sábado, 18 de febrero de 2012

¿Queremos ser un pueblo de pastores y labriegos?

Cada ambientalista fanático que escucho, refuerza mi credo scalabriniano. Para empezar, creo que erramos cuando repetimos que la cuestión minera comienza mal en la década de los noventa. Acierta Federico Bernal cuando remonta las raíces del problema a su verdadero origen: la situación semicolonial de un país soberano sólo en el aspecto formal, una nación que no estaba en condiciones de decidir y promover su desarrollo porque -como planteaba Scalabrini Ortiz- “todo progreso argentino daña alguna partícula de la hegemonía inglesa”. Pese a ello, el peronismo logró romper con ese vasallaje y durante diez años nuestro pueblo escribió otra historia, una que superaba aquella estrategia británica de generar “naciones mineras y naciones agropecuarias, pero no unidades orgánicas” que pudieran desafiar su poderío. Luego vino la restauración conservadora y, con ella, el golpe de gracia a nuestros anhelos emancipatorios. Sin embargo, todavía permanece en penumbras aquello que Scalabrini denunciaba cuando decía que el verdadero objetivo de los golpistas era acabar con el Artículo 40 de la Constitución del 49, “una verdadera muralla que nos defiende de los avances extranjeros y (que) está entorpeciendo y retardando el planeado avallasamiento y enfeudamiento de la economía argentina”. “Cada párrafo del artículo 40 -escribió Scalabrini- tiene la recia estructura de un bastión, y sus nítidas aristas no se prestan a torcidas interpretaciones. ‘La importación y la exportación estarán a cargo del Estado’. ‘Los minerales y caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas y las demás fuentes de energía, con excepción de los vegetales, son propiedades imprescriptibles e inalienables de la Nación’. ‘Los servicios públicos pertenecen originariamente al Estado y bajo ningún concepto podrán ser enajenados o concedidos para su explotación’. ‘Los que se hallasen en poder de particulares serán transferidos al Estado, mediante compra o expropiación’. ‘El precio de la expropiación… será el costo de origen… menos las sumas que se hubieran amortizado’. Son párrafos perfectos, concluyentes y sonoros como una cachetada”. El control de los resortes esenciales del país había llegado a su cenit con el artículo 40: “Tenemos una industria propia, luego nuestra nación existe”. Pero su derogación vino a barrer con “la dignidad integral de la vertical humana” que se había alcanzado. El gorilismo primero -y su versión noventosa luego- no hicieron más que engendrar “hombres derrotados que parecen gorilas. No podía ser de otra manera”. Curiosamente, cuando volvemos a tener una chance -una, no cien- de salir del “primitivismo agropecuario”, arrecian las críticas por derecha y por izquierda. Las primeras apuntan al nacionalismo, pero no dicen -como señalara Scalabrini Ortiz- que en realidad les preocupa que la Argentina evolucione “cada vez más hacia el nacionalismo industrial”: “La resistencia que ofrecemos al despojo es una manifestación de ‘ultranacionalismo’. Defender lo propio de la piratería extranjera, oponerse a revivir el drama de Martín Fierro y de Cruz, querer orientar hacia el bienestar general el comercio externo e interno, los cauces del crédito, de la energía y de los transportes, aferrarse a la propiedad nacional de la tierra para no ser un paria en su propio país, querer obtener un precio equitativo para los frutos del trabajo, abrir con la industria una perspectiva para los hombres de empresa, ejercer, en una palabra, los mismos derechos que en todas las democracias tienen los ciudadanos, es incurrir en ultranacionalismo”. Las segundas vienen por el lado del medio ambiente, convenientemente rebajado de disciplina a paisajismo para congelar una situación justo cuando estamos en condiciones de debatir qué tipo de desarrollo y de cuidado medioambiental queremos darnos para dejar atrás el status de coloniaje. Ojalá podamos hacerlo tomando como modelo los foros que, a lo largo y ancho de todo el país, sacaron adelante la Ley de Medios. Ojalá no olvidemos que Scalabrini Ortiz decía que “lo más grave no ha sido la destrucción sistemática de toda la actividad económica propia del país sino la desunión, la dispersión, la falta de solidaridad entre todos los factores que reunidos podrían quizás contrarrestar el ataque premeditado” de nuestros enemigos históricos.

