lunes, 6 de marzo de 2017

El Inglesito



Insisto: hay que cuidarse –y mucho- de esos documentales de la BBC que te muestran la barbarie para seguir vendiéndote la civilización. Ayer por Encuentro enganché el final de un viaje que un muchacho, Simon Reeve, hace por el Océano Índico. Más precisamente el episodio donde retrata todos los horrores de Somalía (terrorismo islámico, migraciones internas, sequías, hambrunas, desgobierno e inseguridad –tanta que usaba unos calzoncillos anti perdigones-), para luego trasladarse a Somalilandia, un antiguo “protectorado” británico que es, obviamente, un invento y que no está reconocido por las Naciones Unidas. Pero al buenote de Simon esto no le interesa en lo más mínimo porque aquí sí hay orden y control: le sellan el pasaporte (“¿Cómo que Somalilandia no existe?”, dice sonriendo a cámara), funcionan los servicios, y en plena calle le dan una carretada de dinero a cambio de unos pocos dólares.   

Cualquier argentino nacido después de 1930 sabe que semejante “tipo de cambio” significa que esa economía es un dibujo: nadie en su sano juicio daría dos mangos por un país cuya moneda ha llegado a tan calamitoso estado. Pero Simon encuentra gracioso que le den una carreta llena de guita –y un morocho para cargarla- a cambio de un par de billetes verdes. Luego visita una cárcel porque en Somalilandia existe la ley –no como en Somalía-, y los piratas que pululan por los mares somalíes acaban entre rejas y cumplen sus condenas. Y el final es antológico. Algun@s ya lo habrán adivinado: hay una ONG que se encarga de los chicos pobres y jodidos por la guerra, y Simon los lleva a ver el mar por primera vez. El paupérrimo lenguaje que usa con sus protegidos, los grititos que pega, las arengas superficiales, y todo ese repertorio motivacional vacío y trucho me hizo acordar mucho a alguien que no quisiera mencionar. La BBC ha hecho escuela: sus presentadores venden humo y los gatos maúllan.

Por Carlos Semorile.

jueves, 9 de febrero de 2017

Claroscuro



(Este escrito, como la película que analiza, ya tiene sus añitos, y hace foco en el malestar de aquellos que realmente sufren. También habla de los que hacen sufrir, sea por vileza o perversión. En todo caso, se trata de cómo reintegrar los fragmentos estallados de una identidad que persevera en ser ella misma. En este sentido, lo rescato pensando en el post-macrismo. Y en que debemos dejar de hablar de la supuesta “locura” de quienes cada día nos degradan y fragmentan).

Scott Hicks, el director de la formidable “Shine”, sintetiza temática, desarrollo y algunos de los planteos de su film: “Shine es el viaje que emprende David para definir su individualidad, pues, debido a su carácter, le cuesta distinguir dónde ‘acaba’ él y dónde comienzan los demás. Por ese motivo ‘fluye’ alrededor de los otras personas, como su fuera un susurrante río de palabras que sólo estuviera definido por su virtuosismo. Puede que el don del prodigio nazca con el riesgo inherente de que una pequeña parte de la personalidad se desarrolle excluyendo otros elementos que forman parte de una persona completa”. Ya la primera escena nos informa que David es ese discurso inconexo, mediante el cual busca integrar aquello que se ha desarticulado: una idea clara de quién es él, un sentido preciso del Yo. Manifiesta, eso sí, una voluntad: volver a ser “distinto”, como si aún en el centro mismo del desmembrado caos de la esquizofrenia, se supiera diferente a los demás. Entonces, en principio, identidad versus diferencia pareciera ser uno de los ejes sobre los que se desenvuelve el “viaje de David”.

Cuando comienza el racconto, conocemos en pocos pero poderosos trazos a Peter -su papá- y al tipo de infancia que, a la sombra de ese Padre cuasi mítico padeció David. En efecto: Peter, más dueño que padre de sus hijos, nos recuerda al Cronos de la Teogonía, aquel dios de “mente retorcida” que se tragaba a sus vástagos pues temía sucumbir a manos de éstos. Su madre es un pálido vegetal silencioso, casi un hijo más de este señor arbitrario y orgulloso que dirige con mano férrea los destinos de esa familia de judíos emigrados a Australia tras la Soha. David no sólo se halla inerme ante los súbitos estallidos de violencia de Peter, sino que carece de elementos como para desarmar el engañoso divorcio entre Afecto y Representación; en síntesis: el tipo está más jodido todavía porque nadie sale indemne de este zangoloteo donde, por un lado, el papá le hace creer que lo quiere hasta la adoración, pero -por el otro lado- su lugar en el mundo está pensado como una mera revancha de antiguas frustraciones y arcaicos resentimientos. En este sentido, es perfectamente lícito discutir con Hicks si esta dificultad para distinguir dónde “acaba” él y dónde comienza el mundo es algo atribuible -así, sin más- al carácter de David. En todo caso, lo que sí parece quedar en claro es que aquí se problematizan los lazos entre carácter e infancia, ó cómo a determinado padre, corresponde determinado hijo -si lo decimos suave-, ó, si nos dejamos de vueltas, cómo la enfermedad del padre, enferma al hijo.          

