domingo, 30 de octubre de 2011

Betty La Fea hacia El Corazón de las Tinieblas

El ensayista sueco Sven Lindqvist escribió hace ya tiempo un libro fundamental que, como corresponde, casi no se conoce, pese a que tenemos la fortuna de contar con una edición de la UBA disponible a un precio irrisorio. Es, creo, indispensable leerlo en estos tiempos de resurgidas y acechantes prepotencias imperiales europeas, y de renacidas y contrahechas visiones colonizadas de nosotros mismos. ¿Qué tiene de especial el libro de Lindqvist, cuyo título nos reservamos para no adelantar conclusiones? Para empezar, tiene la virtud de ser la obra de un europeo que se anima a correr la delgada capa de barniz civilizatorio con que las potencias de la vieja Europa adornan sus conquistas. Una vez descorrido el velo, aparece la animalidad más primitiva y básica que desemboca en la brutalidad y en el asesinato: “Nuestra exportación más importante -reflexiona como europeo Sven Lindqvist- era (y es, actualizamos nosotros) la violencia”. Para Lindqvist, el origen de todas las violencias imperiales está en una falaz pero inconmovible idea de superioridad: “En África, Australia y América y en todas las miles de islas de los mares del sur, viven razas inferiores. Tienen -quizás- distintos nombres y tienen entre ellos pequeñas diferencias sin importancia, pero todos ellos son, realmente, ‘negros’. ‘endemoniados negros’. ‘Los finlandeses y los vascos y todo lo que se llamen, no son tampoco para tener en cuenta, son una especie de negros europeos, condenados a desaparecer’. Los negros siguen siendo negros, más allá del color que tengan (…) Los negros no tienen ningún cañón y por lo tanto ningún derecho. Sus países son nuestros. Sus ganados y sus campos, sus miserables enseres domésticos y todo lo que poseen y tienen es nuestro, del mismo modo que sus mujeres son nuestras, para tomarlas como concubinas, castigarlas y permutarlas. Nuestras para contagiarlas con sífilis, preñarlas, maltratarlas y hacerlas sufrir ‘hasta que los más perversos de nuestros malvados las hayan convertido en algo más miserable que los animales’ (…) El hipócrita corazón británico palpita por todos, excepto por aquellos que el propio imperio británico ahoga en sangre”. Lindqvist dice que el autor de las líneas que él ha estado comentando es el aristócrata y socialista escosés R. B. Cunninghame Graham, un hombre que vivió algunos de sus años de juventud en la Argentina. “Después de una vida aventurera en Sud América, había retornado al país natal y a una carrera como político y escritor. Algunos meses después de ‘Bloddy Niggers’ (el escrito de Cunninghame que Lindqvist comenta), Graham leyó el relato Una avanzada de la civilización, y encontró un alma hermana en su crítica al imperialismo y en su asco por la hipocresía. Le escribió a Conrad y con esto se inició un intercambio epistolar, que es único en su seriedad, en su grado de confidencialidad y en su intensidad. Graham se convirtió en el más íntimo amigo de Conrad”. Tiempo después, Conrad leerá Higginson´s Dream, un relato de Graham con cuyo punto de vista se siente plenamente identificado: “Cuando las razas de color se extinguían, esto no se debía a ninguna inferioridad biológica, sino a lo que nosotros llamaríamos hoy el ‘choque cultural’; la exigencia de adaptarse inmediatamente a la singular especie de cultura occidental (el gin, la Biblia y las armas de fuego)”. El personaje de ese cuento de Graham tiene muchas similitudes con el de una novela que Conrad está a punto de escribir, El corazón de las tinieblas: “Higginson es, al igual que Kurtz, cosmopolita, ‘medio francés, medio inglés’. O sea que es, abreviando, europeo. Y al igual que Kurtz representa un Progreso que implica genocidio, una civilización cuyo mensaje es ‘Exterminad a todos los brutos’”. Y así titula Lindqvist su magnífico ensayo: “Exterminad a todos los brutos”. O a todos los salvajes, o a todos los bárbaros, dependiendo de la traducción. Este es, en definitiva, el corazón del pensamiento civilizador: todo lo que se oponga al progreso civilizatorio, será calificado de bárbaro y pasado a degüello. En las semicolonias, este esquema imperial se repite al interior de nuestras sociedades fragmentadas, y las clases acomodadas ven a las clases subalternas como “negros endemoniados más allá del color que tengan”, multitudes bárbaras opuestas a la civilización o al “republicanismo” de turno. Del mismo modo que Kurtz, los intelectuales de la derecha vernácula realizan sus incursiones hacia “el corazón de las tinieblas” peronista/kirchnerista/populista (táchese o agréguese lo que se considere necesario). Y al igual que el personaje de Conrad -luego recreado por Marlon Brando y Francis Ford Copola- se explayan en sus “impresiones” para la compañía naviera o para el diario para el que escriben o dibujan, como en el caso del “prestigioso” Hermenegildo Sábat. El resultado siempre es el mismo: una mirada denigratoria de lo que somos como Pueblo, de nuestros dirigentes políticos, sociales y sindicales (y lo mismo vale para nuestros artistas y comunicadores populares), y del lamentable destino que siempre nos espera si persistimos en abismarnos por el sendero de nuestras tozudas esperanzas comunitarias, y en la idolatría de unos hombres erróneamente devenidos en mitos (mitos que, según su mirada europea, son un atentado a la “Razón”). Beatriz Sarlo viene cada vez más seguido a visitar nuestras improvisadas fogatas nocturnales. Podemos contestarle o no hacerlo, y el autor de estas líneas piensa que hay que dosificar homeopáticamente las respuestas a sus exabruptos y a los de Sábat. En definitiva, no son ni más inteligentes ni mejores que nosotros. Lo que sí no debemos olvidar es que la pretendida civilización (que estos “boys & girls scouts” simbolizan) no ha abandonado la guerra a toda la cultura del pueblo y que, desde la suma indigna de todos sus prejuicios, están pidiendo que alguien extermine a todos los salvajes.
Por Carlos Semorile.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Tiempo de canallas