Por Carlos Semorile.

martes, 27 de diciembre de 2011

José María Maestre, el “Marucho” de las conciencias lerdas

Pasará mucho tiempo antes de que se nos vuelva soportable la idea de la partida de “Marucho” Maestre. La muerte nos desampara de su calidez, de su bonhomía, de sus salidas mordaces y demoledoras. Nos priva de su ternura, de su charla encantadora, de su don de gente -que para todo el mundo tenía una palabra amable, y para las damas un piropo-, de su vitalidad desbordante y sus entusiastas llamados a gozar de la vida. Vamos a extrañarlo inclusive en su chinchudez, esa que en un tiempo le valió el apodo de “Comandante Broncolino”. 

Fueron, en todo caso, broncas comprensibles. A todo lo largo de su vida, Marucho estuvo transido de piedad por el semejante, por las existencias de esas almas a las que “el sistema” las priva de un destino con rostro humano. Tenía poco más de nueve años cuando repartía diarios en Puente Saavedra -había que llevar ese mango indispensable para la casa-, y era un muy joven trabajador y gremialista de Teléfonos del Estado cuando conoció los palos y las estadías mensuales en los distintos “hoteles” del estado. Luego regresaba a Ciudad Evita, donde transmitía a los más jóvenes de la barra lo que enseñaban aquellas palizas y algunos libros bien “rojos”. Lector insomne, amante de la farra y de los buenos amigos, el apasionado Marucho algunas noches tomó la pluma y bien pudo seguir los pasos de su padre, el poeta Buenaventura Luna: 

Cuando algún día me beba 
todos los sueños del tiempo, 
y mi alma ya solita 
se me vuelva puro viento, 
quiero correr por las calles 
de tu pueblo polvoriento 
para perfumar tus noches 
de olvido y de silencio. 

Yo sé que un día me iré 
más allá del horizonte, 
a beber mi último sueño 
bajo algún árbol del monte. 
Entonces, desde mi ocaso, 
volveré como un lamento 
para entregarte este canto 
hecho de amor y de viento. 

Quiero ser como la lluvia 
cuando se derrama el cielo 
para besarte en la cara, 
para dormirme en tu pelo, 
cuando algún día me beba 
todos los sueños del tiempo. 

Pero lo que perdió en folklore, lo ganó -a conciencia- en familia y calor de hogar. Junto a su compañera de todas las horas, Hilda Alvero, sufrió el exilio tras el asesinato de su hermano Juan Pablo Maestre y luego, atrapado transitoriamente en el Chile de Pinochet, vio cómo el Río Mapocho se enlutaba con los cadáveres de los militantes la Unidad Popular. A su regreso, mientras los hijos comenzaban a llegar, tuvo que seguir a salto de mata, mudándose y laburando sin asomar mucho -casi nada- la cabeza. Cuando los milicos se iban, los despidió con una frase lapidaria: “Sólo les faltó cagar en las esquinas”. 

Se entusiasmó con el primer alfonsinismo, y llegó a editar una revista tan efímera como el progresismo radical. Lo conocían, desde Tribunales a Constitución -y siempre hacia el Sur- en cada cueva donde hubiera una Offset: lo singularizaba su solidaridad y su búsqueda, a lo Diógenes, de un hombre asqueado con una realidad indignante. Desde las leyes de Impunidad en adelante, puteó de lo lindo -y parejito para todos- en concentraciones, sótanos, locales, mítines y marchas. Sabía que las plazas y los boulevares se llenan de uno en uno, y por eso mismo sentía que no podía faltar. Mejor dicho: que nadie que supiera podía ausentarse. 

Siendo niño, su padre le dio el apodo de “Marucho”, ese título con que los arrieros llaman a los muchachitos que los asisten en su trajinar. Pero José María porfió por arriar a las conciencias lerdas, a las que se quedan rumiando “mientras la tropa rumbea”. Y así anduvo, de “Marucho”, hasta que llegaron Néstor y Cristina y al fin pudo sentir, junto a tantas alegrías populares, la satisfacción del recambio. Había sido comunista toda la vida, pero no era un negado. 

