viernes, 18 de agosto de 2023

En la Argentina los que garantizamos la libertad somos nosotros, los peronistas


    Que no te engañen: en la Argentina los que garantizamos la libertad somos nosotros, los peronistas. Porque las libertades se garantizan con más derechos, no con menos. Con menos derechos, hay menos libertad.

Cuando uno dice que tiene derecho a algo es porque en realidad ese derecho falta, no se cumple, y entonces hay que generarlo. Por eso los peronistas decimos que donde hay una necesidad, nace un derecho.

Porque entendimos que faltaban un montón de derechos, fuimos generando leyes para amparar a las beneficiarias y beneficiarias de esos nuevos derechos que sólo se decían (“el derecho a la salud”, por ejemplo) pero que antes del peronismo no se cumplían.

Y no se cumplían porque una cosa es decir y otra cosa es hacer, y por eso hicimos hospitales, escuelas y otro montón de cosas que parece que estuvieron desde siempre, pero no es así.

Para hacer esas y otras cosas, hubo que pelear con los privilegiados que podían estudiar y atenderse la salud pero no querían que los humildes tuvieran esos mismos beneficios que sólo ellos podían pagar.

Y para que esos derechos fueran derechos que además de decirse se cumplieran, hubo que generar y fortalecer un Estado que garantice, por ejemplo, la educación de tus hijos y la salud de tu familia.

Así que, para no hacerla muy larga, ya sabés: los que te proponen eliminar ministerios como quien bloquea contactos de las redes, están por quitarte derechos que hoy tenés y que no fue fácil conseguir.

Y quieren dejar en la calle a un montonazo de trabajadoras y trabajadores que, igual que vos, necesitan laburar para poder comer y vivir en un país que, si gana cualquiera de ellos, va a ser más pobre. Y mucho menos libre.

 Texto de Carlos Semorile – Foto de Ana María Gamella

lunes, 14 de agosto de 2023

Bajo el signo de la proscripción


  La imagen que acompaña este texto es la de un compañero que, desde los márgenes del sistema, cuestionó aquel sentido común menesteroso que decía que “con Cristina no alcanza, y sin ella no se puede”. Con su mandato virtualmente cumplido, y no habiendo plasmado ninguna de las esperanzas que depositamos en su gestión, sería bueno preguntarle a “Nuestro Frondizi” cuál cree que fue su papel para sembrar la desilusión, la falta de fe y la apatía. Acaso crea que es culpa de “Ella”. Al menos en ésto no estaría solo.  

“Ella” es la única presidenciable proscripta y la única a la que intentaron asesinar para terminar de una vez con el kirchnerismo, la misma consigna que anoche corearon los seguidores de Bullrrich y Milei. No es casual.  

En la búsqueda de culpables –que por momentos adquiere visos de cacería-, “las alegres comadres del consenso” se desentienden de haber acompañado sin chistar una gestión que, en aras de una moderación berreta y a-histórica, desatendió todas las advertencias que Cristina le fuera formulando de distintas maneras (llegó a escribirle una urgida carta abierta), y nos dejó sin horizontes ni banderas que defender. Un horror.

Luego de escuchar todos los discursos de anoche, me parece atinado recordar parte de un escrito de 2009 de Eduardo Rinesi llamado, justamente, “A argumentar, que se acaba el mundo”:

“¿Qué deberíamos pedirle a un líder, a un dirigente democrático virtuoso? Yo lo diría así, muy toscamente: que esté un paso más adelante, sí, que la sociedad que pretende conducir, pero que pueda argumentar frente a esa sociedad (frente a los ciudadanos y a las organizaciones que componen esa sociedad) sobre la conveniencia de la dirección y el sentido en el que pretende conducirla. Que pueda persuadirla y que logre así, por la vía de la argumentación y de la persuasión, que esa sociedad experimente como suyo cada uno de los pasos que ese líder democrático pueda hacerle dar en dirección a la realización de ese programa que debe proponerle, someterle a la discusión, retocar incluso –eventualmente- en el camino o como consecuencia de esa discusión. Que logre que esa sociedad (quiero decir: que porciones considerables de esa sociedad, puesto que las sociedades son por supuesto heterogéneas y los grupos que las componen tienen desde luego intereses enfrentados y no siempre articulables: por eso es que existe la política, por eso es que la construcción de una hegemonía es una tarea), que logre que esa sociedad, digo entonces, sienta como suyo cada uno de esos pasos, y que esté dispuesta a sostenerlos y defenderlos cuando aparezcan las dificultades, las oposiciones y a veces también los enfrentamientos”.