A raíz del apriete a Mike Amigorena para que abandone su representación de Héctor Magnetto en la miniserie “El Pacto”, hay una mirada que insiste en pensarlo como víctima de un poder muy superior a sus fuerzas espirituales, las cuales nunca se templaron en otra cosa que no fueran las lides actorales. Pero si nos quedamos con esta versión y pasamos rápidamente a otra cosa, nos perdemos la oportunidad de revisar algunas “verdades” instaladas, justo en el momento en que, como sociedad, venimos realizando una formidable tarea de develamiento masivo del corset mediático/ideológico que durante años nos mantuvo escépticos, apáticos y, por ende, inofensivos. Si procedemos a exculpar al actor por su arrugue estaremos, aunque no lo sepamos, convalidando la mentira que sostiene que ciertos sectores de la comunidad (llámense artistas, periodistas, o lo que sea) están -y hasta “deberían” mantenerse- excentos de las viscosidades de la vida política, particularmente de la política que no se rinde mansamente ante las corporaciones del poder real y efectivo del país. ¿Por qué aceptarían verse “salpicados” por las cambiantes vicisitudes de la “polis” quienes pretenden vivir, literalmente, fuera de esta realidad tan peliaguda que tenemos? En este punto, “Mike” no pudo ser más explícito: él no quiere estresarse. ¿Cree Amigorena que este es un derecho horizontal e igualitario, o defiende tan sólo su soberano y particularísimo acceso al relax? El asunto del procedimiento también es revelador. ¿Lo invitaron a una cena y entre varios le comieron la cabeza hasta doblegarlo? La fuente no es confiable, pero si la versión no suena tan descabellada es porque el Poder suele recurrir a estos y otros refinamientos cortesanos (como las nocturnales visitas a despachos de accesibilidad reducida). El problema que carga este relato es que nos retrocede al punto de partida, y entonces hay quienes dicen: “bueno, no todos tienen pasta o ganas de ser héroes”. No se les pide tanto, muchachos. En 1952, en plena vigilia a su comparecencia ante los comités macartistas, la dramaturga Lillian Hellman escribió lo siguiente: “Me parece imposible que un hombre ya maduro e inteligente no tenga suficiente sentido común para saber de antemano cómo actuar bajo presión. Más o menos, todos podemos adivinarlo: es algo que decidimos en nuestra niñez, cuando aún éramos muy jóvenes, y que ya desde entonces está relacionado con nuestras nociones de orgullo y dignidad”. Y para remarcar que la claudicación no era la única alternativa posible ante el macartismo, agregó: “En circunstancias especiales, bajo tortura, es natural que la gente pierda el temple y confiese. Recuerdo que Louis Aragon me contó una anécdota, que Camus me repitió en la única ocasión en que lo vi. Durante la guerra, a los miembros de la Resistencia se les ordenaba resistir la tortura física todo lo que pudieran para dar a sus compañeros la oportunidad de escapar. Pero nunca se les exigía aguantar hasta dejarse matar: ni siquiera hasta quedar lisiados. En circunstancias semejantes, confesar es lo único que puede hacerse. Eso tiene sentido. Pero las circunstancias presentes son muy distintas, aquí no se ha torturado a nadie, y no me convence esa nueva teoría de que la tortura psicológica equivale a brazos rotos o a lenguas quemadas”. Para ir concluyendo: a medida que avance la efectiva implementación de la Ley de Medios, es probable que veamos acrecentarse la lista de quienes, luego de un sushi recargado de “consejos”, decidan cobijarse bajo el amigoreneano dilema que reza: “relajación o disturbios”. No sonarán convincentes, pero actor que “se alivia” sirve para el próximo unitario.
Por Carlos Semorile.

