisionismo estadual ante situaciones de extrema fragilidad. ¿Podrá comprender la Sarlo toda la dramática que se resume en las palabras de la Presidenta? ¿O habrá que encontrar aquel video en el que pedía por un giro de la política que llegase de la mano de alguna “astucia de la historia”? El futuro llegó, Beatriz. Hace rato.
Por Carlos Semorile.

miércoles, 30 de mayo de 2012

“¡Irlandés!”


Durante la ceremonia por el microcrédito número 250 mil, la Presidenta dijo que el hombre que la acompañaba en el estrado, el único sobreviviente de la Masacre de San Patricio, era inglés. La réplica de Roberto Killmeate no se hizo esperar: “¡Irlandés!” Cristina pidió las disculpas del caso, y “Bob” pudo bajar la guardia. ¿A qué se debe la persistencia de la “cuestión irlandesa”? A principios del siglo XX, Leopoldo Lugones escribía que “la autonomía de Irlanda quedará aplazada una vez más, o nacerá herida de muerte” debido a que la Corona Británica prohijaba a la minoría protestante del Ulster para que se armase e impidiese la genuina independencia de la naciente República de Irlanda. Efectivamente, a los irlandeses se les arrebató una porción de su territorio, valiosa tanto por cuestiones de índole comercial -allí se asientan importantes puertos- como por su fuerte impronta cultural ligada a los orígenes gaélicos de la población nativa. Sesenta años más tarde, el Colorado Ramos decía que “el irredentismo irlandés permanece como una mancha sangrienta en la órbita declinante de Inglaterra”, y señalaba “la refinada perversidad inglesa en Irlanda”. También apuntaba un dato que, a esta altura, no debería resultar sorprendente para ningún nativo, sea éste irlandés o argentino: los archivos del Foreign Office se abren “medio siglo después de transcurridos los acontecimientos a que aluden los documentos respectivos”, salvo si se trata de documentos relacionados con Irlanda o… con las Islas Malvinas. Hay un hilo invisible, entonces, que nos conecta con el país irlandés, y ese vínculo salta a la vista cuando se analiza el papel cumplido por Gran Bretaña en ambas naciones. Scalabrini Ortiz explicaba que George Canning venció la resistencia de su Rey para que aceptase la independencia de nuestras repúblicas, siendo que el monarca consideraba que tal emancipación era un mal ejemplo para la situación irlandesa (el problema, para los británicos, se repetiría en aquella encrucijada que en 1914 Lugones anticipaba correctamente: si los ingleses aceptaban la independencia de Irlanda, debían aceptar también la de la India). Aún antes es posible encontrar puntos de contacto: en las fragatas que trajeron a los invasores de 1806, los ingleses trasladaban también familias de “colonos” a las que pensaban “plantar” en el Río de la Plata, repitiendo el esquema de “plantaciones” mediante el cual se apropiaron de las mejores y más ricas tierras del Ulster, condenando a los irlandeses a pucherearla, en su propio país, mediante una economía de subsistencia. Durante las invasiones, los soldados irlandeses desertaban de las tropas inglesas para no cumplir bajo otro cielo el triste papel que conocían de sobra por haberlo vivido en carne propia. Después de la Reconquista hubo prisioneros de esa nacionalidad que decidieron quedarse a vivir en el país invadido, el cual les garantizaba la libertad que difícilmente tendrían en Inglaterra, la no persecución religiosa y, acaso, la posibilidad de acceder a un pedazo de tierra propia (mientras tanto, los comandantes vencidos se dedicaban a lo que mejor sabían, negociando una rendición que, pese a todo el daño causado, les permitiese “colocar” los productos de toda índole que abarrotaban las bodegas de sus barcos.) Medio siglo más tarde, otra oleada de inmigrantes irlandeses llegaría a estas costas, esta vez empujada por la Gran Hambruna desatada como consecuencia de un hongo que afectó el monocultivo de la papa, base de toda la alimentación en la isla. Granja por granja, ésta les ofrecía más oportunidades a los sufridos irlandeses que, como nuestros paisanos, trabajaban en beneficio de la nación-taller. Cuando el renacimiento cultural gaélico fue preparando las condiciones para la independencia, un ofuscado periodista inglés escribió que Irlanda debía aceptar “el hecho innegable” de ser inglesa, el mismo proto-argumento que usan para las Malvinas. Pero lo único innegable siguió siendo la determinación del pueblo irlandés a luchar por sus derechos. Un historiador conservador escribió que “en 1982 no había hombre mayor de treinta años en los distritos republicanos que no hubiese sido humillado por los soldados británicos frente a su esposa, sus hijos o sus vecinos” (en ambas islas, Irlanda y las Malvinas, los ingleses se sostienen por el uso de la fuerza). Todo ello, y muchos siglos más de colonialismo económico y cultural, explican la réplica de Bob Killmeate (“¡Irlandés!”), que hacemos nuestra en el deseo de que Irlanda pueda salir de la condena de la encrucijada neoliberal transitando la “vía Argentina”.
Por Carlos Semorile.