De esta fiera encrucijada se sale, como sugiere Rinesi, dando a conocer un programa que pueda ser argumentado –e incluso modificado- en una discusión abierta para construir hegemonía política. A mi modesto entender, es lo que Axel insinuó en su escrito. Un camino que debería seguir Massa, abandonando el inconducente “sciolismo emocional” de sus alocuciones.

Por Carlos Semorile.

miércoles, 5 de julio de 2023

La república contra sus “citoyens”

 

La “Francia Republicana”, que salió a manifestarse en apoyo de alcaldes e instituciones (más bien sus edificios), debe considerar -al igual que aquí- que el pueblo de la nación es una execrencia que debería no existir. (Recomiendo ver esas imágenes: se trata de “la Francia blanca”, “chic”, y todas y todos bastante mayores -ni un sola persona joven-, y ya sabemos lo que Jauretche decía de estos rejuntes sin destino histórico-).

 

El muchachito asesinado en un control policial era de origen argelino y esta caricatura evoca la ocupación francesa de Argelia, cuando el FLN atacaba los bares donde paraban quienes martirizaban a sus compatriotas. La política francesa aplicada a partir de la ocupación del país árabe en 1830 buscó terminar con la propiedad comunal de la tierra, para lo cual “Los jefes militares han desarrollado (…) en los soldados franceses la ferocidad necesaria para llevar a cabo lo que esos verdugos llaman “restablecimiento del orden” (…) De hecho los soldados, cuando han estado quemando aldeas y masacrando a tribus argelinas durante años, resultan aptos para ensangrentar las calles de nuestras ciudades (…) Todos los generales versalleses pasaron por esa escuela” (Benoît Malon citado por Kristin Ross en “Lujo Comunal”).

 

Una vez entrenados en masacrar tribus, los generales franceses podían llevar su salvajismo del campo a la ciudad, como hicieron al aplastar en 1871 La Comuna de París. Uno de esos jefes fue Thomas Bugeaud, de quien Sarmiento decía haber aprendido tácticas de contrainsurgencia: “Francia, tiempo antes había ocupado Argelia, gracias a la perspicacia del mariscal Bugeaud, que conocía la guerra de guerrillas de los españoles contra los ejércitos franceses, y que en su momento departirá con el jactancioso Sarmiento, que le explica cómo operan las montoneras y luego alardeará en Buenos Aires que aprendió estrategia militar con los jefes franceses de la ocupación argelina” (Horacio González, “Fusilamientos”). Delicias de las relaciones franco-argentinas en lo que han tenido de ocultas, escabrosas y macabras.  

 

El exterminio del pueblo argelino –del que salió, no lo olvidemos, la “guerra contrarrevolucionaria” en la que se formaron los genocidas argentinos-, parece haberse “introyectado” a los suburbios franceses. Para los “galos puros”, los nuevos franceses siguen siendo extranjeros. La paradoja es que sean los descendientes de Vercingétorix quienes se dedican a sitiar a los “bárbaros”, y sean a la vez sitiados por ellos.

 

Este racismo entronca con la histórica brutalidad de las fuerzas de seguridad francesas. En “La Orquesta Roja”, Gilles Perrault recoge el testimonio de un oficial nazi durante la ocupación de París: “aunque nos reprochan nuestra falta de humanidad, aquí no utilizamos la totalidad del material de tortura que nos dejaron los franceses”. ¿Por qué la “Francia de las Luces” elude siempre mirarse en este espejo?

 

Por Carlos Semorile.

sábado, 27 de mayo de 2023

Cristina: retórica y humanismo


  

Volvíamos del acto convocado por Cristina para que sigamos siendo nosotros mismos y no el pálido espectro de un consensualismo insustancial y vacuo, y al llegar al barrio entramos a un café para reponer energías físicas antes de encarar el tramo final hasta casa. Dos mesas más allá, un señor de unos 60 y pico con pinta de “vecino” comentaba por celular el discurso concluido dos horas antes, y decía que “ésto se soluciona tirando 3 misiles” sobre la concurrencia.

 

Este mismo habitué del bar, apenas minutos antes había elogiado la mesura de Cristina en su alocución y la tranquilidad que había transmitido a los manifestantes. Me sorprendió el súbito giro de su propia ponderación serena, a la propuesta de un exterminio masivo que acabe con “ésto” que son millares de compatriotas esperanzados en salir de la encerrona neoliberal que nos condena a ser una colonia.

