martes, 13 de agosto de 2013

Lo gris



No sabía que le gustara el gris. Nunca me lo manifestó. Podía sospechar que el negro y el blanco, así a secas, le disgustaran por su amenaza de absoluto, por su tendencia a aplanar los matices, las graduaciones. Siendo tan lindos los azules, los naranjas, los verdes, no me imaginé que se inclinara por lo gris, con su anodina textura y su opaco devenir. No necesita usted decirme lo que ambos sabemos de sobra: le repitieron mañana, tarde y noche que algunos brillos son peligrosos, que ciertos fulgores arrebatan el alma y así, de a poco, lo han convencido que el violeta es un extravío y que el fucsia se aproxima al delirio.

Lo han timado, mi amigo! Le robaron los colores, viejo! Si todavía no me cree, mire a su alrededor y, con una mano en el corazón, dígame si ve alegría en los rostros, si percibe algún júbilo a lo largo y a lo ancho del país argentino. Y si no lo percibe es porque, sencillamente, no lo hay. Porque el gris no es, como le dijeron, la síntesis de estos años coloridos pero sin sus “abundancias cromáticas”. Qué excesos me pregunto y le pregunto, si yo a usted lo vi disfrutar cuando pusieron un prisma delante de sus ojos, y ahora lo noto tristón, preocupado por un sentimiento tan escurridizo y viscoso como ese hombre gris que finge futuros y ya le está robando el presente.

No lo ve? Sienta, entonces, la manera alevosa en que el gris le carcome las esperanzas y las reemplaza por un horizonte macilento donde los días se suceden sin ilusiones, anodinos y vacuos como el quetejedi gris. Cuídese, paisano! La mirada suele ser un reflejo fiel de la conciencia, y nos andan queriendo empaquetar con una ceguera que empieza siendo gris, y termina negra y fiera.

Por Carlos Semorile.

viernes, 31 de mayo de 2013

Horacio González, entre la iluminación y la comprensión



Ayer tuve la fortuna de asistir a la presentación del libro “Historia conjetural del periodismo”, último trabajo de Horacio González, Director de la Biblioteca Nacional. Y pienso, y siento, y finalmente escribo “fortuna”, porque he leído muchos de sus ensayos pero nunca antes había estado en el bautismo de alguno de ellos. Este de anoche tuvo lugar en el Museo del Libro y de la Lengua, cuya directora, María Pía López, fue la encargada de abrir las exposiciones. Y lo hizo señalando la que tal vez sea la característica sobresaliente del abordaje filosófico que González hace de sus temas; esto es: no juzga ni condena, intenta comprender. López advirtió que sumergirse en el pensamiento de Horacio no es una tarea sencilla pero, al igual que el río de Heráclito, uno sale de sus escritos con la conciencia de que ya no podrá leer de la misma manera a los autores y los textos por él citados. En el caso en particular de esta historia conjetural, González nos introduce en el doble debate del presente del periodismo, lo cual supone debatir sobre un tema en particular, sin dejar de discutir sobre los modos de abordaje que imponen los medios comunicacionales a través de “formatos predigeridos de goce, tiempo y habla”.

Florencia Saintout (Decana de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata) también remarcó la existencia de un periodismo que, en un giro asombroso, ha abandonado toda capacidad auto reflexiva para terminar ofreciendo un lenguaje opaco y carente de horizontes. Saintout sostuvo que, por el contrario, el libro de Horacio sorprende por su capacidad de abrir nuevas perspectivas acerca de un tema sobre el cual parece que ya se ha dicho todo, y lo hace cabalgando sobre todas las tensiones que pone a disposición del lector.

El tema del lector fue abordado por el Director Nacional del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti. Eduardo Jozami habló de un libro difícil, que en un principio parece previsible -y hasta ofrece un desarrollo cronológico de temas y autores-, pero que está signado por la sorpresa de ofrecer siempre un impensado punto de vista. En este sentido, como ya lo había señalado López, la escritura de González se aparta de lo convencional y es exigente con sus lectores. Para Jozami acaso sea necesario que el lector supere un momentáneo desánimo, fije la vista y prosiga con la lectura porque, sostuvo, en las páginas Horacio le esperan “reflexiones inteligentes, relaciones inesperadas y afirmaciones luminosas”.