martes, 12 de julio de 2011

A 40 años del secuestro de Juan Pablo Maestre y Mirta Misetich


Este miércoles 13 de julio de 2011 se cumplen 40 años del secuestro de Juan Pablo Maestre y su compañera Mirta Elena Misetich, dos jóvenes militantes revolucionarios. El hecho conmovió hondamente a la sociedad argentina de aquel entonces, y tuvo vastas repercusiones en la prensa nacional, donde expresaron su indignación conocidas voces de la política, del periodismo, y del ámbito de la cultura en general. La comprobación del funcionamiento de una “zona liberada” para facilitar la actuación policial puso en jaque a la dictadura de Lanusse, bajo cuya supervisión se hacían los primeros ensayos de lo que luego conoceríamos como Terrorismo de Estado.

Se repetían preguntas y escenas de la política instaurada por los civiles y militares gorilas a partir de 1955. “¿Puede desaparecer una persona?”, interpelaba en 1963 una solicitada de La Fraternidad luego de diez meses del secuestro del obrero Felipe Vallese. Una foto (tapa de Clarín del 19 de julio del 71) ilustra la vana espera de los padres de Mirta en la puerta de Olivos: Lanusse no iba a recibirlos, del mismo modo que Aramburu se negó a recibir a Susana de Ibazeta, sabiendo que pronto la convertiría en viuda (era la esposa de uno de los futuros fusilados del 56). A fines de ese mes, el jefe de policía, Cáceres Monié, le diría al padre de Mirta que su hija se hallaba con vida, “reponiéndose del shock que recibió por el episodio vivido. Le habría agregado que en los próximos días podrían producirse novedades”. Pero Mirta, cuatro décadas más tarde, permanece desaparecida (y en la misma situación se halla su hermano Antonio, científico de la CNEA, secuestrado 5 años después).

Al cadáver de Juan Pablo, fortuitamente encontrado en un zanjón de Escobar con signos de tortura, intentarían enterrarlo como NN, pero los reflejos de sus familiares y abogados lograron rescatarlo y darle humana sepultura. La “escuela francesa” de represión ilegal dio pasos decisivos en la Argentina mientras Lanusse fue comandante en jefe del ejército (cargo que retuvo siendo presidente de facto), secuestrando al abogado Néstor Martins y su ocasional cliente Conrado Zenteno, a Marcelo Verd y Sara Palacios en San Juan, e intentando lo propio con Roberto Quieto en Capital. Aún si fuera cierto que Lanusse le pidió a Videla que parase con el método de las desapariciones, él cobijó al huevo de la serpiente.

Siendo así, no es de extrañar que en los años que siguieron, los abogados del “Caso Maestre” (y de tantos otros “casos”), continuaran siendo perseguidos: dos fueron asesinados por la Triple A (Rodolfo Ortega Peña y Silvio Frondizi), tres están desaparecidos (Mario Hernández, Roberto Sinigaglia y Manuel Evequoz), y el resto debieron refugiarse o exiliarse (como Eduardo Luis Duhalde).

Escribimos los nombres de Mirta y Juan Pablo, y el de sus compañeros y amigos que hicieron las mismas o parecidas opciones políticas, y nos preguntamos cuál será hoy el modo adecuado de recordarlos, con qué palabras evocar su paso por un tramo importante de nuestra historia que sigue siendo motivo de una lucha ideológica, política y cultural que todavía busca o entender, o fustigar a los protagonistas del campo revolucionario de aquel período. ¿Hay que extenderse en explicaciones, particularmente con ellos que estuvieron en las FAR, una organización que a veces -al parecer- no se deja comprender fácilmente en su paso del guevarismo al peronismo? Y en tal caso, ¿hay que recordar a Carlos Olmedo y su concepto de “patrulla extraviada”, vertido dentro de un conocido reportaje? ¿Son palabras y nombres para iniciados o todavía le dicen algo al presente político argentino?

Un compañero de Pablo nos sugiere que “no eran de bronce ni hay que mitificarlos”, pero es este mismo compañero quien nos habla largamente sobre las cualidades intelectuales y éticas de Juan Pablo. En este punto, todos los testimonios son coincidentes: Pablo era un hombre brillante, casado con una mujer brillante, ambos con muchos destinos posibles debido justamente a sus respectivas sensibilidades e inteligencias.

