“Para que un día nos queden unos cuantos
recuerdos: es decir estuve, estuve en tal pasión, en tal recodo”. Raúl González Tuñón.
Estuve, por ejemplo, en las clases
del Seminario “Pensamiento
Nacional” dictado por Norberto Galasso y su equipo de jóvenes docentes en la
Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A. en 2013, es decir en “Puán”. Era
una actividad abierta al público en general, en un aula inmensa que se
abarrotaba de gente cada sábado a la mañana durante un cuatrimestre para
escuchar de su voz “quedita” –como dirían en México- el entramado de nuestra
tradición emancipatoria e igualitaria.
No todos éramos peronchos –compartí banco
más de una vez con una compañera de alguna tribu de izquierda-, ni todos habían
leído la mayoría de sus libros, pero se le prestaba esa atención que se han
ganado a pulso aquellos a quienes llamamos maestros. Tenía un modo sereno de
exponer y una templanza forjada en muchas horas de docencia política en los
foros más diversos: nunca vi a un trosko quedar tan mal parado como cuando
Galasso lo atendió con sus propios argumentos. Tras este cruce, continuó su
clase con su habitual humildad y elegancia, pero nos quedó claro que en
política el manejo del tiempo es “el tema” que manda.
Leí unos cuantos de sus libros y, como
todos, tengo mis favoritos: las biografías de San Martín, Moreno, Yrigoyen,
Perón, Yupanqui, Discépolo, Jauretche, Scalabrini y Cooke. Pero hay un texto
suyo, “Genocidio y oligarquía” (recopilado por Maximiliano Pedranzini en el libro
“El pensamiento nacional”), que a mi entender recupera no sólo la memoria sino
el sentido de los años sesenta y setenta, y donde Galasso plantea que habría
que comprender que “la clase dominante se
aterrorizó ante “Cordobazos”, “Tucumanazos”, “Rosariazos”, etc., y ante la
irrupción de una juventud dispuesta a tomar el cielo por asalto. Tan cerca vio
el cuchillo de su garganta que, en cuanto pudo, decidió dar un escarmiento
ejemplar para que nunca más se atreviera el pueblo a formas de democracia
directa y a poner en discusión el modelo dependiente. Por eso hicieron un pacto
de sangre: los ricos, los militares reaccionarios y el imperialismo”. Si en
la hora final pensamos en legados, creo que este fragmento explica por qué
éramos tantos los que nos sacudíamos las sábanas para ir a escucharlo a Puán.
Gracias por enseñarnos tanto, querido compañero Galasso.
Carlos Semorile.

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