Tal vez porque González habla como escribe (o escribe como habla; sea lo que fuere, se le agradece), sus palabras finales nos ofrecieron algunas de aquellas tensiones, iluminaciones y comprensiones que habían preanunciado sus presentadores. Así visto, indócil a las etiquetas fáciles de los medios masivos, el periodismo adquirió la misma estatura dramática que el resto de la vida pública argentina. Una sociedad que hoy tiene a personalidades como Saintout, López, Jozami y González al frente de algunas de sus instituciones más importantes. Intelectuales que, como planteara Saintout respecto de Horacio, merecen nuestro abrazo ante los agravios que les prodigan los medios concentrados. Ese abrazo, si se me permite, deberíamos dárselo también por la generosidad con que nos brinda su mirada, esa que ilumina y comprende.

Por Carlos Semorile.

domingo, 26 de mayo de 2013

El desvelo



No recuerdo haber vivido otro período histórico en el que la Plaza de Mayo haya sido tan asiduamente “la plaza de nuestras libertades” como lo fue, y lo sigue siendo, en estos diez años kirchneristas. Durante “la década ganada” hemos colmado muchas veces “La Plaza”, derramando en ella, y en sus alrededores, manifestaciones de porfiada lucha, del dolor más inesperado y gigante, de aguante con el ceño fruncido y el nervio atenazado y alerta, pero también de intenso disfrute, de felicidad propia y de dicha compartida. Nada humano le es ajeno a nuestra plaza, y quien no la haya transpirado en multitud podrá acaso ubicarla en un mapa, pero difícilmente la lleve, como a un amante a su amada, bien adentro de su corazón.

Ayer, 25 de mayo, volvimos a ella con la alegría del anunciado festejo. Nos esperaban la música, la danza, el asombro por los espectáculos futuristas, y la renovada esperanza de encontrarnos con el flamear de las banderas, el cantito ingenioso que nunca falta, la frase genial que alguien estampó con trazo grueso en una cartulina, el olor de las parrillas y los rostros desconocidos de tantos hermanos. Pero también llegamos a La Plaza como Pueblo que vuelve a sus orígenes y reedita el mito patrio de querer saber lo que nos pasa y, desde allí, tomar las riendas del común destino. Dicho en la lengua de estos tiempos maravillosos: fuimos a escucharla a Cristina.

Créanme aún aquellos que no se permiten vivir la bella emoción de la esperanza: una multitud pocas veces reunida cesó sus cánticos y voceos para oír, con expectativa y anhelo, la palabra de la Presidenta. No es extraño que así suceda, bien lo sabemos todos aquellos que esperamos sus discursos para escuchar la genuina voz de la nación y, al mismo tiempo, el grado más alto de una renacida conciencia argentina. Por estas poderosas razones, las alocuciones de Cristina son seguidas por muchedumbres en trance de encontrar en ellas la verdad que los medios hegemónicos ocultan, tergiversan y deforman. La autenticidad, la exactitud y, en última instancia, la realidad están ausentes de “la cadena nacional del desánimo y el miedo” y es por ello que ayer, lejos de irse, las mujeres, los hombres y hasta los niños ocupaban estoicamente su conquistado pedacito de suelo en espera del mensaje de la Presidenta.

De entre las muchas cosas que Cristina dijo, me resulta sustantivo que haya planteado que “esta plaza no es una plaza de ayer ni de hoy, es una plaza de futuro, de porvenir, es una plaza y una Patria preñada de esperanzas, de sueños, de ilusiones”. Y aquí la Presidenta habla por los cientos de miles que pensamos que el dilema, la encrucijada, es entre dos épocas: una nos permite tener un presente cada vez con mayor dignidad, y nos proyecta hermanados hacia el porvenir; la otra, es el retorno al pasado, a la fragmentación, el abatimiento y la desdicha. Por eso, querida Cristina, entendemos tu desvelo, que es también el de todas y todos, nuestro común desvelo de que nadie nos robe lo que tanto nos ha costado. Es un desvelo que debemos resolver en la vigilia de cada uno de los días que vendrán, con la musculatura alerta y la inteligencia extremada hasta sus confines. Para seguir conquistando, como trabajosamente lo venimos haciendo, la plenitud de nuestras potencialidades materiales y espirituales.

Por Carlos Semorile.

martes, 30 de abril de 2013

Exterminad a todos los negros



El ensayista sueco Sven Lindqvist escribió hace ya tiempo un libro fundamental que, como corresponde, casi no se conoce, pese a que tenemos la fortuna de contar con una edición de la UBA disponible a un precio irrisorio. Es, creo, indispensable leerlo en estos tiempos de resurgidas violencias oligárquicas.