De entrada nomás tenemos un planteo redondo donde el padre necesita del hijo para sustentar una identidad amenazada por la disgregación (su propia desgraciada infancia primero, el Holocausto luego, el exilio y la pobreza más tarde), y donde el hijo “asume” -desde la indefención que dan el amor y la ingenuidad- un traje de plomo, una máscara asfixiante. No es extraño entonces que este hijo varón sea el bien más preciado que posee este padre, ni que David compre el mandato del triunfo cuando de ello parece depender tanto el racionado afecto que recibe, y hasta su propia supervivencia. De este modo “el prodigio” deja de ser la expresión natural de una sensibilidad exquisita, para convertirse en un mero medallero al servicio de la menguada autoestima paterna. El talento del chico se resignifica según el cuestionable criterio del “hombre de acero” y, paradojalmente, lo artístico -con su cuota de belleza y armonía- se pone al servicio de una lucha sin cuartel donde a los gusanos hay que aplastarlos sin miramientos (pero, ¿cómo?: ¿este hombre no supervivió a los campos nazis?). De tal modo, aquello que es propio de David queda subsumido en una confusa identidad mayor, pero que no le pertenece: la familia -un concepto vago e indescernible de la figura del propio Peter- es un magma de endogámicas certezas que coagula cualquier intento por alzarse con la propia diferencia (el padre, único dios de aquel panteón doméstico, ni siquiera consiente en permitir -conciencias adentro- la libertad de culto).     

Con su mundo interno escindido en dos mitades aparentemente irreconciliables, los encuentros de David con el mundo externo confirman y refuerzan esta dicotomía primigenia. Así, lo masculino (aún en su variable más flexible e interesante, el profesor Parkers de la Real Academia de Música de Londres -lo más parecido a un artista que le toca en suerte de entre sus profesores-) siempre “exige” más de su talento. Los varones adultos del film entienden al mundo como un escenario de cruel antropofagia, y valoran las capacidades de David en la exacta medida en que éstas cumplen las metas propuestas, sin importar que en el camino aquél se infantilice y se ausente del mundo como tal. Lo masculino, paradojalmente, priva a David de aquellos saberes e instrumentos que la cultura relaciona con su género, y lo coloca en la posición de no poder resolver ninguna cuestión práctica. En tanto, David tiene un primer acercamiento con una figura femenina exogámica, la escritora Katherine Prichard, que es la contracara de estos hombres volcados darwinísticamente hacia la exterioridad. Con su vida dedicada a los libros, y organizada en torno al retiro y al silencio, Katherine lleva una existencia reflexiva -pero plácida- que parece ponerle “pausa” al torbellino mental que comienza a acuciar al muchacho. La nueva paradoja es que este mundo femenino -de fluido contacto con una interioridad apasionada y sensible- es el responsable de que David junte el coraje necesario para seguir los dictados de su corazón, y sorteando las amenazas del padre (que cubren el arco que va desde la extorsión hasta los bifes) se encamine hacia el extranjero -que es asimismo el primer gran punto de giro de su vida, y de la peli-.       