Temprano lector voraz, en su adolescencia Pablo escribió y montó una obra de teatro que discurría sobre el asunto de los “deber ser” y que estaba en la onda del existencialismo francés: él mismo, vestido con un piloto y fumando, irrumpía en la escena atravesando una parte del “decorado” hecha con papeles de diario. “Juan Pablo estaba muy en contra de los ‘deber ser’, no compraba ninguno de los mandatos a la moda, no importaba del tipo que fueran y ni siquiera los que luego vinieron del lado de los militantes, como en el caso de no leer a Borges”. Para esa época, ya había participado de las luchas por "la laica o la libre", siendo uno de los promotores de la toma de su colegio. Luego, terminado el secundario, logró ingresar a la escuela de cine de La Plata -cuando eran muy poquitas las vacantes-, pero la combinación de trabajos y distancias le impidió continuar ese camino. Entre ser psicólogo o sociólogo, prefirió esto último porque, decía, “los problemas parecen ser personales pero, en definitiva, obedecen a causas sociales”.

Se mantenía trabajando en la biblioteca de la antigua Facultad de Filosofía y Letras, y fue allí donde conoció a Mirta Misetich. Un compañero de militancia, destacó a Mirta por su valor y por su piedad, y una de sus primas -con la que compartió niñez y adolescencia-, la recordó linda y risueña. A Pablo le gustaba la alegría de su compañera, y cuando lo consultaban por qué Mirta entre tantas novias, contestaba: “Yo soy muy feliz con mi gordita”. Por su último trabajo como ejecutivo de una multinacional, hay quienes se confunden y sitúan a Juan Pablo dentro de los jóvenes de la clase media que se “peronizaron” al calor de las luchas por el retorno de Juan Perón a la Argentina. Debe haber sido, en la historia de Gillette, el único gerente que cuando podía bajaba a matear con los laburantes de la caldera.

En realidad, Juan Pablo nació y se crió, desde la separación de sus padres (Olga Maestre y Eusebio Dojorti, más conocido por su seudónimo artístico: Buenaventura Luna), en un hogar muy humilde que pasó por muchas privaciones y estrecheses, aún dentro del marco del primer gobierno peronista que, pese a su formidable obra de redención social, no podía llegar a todos los hogares al mismo tiempo. Su madre lo llevaba a las grandes movilizaciones de la época, como la que reunió en Retiro a un millón de argentinos esperanzados con la nacionalización de los ferrocarriles. También acompañaba a su madre cuando intentaba verla a Eva Perón para solucionar alguna necesidad: en una de esas oportunidades, Evita tuvo un gesto de mucha ternura para con Pablo, pasándole su mano por la cabeza. (No decimos nada nuevo, ¿no? Pero es por cosas como estas -desde las nacionalizaciones hasta la cercanía física y anímica con los líderes del pueblo- que un angustiado Lanusse se preguntaba cómo era posible que la Argentina no pudiera parir otro mito y otro liderazgo distinto del de Perón).

Es decir que por origen, por formación (la permanente “docencia política" de su madre, más sus lecturas posteriores), y por su propia mirada sobre el país y sus abismales injusticias, Juan Pablo Maestre era tan peronista como lo era su madre, como lo eran y lo son algunos de sus hermanos, y como también lo fue su padre. Al igual que éste, Pablo también tuvo una veta poética y musical que en su caso dejó, al decir de quienes las escucharon y cantaron, unas pocas pero bellas canciones. Se acompañaba con la guitarra, y al entonarlas tenía un timbre de voz similar al del Daniel Viglietti de aquellos mismos años. Cuentan sus amigos que en un famoso boliche de Buenos Aires (posiblemente "La Cueva de Fanny"), Mercedes Sosa escuchó cantar a Juan Pablo uno de sus temas. “Era una canción de cuna -anterior a que apareciese la de Nicolás Guillén-, y cuya letra hablaba de un nuevo amanecer, como figura poética del hombre nuevo. La Negra se la pidió a Pablo para cantarla. Pero, por alguna razón, no pudo ser”.

El “hombre nuevo” nos remite al tema de la revolución y del socialismo, las aspiraciones más sentidas para una generación que pensaba y actuaba solidariamente, y que “a pedradas y a tiros” hacía “reaparecer” a “la política desaparecida, cuya vida había subsistido sólo de manera subterránea”. Y agrega Pilar Calveiro: “Reaparecía, además, mutada en otras formas de politización y organización. La violencia militar comenzaba a reproducirse y a encontrar respuesta, también violenta, desde otros sectores de la sociedad”. En este sentido, la pertenencia de Juan Pablo a las Fuerzas Armadas Revolucionarias también es motivo de errores. Pablo compartía el concepto de su amigo y compañero Carlos Olmedo: “Los fierros pesan, pero no piensan”.