¿Qué tiene de especial el libro de Lindqvist, cuyo título nos reservamos para no adelantar conclusiones? Para empezar, tiene la virtud de ser la obra de un europeo que se anima a correr la delgada capa de barniz civilizatorio con que las potencias de la vieja Europa adornan sus conquistas. Una vez descorrido el velo, aparece la animalidad más primitiva y básica que desemboca en la brutalidad y en el asesinato: “Nuestra exportación más importante -reflexiona como europeo Sven Lindqvist- era (y es, actualizamos nosotros) la violencia”. Para Lindqvist, el origen de todas las violencias imperiales está en una falaz pero inconmovible idea de superioridad: “En África, Australia y América y en todas las miles de islas de los mares del sur, viven razas inferiores. Tienen -quizás- distintos nombres y tienen entre ellos pequeñas diferencias sin importancia, pero todos ellos son, realmente, ‘negros’. ‘endemoniados negros’. ‘Los finlandeses y los vascos y todo lo que se llamen, no son tampoco para tener en cuenta, son una especie de negros europeos, condenados a desaparecer’. Los negros siguen siendo negros, más allá del color que tengan (…) Los negros no tienen ningún cañón y por lo tanto ningún derecho. Sus países son nuestros. Sus ganados y sus campos, sus miserables enseres domésticos y todo lo que poseen y tienen es nuestro, del mismo modo que sus mujeres son nuestras, para tomarlas como concubinas, castigarlas y permutarlas. Nuestras para contagiarlas con sífilis, preñarlas, maltratarlas y hacerlas sufrir ‘hasta que los más perversos de nuestros malvados las hayan convertido en algo más miserable que los animales’ (…) El hipócrita corazón británico palpita por todos, excepto por aquellos que el propio imperio británico ahoga en sangre”.

Lindqvist dice que el autor de las líneas que él ha estado comentando es el aristócrata y socialista escosés R. B. Cunninghame Graham, un hombre que vivió algunos de sus años de juventud en la Argentina. “Después de una vida aventurera en Sud América, había retornado al país natal y a una carrera como político y escritor. Algunos meses después de ‘Bloddy Niggers’ (el escrito de Cunninghame que Lindqvist comenta), Graham leyó el relato Una avanzada de la civilización, y encontró un alma hermana en su crítica al imperialismo y en su asco por la hipocresía. Le escribió a Conrad y con esto se inició un intercambio epistolar, que es único en su seriedad, en su grado de confidencialidad y en su intensidad. Graham se convirtió en el más íntimo amigo de Conrad”. Tiempo después, Conrad leerá Higginson´s Dream, un relato de Graham con cuyo punto de vista se siente plenamente identificado: “Cuando las razas de color se extinguían, esto no se debía a ninguna inferioridad biológica, sino a lo que nosotros llamaríamos hoy el ‘choque cultural’; la exigencia de adaptarse inmediatamente a la singular especie de cultura occidental (el gin, la Biblia y las armas de fuego)”. El personaje de ese cuento de Graham tiene muchas similitudes con el de una novela que Conrad está a punto de escribir, El corazón de las tinieblas: “Higginson es, al igual que Kurtz, cosmopolita, ‘medio francés, medio inglés’. O sea que es, abreviando, europeo. Y al igual que Kurtz representa un Progreso que implica genocidio, una civilización cuyo mensaje es ‘Exterminad a todos los brutos’”.

Y así titula Lindqvist su magnífico ensayo: “Exterminad a todos los brutos”. O a todos los salvajes, o a todos los bárbaros, dependiendo de la traducción. Este es, en definitiva, el corazón del pensamiento civilizador: todo lo que se oponga al progreso civilizatorio, será calificado de bárbaro y pasado a degüello. En las semicolonias, este esquema imperial se repite al interior de nuestras sociedades fragmentadas, y las clases acomodadas ven a las clases subalternas como “negros endemoniados más allá del color que tengan”, multitudes bárbaras opuestas a la civilización o al “republicanismo” de turno.