Lo preocupaba todavía -y desde siempre- la batalla por las mentes; decía que, colonización cultural mediante, podía llegar vendado desde el Bronx hasta la Quinta y Madison, tan luego él que jamás pisó, ni en sus peores pesadillas, el encorsetado y coercitivo suelo de los gringos. Amaba su tierra, “el aire de aquí”, sus canciones y sus inmensos poetas: Castilla, los Dávalos, Yupanqui, Antonio Esteban Agüero. De joven, había jerarquizado a Miguel Hernández por sobre Machado, pero reconocía que su viejo había ponderado mejor a ese par y que el sevillano le lleva ventaja al de Orihuela. Recitaba de memoria largos pasajes en verso o en prosa: eran gemas escogidas por su vivísima sensibilidad. Su aprecio por todo lo bello lo volvía, por momentos, un tanto exigente -a “La Novena” no había con que darle-, pero se mostraba dispuesto a que se le demostrara que el mundo seguía produciendo belleza. Necesitaba al menos creer que las epifanías todavía eran posibles, pues tenía la certeza de que esas eran las cosas que iba a extrañar cuando ya no estuviera aquí. 

Pero su ambición era otra: él deseaba, fervoroso como un cristiano en las catacumbas, que esos éxtasis fuesen para todos. La exclusión le dolía en la carne y en la sangre, y por eso mismo fue una conciencia atormentada al extremo. Como a su madre Olga Maestre, la injusticia lo agobiaba, como si ellos -que apenas si fueron unas víctimas más- hubiesen sido culpables de algo. Y no es que no supiera la diferencia: sucede que aspiraba a que nadie se creyese inocente en “el reino de este mundo”. De haber podido, le habría prendido fuego al globo para que de ese incendio naciera una vida nueva. Esa tea encendida, querido Marucho, es tu legado. El más genuinamente tuyo, y también el más apreciado.

Carlos Semorile (sobrino de Marucho Maestre).

lunes, 12 de diciembre de 2011

“Soy un proyecto colectivo” (CFK)

Casi al finalizar su discurso ante la Asamblea Legislativa, la Presidenta realizó una definición formidable al agradecer, en nombre del conjunto de hombres y mujeres que ella conduce, el apoyo recibido en las urnas: “Yo no me la creo. Yo sé que represento un proyecto colectivo, que no soy yo. Soy un proyecto colectivo..., nacional y popular…, y democrático, profundamente democrático”. Se ha resaltado, con justeza, esta última parte de la frase, en contraposición al supuesto autoritarismo de los gobiernos kirchneristas. Al llegar al tercer período consecutivo, es bueno que peleemos por las palabras y por los conceptos que ellas definen: además de nacional y popular, lo que en sí ya es bueno, este proyecto es “profundamente democrático”. Pero creo que, además, habría que acentuar el tramo que va desde la representación del proyecto colectivo, hasta la enunciación de un nudo identitario que nos atraviesa como comunidad: “Soy un proyecto colectivo”. A riesgo de ser arbitrario, pienso que en la primera afirmación -“Yo sé que represento un proyecto colectivo”- caben todas las medidas de reparación social que se tomaron del 2003 a la fecha, y lo que cada una de ellas provoca en las grandes mayorías argentinas. Al respecto, y a partir de cierto punto de recuperación, se suscita un problema (que a algunos puede parecerles menor debido a todo lo que aun falta); el asunto es: ¿cómo se describe un tiempo dichoso, una época feliz, un tiempo esperanzado en base a sólidas razones? Como antes sucediera con Néstor, las palabras de la Presidenta emocionan y conmueven, pero además nos elevan a su propia estatura de estadista. ¿Cómo se explica sino que casi todos estemos pensando en la Nación, en el Pueblo y en la Patria? Y es que, amén de la “realidad efectiva”, hay una dimensión anímica donde el verbo de Cristina va obrando esta resurrección de lo que fuera nuestro adormecido espíritu nacional. En cada disertación suya, en cada uno de sus discursos, en cada una de sus exposiciones, se va dibujando un rostro humano que recobra “la vertical de la dignidad humana”. Escuchándola, nos seguimos acercando a esta intensa toma de conciencia de todo lo argentino y, a la par, vamos quedando preñadas y preñados de realidades, de objetivos a futuro, de porvenir. De este modo, las plazas, las calles, las fábricas, los clubes, las avenidas, los teatros, las canchas y hasta las rutas se han visto colmadas por multitudes grávidas que acuden al llamado de la representación (“represento un proyecto colectivo”). Pero hay algo más. Esta espléndida gravidez popular viene asumiendo el nombre de los padres del renacido Proyecto porque intuye, o mejor, sabe, que en el alumbramiento de esta criatura se juega el ser o no ser colectivo que a todos nos alcanza. Desde los días del Bicentenario, las muchedumbres argentinas vienen resquebrajando las solemnes estampas de una identidad congelada y mustia. No es casual que Cristina le haya dedicado importantes tramos de sus alocuciones al A.D.N. del “kirchnerismo” que entronca, fuertemente, con las raíces de los movimientos nacionales y populares del siglo XX, e incluso del siglo XIX. Y ahora, en tiempos de “sintonía fina”, la Presidenta se despoja del “yo” individual y da paso a la Líder: “Soy un proyecto colectivo”. Todos los que, de un modo u otro, nos sumamos a esta felicidad compartida nos reconocemos en cada uno de los demás. Rompemos el maleficio de nuestros enemigos porque, vigorosamente, dejamos de desconocernos para asumir una identidad colectiva que construimos entre todos, y que entre todos toca defender. Las diversas banderas que nos cobijan están flameando. Hemos empezado a ser este proyecto colectivo porque ahora somos -y queremos seguir siendo- nosotros mismos.
Por Carlos Semorile.

