sábado, 26 de marzo de 2016

Un criollo



Un nieto o acaso un bisnieto de Fierro, un morocho. Un muchacho con una remera cuyo texto no alcanzo a leer, pero que tiene el dibujo de un mate (no una calabaza, no un ícono ajeno). Un compañero que se trepa a la Pirámide, y allí hace la flamear nuestra bandera y nos desagravia a todas y nos deshumilla a todos en el centro exacto de “la Plaza de nuestras libertades” y parece que dice: “Levantate, cagón, que aquí canta un argentino”. Un patriota. Un criollo.

Por Carlos Semorile.

domingo, 13 de marzo de 2016

De la beligerancia de la lengua al ultraje de los cuerpos



Tomo prestado y parafraseo los títulos de dos ensayos de Horacio González para reflexionar sobre el rápido paso que el Pro ha dado desde la violencia verbal a la agresión física. En todo proceso de cambio genuino (como el que se vivió en los últimos doce años), se impone la necesidad de “revolucionar la lengua” para dotar de nuevos sentidos a las viejas palabras. ¿Suena muy abstracto? No tanto, vea. Alcanza con que pensar qué significaban hasta hace poco viejas palabras como “patria”, “soberanía”, “independencia” –y tantas otras-, y cómo fueron adquiriendo nuevos sentidos al calor de la gesta emancipatoria nacional y continental. Para salir de la minoridad impuesta por los poderes fácticos, es preciso entablar una batalla por el lenguaje mediante el cual definimos quiénes somos y quiénes anhelamos llegar a ser. Para hablar y no ser hablados, hay que pensar y moverse con la beligerancia de los idiomas.

Nadie que haya atravesado estos doce años argentinos y latinoamericanos puede fingir demencia y decir que desconoce que las corporaciones mediáticas pusieron en circulación una lengua del ultraje que buscó horadar las acciones de los gobiernos nacional/populares, y el buen nombre y honor de sus figuras más representativas. El esmerilamiento continuo y permanente tuvo muchas vertientes (la “republicana”, la de la asimilar la idea de patria con la campiña agroexportadora y productora de la riqueza criolla, la de estigmatizar tanto la militancia como los derechos sociales, etcétera), pero sobre todo socavó hasta la idea misma de que es necesario tener una lengua común como sostén de nuestra experiencia comunitaria. Todos los que hemos pretendido salvar la grieta para llevar un mensaje de paz y esperanza a nuestros compatriotas, nos espantamos ante la opacidad del discurso que nos esperaba al otro lado.

Como se dijo hasta el hartazgo, el problema de los globos venía de la mano de una idea degradada del lenguaje, junto a una idea de búnker como refugio frente a las demandas futuras de ese electorado cautivo por las pantallas en estado de emoción violenta, y a la vez cautivado por un discurso que prometía satisfacer todos los resentimientos acumulados, y algunos más también. El siguiente problema apareció casi de inmediato, aunque ya venía incubado en aquella lengua menoscabada que había expulsado cualquier atisbo de redención social: es la violencia simbólica de una lengua que remite a las viejas oligarquías patricias en la medida que desprecia a todo aquel que no se le asemeje. Y siguiendo entonces ese linaje sanguinario, los funcionarios del Pro (comenzando por el propio Macri) se desbocan en agravios e injurias que, al final de la cadena de mandos, se desmadran como ultrajes sobre los cuerpos.

A lo largo de estos tres meses, espanta la facilidad con que las fuerzas represivas legales e ilegales –que se han embebido del discurso deteriorado del Pro- han llegado al acto de ultrajar los cuerpos de quienes, en el peor de los casos, sólo estaban ejerciendo su derecho al disenso y a sostener una batalla semántica para afirmar su identidad y un pensamiento no colonizado. La lista de hechos es conocida por todos, y hasta ahora reina la impunidad. ¿Habrá que agregar el asesinato de Massar Ba, dirigente de la comunidad senegalesa?

Por Carlos Semorile.

viernes, 4 de marzo de 2016

La “encerrona trágica” de la gobernanza neoliberal



(Imagen: Oscar Rovito)

Fernando Ulloa fue uno de esos capos que no son tan conocidos como nos convendría a todas y a todos. Su profesión era el psicoanálisis pero, como toda persona que pone a funcionar el bocho con pasión y buen criterio, nos legó algunas reflexiones que van más allá del ámbito de la terapia. Ulloa sostenía que muchas veces las instituciones promueven “encerronas trágicas” que dejan a los sujetos a merced de situaciones donde no pueden recurrir a un tercero que les proporcione “miramiento”, ternura y buen trato. Se trata de una “cultura de la mortificación” que acentúa, al mismo tiempo, el desamparo de las víctimas y la crueldad de los victimarios. Y esto es lo que nos va a suceder a todos si el Congreso no se interpone para evitar que la gobernanza neoliberal de la Troika (Cambiemos-Clarín-Partido Judicial) nos entregue maniatados en esta fiera encerrona trágica y a merced de la infinita crueldad del Capital.

