domingo, 2 de agosto de 2026

La muerte de un trovador


 

El miércoles nos despertamos con la noticia de la muerte de Glen Hansard. El accidente que le arrebató la vida mientras circulaba en su motocicleta, entra en la categoría de cosas absurdas que pensamos que no deberían ocurrir. Y aunque sabemos bien que ocurren con espantosa frecuencia, seguimos sin encontrarle sentido. Hansard fue un músico dotado de un lirismo exquisito que se expresaba en melodías que iban desde un registro tiernísimo a una muy fogosa potencia.

 

Su experiencia como músico callejero siguió diciendo presente en su capacidad interpretativa arriba de un escenario o desde la intimidad de un pub, ya que nunca abandonó esa necesidad de hablar con los demás que tienen los genuinos juglares. Le importaba ese diálogo que personaliza el vínculo entre las personas, más allá de que unos fuesen cantantes y otros oyentes, estableciendo una horizontalidad que los hermana en el acto de juntarse.

 

Hoy resulta conmovedor verlo como el inexperto muchachito que con su guitarra eléctrica se suma a los “guerrilleros del soul” que pretendían ser “The Commitments”, y que se siente avergonzado porque su madre asiste al primer recital de la banda. Años más tarde, la película “Once” lo haría trascender desde elementos de su propia biografía musical y amorosa, pero también desde su humanidad, como cuando persigue al ladrón que le roba la funda de su guitarra con el dinero recaudado en la calle, y termina dándole parte de su ganancia.

 

Ya no era el escuálido jovencito que, como el resto de los varones del conjunto, tenía infundadas expectativas en sus compañeras coristas de voces celestiales y ademanes seductores, sino un muchacho que con los años había ganado solidez y seguridad en sus composiciones, y que se enamoraba de una migrante checa, música como él, pero como no la podía retener viajaba a visitarla y, ya más desahogado en su economía, le deja un piano vertical de regalo.

    

(Un poco antes, hacen una salida a las afueras de Dublín en la moto del padre de él y conversan mirando el mar: allí ella le dice que está casada y que tiene una hija pequeña. Él queda perplejo, pero no tanto como para dejarla conducir la motocicleta sin ninguna experiencia previa. Al final, la lleva a su casa y quedan en encontrarse en el ensayo del día siguiente. Lo cual nos lleva a pensar en el absurdo accidente de ayer y en que siempre nos atraviesan “causas y azares”).

 

La historia musical de Glen Hansard ha quedado registrada en muchos videos que dan cuenta de su solidaridad para con los menos favorecidos, su interés por la historia de Irlanda y la de sus legendarios trovadores, sus dúos con otras impresionantes cantantes irlandesas, su pedido de cuidados sanitarios durante la pandemia, su compañerismo con quienes tocó ocasionalmente o en forma estable -su atenta escucha de los que otros tocaban y decían con sus músicas-, su simpatía desbordante y su trashumancia irredenta y feliz.

 

Como diría un trovador de otra isla carísima a nuestros afectos, ahora Glen es de la memoria, ahora pertenece al viento: “Y para mi tañe el laúd con melodía que parece azul (…) Y para mi tañe el laúd precipitándolo como un alud; sospecho que su melodía llega de amar la poesía”. Como siempre hizo con su intenso amor de juglar. Esa pasión trovadoresca que nos atraviesa el alma.

 

Carlos Semorile.