El estudiante David, lejos del hogar y lejos de su amiga Katherine, es ya un río de palabras (aunque no susurrantes, todavía) en perpetua búsqueda de confirmación, guía, y sustento moral. Embarcado tras la conquista de un logro que lo valide ante un padre que le ha cortado los víveres emocionales, el joven se somete gustoso a las intensas jornadas en las que su maestro Parkes (alguien a quien también le falta una mitad) intenta trasmitirle -masivamente, podría decirse-la técnica con la cual afrontar el compromiso de tocar el concierto N° 3 de Rachmaninov en el certamen anual de la Academia. Esta complejísima pieza une, como en un tejido, a todos los varones del film -incluido al obviamente ausente Rachmaninov-; de adelante para atrás: Parkes, cuando aún contaba con sus dos brazos, la interpretó para el autor y lo hizo tan bien que le tocó el alma; el cazatalentos Rosen, al parecer con buen tino, se niega a enseñársela al David niño por considerar que un pendex no puede comprender el tipo de pasión que la pieza expresa; y para el padre de David representa un límite infranqueable, un hasta aquí llegué que le obliga a poner la educación musical de su hijo en manos de un extraño. En suma: cuando David se prepara como un poseso a rendirle tributo al padre, le llega la noticia de la muerte de Katherine, aquella mujer que ordenaba el mundo con sus palabras, la que fuera su amiga y confidente, la única persona en el planeta con la que podía comunicarse y entenderse como lo hacen aquellos que son y se saben distintos.

Las condiciones objetivas conspiran contra el propósito de David de ganar la competencia; es más, no pueden ser peores. El padre ha decretado su destierro y se niega siquiera a recibir sus cartas, la amiga que le ordenaba la azotea lo deja sin sus esenciales palabras, y en medio de este caos emocional y mental se dispone a dar un salto sin red donde precisa de todas sus fuerzas para domar -a un tiempo- el instrumento y la partitura. Se emplea a fondo en la tarea, se entrega como nunca antes con explosiva fiereza, y hechiza al auditorio con su interpretación. Pero mientras esto sucede “afuera”, en el interior de su mente algo se resquebraja; no escucha música sino sonidos sordos. ¿Son los gemidos de un piano sometido a una increíble presión, o el retumbar de un cerebro que se precipita hacia el colapso? Finalizado el concierto, cae redondo sobre el escenario. David paga “cash” los costos de congratularse con el padre (a la par que lo supera), y comienza a transitar la paradojal situación de los que “al ganar, pierden” (la salud en este caso: a su castigado cuerpo que acaba de derrumbarse como si saliera de una “descarga” eléctrica, no tienen mejor idea que volver a conectarlo al tomacorriente). Cuando David regresa a Australia, llama a su papá (al que -lo que son las cosas- nunca dejó de querer), y el silencio de ese hombre gélido le confirma que se ha quedado solo en el mundo. De modo que, en lo que podría pensarse como un punto de giro “en reversa”, David ingresa al hospicio.

En la internación, el río de palabras de David se vuelve -ahora así, catatonia mediante- susurrante, y es que los interlocutores, reales o aparentes, lo han abandonado. Pero además se torna incesante como si buscara restituir, mediante la letanía de la palabra y el discurso, un entramado que vuelva a articular sus fragmentos dispersos. Si el mero hecho de nacer obliga a adquirir dosis parejas de plasticidad y firmeza como parte de lo que -muy alla Manolito- podríamos llamar “el desarrollo de la personalidad”, puede que Hicks esté en lo cierto cuando sugiere que el don del prodigio supone un “plus”, unas horas extras existenciales al momento de conseguir lo mismo que el común de los mortales. El riesgo, sin embargo, no parece consistir en que una pequeña parte suplante al todo; o sea: el genio al mando de una nave a la deriva (en todo caso ése parece ser el proyecto de Peter, donde él -como padre- decide la “deriva” de la vida del hijo, entendiendo deriva en su acepción marina de “desvío del rumbo propio“). El riesgo, al menos en este caso, más bien parece consistir en que no haya un continente adecuado para que ese plus de “genialidad” pueda plasmarse saludablemente. Lo saludable sería que esa “talentosa” diferencia no quede inexpresada, para lo cual necesita de un encuadre (encuadre en sentido amplio: un continente que abarque desde lo técnico hasta lo amoroso) para evitar que la -llamésmole- “sobrecarga” estalle y se desperdigue amorfamente. Pero aquí no se dan ni la firmeza de una estructura que contenga, ni a la sensibilidad se la deja fluir para que -plásticamente- entrelace los elementos más contradictorios de la psiquis. La consecuencia es la dispersión de una mente sin puntos de referencia; ni medianía ni genialidad, pues dichas posibilidades se anulan mutuamente: nada se subordina a nada, todo se caotiza y se fragmenta.

