El miércoles nos
despertamos con la noticia de la muerte de Glen Hansard. El accidente que le
arrebató la vida mientras circulaba en su motocicleta, entra en la categoría de
cosas absurdas que pensamos que no deberían ocurrir. Y aunque sabemos bien que
ocurren con espantosa frecuencia, seguimos sin encontrarle sentido. Hansard fue
un músico dotado de un lirismo exquisito que se expresaba en melodías que iban
desde un registro tiernísimo a una muy fogosa potencia.
Su experiencia como músico
callejero siguió diciendo presente en su capacidad interpretativa arriba de un
escenario o desde la intimidad de un pub, ya que nunca abandonó esa necesidad
de hablar con los demás que tienen los genuinos juglares. Le importaba ese
diálogo que personaliza el vínculo entre las personas, más allá de que unos
fuesen cantantes y otros oyentes, estableciendo una horizontalidad que los
hermana en el acto de juntarse.
Hoy resulta conmovedor
verlo como el inexperto muchachito que con su guitarra eléctrica se suma a los
“guerrilleros del soul” que pretendían ser “The Commitments”, y que se siente
avergonzado porque su madre asiste al primer recital de la banda. Años más
tarde, la película “Once” lo haría trascender desde elementos de su propia
biografía musical y amorosa, pero también desde su humanidad, como cuando
persigue al ladrón que le roba la funda de su guitarra con el dinero recaudado
en la calle, y termina dándole parte de su ganancia.
Ya no era el escuálido
jovencito que, como el resto de los varones del conjunto, tenía infundadas
expectativas en sus compañeras coristas de voces celestiales y ademanes
seductores, sino un muchacho que con los años había ganado solidez y seguridad
en sus composiciones, y que se enamoraba de una migrante checa, música como él,
pero como no la podía retener viajaba a visitarla y, ya más desahogado en su
economía, le deja un piano vertical de regalo.
(Un poco antes, hacen una
salida a las afueras de Dublín en la moto del padre de él y conversan mirando
el mar: allí ella le dice que está casada y que tiene una hija pequeña. Él
queda perplejo, pero no tanto como para dejarla conducir la motocicleta sin
ninguna experiencia previa. Al final, la lleva a su casa y quedan en
encontrarse en el ensayo del día siguiente. Lo cual nos lleva a pensar en el
absurdo accidente de ayer y en que siempre nos atraviesan “causas y azares”).
La historia musical de Glen
Hansard ha quedado registrada en muchos videos que dan cuenta de su solidaridad
para con los menos favorecidos, su interés por la historia de Irlanda y la de
sus legendarios trovadores, sus dúos con otras impresionantes cantantes
irlandesas, su pedido de cuidados sanitarios durante la pandemia, su
compañerismo con quienes tocó ocasionalmente o en forma estable -su atenta
escucha de los que otros tocaban y decían con sus músicas-, su simpatía
desbordante y su trashumancia irredenta y feliz.
Como diría un trovador de
otra isla carísima a nuestros afectos, ahora Glen es de la memoria, ahora
pertenece al viento: “Y para mi tañe el
laúd con melodía que parece azul (…) Y para mi tañe el laúd precipitándolo como
un alud; sospecho que su melodía llega de amar la poesía”. Como siempre
hizo con su intenso amor de juglar. Esa pasión trovadoresca que nos atraviesa
el alma.
Carlos Semorile.