viernes, 18 de mayo de 2012

Los mapas y el territorio


En la lucha política de estas últimas semanas se percibe claramente que hay quienes confunden el mapa con el territorio. No importa que se trate del debate político, periodístico, sindical, parlamentario o comunal porque, cualquiera sea el ámbito de la disputa, ya no alcanza con dibujar planos arbitrarios, tan antojadizos como los deseos de quienes los pretenden instalar -las más de las veces mediáticamente- en la mente de los compatriotas. Se podría pensar que la desorientación de los opositores -tanto de los frontales como de los solapados- se debe a que les falla la brújula y por eso sus cartas de navegación ya no coinciden con la realidad del país. Pero su problema es todavía más grave. Sucede que el kirchnerismo ha cartografiado una nueva argentina, relevando -por primera vez en décadas- la topografía de las necesidades, anhelos y esperanzas de nuestro pueblo. No sólo eso. Viene cimentando las condiciones para que, bajo este cielo, alguna vez sea posible el desarrollo material y espiritual de todos y cada uno, aprovechando -sin distinción de ninguna índole- el potencial latente o artificial y maliciosamente aletargado de las hijas e hijos de este suelo. Semejante recreación de coordenadas no ha sido la obra de un día, ni la de una sola voluntad, y por ello mismo, por la suma de las voluntades, los trabajos y los días, ha llegado para quedarse. Y este es el punto insoslayable: toda nuestra vida social, todos nuestros vínculos comunitarios, se desenvuelven en un territorio donde se entrecruzan, dinamizan y potencian los datos de la realidad concreta con los de un renacido fervor nacional. Que esto desemboque en un nuevo atlas no debería extrañar a nadie, y quienes tengan aspiraciones políticas -sean del palo que sean- harán muy mal si continúan delineando falsas fronteras, sea que se llamen “La Juan Domingo”, “La queremos preguntar”, ó “Yo no pedí los subtes”. De un modo ingenuo, tales demarcaciones pretenden agrupamientos entre un “aquí” y un “allí” que no existen más que en la calenturienta fantasía de quienes las formulan. La inmensa mayoría del pueblo argentino sólo reconoce el liderazgo de la jefa cartógrafa, la que viene diseñando una patria lo más inclusiva y abarcadora posible. ¿Esto significa que Cristina es infalible? No: sólo quiere decir que bajo su lectura, con o sin sextante, habitamos un país sensiblemente mejor. Y que las derivas truchas de los mapeadores inciertos terminan todas en islas desiertas.
Por Carlos Semorile. 