Si por momentos David nos recuerda a un “stiker”, es debido a que su “no-personalidad” busca constantemente definir contornos mediante el contacto con los otros. Algunas de esos otros son, afortunadamente para David, minas. Y no sólo por lo mucho que le gustan las meninas, sino por aquello de que su sensibilidad “conecta” mejor con el mundo receptivo de las mujeres que con el mundo intrusivo de los hombres. Un par de ellas lo ayudan de modos diversos, que en un caso supone conseguirle el hotel que lo alberga, y da la causa-casualidad que en su habitación hay un piano. David recorre las teclas noche y día como un demonio, lo que termina por agotar a sus ocasionales vecinos y obliga a que el conserje se lo clausure con llave. No importa: ha sido suficiente como para que el punto de fijación que lo llevó al ocaso, pueda ser virado en el punto de giro que le permita encontrar una salida a la medida de sus actuales posibilidades (y conviene recordar que los psiquiatras de la institución le tenían prohibido tocar). De tal suerte, David se propone “volver a ser distinto” tocando el piano a como dé lugar. En el salón del restaurant Moby´s, él se conecta con la música como quizás nunca antes (y hasta suena raro hablar tan poco de música en una peli que cuenta la vida de un músico): por primera vez hay gozo en vez de sacrificio, libertad y no competencia, alegría antes que obsesión por el triunfo.

Tras sus entradas, el tipo se pasea por entre las mesas como un dandy; los tipos lo admiran, las chicas lo besan, es querido por todos, odiado por nadie; tiene su pisito en los altos del boliche, y los fines de semana los pasa en la casa de su amiga, la mesera Silvya; se gana su salario con el sudor de la diestra y la siniestra, y hace lo que le gusta: en resumidas cuentas, la vida le sonríe. Un diario local publica una nota de color en la que da cuenta del “resucitado” fenómeno, y Peter -papá corazón- intenta una movida que le será fatal. Se le aparece de sopetón al buenazo de David -lo deja casi albino del susto-, le soluciona un conflicto con una lata de conservas, y se cree con derecho a recordarle que es un tipo afortunado como pocos (claro!, como no fue a él al que internaron...). Además tiene el tupé de intentar re-engancharlo con el gastado verso del abuelo injusto y aquel violín que terminó sus días en el fango. Pero David ya no come vidrio, y dándose la vuelta -física, concretamente- nos introduce en el segundo punto de giro de la peli: al negarse a recordar un hecho que pertenece a la memoria emotiva de su padre pero no a la propia, abandona aquel mundo paterno donde sus dones estaban al servicio de una idea descabellada del mundo, una idea enfermante en la que los hijos son una réplica de los padres. Cuando David vuelve a darse la vuelta, ya el padre ha abandonado la habitación: la paradoja entonces de los que al perder, ganan. David recoge del suelo la medalla que su padre dejó caer (si no posee al hijo, tampoco sus logros le pertenecen), y desde la ventana de su cuarto -con el fruto de su trabajo entre las manos- despide cariñosamente a una figura abatida. Caen las máscaras, y tras la inexpugnable fortaleza de un hombre sin fisuras, se revela la inconsistencia de una identidad que necesitaba del hijo como soporte y proyección; y del otro lado, tras la apariencia de una fragilidad inoperante, se revela una inmensa capacidad amorosa que -ante la posibilidad del rencor o de la furia- se conduele del dolor ajeno.

¿Qué le está faltando a esta historia? Pues claro, manito, un tantito así de romance, unos besitos, algún arrumaquito sincero. La mesera Silvya recibe la visita de una amiga de Melbourne, la astróloga Gillian, una mujer que no quiere apurarse en darle el sí a su pretendiente asesor de inversiones (que le regaló un anillo que equivale, pongásmole, como a cien salarios de la categoría 1A de la administración pública). La no convencional Gillian parece “saber llevar” al casi disfuncional David, poniendo en orden sus pensamientos como antes lo hizo Katherine, o simplemente calmándolo en sus estados de frenesí. De hecho lo ayuda a escribir la carta que lo vuelve a conectar con la única figura masculina rescatable de su pasado (el maestro Parkes de la Real Academia), o lo acompaña a escuchar -y disfrutar- a Roger, su antiguo rival de las competencias locales de piano. Cuando esta mujer “diferente” está por regresar a Melbourne, el impulsivo David le propone casamiento; ella le dice que sería poco “práctico“, y él le sugiere que lo consulte con las estrellas. Cosa que ella hace al llegar a su casa: primero queda pasmada ante la carta natal de David, y luego saca una “combinada” (técnicamente una sinastría entre la suya y la de él). Con las dos cartas ante sí, Gillian se quita el anilllo que la ligaba a la lógica de la practicidad mundana, y hace lo que poca gente dentro del gremio se atreve a hacer: le da bola a lo que “ve” en el mandala, y se casa con David y con el “misterio”.