domingo, 11 de diciembre de 2011

¡Hasta siempre, montonero Cobos!

Compungidas voces republicanas acompañan el mutis parlamentario de Cleto: “Patriota de los nobles, eximio presidente en ciernes, segundo hombre civil de los argentinos, tus seguidores te dedican la del estribo: ¡Ave Julio César, los que van a poner palos al Proyecto te saludan! Vuelves al Ande, inmarcesible condorcito mendocino, y desde allí nos guiará tu estrella, la no positiva, la que no es ni la del atardecer ni es el lucero del alba”. Pero, ¡ay!, entre las doradas y ubérrimas viñas se cuela una copla maliciosa y pueblera: “La fiesta ya ha comenzao y la cosa está que arde, usté que era el más quedao se quiere adueñar del baile… Usté no es ná, no es chicha, ni limoná, se lo pasa manoseando, caramba zamba su dignidad”. “No importa, Comandante Cobos,”, lo alientan sus asesores. Y, ¿piadosos?, le auguran: “Volverás y serás la reina de la vendimia”.
Por Carlos Semorile.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Urtubey, el polkiano

El gobernador de Salta y el capo de Polka parecen compartir, desde que el primero posara junto a Marcela “de Noble” en la apertura de la Expoagro Norte, una misma mirada sobre los formidables cambios que se vienen produciendo en la sociedad argentina. Para ser más precisos: Adrián Suar dijo que le pareció “canalla” que se montara un “relato” sobre la verdadera identidad de los herederos del emporio Clarín. Dado que “El Chueco” es una suerte de socio del Monopolio, no hay demasiado espacio para sorprenderse por sus emporcamientos políticos. A primera vista, entonces, resultaría curioso que Juan Manuel Urtubey, abrumadoramente reelecto en su provincia, se subordine a los designios de los sepultureros de su propio entierro. Pero el salteño ya viene marcando la cancha con su etiqueta de buen muchacho justicialista -“no kirchnerista”-, lo cual supone cubrirse con el sagrado manto de “la doctrina”, recitar sin hesitar las “20 verdades”, y llevar en la solapa el reluciente escudito del PJ. ¿Acaso está mal bañarse, afeitarse, peinarse y usar colonia? No, inclusive Perón y Néstor lo hacían. Lo que hace ruido es el “prolijismo”, esa pretensión de hacer pasar la cáscara por el carozo, ese intento turro de que, una vez más, el movimiento se someta al partido y sus derrapadas liberales. Hace unos pocos años -pero parece que hubieran pasado siglos-, Néstor les pateó el tablero a los fariseos del templo justicialista. Los sarcófagos se abrieron, y ciertas voces clamaron a los cielos por la herejía, y hasta se apresuraron a presentar títulos de propiedad sobre “la marchita” que, por culpa de ellos, había perdido buena parte de su contenido mítico. Por problemas muy similares a estos, el inagotable Frantz Fanon señalaba que la cultura de una nación no es una “masa sedimentada de gestos puros”. En este sentido, la “tradición de los dirigentes justicialistas” no representa otra cosa que la clásica estratagema que decide momificar la cultura justo cuando los jóvenes, las mujeres, los trabajadores, las minorías, los estudiantes, etc., han resuelto modificarla en base a un renacido misticismo. Se intenta encorsetar un hecho efervescente -la cultura popular- para que, bajo el peso de unos principios inamovibles, se petrifique en un conjunto de gestos sedimentados. ¿Hay algo más parecido a este panorama de rictus mineralizados que las novelas y las series de Polka? ¿Algo que se asemeje menos a la verdad? No se trata aquí de juzgar labores actorales, sino de constatar el ínfimo grado de verosimilitud que Polka desparrama en los contenidos de sus “relatos”. Quienes tenemos unas décadas encima, no podemos dejar de advertir que la distancia que hay entre un esperanzado joven argentino y su deformado espejo polkiano, es la misma que en su momento hubo entre un militante de los años ´70 y ese buen muchacho casadero -y mejor yerno- que en su momento fuera Palito Ortega. Y la intención es la misma: que nadie se salga de la norma, que el quietismo colonice las mentes y las almas, que nada altere el “statuo quo ante bellum”; es decir: que las cosas vuelvan a ser lo que eran antes de la guerra (reiterado “leitmotiv” de los escribas de los poderes fácticos). Reitero: no sorprende que Suar tenga una mirada entrenada para los rostros y sus efectos en las pantallas. Tampoco llama la atención que, en un desbarranque típico de Lilita o De Ángeli, busque enlodar a la Presidenta juzgándola desde su sillón de director televisivo, como si ambas presidencias fueran equiparables. Lo que sí desconcierta es que no haya advertido la presencia de un nuevo postulante. Es joven, atildado, “da bien” en cámara, se expresa razonablemente, no quiere subvertir nada, le gustan el orden, los poliniños y los homenajes descafeinados al pie del gaucho y guerrillero muerto. Lo que nos asombra, Adriancito, es que todavía no lo hayas convocado a Urtubey.
Por Carlos Semorile.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