Era esta la idea que Pablo esgrimía siempre frente a los “fierreros”, cada vez que pretendía hacerles comprender que las decisiones políticas están siempre antes y por encima que los hechos armados. ¿Se lo puede pensar entonces como un intelectual? Sí, siempre y cuando se entienda que “el campo del intelectual es la conciencia”, y que esa conciencia no es una simple elaboración abstracta y meramente especulativa. ¿Se lo puede pensar como un hombre decidido a la acción? También, siempre que se entienda que ser audaz no es lo mismo que ser temerario, y que no perdamos de vista que sabía y asumió los riesgos a los que se exponía.

A través de esta lucha, como todas las del pueblo en su conjunto, Juan Pablo buscaba la liberación nacional de un país estancado desde la derrota del 55. Creía, en resumidas cuentas, que si las famosas “condiciones objetivas” no estaban dadas, pues había que crearlas. A este concepto, durante los años de la post-dictadura, se lo ha descalificado como mero “voluntarismo”, y hasta ha servido para volver a castigar, desde el estigma, a las víctimas del Terrorismo de Estado. Se ha pasado por alto que la gran mayoría de los militantes fueron perseguidos por sus aciertos, y no por sus errores. Como dirigente, Pablo conocía bien la diferencia entre voluntad y demencia y, como cuenta una compañera, fue un jefe práctico y cálido a la vez: “En una oportunidad, me invitó a comer en un buen restaurante y me dijo que teníamos que disfrutar del vino y de la comida y de cada buena cosa que nos diera placer porque no se sabía qué podía pasar. Despreciaba a la muerte, pero a la vez era muy sensato: una vez que me mandaban a hacer algo muy arriesgado y sin trascendencia, me dijo que no lo hiciera y levantó en peso a quien me había mandado. En otra ocasión, hicimos un operativo y terminé tan estresada que no llamé: estaba en cama con las piernas agarrotadas por los nervios, no podía ni moverme. Cuando él llegó y vio el estado en el que me encontraba, no se enojó: comprendía las cosas, no juzgaba”.

En la actualidad, al impulso vital del kirchnerismo y sus profundas transformaciones estratégicas, la voluntad ha retornado por sus fueros en el bagaje místico de dirigentes y militantes (¡Nunca menos!, cantan los jóvenes, y exigen: ¡Ni un paso atrás!). Para finalizar, digamos sin solemnidad pero con certeza, que Juan Pablo, siendo un hombre como todos, fue un tipo excepcional. Si lo extrañamos tanto será por las muchas veces en que, necesitándolo, ya no lo teníamos. Será que nunca te olvidamos, como nunca olvidamos a Mirta. Será que, como tantas y tantos compatriotas, seguimos exigiendo Verdad y Justicia.

Carlos Semorile (sobrino de Juan Pablo Maestre).

jueves, 30 de junio de 2011

El Niño Mauricio en El Callejón del Beso

En la ciudad mexicana de Guanajuato existe, entre otras maravillas que la singularizan, un callejón tan estrecho en el que casi se tocan los balcones de dos casas enfrentadas. Esto ha dado pie a una leyenda que habla de dos jóvenes enamorados, la española doña Ana, hija de un hombre rico, y Carlos, un pobre minero, seguramente mestizo, que alquilaba la pieza desde cuyo balcón podía estrechar y besar a la joven. La historia, situada en la época colonial, adquiere un giro dramático porque el padre de Ana descubre a la pareja en plena franela. Si el romance continúa, este hombre intransigente jura que matará a su única hija. Ana no considera que su señor padre sea capaz de cumplir semejante promesa, y a la noche siguiente vuelve a balconear fogosamente con el osado minero. El drama se convierte en tragedia cuando, de improviso, el papá de Ana se cuela en la habitación de la muchacha y le clava una daga en la espalda. Es el final: en su agonía, el brazo de la enamorada busca el contacto con su amado, y Carlos sólo alcanza a depositar un último beso en el dorso de su mano exánime. La del Callejón del Beso tiene, como toda leyenda que se precie de tal, variantes y agregados, pero básicamente consiste en lo que hemos relatado. Pese al auge de los puntillosos manuales para viajeros que de unos cuantos años a esta parte han saturado la industria del turismo internacional, quienes visitan El Callejón del Beso se hacen narrar la historia por alguno de los niños que ofrecen su sapiencia a cambio de unas monedas. Se trata de pibes pobres, chicos y chicas sin más escuela que la de haberse aprendido un cuentito que narran a una velocidad asombrosa. A mí me lleva más tiempo escribir esto, y a usted leerlo, que a estos gurises repetir de principio a fin el metejón de doña Ana con el pobretón de Carlos (lo acabo de reconfirmar en youtube, donde una dulce niña resuelve lo esencial de la historia en menos de un minuto y cuarto). Claro, necesitan contar rápido para pasar al siguiente cliente y así juntar la mayor cantidad de dinero posible. Pero no todos los turistas son capaces de seguirles el tranco, y entonces los interrumpen a mitad de la leyenda con alguna pregunta que les quiebra la continuidad narrativa. Es un momento crítico donde se pone a prueba la voluntad del pibe, que se esfuerza por satisfacer la demanda para no perder la propina, y la paciencia de quien preguntó. ¿Por qué? Porque los niños, que sólo saben contar la historia de una manera práctica y elemental, no pueden sino recomenzar el relato desde el inicio. Es como si alguien me interrumpiera ahora, y yo volviese a escribir: “En la ciudad mexicana de Guanajuato existe…”, etcétera, etcétera, y así hasta el final que me dispongo a escribir. Ahora bien: ¿qué tiene que ver todo esto con el Niño Mauricio? Aparentemente nada. Pero resulta que hace unos días visitó un programa de televisión donde fue consultado por sus renuencias al debate franco y abierto. La conductora le dijo: “Se habla de que sólo querés debatir con Filmus en TN (…) ¿Qué opinás?”. “Opino que debatir es un buen ejercicio…”, comenzó a contestar el Niño Mauricio pero fue interrumpido por Pamela David (no por Beatriz Sarlo, ¿eh?): “¿Y por qué elegís sólo TN?”. Contrariado, el Niño Mauricio recomenzó su argumentación diciendo: “Opino que debatir es un buen ejercicio”. Y ahí me acordé de aquellos pibes de Guanajuato. Como ellos, el Niño Mauricio también está cautivo de un relato aprendido para juntar la mayor cantidad de guita en el menor tiempo posible. Sólo que esos chicos son más dignos: la leyenda del Callejón del Beso no jode a nadie.
Por Carlos Semorile.