¿Una boda un tanto “loca” y final feliz? No. A partir de aquí, es donde justamente la peli de Hicks consigue escapar -siguiendo sus propias palabras- “de las estructuras de diagnóstico, terapia y clínica, es decir las constantes de la película de la semana que pasan por la televisión”. En las escenas finales se hace evidente que este hombre de peculiar talento que tanto se parece a un niño, nunca volverá a ser aquello que jamás fue: una persona de las llamadas “normales”. Necesita, por ejemplo, que Gillian le marque el tempo que puede permanecer en el indiferenciado mundo acuático (“nada La Campanella, y después sales”), o que le junten y sequen la partitura con la que él se metió en la piscina. Algunas de sus facultades han quedado dañadas, y ello es irreversible; no pocos psiquiatras lo volverían a internar si estuviera en sus manos.

Sin embargo, esa misma persona es ahora capaz, en diálogo con su esposa, de pensarse a sí mismo en los siguientes términos (del guión original): 

Gillian: Lo que había allí sigue estando en tu interior.
David: ¿En serio, querida Gillian? ¿Está ahí? ¿Lo puedes ver?  
Gillian: Por supuesto.
David: Ja, ja, ja. Gillian puede verlo, pero nadie más puede hacerlo porque piensan: “Oh, pobre David, pobre desgraciado. Dios no lo ayudó”. Lo sé, pero lo sé porque he vivido aquí siempre, dentro del interior lesionado...

Hay que pensar que quien así habla, es la misma persona que al inicio se burlaba sarcásticamente de su apellido (Helfgott: “con la ayuda de Dios”), y que consideraba la historia de su propia vida como una “tragedia ridícula”. El “viaje de David”, es entonces el viaje de una conciencia que aprende a mirarse desde un lugar propio, no contaminado por los nauseabundos dictámenes que vienen del “pozo del pasado”. Nunca falta el distraído que piensa que el “shine” del título alude a los espejitos de colores de la fulguración mediática. No; el “brillo” es más bien un recorrido antes que un estado. Es el camino que lleva a que el “interior lesionado” pueda salir a la luz, y hacer su peculiar aporte al conjunto de la experiencia vital. La maravillosa escena final es mucho más que la “cúspide” de un winner que supera aquella inmovilidad del niño de las primeras escenas: es el epifánico instante en que un ser reúne sus fragmentos estallados, los integra del mejor modo posible, y le es dado tener un encuentro verdadero con los otros, con el mundo.        

Por  Carlos Semorile.

martes, 7 de febrero de 2017

Frantz



Cuando empieza la peli, el Frantz del título ya está muerto y enterrado, pero no precisamente en su germano pueblo natal donde una falsa tumba recibe las flores de quien fuera su prometida, Anna. Y también, oh sorpresa!, de un joven francés, Adrien, que dice haber sido su amigo en el París “de antes de la guerra” (la del ´14). Tras finalizar la contienda el horno no está pa´ bollos, y no está bien visto que un franchute ande dejando flores en el sepulcro de un soldado alemán. Los mayores del pueblo se encrespan, pero los padres de Frantz necesitan escuchar aquello que Adrien pueda contarles de su hijo, e inclusive alientan a Anna para que vaya a un baile con el misterioso forastero.

A partir de aquí, seguir contando los sucesos del film sería una turrada. Deben verla, y no porque sea una reelaboración de “Remordimiento”, de Ernst Lubtisch, o porque se trate de la nueva cinta de François Ozon. Sino porque todo lo que van a leer por ahí –que es una peli sobre la culpa y el perdón, que trata sobre las identidades dislocadas, que pone en escena un cuadro de Manet y deja reverberando complejas cuestiones sobre el deseo de morir y el deseo de vivir, que hace un uso exquisito y adecuado tanto del blanco y negro como del color-, sino porque todo eso y mucho más pasa por los rostros de Paula Beer y de Pierre Niney. En sus ojos se pueden leer la incertidumbre de unas vidas, y aquello que llamamos encuentro o destino, dicha o tragedia.