No es tan fácil ser un demagogo populista

Cada vez que el kirchenrismo ha tomado medidas a favor de los intereses populares, gorilas de todo pelaje y condición ideológica han salido a cacarear su indignación frente a medidas que ellos, liberales de amplio espectro, consideran demagógicas. En el mejor de los casos (¿?), los liberales de izquierda evalúan que las ideas no son malas en sí mismas, pero que su concreción en políticas palpables están guiadas por ese cáncer que corroe los valores republicanos: la demagogia. La última noticia que los desprevenidos ciudadanos tuvimos de estar siendo utilizados diabólicamente por las usinas prebendarias de “los K”, fue cuando los iluminados (tipo Bergman) y los pasionales (alla Binner) buscaron avivarnos que votábamos a Cristina por espurios motivos económicos. Esta verdadera “cruzada civilizatoria” se produjo luego de las PASO, y ya la sepultamos en el arrasador plebiscito del 23 de octubre. Pero conviene volver sobre este asunto porque “esto de la demagogia es un mito no perturbado, no impugnado por nadie a pesar de su notoria falsedad”. Quien así se expresaba era el historiador Salvador Ferla, para quien “la demagogia es la democracia”, pues “demagogia es el nombre que la aristocracia y las oligarquías económicas le dan a la democracia sustancial”. Para darse a entender, Ferla recurría a estos ejemplos: “En la Roma antigua tildaron de demagogos a los hermanos Gracco que propugnaban la reforma agraria. ¿Y sabe lector de qué lo acusaron formalmente a Jesucristo?... Pues de seductor, expresión equiparable a la de demagogo, pues seducir sería la finalidad de la demagogia”. “El pecado de la demagogia -seguía explicando Salvador Ferla- consiste en instituir a los humildes como finalidad de la política (…) La alianza y la convivencia entre el pueblo y el demagogo, crea inevitablemente una comunidad de intereses. El solo hecho de dirigirse al pueblo, de decirle que se lo necesita, ya constituye un compromiso. Por otra parte, la capacidad de ficción está vinculada a la personalidad de cada uno. Dorrego se disfrazaba de orillero. Rivadavia no lo habría hecho ni amenazado con un fusil. Perón daba conferencias en los sindicatos. No conozco a ningún anti-Perón capaz de hacerlo con propósitos de engaño”. Y aquí queríamos llegar, pues la intemperie en la que el macrismo abandona a los damnificados del edificio derrumbado en Montserrat, es la muestra más cabal de su imposibilidad de asumir “el compromiso de la demagogia”. ¿Qué mejor oportunidad podría presentársele al Niño Mauricio para establecer una “comunidad de intereses” con el pueblo de la ciudad? ¿Tanto le duele habilitar una partida irrelevante de “la caja” y atender las necesidades de estos vecinos desamparados? ¿No tiene siquiera un asesor que le advierta que su no asistencia, su manifiesta insolidaridad, hacen que su discurso se abisme cada vez más del Cacho y la María que tan laboriosamente edificara? Ni modo. No es tan fácil ser un demagogo, uno de esos populistas que tanto le gustan a “la gente” cuando se deja llevar de las narices por las conveniencias. Parafraseando a Cristina, podríamos decir que en el ADN del macrismo no figuran los genes indispensables para “instituir a los humildes como finalidad de la política”. No es que no se los mente, pero de mencionarlos a convocarlos hay una distancia sideral que no la salva la falsa seducción de las agencias de publicidad. La otra seducción, la de la demagogia populista, la que conquista y enamora de verdad, tiene todos los signos de una genuina “democracia sustancial”. Con ésta se construye. Con aquélla se derrumba.
Por Carlos Semorile.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El Poder del Mito