 

Por la noche me desvelé pensando en cómo entrarle al “sentido común” punitivista que cree que la solución pasa por un nuevo holocausto, y al levantarme busqué la palabra de Horacio González. En “Humanismo, impugnación y resistencia”, escribió: “El odio, evidentemente, es la negación de la reflexión (...) Lo que hay detrás de él no se sabe, porque quizás es el más originario de los tropiezos del alma, un sentimiento que nace ya tropezado. La primacía del odio ya no es provocada por el que me ayuda desde su superioridad haciéndome padecer, sino un sistema comunicacional (...) La fenomenología del odio coincide con la virtualidad de las tecnologías”.

 

Entre quienes aspiramos a recuperar la política como herramienta de transformación y los “vecinos” que piden nuestra aniquilación, existe un calculado tropiezo para el que trabaja el sistema comunicacional hegemónico. Por ello, “El Profe” decía que “La reversión del odio es quizás uno de los temas esenciales de la conciencia-discurso (…) La conciencia se hace discurso; el discurso, conciencia”.

 

Para que exista conciencia debemos ser capaces de articular un discurso que busque revertir el odio, y aquí también González nos dejó una clave: “La retórica desnuda incomoda; es pues mejor contenerla de forma invisible e informulada. Pero hay que convenir que si una conciencia, por más sigilosa que fuera, no contiene una expectativa retórica, no hay humanismo posible. No hay humanismo sin retórica”.

 

Por ello, Cristina incomoda al “bienpensante” cuando su habla abreva en los modismos del habla rea: preferían que fuera dócil como todos aquellos disciplinados que comentan la realidad pero no la cambian. Sin embargo, no hay sigilo posible del mismo modo que “no hay humanismo sin retórica”. El ejercicio retórico de Cristina sale al cruce de la deshumanización creciente de los cuerpos devenidos en carne de mercado y, al politizar la escucha de millones, “inventa almas”. Ya no son las almas tropezadas en la piedra del odio, sino seres cuyo espíritu ha sido despertado para las tareas del humanismo y la conciencia.

 

Por Carlos Semorile.

sábado, 13 de mayo de 2023

“Iluminada por la nostalgia”


  

Por razones que no llego a explicarme, me encuentro situado entre dos imposibles: el de alcanzar a comprender el pulso íntimo de la escritura del rumano Mircea Cărtărescu -sus libros obligan a sofrenar cualquier voracidad para ir a su ritmo, a la espera de que la mente y el corazón se acompasen con la iluminación que acaban de recibir del texto leído-, y el de haber registrado como si fuera por vez primera una imagen de mi madre que debo haber visto antes centenares de veces.

 

Se trata de una foto de Brigi donde ella está mirando por la lente de una cámara, y la potencia del retrato es tal que pareciera haber sido tomada por un profesional. Si éste fuera el caso, la fotografía es creación de la única tía que por entonces sabía de luces y lentes por haber sido discípula de Raota. O acaso fue su compañero, el hermano de mi vieja. Pero me gusta pensar que fue mi padre quien manejó el obturador, y se dejó llevar por el deseo que creo percibir en el cuadro.

 

Sea como fuere, este asunto, como todos los de un pasado esquivo, terminan por horadar el presente y, como dice Cărtărescu, “esta realidad tan firme, tan fría y tan dura, nítidamente dibujada en la vista y el oído, se deshile con el paso del tiempo hasta volverse irrecuperable y, poco a poco, los sueños, los recuerdos no fotográficos, no eidéticos e infieles, en los que el color se demora gracias al dulce ataque de las emociones y, sobre todo, las restauraciones y las reconstrucciones, levantadas en el viento y en la infelicidad y que, apiladas, sirven a su vez como cimientos, se extienden en la realidad, se contaminan de ella, se reflejan en ella y ella en ellos, hasta que un color psíquico, el de la nostalgia que no sabe ya qué es sueño y qué es real, se expande sobre todas las imágenes queridas e hipnóticas de nuestra vida”.