sábado, 28 de abril de 2012

"Nosotros mismos", los que escribimos torcido


Ayer la Presidenta dio otro paso significativo para que “la tradición de todas las generaciones muertas” deje de oprimir “como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Sin necesidad de mencionar al 18 Brumario, Cristina propuso cambiar la fecha original del acto: “Por qué no hacerlo el 27 de abril cuando comenzamos nosotros mismos a construir a partir de nuestras convicciones históricas, de nuestros principios políticos, una historia que estamos escribiendo nosotros mismos”. Este “nosotros mismos”, tanto el de la construcción política como el de la escritura histórica, es tan revolucionario en términos culturales como algunas de las medidas más audaces de los gobiernos kirchneristas. El dominio de los muertos sobre los vivos, además de ser una cuestión propia de confesionarios, divanes y conciencias contritas, es un problema político que reclama una respuesta política. Claro que no cualquier respuesta, dado que no se trata de cualquier problema sino de uno de los más canijos de encontrarle la vuelta. Las tradiciones, cuando son genuinas, no son amuchamientos arbitrarios de historias, ni azarosos relatos sin sustancia. Sin embargo, también es cierto que los rituales que mantienen activos los componentes míticos de una comunidad, pueden derivar en mecanismos sin alma que terminan exigiendo la fosilización de la dinámica social. Y esto, lejos de ser un asunto teórico, resulta un tema vital para que toda la formidable energía liberada desde el 2003 a la fecha sepa eludir, por decirlo de alguna manera, “las tumbas de la gloria”. ¿Se trata de renegar del pasado? Nada de eso: la Presidenta es la primera en hacer que estén disponibles las imágenes de la historia, a condición de revisarlas para que, justamente, no nos persigan como solemnes estampas de una identidad congelada y mustia. Las nuevas generaciones están en mejores condiciones para evitar el mal del auto-desconocimiento, y hoy más que nunca -Cristina mediante- los legados están ahí. Esperándonos, para que los aprehendamos en su complejidad y, sobre todo, con sus enseñanzas (el estadio completo la escuchó referirse a “los acontecimientos vertiginosos y terribles” de los ´70). Desde que este revisionismo popular está en marcha, permanentemente se rescatan figuras -nacionales, provinciales, comunales y hasta barriales- que el liberalismo asesinó dos veces: cuando la muerte, y cuando el olvido, porque, mientras imperó la derecha, ni los muertos estuvieron a salvo. Hoy, en cambio, se los recuerda con amor y lucidez desde que ya no son aquellos fantasmas pesarosos en la mente de sobrevivientes, herederos y sucesores. Se sabe (también porque la Presidenta hace todo lo posible para que se sepa) que ellos no escribieron la historia con trazo recto y letra de molde. En todo caso, a las fuerzas del statuo quo y de aquello inescrutable que a falta de un nombre mejor llamamos azar, las enfrentaron con la inestimable potencia de la voluntad. Pero Cristina no quiere que las herencias se resuelvan tan sólo en términos de deudas. Ella pretende, para decirlo con las palabras de Eduardo Rinesi, que dejen de pesar como lápidas y sean “una inspiración renovadora y crítica”. Sólo así será posible que seamos “nosotros mismos”. Y no importa nada que cronológicamente seamos jóvenes, adultos o viejos. Este presente nuestro (de nuevo Rinesi) “está abierto tanto hacia atrás como hacia adelante, inundado de pasado y preñado de futuro”. Es por ello que ayer en Liniers estuvieron los compañeros muertos, el Néstor, y hasta don Carlos Marx y su brumario del Napoleón trucho. Y en tardes alegres y esperanzadas como las de Vélez, los pibes y los jovatos celebramos que queremos ser Nosotros Mismos, y escribir torcido para seguir enderezando la Patria.
Por Carlos Semorile.

lunes, 23 de abril de 2012

Constance Markiewicz, “esa mujer”

Mañana 24 de abril se cumple un nuevo aniversario del Alzamiento Irlandés de Pascua, ocurrido en 1916. Como un homenaje a ese pueblo al que nos une un enemigo en común -que también ocupa parte de su territorio-, vaya esta semblanza de una de sus luchadoras, La Condesa Roja. Hablamos de Constance Markiewicz, la que siendo joven deslumbró con su belleza a la Corte Británica y la mismísima reina Victoria, y la que luego insultará y maldecirá sin descanso a Inglaterra, “la bestia negra, el país de sus ancestros, del que hay que desconfiar, asegura a ciencia cierta, porque ella proviene de él y lo conoce bien”.