El comienzo del 2011, nos encontró a un grupo de compañeros y amigos discutiendo ardorosamente sobre el papel que, según algunos, tenía que jugar el naciente mito de Néstor Kirchner, desligándose de los gastados ritos que el peronismo hacía pesar sobre el mismo y con serio riesgo de sepultarlo prematuramente. No aclaro demasiado -¿o sí?- si digo que quienes sostenían esta posición eran los más jóvenes del grupo, aunque tampoco tan purretes como para ser encuadrados dentro de lo que en estos días se consideran como “los pibes” que se suman a la militancia -un rango que abarca, digamos, de los diez y pico a los veintitantos-. Acaso se entienda mejor -es un suponer- si cuento que desde este sector de la mesa partían los reclamos más airados hacia el gobierno, pidiéndole la profundización de los distintos aspectos del modelo y, de paso, apurar la consolidación del “Nestornauta” como nuevo mito fundante de las aspiraciones socialmente justicieras de la comunidad argentina. A los jovatos de la sobremesa, señoras y señores de entre casi cincuenta y casi setenta años, nos costaba entender que se le imputaran “gruesos errores de gestión” a una dirigencia que, al menos desde nuestra óptica, no hacía más que avanzar y contragolpear frente a obstáculos e impedimentos inmensos, poniendo tantas veces más pasión y militancia que muchos de nosotros juntos. En el corazón de esta parte del debate latía, sin disimulos, el temor a perder todo lo conquistado a lo largo de estos años y, curiosamente, los más veteranos éramos los más confiados. Pero lo más sustantivo de la discusión -que llegó a ser muy áspera aún pese al afecto que nos prodigamos-, se dio alrededor de las chances de “generar” un mito, posibilidades que los treintañeros exigían fuera motorizada desde las agencias publicitarias afines al proyecto nacional y popular. Como se comprenderá, no podemos extendernos en cada detalle de la porfía pero este punto en particular, el de “nuestras agencias” funcionando con la misma lógica que las oficinas del ultraliberal Durán Barba, casi hace saltar todo por los aires. Casi inevitablemente, surgió el nombre de Raúl Apold, aquel controvertido secretario de Prensa y Difusión del peronismo. ¿Necesitábamos de un nuevo Apold, o más bien -como alertara el padre Hernán Benítez - “cuando todo suena a Perón, es que suena Perón”? Si hacíamos las actualizaciones del caso, volvíamos al asunto de la pertinencia o no de mitologizar la figura del ex presidente Kirchner. Intento vano, decíamos algunos, argumentando que las leyes de los ciclos mitológicos no obedecen a calculadas ingenierías publicísticas. Todos, claro, habíamos estado en la Plaza el 27, el 28 y el 29 de noviembre de 2010: ¿cómo podíamos leer de modos tan disímiles aquella magnífica despedida popular, masivamente juvenil? Una de dos, sosteníamos frente a estos otros jóvenes: o el mito ya había nacido frente a nuestros propios ojos (sin olvidar su antecedente más directo: el acto del Luna Park), o lo que allí vivimos -sin dejar de ser maravilloso- pasaría ser parte de una leyenda pero sin alcanzar ya nunca estatura mítica. “¿Se puede forjar un mito?”, se pregunta Horacio González en su más reciente trabajo (“Kirchnerismo: una controversia cultural”). Sin contar ni con las herramientas ni con el bagaje teórico de este impar ensayista, venimos -desde hace ya unas cuantas líneas- dando una contundente respuesta a esa pregunta. ¿En que nos apoyamos para sostener nuestra posición por la negativa? De las definiciones del concepto de mito que conocemos, hay una que nos parece que es la que mejor define su carácter elusivo y, que a la vez, describe bastante bien el modo en que el mito funciona en casi todas las sociedades. Dice el especialista norteamericano Joseph Campbell: “El