 

Ese “color psíquico” es, si no vengo leyendo mal al rumano, el que nos permite acceder a “otra realidad, antiquísima e inmediata, iluminada por la nostalgia y oscurecida por la extrañeza”. Complejo, ¿no? Hay otras muchas complejidades a descubrir en libros como “Nostalgia”, “El ojo castaño de nuestro amor” y en la trilogía “Cegador”, compuesta por “El ala izquierda”, “El cuerpo” y “El ala derecha”. (Aún no leí “Solenoide”).

 

Vuelvo a Brígida y a la idea de la belleza que compartió con sus hermanas y hermanos, a partir de verla caminar a su propia madre con un simple vestido de percal por el patio de baldosas de una antigua casona de Villa Santa Rita. Es la misma devoción que me impactó de niño cuando me atrapó una de esas “imágenes queridas e hipnóticas”, la de mi madre irradiando un fulgor violeta en el tibio rescoldo de una noche del final del verano. Tal vez no acierte a ser veraz con Cărtărescu, pero él me ayudó a recuperar lo que estaba oscurecido por la extrañeza. 

 

Por Carlos Semorile.

domingo, 30 de abril de 2023

"El hombre al borde del hombre"


 

Han realizado una serie que nos tiene en estado de conmoción porque es la crónica de una demasía. Siempre todo es demasiado en la Argentina, y por donde quiera que se haga el corte esa energía nos desborda y cualquier análisis nos resulta insuficiente para dar cuenta de por qué y cómo las cosas suceden del modo en que las disfrutamos o padecemos. Lo que esta serie tiene de formidable es que habla de un pibe de barrio que siempre supo ver al “hombre al borde del hombre”.

 

Esa ha sido, me parece, su manera de recibir y reflejar la luz con la que hemos de vivir cada uno de nuestros días. Donde la propia potencia del existir nos somete a una dimensión cegadora, Fito Páez absorbió esa intensidad y nos la tradujo a un sonido que nos permitió vibrar al unísono con lo terrible y lo bello, y a unas letras que llevan la marca indeleble de un tipo de piedad orillera que, sin dejar de querernos mejores, nos reconcilia con todos nuestros pasados y presentes.

 

Uno podría pensar que, siendo sus contemporáneos, estamos inclinados a ser benevolentes con una semblanza que también nos cuenta a nosotros. Al fin y al cabo, como dijo Mauricio Kartun, “por mucho que te acerques, los recuerdos jamás pixelan”. Pero inmediatamente antes escribió “Si vamos a hablar de milagros, hablemos de verdaderos milagros”, como lo son la obra y el pensamiento de Fito, un milagro que se ocupa de la resurrección.

 

Si da gusto ver “El amor después del amor” es porque es un espejo digno que refleja esa pasión argentina por salir de las encerronas más fieras, y hacerlo a través de la cultura popular que en sus himnos colectivos celebra que aún aspiremos a ser una comunidad emancipada, y con artistas extraordinarios que nos brindan sus dones.

 

Por Carlos Semorile.

sábado, 1 de abril de 2023

La “Negro” Fontova


 

En el porteño barrio de Villa Crespo hoy se está inaugurando una Unidad Básica que llevará por nombre “Negro” Fontova. Dentro del poblado universo peronista, que las compañeras y compañeros hayan decidido homenajear a Fontova es un acto de justicia que recupera al vecino, al amigo y, sobre todo, al compañero que supo ser contemporáneo de la Historia y estar donde había que estar en cada una de las derivas de un ciclo nacional y popular que fue cascoteado desde el Poder por representar una firme voluntad transformadora.

 

En principio, uno diría que nada le hubiera costado a Fontova hacerse el desentendido, mirar para otro lado, y así mantener el cariño de mucha gente que lo estimaba sin conocerlo en profundidad. Pero se hubiera traicionado a sí mismo y, más que nada, a su insobornable amor al pueblo del que siempre fue parte. Porque, además, él llegó al conocimiento del gran público sin dejar de ser lo que siempre fue: un clásico y un moderno, un recio y un amoroso, un erudito y un popular.

 

Para este cronista, que lo conoció un poco y lo quiere mucho, el Negro fue el Comandante de Todas las Negras y Negros Dichosos de estas Pampas Irredentas. El Negro viaja en nuestros corazones porque supo de la alegría, y tuvo el don de desalojar la tristeza con su presencia de tipo reo y feliz. Y que sea el suyo el que dé nombre a esta nueva Unidad Básica –desde hoy La “Negro” Fontova- nos compromete a luchar como lo hacía Fontova: con mucho humor, pasión y ternura.

 

Por Carlos Semorile.