Del mismo modo que Kurtz, los intelectuales de las derechas latinoamericanas (recientemente reunidos en Rosario) realizan sus incursiones hacia “el corazón de las tinieblas” peronista/kirchnerista/chavista/populista (táchese o agréguese lo que se considere necesario). Y al igual que el personaje de Conrad -luego recreado por Marlon Brando y Francis Ford Copola- se explayan en sus “impresiones” para la compañía naviera o para el medio para el cual editorializan. El contenido siempre es el mismo: una mirada denigratoria de lo que somos como Pueblo, de nuestros dirigentes políticos, y del lamentable destino que siempre nos espera si persistimos en abismarnos por el sendero de nuestras tozudas esperanzas comunitarias, y en la idolatría de unos hombres erróneamente devenidos en mitos (mitos que, según su mirada europea, son un atentado a la “Razón”).

Estos “escribas” cultivan el odio y pregonan la guerra a toda la cultura del pueblo. Desde la suma indigna de todos sus prejuicios, ellos piden que alguien extermine a todos los negros. Algunos dirigentes, como Mauricio Macri, María Eugenia Vidal, Guillermo Montenegro, Horacio Rodríguez Larreta, Cristian Ritondo y otros de la cúpula del PRO, se salen de la vaina por castigar a quienes cometen el pecado de creer que, siendo pobres, les asiste el derecho a una vida digna, a un presente justo y un porvenir dichoso. Dicho en criollo: quieren darle a Magnetto el muerto que el Monopolio necesita para instalar un clima de zozobra y de “final de ciclo”. En esto culmina la barbarie de la razón civilizatoria. Ya nadie pueda darse por no avisado, y decir que no sabía que el “pensamiento cacerolo” empieza golpeando una olla y termina cometiendo crímenes políticos, sociales, culturales y raciales.

Por Carlos Semorile.

viernes, 12 de abril de 2013

Lo fragmentario


    “Poder y Desaparición” es uno de esos estudios que la democracia puso sobre la mesa para reflexionar acerca del Estado Terrorista, sobre sus hórridos mecanismos y sobre el modo en que éstos buscaron afectar a la comunidad civil. Junto con “Política y/o violencia”, es uno de los mejores ensayos sobre el período. Y acaso ambos lo sean porque su autora, Pilar Calveiro, fue una activa militante y una lúcida pensadora sobre las circunstancias que ella misma atravesó como detenida/desaparecida. Al analizar el funcionamiento de los campos de concentración de la Dictadura, Calveiro señala que los prisioneros eran “cuidadosamente separados entre sí por tabiques, celdas, cuchetas. Compartimentos que separan lo que está profundamente interconectado”. Esta compartimentación, agrega Calveiro, funciona “como antídoto del conflicto” que se busca desactivar, y trabaja desintegrando lo que antes estaba organizado. Asimismo, esa separación esquizofrénica no sólo atraviesa a los sujetos y al propio campo de reclusión, sino también a la sociedad en su conjunto. Una sociedad, pues, separada en compartimentos estancos, alejados entre sí sus miembros por mecanismos que desintegraban el tejido comunitario, al punto tal de llegar a una zona cierta de esquizofrenia: la de no poder reconocerse como hijos de un mismo pueblo.

Me he permitido este largo preámbulo para recordar que de ahí venimos, del descalabro social que significaron primero el Terrorismo Estatal, y luego la continuidad del desquicio neoliberal de la Democracia Tutelada. Desde 2003, fuimos dando vuelta la taba y aquella alienación de lo fragmentario fue superada mediante a políticas acertadamente llamadas de integración. Gracias a este proyecto, hoy tenemos solidaridad donde antes había indiferencia, organización donde existió fragmentación, encuentro donde hubo compartimentación, salud en vez de perturbación, militancia donde imperó el miedo. Vaya logros! Vaya conquistas! Si hasta parece mentira estar revertiendo tanto en tan poco tiempo!

Pero el enemigo no descansa y hoy ataca –pecheras mediantes- la unidad de las fuerzas que sostienen esta renacida democracia (a la que deberíamos poder bautizar de un modo que grafique su inaudita novedad y sus fervientes anhelos de soberanía popular). Separar a la militancia de “la gente” parece ser el objetivo de la movida y es un punto crucial porque –como alguna vez explicara Scalabrini Ortiz- “lo más grave, no ha sido la destrucción sistemática de toda la actividad económica propia del país sino la desunión, la dispersión, la falta de solidaridad entre todos los factores que reunidos podrían quizás contrarrestar aquel ataque premeditado”.