En la Pascua de 1916, Constance Markiewicz estuvo entre quienes ocuparon los principales edificios de la vieja Dublín para terminar con siete siglos de desembozado colonialismo. Frente a la efigie del almirante Nelson, los rebeldes leyeron la Proclama del Gobierno Provisional: “En el nombre de Dios y de las generaciones difuntas, cuyas tradiciones antiguas ha heredado como nación, Irlanda, por medio de nosotros, congrega a sus hijos bajo su bandera y combate por su libertad”. El poeta W. B. Yeats escribiría luego: “Una terrible belleza ha nacido”.

Constance Gore-Booth (tal su apellido de soltera) pertenecía a una de esas familias anglo-irlandesas que nacieron como consecuencia de la política inglesa de ocupación de Irlanda mediante la “plantación” de súbditos británicos. De tal suerte, los “anglos” progresivamente desplazaban a los nativos de las tierras más fértiles de la isla, condenándolos a la mera subsistencia en base al monocultivo de la papa. Desde el siglo XII, la Corona Británica se ocupó de procurarles todo tipo de padecimientos a los hijos de Erin: hambrunas, exilios, prohibiciones políticas y persecución religiosa. El plan de los ocupantes era de vastos alcances: “Debemos cambiar su forma de gobierno, su ropa, sus costumbres, su régimen de posesión de tierras y sus hábitos de vida; de lo contrario, será imposible inculcarles la obediencia”. Como explicaría Jorge Enea Spilimbergo, Irlanda se convirtió en el laboratorio del imperialismo británico: lo que allí funcionaba, los ingleses lo exportaban luego “irlandizando” el resto de sus colonias (plantaciones, matanzas, suplantación cultural).

Pero como al correr de las épocas se sucedían las sublevaciones de un pueblo indócil, los estrategas del imperio pensaron que había que ir todavía más allá: “Si el habla es irlandesa, el corazón debe por fuerza ser irlandés”. Lo más pernicioso de la sustitución del gaélico por el idioma inglés era el modo con que el invasor definía al invadido como el negativo de sí mismo. Según el ensayista Declan Kiberd: “Si los ingleses se han presentado al mundo como controlados, refinados y arraigados, les convenía que los irlandeses fueran exaltados, toscos y nómades”. Sin embargo, una muy joven Constance refutaría este relato: “Cuánto odio la lengua inglesa cuando tengo que expresar un razonamiento: su pobreza me vuelve estúpida”. A ideas como ésta, el grupo “Mujeres de Irlanda” le daría una formulación programática: “Desacreditar la lectura de obras literarias inglesas, los cantos ingleses; disuadir a cualquiera de asistir a las vulgares representaciones inglesas de teatro o de music-hall; combatir por todos los medios la influencia inglesa, que es una injuria al gusto artístico y al refinamiento del pueblo irlandés”.

Casada tardíamente con un falso conde polaco, Constance se acerca fervorosamente al movimiento cultural que encabezan los poetas, dramaturgos y escritores nacionales: Geogre Bernard Shaw, James Joyce, Douglas Hyde, John Singe, Oscar Wilde, W. B. Yeats. El renacimiento gaélico, que buscaba reafirmar la identidad irlandesa, anticipará la revolución política que pronto sacudirá la isla. Activa participante de esta movida cultural, Contance explicaría su propio alumbramiento político: “Desperté a la idea de que Irlanda no se había rendido, y de que existían hombres y mujeres que no habían aceptado la conquista”.