viernes, 24 de junio de 2011

También a De Narváez “se le ha acabado el castellano”

No es que uno le haya escuchado nunca formular una idea, o desarrollar un concepto. Tampoco se le conocen sutilezas verbales que hagan pensar que, dentro de ese “envase”, vive un pensamiento político. Lo suyo, en todo caso, es la astucia, el “empaquetamiento” para encajar en el nicho social más adecuado según venga la mano en cada comicio. Después del ex presidente Uribe, debe ser el colombiano menos “chévere” que nos haya tocado conocer. Francisco de Narváez empieza y termina en el posado “envaramiento” con el que pretende “llenar” las pantallas y, al mismo tiempo, petrificar el proceso que hoy protagonizan las mayorías argentinas. Su agravio a Néstor, lo sitúa en una suerte de ciénaga pre-comunitaria, en un vacío cultural tan alarmante como abismal. ¿Qué otro lenguaje es capaz de hablar un hombre en el que se dan cita y se articulan el odio con el resentimiento? El título de un libro (“Historia del Gorilismo desde 1810”, del chubutense Javier Prado) nos da la pauta de que el problema tiene raíces tan bicentenarias como nuestros intentos emancipatorios. Dice Norberto Galasso que José Fernando de Abascal, el virrey del Perú, atacó a la Revolución de Mayo en los siguientes términos: “Los americanos son hombres destinados a vegetar en la oscuridad y el abatimiento”. Frente a la ofensa, Mariano Moreno se encargó de responderle: “El gran escollo que no ha podido vencer la resignación de nuestros émulos es que los hijos del país entren al gobierno superior de estas provincias. Sorprendidos de novedad tan extraña, creen trastornada la naturaleza misma y empeñándose en sostener nuestro abatimiento antiguo como un deber de nuestra condición provocan la guerra y el exterminio contra unos hombres que han querido aspirar al mando contra las leyes que los condenaban a perpetua obediencia (…) El español europeo que pisaba América, era noble desde su ingreso, rico a los pocos años de residencia, dueño de los empleos y con todo el ascendiente que sobre los que obedecen ejerce la prepotencia de los que mandan. (Pero) sin que sea vanagloria podemos asegurar que hombres a hombres les llevamos muchas ventajas y podemos afirmar que el gobierno antiguo nos había condenado a vegetar en la oscuridad y al abatimiento, pero como la naturaleza nos había creado para grandes cosas, hemos empezado a obrarlas, limpiando terreno de la broza de tanto mandón inerte e ignorante”. Y refiriéndose a los yerros gramaticales del absolutista Abascal: “Estos vergonzosos errores en el idioma me recuerdan el axioma con que la gente del país describe el aturdimiento de un hombre asustado del cual dicen que ‘se le ha acabado el castellano’ y no es extraño que ‘se acabe el castellano’ a quien no ve muy duradero su virreynato” (Galasso, “Mariano Moreno, el sabiecito del sur”). Esta última observación, la de los límites de un idioma que no es capaz de pensar la sociedad para la cual habla, también debería servirnos para reflexionar sobre la necesidad que una comunidad que cambia tiene de un nuevo lenguaje que dé cuenta de esas transformaciones. Hay un resto del lenguaje, el que manejan los De Narváez o los De Ángelis, que asfixia al castellano en el “piélago estéril” de los asesores de campaña. Balbucean, aturdidos, porque temen el estertor de sus privilegios de siempre. No habría ni que decirlo, pero el hijo del ex presidente Raúl Alfonsín debería saber esto. Y hay un idioma, que va de Moreno a Cristina, que es reparatorio y que genera “la comprensión de que toda miseria es una injusticia”. Tratemos, aunque más no sea, de acompañar la brillante oratoria de nuestra presidenta con las palabras de quienes nos sentimos liberados de “la oscuridad y el abatimiento”.
Por Carlos Semorile.

