domingo, 13 de marzo de 2016

De la beligerancia de la lengua al ultraje de los cuerpos



Tomo prestado y parafraseo los títulos de dos ensayos de Horacio González para reflexionar sobre el rápido paso que el Pro ha dado desde la violencia verbal a la agresión física. En todo proceso de cambio genuino (como el que se vivió en los últimos doce años), se impone la necesidad de “revolucionar la lengua” para dotar de nuevos sentidos a las viejas palabras. ¿Suena muy abstracto? No tanto, vea. Alcanza con que pensar qué significaban hasta hace poco viejas palabras como “patria”, “soberanía”, “independencia” –y tantas otras-, y cómo fueron adquiriendo nuevos sentidos al calor de la gesta emancipatoria nacional y continental. Para salir de la minoridad impuesta por los poderes fácticos, es preciso entablar una batalla por el lenguaje mediante el cual definimos quiénes somos y quiénes anhelamos llegar a ser. Para hablar y no ser hablados, hay que pensar y moverse con la beligerancia de los idiomas.

Nadie que haya atravesado estos doce años argentinos y latinoamericanos puede fingir demencia y decir que desconoce que las corporaciones mediáticas pusieron en circulación una lengua del ultraje que buscó horadar las acciones de los gobiernos nacional/populares, y el buen nombre y honor de sus figuras más representativas. El esmerilamiento continuo y permanente tuvo muchas vertientes (la “republicana”, la de la asimilar la idea de patria con la campiña agroexportadora y productora de la riqueza criolla, la de estigmatizar tanto la militancia como los derechos sociales, etcétera), pero sobre todo socavó hasta la idea misma de que es necesario tener una lengua común como sostén de nuestra experiencia comunitaria. Todos los que hemos pretendido salvar la grieta para llevar un mensaje de paz y esperanza a nuestros compatriotas, nos espantamos ante la opacidad del discurso que nos esperaba al otro lado.

Como se dijo hasta el hartazgo, el problema de los globos venía de la mano de una idea degradada del lenguaje, junto a una idea de búnker como refugio frente a las demandas futuras de ese electorado cautivo por las pantallas en estado de emoción violenta, y a la vez cautivado por un discurso que prometía satisfacer todos los resentimientos acumulados, y algunos más también. El siguiente problema apareció casi de inmediato, aunque ya venía incubado en aquella lengua menoscabada que había expulsado cualquier atisbo de redención social: es la violencia simbólica de una lengua que remite a las viejas oligarquías patricias en la medida que desprecia a todo aquel que no se le asemeje. Y siguiendo entonces ese linaje sanguinario, los funcionarios del Pro (comenzando por el propio Macri) se desbocan en agravios e injurias que, al final de la cadena de mandos, se desmadran como ultrajes sobre los cuerpos.

A lo largo de estos tres meses, espanta la facilidad con que las fuerzas represivas legales e ilegales –que se han embebido del discurso deteriorado del Pro- han llegado al acto de ultrajar los cuerpos de quienes, en el peor de los casos, sólo estaban ejerciendo su derecho al disenso y a sostener una batalla semántica para afirmar su identidad y un pensamiento no colonizado. La lista de hechos es conocida por todos, y hasta ahora reina la impunidad. ¿Habrá que agregar el asesinato de Massar Ba, dirigente de la comunidad senegalesa?

Por Carlos Semorile.

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