Cerrados todos los caminos de participación, los irlandeses se inclinaron por la opción armada. Así, con los conocimientos adquiridos por su aristocrático origen, la amazona Markiewicz se dedicará a entrenar scouts en tácticas de guerrilla urbana: “Dentro de diez años esos muchachos serían hombres. Me los imaginaba alcanzando la mayoría de edad y alistándose, como si tal cosa, en el Ejército o en la policía británicos y, en consecuencia, sometiendo a los de su propia clase a la autoridad inglesa”. Feminista a ultranza, también integrará la Unión de Mujeres y, ya convertida en la “Condesa Roja”, tendrá una destacada actuación en la huelga de 1913 acompañando al socialista Jim Larkin (el dirigente que había impresionado nada menos que a Lenin).

Fracasado el Levantamiento de 1916, “Madame” Markiewicz escuchará desde su celda las detonaciones con las que los ingleses fusilan prolijamente a los líderes de la insurrección. Sus compañeros caen para escarmiento de sus seguidores. Se salvan unos pocos: Eamon de Valera, por haber nacido en U.S. A., y el hiberno-argentino Eamon Bulfin, el joven que izó la tricolor en el edificio de correos de Dublín. Ella, que no es pasada por las armas “única y exclusivamente en razón de su sexo”, le escribe al tribunal que “habría preferido que ustedes hubiesen tenido la decencia de fusilarme”. Y como para que no queden dudas, dirá años más tarde: “Nosotros hemos conocido la dicha de tener en el punto de mira el corazón de un soldado inglés”. La prensa la perseguirá hasta después de muerta, presentándola como una “mujer sedienta de sangre”. Pero cuando Yeats escriba la elegía a esa semana crucial, nombrará a la Markiewicz como “esa mujer”.

Beneficiada por la amnistía de 1918, Markiewicz llegará al parlamento de la mano del Sinn Féin (Nosotros Mismos), “la nación organizada” según de Valera, el primer presidente de la República de Irlanda. Y cuando se discuta la partición de la isla (jugada de la diplomacia inglesa para debilitar el nacionalismo y la emancipación de los irlandeses), ella se opondrá: “Yo he visto las estrellas, y no pienso seguir la luz vacilante de un fuego fatuo”.

Por Carlos Semorile.

martes, 17 de abril de 2012

"Puro ripio"

El plenario de comisiones por el tema de YPF fue, para quienes lo vimos televisado, un episodio premeditado de estoicismo. ¿Qué curiosidad morbosa puede llevarlo a uno a escuchar los agravios hacia el gobierno? Sin percatarse, creo, del daño que se hacen a sí mismos, senadoras y senadores del arco opositor volvieron a perpetrar un acto de lesa homogeneidad: todo parejito y achatado, la medianía misma aún cuando en algún momento hayan ensayado el elogio de la vehemencia del viceministro Kicillof. Para decirlo todo de una vez: las palabras de la opo son “puro ripio”. Puro ripio, es decir: un discurso insalvablemente pobre, materia en bruto sobre la que no parece haberse producido ninguna intervención de la inventiva o del trabajo humano. Así las cosas, no es de extrañar que el kirchnerismo ocupe largamente el centro de la escena política. Lo hace con hechos, con liderazgo y, especialmente, con palabras. Hay un abismo entre el discurso de Cristina y el balbuceo inconexo y vacilante de quienes sólo buscan esmerilarla. La oratoria de sus oponentes, por necesidad de mantener un espacio que está real o imaginariamente amenazado, termina entonces contestando desde lugares que el paso de los años –y sobre todo de estos últimos años- han dejado deslegitimados, y sin chances de hacer anclaje en sectores importantes de la sociedad. Son como antiguos amantes a los que el trancurso del tiempo, brutal e impiadoso, los ha privado del arte de la persuasión. Y es que en la nueva Argentina de la palabra emancipada, el ripio hablado ya no seduce a nadie.

Por Carlos Semorile.