jueves, 26 de mayo de 2011

Betty, la fea

El paso de Beatriz Sarlo por “6-7-8” arañó, siendo generosos, lo penoso. No es esta, de manera alguna, una pena compartida. Hay que decirlo de una vez por todas: a los Lanata, a las Sarlo, a los Sabat, no les importa un carajo que millones de argentinos pensemos distinto, y nos permitamos la esperanza y hasta, ya pasados de rosca, nos demos el lujo de creer. “La desconfianza -escribió Raúl Scalabrini Ortiz- es el estado afectivo más pernicioso para el hombre”. No lo dudemos ni un segundo: el negocio de estos “escribas” del sistema consiste en derramar baldes de bosta sobre el pueblo argentino. Buscan exterminar cualquier atisbo de autoestima comunitaria para vencernos -como también decía Scalabrini-, por “la extenuación, la desesperanza y la humillación espiritual”. Se trata de un claro llamado a desmantelar nuestros mitos, a desecharlos, y a producir un quiebre histórico que deje inermes a las nuevas generaciones de argentinas y argentinos. Si antes le tenían miedo al Néstor vivo, ahora le tienen pánico al “Néstornauta” que se ha arraigado en el corazón de la militancia. Y en el caso particular de Sarlo, ha demostrado que de la soberbia tampoco se vuelve. No puedo dejar de entrelazar estas líneas con el emotivo llamado que hiciera Roberto Caballero (director de Tiempo Argentino) para que “la historia la ganen los que escriben” la verdadera historia de este país. Lo menciono especialmente porque estoy convencido de que no nos asiste más el derecho a reproducir visiones colonizadas de nosotros mismos.
Por Carlos Semorile.