Por Carlos Semorile.

lunes, 22 de febrero de 2016

“La tolerancia es la pasión de los inquisidores”



“Ceder la palabra” es un ciclo de spots en el que distintas figuras públicas hacen un llamamiento a la tolerancia como parte de una dizque “campaña antigrieta”. La mayoría de estos personajes llegan en son de revancha a plantearnos, “diálogo mediante”, que nos quedemos en el molde mientras “el gobierno del consenso” pisotea la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, y lleva adelante un formidable apagón informativo que no tiene nada que envidiarle a la Dictadura. (Otros personajes han cometido, por lo menos, un grosero traspié). No hay que ser Chomsky para comprender que nos están diciendo que se van a asegurar que “cedamos la palabra” –y con ella la reflexión y el pensamiento- mientras el neoliberalismo hace trizas todo lo que tanto nos costó conseguir. Creo que nos toman de pelotudos, pero sobre todo pienso –como Silvio- que “la tolerancia es la pasión de los inquisidores”.

Por Carlos Semorile.

“La próxima vez te volamos la cabeza”



Esta fue la respuesta que recibió el pibe cuando le preguntó al gendarme por qué habían baleado la murga. El nuevo “protocolo” de la ministra Bullrich dice lo mismo de un modo apenas menos brutal: cinco minutos para “desalojar” o los reprimimos. Quienes advertimos que “Cambiemos” pervertía el lenguaje fuimos desoídos por aquellos que repetían el eslogan del diálogo, y que creían que a ellos nunca les iba a tocar tener que reclamar. Sin embargo, dos meses después ya están en las calles haciendo cosas de negros: cortando el tránsito, alzando la voz, peticionando a un gobierno de sordos que les avisa que no va a tolerar la protesta social que sus medidas generan. A esos compatriotas que fueron maniatados por el candor y esculpidos por el odio, tal vez les ayude comprender que todos somos ese pibe baleado, y que este “proyecto de colonia” (onda la India de 1850) sólo cierra con milicos que te vuelan la cabeza.

Por Carlos Semorile.

jueves, 7 de enero de 2016

Diario del Año de la Peste



Las compañeras y compañeros que tienen un fino sentido de la ironía se preguntan por qué no aparecen las cacerolas a reclamar por cortes de luz, alza en los precios, decretazos, vacaciones en medio de la tragedia, atropellos a la ley, fugas de narcos, censura, despidos masivos, etcétera. Uno tiene el derecho de hacer y hacerse esta pregunta y otras colaterales: ¿no protestan por amor a Macri, para no quebrar el hechizo, para no admitir que la cagaron?

Puede haber un poco de todo éso, pero lo que no tienen, lo que en verdad les falta es el combustible de odio que a mansalva les daban los medios como desayuno, almuerzo, merienda y cena. No existía el mal llamado “cepo” ni éramos una montonera de exaltados corrompiendo las entrañas de la República, sino que “doce años de propaganda tenaz tienen mas fuerza de convicción que todo el sistema filosófico. Veinticuatro horas diarias de literatura periodística terminan por derrotar el sentido común hasta el extremo de que uno tome las metáforas al pie de la letra”.

Quienes habiendo sido engañados se empeñen en mantenerse como “monotributistas de la sordera” seguirán a merced del relato de los medios, y a quienes se animen a abandonar la colmena, los espera un puesto de lucha en esto que cada día se parece más al Diario del año de la Peste. Y ese olor nauseabundo que usted percibe, es que nos están embadurnando con mierda.

Por Carlos Semorile.

domingo, 13 de diciembre de 2015

La restauración infracultural



Nomás asumieron y ya cerraron, a palos y golpes, el Centro de Artes Batalla Cultural de Vicente López. Ha comenzado “la restauración infracultural”, que no es otra cosa que el retorno a la barbarie neoliberal en el terreno económico/material y también en el terreno simbólico/espiritual. Esta barbarie infracultural tiene un fuerte olor a revanchismo y un odio exacerbado hacia las expresiones de la cultura popular, pero en su núcleo duro busca desactivar la organización y la militancia para que las mayorías no podamos construir alternativas de poder. Como leí por ahí, quieren que vuelva cada uno a su lugar: Susana y Mirtha a las tapas, D´Elía y Milagro Sala a los piquetes, los gerentes al gobierno, los negros al conurbano y los pibes a mirar Disney Channel. El país liberal se ordena como una sucesión de ghettos, y nadie puede salir impunemente del lugar que los poderosos le han asignado. 

Pero esta no es la canción de Serrat, donde “cada uno es cada cual”, y cuando el sol señala que llegó el final “vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”. Acá algo se “desacomodó” profundamente, y hemos pasado muchas jornadas desplazados del lugar que nos tenían asignados. Y ese deambular por lugares inéditos, e inesperados, es una de las formas más genuinas de la política entendida como el encuentro con otros que también comprendieron que nuestra “calle se vistió de fiesta”. Y es a las calles –como en el final de la campaña- a donde debemos volver cuanto antes para evitar que nuestros compatriotas acepten mansamente regresar al lugar en el que los macrianos los quieren ubicar despiadadamente. Aprovechando la energía aún latente de la marcha del día 9, hay que recuperar el sentido de la iniciativa y seguir ocupando el corazón de la ciudad.