Resumiendo: si no queremos regresar a la dispersión, a la fragmentación, a la esquizofrenia de una sociedad dividida en compartimentos estancos, al estado de alienación producto de la desintegración, entonces debemos mantenernos integrados, organizados y solidarios como en estas memorables jornadas de amor comunitario. Ya sé: el amor no suele ser estar dentro de las categorías políticas habituales pero, como dice una buena socióloga y mejor amiga, “la política debiera ser lo que uno hace, genuinamente, en nombre de otro. No contra otros, no meramente juntos a otros. Lo que uno hace en nombre de otro”. En eso andamos los que “unidos triunfaremos”.
Por Carlos Semorile.

viernes, 22 de febrero de 2013

Lo incrédulo



Mientras usted duda, en el país pasan cosas. Muchas cosas, en verdad, y creo que usted lo sabe. O acaso no lo sabe, si es que su duda es pertinaz o ya es un hábito inveterado, de esos que uno ya no sabe cuándo lo adquirió ni para qué. Pero sus incertidumbres sí tienen un origen, amigo mío, y una precisa razón de ser, porque no hace muchos años estuvimos a merced de la palabra incumplida y de sus devastadores efectos en la capacidad de confiar en la clase dirigente. Para decirlo de un modo llano: nos fallaron tanto que fue como una traición. No es que hayamos depositado nuestras confianzas en los mismos partidos políticos pero, alrededor de figuras diversas, pusimos parecidas esperanzas. Me pregunto si podría ser de otro modo. No lo creo, porque más allá de que pensemos distinto y vengamos de tradiciones políticas diferentes, usted y yo siempre tuvimos ganas -como se dice habitualmente- de que “al país le vaya bien”. Querer, entonces, que le vaya bien a la Argentina es como hablar de un programa mínimo, humilde si se quiere, pero bastante acabado en el que casi todos estamos de acuerdo: que tengamos trabajo, que haya pan en la mesa, que los hijos puedan educarse y progresar, y que podamos hacer todo eso en paz y libertad mientras al país crece y se desarrolla para beneficio del conjunto de sus habitantes. Supongamos que no me equivoco y que la mayoría de nosotros comparte estas sencillas aspiraciones. Y supongamos asimismo que estas y otras varias realizaciones materiales y espirituales comienzan a ser parte de la vida de millones de compatriotas. ¿Me podría conceder esto? Mejor dicho: ¿se lo permite a sí mismo o su incredulidad lo vence?
No retroceda ahora, justo ahora que vamos llegando al carozo de este peliagudo asunto. Mire, vivimos en el mismo país que hoy está cumpliendo algunos de esos anhelos básicos, y unas cuantas cosas más que no entraron en ese apretado resumen. Pero dejamos de vivir en la misma nación desde el momento en que usted desconfía de que la verdad sea esta. Ni siquiera debería decírselo porque usted, como yo, conoce de primera mano la realidad y sabe que estamos mejor que hace una década, y asimismo sabe que eso es bueno para todos. O para “casi todos”, como le dije antes. Porque hay algunos que siembran la desconfianza para cosechar luego el desánimo y alzarse, más adelante, con todo aquello que los descorazonados no saben valorar ni defender. ¿Le parece que exagero? No se crea. Simplemente, intento ponerlo sobre aviso: no es el país el que se derrumba; eso que crujen son las corporaciones que no se acostumbran a convivir con el resto de nosotros bajo un paradigma más democrático, más inclusivo, más igualitario. Tan simple -¡y tan difícil!- como éso.
Usted sabe de qué le hablo, y porque lo sabe me va a permitir esta confianza de decirle que no se deje entrampar por la suspicacia permanente. Porque ese maliciar continuo lo aleja del resto de los argentinos que confía en que estamos construyendo un país para todos. Y al hablarle así, no es que pretenda sumarlo a este proyecto político. Me motiva, eso sí, la esperanza de que usted, piense como piense y vote a quien vote, no se pierda este momento histórico que estamos atravesando. Si deja de recelar, verá que ahí afuera está naciendo una Patria.
Si quiere se lo ruego: abandone por favor esa pose incrédula que le han hecho pensar que lo pone a salvo de los errores y los vaivenes de la Historia, y anímese a creer como tantos que confiamos pese a todas las traiciones y derrotas del pasado. Ya estamos grandes para eso y, frente a las generaciones más jóvenes, no nos asiste el derecho a jugar a los desencantados. Entiendo que no es culpa suya, comprendo que lo han bombardeado con dosis brutales de mentiras para hacer de usted un desconfiado. Detrás de la máscara del desengaño, bien lo sé, viven sus sueños y sus deseos, tan parecidos a los míos. Ya me despido, paisano, y le dejo la del estribo: crea, confíe, esperáncese sin miedo. Y acuérdese de aquel argentino inmenso que dijera que un hombre sin una creencia vale menos que un hombre.
Por Carlos Semorile.