miércoles, 2 de marzo de 2011

El Sexenio de Nuestros Bicentenarios y el Derrumbe de los Negacionismos

Los argentinos vivimos días de una intensidad formidable, bienvenida para las mayorías, atemorizante para unos pocos. Puede pensarse que el año electoral es el nervio oculto de nuestras ansiedades, la traviesa fuente de las adrenalinas desatadas o por desatarse. Las expectativas, los deseos, y hasta los sueños de millones de compatriotas se expresarán en octubre en una jornada que entrará en la historia. Sin renunciar a la lucha, confiemos. Demos por descontada la ratificación del rumbo que nos ha sacado de la postración y el abatimiento. Los que hoy están de pie no van a rendirse al palabrerío hueco, abstracto y sin espíritu de los mercaderes de nuestro patrimonio social y cultural. Confiemos, pues, sin renunciar a la lucha. Porque la pelea se prolongará más allá del triunfo de octubre, y nos seguirá llevando hacia el denso y muchas veces oscuro drama de cada día. Seguiremos inmersos en esta magnífica batalla cultural que reclama todo de todos, en un esfuerzo descomunal que -si pudiésemos verlo con perspectiva histórica- nos daría la exacta dimensión de nuestra valía, de lo que somos y de lo que aún podemos ser. Hete aquí el formidable despliegue de intensidades políticas en el que estamos jugados al menos tres generaciones que luchan por su redención. Si hemos de bucear en el origen de nuestras ansias que vacilan entre el temor y la esperanza, habrá que remontarse hasta el escondido pliegue en donde anida todo lo malamente inculcado y aprendido. Aunque los hechos están a la vista, hay que saber mirarlos. Una machacante propaganda de desánimo se interpone entre la realidad -sustantivamente mejorada- y el alma atónita de quienes quieren creer pero todavía no se animan. Ese es el núcleo duro al que no llegan las estadísticas, ni se deja impresionar por las realidades más contundentes e irrefutables. Sobre esa argamasa de “incredulidad mezquina” trabaja el negacionismo de los exclusivistas, de los dueños de la avaricia. ¿Qué es el “negacionismo”? Técnicamente, consiste en difuminar la verdad de todo un período social hasta lograr borrar los crímenes históricos de la memoria colectiva. Sus exponentes modernos han sido los negacionistas del Holocausto, y antes los del Genocidio Armenio. No precisamos irnos tan lejos pues aquí los conocemos de sobra, y en los juicios por los crímenes de lesa humanidad se les escucha lamentarse de haber ganado la batalla de las armas y haber perdido la guerra cultural. Efectivamente: si deben sentarse frente a tribunales imparciales, ello ocurre porque no pudieron derrotar las reservas de memoria y coraje de vastos sectores de la sociedad argentina. Hoy están abandonados a su suerte por quienes usufructuaron sus servicios, o sea las mismas clases acomodadas que defienden, negacionismo mediante, sus enormes privilegios. Es negacionista el terrateniente sojero que esconde el crimen de la trata, y también lo es la empresaria textil que terceriza la confección de sus prendas en infectos talleres donde se pudren gentes de nacionalidades y colores que detesta. Las inspecciones de los organismos oficiales registran abundantemente la esclavitud y el sometimiento, pero ellos seguirán negando que “había un olvido tan grande de sus personas, de su necesidad, de su pobreza”, que “había un olvido tan grande casi de su biología”. También abrevan en las aguas del negacionismo las empresas de todo tipo que no le brindan la protección adecuada a sus trabajadores, las que les pagan en negro y/o no realizan los aportes jubilatorios de sus empleados. Cometen un crimen que se cobra vidas, y que se traga el capital que los humildes ganaron con el sudor de su frente. Pero la oligarquía se amucha en poderosas cámaras empresariales, y desde allí niegan que los aumentos de precios tengan por objeto maximizar sus ganancias y desbaratar los aumentos del salario mínimo. Por su parte, los exportadores agrícolas y ganaderos continúan y continuarán negando que sea criminal exportar las proteínas que necesita el pueblo argentino. Todos ellos, grandes ruralistas, industriales de peso, colosales exportadores y especuladores de toda calaña, necesitan y han encontrado socios impensados que también contribuyen a sus atropellos. Estos actores subalternos (entre ellos algunos sindicalistas y medianos productores agrícolas), cooperan con la fábula negacionista, más que como socios, como partícipes necesarios de una estafa mayúscula a sus representados. Pero estos poderosos no han ganado una elección en su vida, y allá va la oposición servil a poner la jeta con la ilusión intacta en el eterno retorno del neoliberalismo. Tampoco alcanza: el fantasma del helicóptero rampante espanta hasta al más crédulo. Aparece aquí, por fin, el aparato mediático que ha construido y mantenido en pie todo el andamiaje del negacionismo, empezando por sus propios delitos que forman parte del genocidio de los argentinos. Este monopolio de los medios se basa en la negación de que su existencia misma representa la imposibilidad de reconocernos en nuestra pluralidad. Es como vivir en una casa que en lugar de espejos tiene pósters y, entonces, en vez de saber quiénes somos, nos obligan a tratar de “igualarnos” a lo que se supone es un ideal superior. Si en plano personal “no hay deseo más doloroso que el de ser diferentes de quienes en realidad somos”, no es tan distinto en el plano colectivo. Y es ciertamente un crimen comunitario (negado siempre por todos los negacionistas) el intentar apartarnos de nuestra matriz cultural mestiza. Acaso los festejos del Bicentenario hayan significado un primer golpe de gracia para los dispositivos que formatean la sumisión y el menoscabo de todo lo propio en beneficio de lo ajeno. Aquella fiesta maravillosa nos acercó a sentir lo que en realidad somos cuando somos nosotros mismos, cuando nos reconocemos en nuestra historia olvidada, cuando apelamos a nuestros propios recursos, cuando actualizamos las potencialidades que nos adormecieron adrede. Pero es preciso asumir que estamos viviendo el Sexenio de Nuestros Bicentenarios, que en 2013 deberíamos celebrar el Bicentenario de la Asamblea del Año XIII sin esclavitud de ninguna índole, y que en 2016 tendríamos que festejar el Bicentenario de la Declaración de Independencia libres de toda sujeción a los intereses de las potencias extranjeras. El derrumbe del negacionismo, de todos los negacionismos históricos y presentes, bien podría ser el legado del Sexenio de los Bicentenarios. Porque -como dijo Cristina ante la Asamblea Legislativa- “estamos en la etapa de la construcción de certezas”, y necesitamos que junto a las represas, los gasoductos, las centrales nucleares y eléctricas, los caminos, los parques industriales, las fábricas, los talleres, el empleo, la salud, la educación y la reparación de cada injusticia, todas ellas certezas fácticas, conquistemos también la plenitud de nuestras certezas espirituales, tales como el derecho a la esperanza y a la fe en los hombres y mujeres de la Patria. Hemos salido de la mentidera del inculcado autodesagrado argentino y podemos -y debemos- sentirnos orgullosos del país que entre todos vamos construyendo, esta vez sí, para todos.
Por Carlos Semorile