mito es el sueño colectivo, y el sueño es el mito privado”. Siguiendo este razonamiento, podríamos decir que, del mismo modo en que nadie puede predecir lo que soñará cada noche, tampoco nadie puede forjar artificialmente un sueño colectivo. Es por ello que las acusaciones de Beatriz Sarlo hacia la Presidenta y su “puesta en escena” para generar “el mito de Él” carecen, precisamente, de fundamento mítico. Los modernos alquimistas que se desempeñan en el rubro publicitario (aún suponiendo que trabajasen para el campo popular), a duras penas si manejan la argamasa de muy limitados deseos colectivos. Se dedican a anhelos de vuelo rasante, ligados al mundo del consumo fugaz, y sin poder alcanzar el alto panteón donde viven los dioses paganos de nuestras sociedades profanas. Es desde esta lógica que pueden, a lo sumo, instalar coyunturalmente las candidaturas de ciertos fulanos impresentables. La lógica del funcionamiento del pensamiento mítico se les escapa, pero -en rigor de verdad- a todos se nos escapa, ya que nadie deja de estar atravesado por el mito, y lo que pensamos y actuamos lo hacemos desde él, y a favor o en contra de él. En este sentido, puede resultar instructivo releer lo que el dictador Lanusse dijo cuando se mandó aquella famosa compadrada de que a Perón “no le daba el cuero” para regresar al país: “Perón tiene que definirse. Ineludiblemente tendrá que hacerlo. O es una realidad política, o solamente será mito. No estoy en contra del mito: aunque no me resulte agradable, evidentemente no llegó a ser un mito, a los setenta y tantos años, porque sí nomás. Pero bajo ningún punto de vista se ha de admitir que pretenda ser las dos cosas: mito y realidad. Una u otra”. Y se preguntaba con verdadera angustia: “¿Por qué los argentinos parimos ese mito tan tremendo, tan castrador que ningún otro líder pudo crecer y consolidarse como solamente él lo había hecho?”. Para colmo de sus desvelos, una nueva generación había sido receptiva al sueño colectivo peronista que era capaz de aunar “la realidad efectiva” con las aspiraciones de concluir aquella obra ya mítica de redención social que los convocaba, como antes lo había hecho con los “viejos peronistas”, aquellos descamisados hijos de Martín Fierro. Era una cosa de nunca acabar, y ahí residía el significado profundo de una memoria y de una identidad irreductible a la que Lanusse, al igual que todos sus antecesores, no vacilaba en combatir. La oligarquía argentina (entendiendo que ella era el único sector civilizado de la comunidad argentina), nunca había dejado de estar en guerra contra el pueblo argentino y su barbarie, barbarie cultural de la cual emanaban sus “mitos”, entendiendo por tales a aquellos líderes populares que demostraban ser capaces de conducirlo hacia la plenitud de sus conquistas políticas y sociales. En síntesis: la nunca demostrada -ni mucho menos ejercida- civilización de las élites, estaba y está en guerra contra la cultura de las grandes mayorías. Multitudes populares que esas mismas minorías oligárquicas sólo veían, y siguen viendo, como barbarie. Como botón de muestra ahí está la Sarlo, tomando la posta de Lanusse y haciendo burdas apelaciones a la Razón que no bastan para dar por tierra con el mito, que se las arregla bastante bien para convivir con la realidad, del mismo modo en que el sueño privado de cada uno lo hace con los elementos que nos brinda, día a día, la cotidianeidad del existir. El de Beatriz Sarlo es un claro llamado a desmantelar los mitos, a desecharlos, a “deponerlos” diría Marechal, a producir un quiebre histórico que deje inermes a las nuevas generaciones de argentinas y argentinos. Pero el Nestornauta apenas si comienza su celeste deriva por el esperanzado cielo mítico de la Patria.
Por Carlos Semorile.