sábado, 9 de febrero de 2013

Lo insensato



Créame que si todo estuviera yendo realmente mal, me ahorraría estas palabras. Si fuese falso todo lo cierto, si -como dicen- el país se cayera a pedazos y fuera asfixiante el clima social y respirar fuese un acto milagroso, me llamaría a silencio y no escribiría, como lo hago, para tender un puente. Entonces, no sólo no tendría sentido este papel, sino el acto mismo de hablar, pensar o escribir a favor de un idea de país que ya habría fracasado en los hechos, pero también en los corazones y en el espíritu de los compatriotas.
Créame, asimismo, que no pretendo que usted cambie de idea, ni que su opinión se parezca o siquiera se acerque a la mía. Pero, con la misma franqueza, permítale decirle que nadie hace naufragar el barco en el que su familia -y, con ella, sus sueños- intentan llegar a la otra orilla. Porque de eso se trata, no?: compartimos, como pueblo, una misma deriva, y como individuos tenemos unas expectativas que pueden ser disímiles pero nos iguala “aquella humana, inevitable inquietud pendular entre el miedo y la esperanza". Dicho de otro modo, no queremos fracasar, no merecemos fracasar. Nos llevó estos doce años salir del desbarranque del último gran desacierto de nuestra clase dirigente, y durante ese lapso incierto que anduvimos a los tumbos seguramente usted, como yo, elevó una plegaria para que el país no se incendiaria, y nosotros con él.
Pasamos raspando la fragmentación social, que al igual que en la mente de una persona, sólo conduce al descalabro y la alienación. Trabajosamente, y no sin dificultades, venimos revirtiendo el desquicio de lo fragmentario aplicando dosis cada vez mayores de integración: integración de desempleados al mundo del trabajo, integración de viejos al sistema jubilatorio, integración a las aulas de niños y de pibes que estaban en la calle. Integración también en otros niveles: del sistema eléctrico del país, de las rutas aéreas de la línea de bandera, de las rutas terrestres nacionales con las provinciales, de las distintas producciones nacionales para que se ensamblen y no le paguemos a otros por aquello que podemos hacer nosotros. No quiero ni pretendo ser exhaustivo, por no aburrirlo y porque la idea se entiende: la salud de una nación depende de que sus partes se comuniquen e interconecten, de que su moneda no esté desligada de sus mercados externo e interno, de que el crédito vaya hacia la producción y el empleo, de que sus científicos orienten sus investigaciones de acuerdo a las necesidades estratégicas del desarrollo de la Patria. Hicimos todo lo contrario durante mucho tiempo, como si creyésemos que construyendo una casa acogedora para los de afuera, tuviésemos alguna chance de ser dichosos los de adentro.
¿Usted piensa que le hablo de una sociedad perfecta? No, sólo le pido que, como dice un buen amigo, no permanezca “inmune a las acechanzas de la esperanza”. Hay un montón de argentinos trabajando con amor porque sienten que “se les hace tarde”, porque pasamos largo tiempo en una intemperie desoladora y no nos olvidamos. No se deje abatir por el dolor que aúna a extremistas de todo pelaje y condición, junto a cobardes y desencantados perpetuos que sólo apuestan a la caída. La conjura de los necios apuesta al naufragio, no de un gobierno sino de un pueblo que tiene ganas de ser feliz mientras trabaja en pos de la plenitud de sus potencialidades materiales y anímicas. Seguramente, también usted está entre esos millones de compatriotas que la pelean día a día para construir un futuro para los suyos. Por eso mismo, mantenga su idea política -que debe tener su historia y sus fundados motivos para tenerla-, y siga pidiéndole a nuestros representantes que nos dejen un país mejor del que encontraron. Escuche y lea los periódicos, las radios y los canales que le plazca, pero cuídese de las insensateces que a diario le proponen. Créame: lo insensato no es negocio. Alguna gente, de esa que nunca pierde nada, anda esperando que esta vez el rancho se queme con todos nosotros adentro.
Por Carlos Semorile.