Por Carlos Semorile.

sábado, 10 de diciembre de 2016

DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE (Sepan disculpar las involuntarias omisiones…)



De un año a esta parte, la única certeza que tenemos las argentinas y argentinos es que cada día nos espera una nueva calamidad. Todo comenzó del mismo modo en que iba a continuar y aún continúa: con un atropello constitucional para impedir que se produjese el normal traspaso del mando de Cristina a Macri. Casi de inmediato, el gobierno de los Ceos intervino la AFSCA, y se dedicó a pulverizar la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual para impedir cualquier crítica con las medidas que estaban a punto de tomarse, e inclusive disciplinar aquellas voces que tímidamente se atrevieran al disenso. Por esos días, y también en flagrante violación a las leyes, se pretendió hacer entrar por la ventana a dos nuevos miembros de la Corte Suprema de Justicia. Luego, estos mismos paracaidistas lograrían sus pliegos merced a la Cámara de Senadores convertida en corte de los milagros.

Otras de las urgencias del staff empresarial que nos desgobierna fue liberar el tipo de cambio, y en un abrir y cerrar de ojos el dólar alcanzó el mismo valor que tenía en las cuevas desde las que siempre se produjeron corridas cambiarias de tipo destituyente, cuando no directamente golpista. Como cualquiera podría haber previsto, un dólar a casi 15 pesos trajo consecuencias inmediatas en el precio de alimentos básicos de la canasta familiar (recuérdese el aumento del pan y el aceite), y afectando la capacidad de consumo de las familias argentinas. Al unísono, derogaron el mal llamado “cepo cambiario”, y anunciaron que desde ese momento cualquier ciudadano podía comprar tres millones de dólares mensuales. Y ese tipo de cinismo (aumentar la carne y hablar de la libre disponibilidad de divisas) sería su única coherencia conocida.

También corrieron, con presuroso afán, detrás de las demandas de los fondos buitres, contradiciendo todos los manuales del buen negociador (así se trate de una permuta de trigo por gallinas), y al mismo tiempo se interesaron en denominar como “holdouts” a nuestros esquilmadores. Y, en la misma línea de cumplir con los compromisos realmente asumidos ante sus mandantes, no dejaron pasar casi nada de tiempo antes de suprimir las retenciones a la minería y a la producción agropecuaria, especialmente a la soja. El verdadero agujero negro que semejantes medidas le producían a las arcas públicas, comenzó a ser saldado con toma de deuda a un ritmo escandaloso, superando incluso las insultantes cifras que la Dictadura Militar-Empresarial descargó sobre las espaldas del pueblo argentino. Y ello con el acuerdo de quienes, desde el Parlamento, traicionan no ya a un partido o una líder, sino a la Patria.

Mientras en los despachos de quienes están de los dos lados del mostrador se pergeñaban una serie de tarifazos descomunales (que irían acompañados de “consejos” a la población que fueron verdaderas provocaciones), comenzaba una oleada de despidos masivos en el sector privado y también en el sector público, estos últimos  acompañados de una persecución ideológica inédita en más de 30 años de democracia. Revisión de los perfiles que los empleados tienen en las redes sociales, elaboración de listas de indeseables, allanamientos nocturnos (al mejor estilo Grupo de Tareas, con puertas demolidas a patadas) en los domicilios de jóvenes funcionarios del gobierno anterior, fueron algunas de las directrices que se autoimpuso “el equipo del diálogo y del consenso”. El revanchismo tomó la forma de la acechanza, y se determinó que las fuerzas de seguridad se dedicasen a la cacería del disidente.

Y esto fue así desde un inicio: el 10 de diciembre de 2015, la Guardia de Infantería reprimió a los trabajadores bancarios, a quienes impidió la llegada a la Plaza del Congreso. Poco después, cobraron los estatales de La Plata y en esa misma ciudad varias mujeres de organizaciones sociales fueron baleadas cuando reclamaban por trabajo y comida frente a la gobernación. Casi enseguida, los militantes del CC Batalla Cultural de Olivos fueron desalojados a los golpes, privados de la libertad y torturados en una comisaría (meses más tarde, cuatro de ellos serían perseguidos y baleados en un rocambolesco e injustificado hostigamiento policial). Hay que recordar también al pibe baleado en una murga, el secuestro del hijo de una dirigente de ATE, los muchos locales atacados en diversas ciudades, las dos militantes baleadas en Villa Crespo, y la muy dudosa muerte de un dirigente de la comunidad senegalesa.

Entre tantos hechos -que, dicho sea de paso, nunca son ni investigados ni esclarecidos-, hubo desde detenciones de simples gentes de a pie que pretendían manifestarse frente al presidente o sus ministros, o aprietes por llevar un cartel y/o cantar en un tren, hasta importantes represiones como la ocurrida en Rosario durante el ¡privatizado! acto del Día de la Bandera, o la de ayer mismo en Córdoba capital, todas acaecidas bajo la misma idea de que los actos públicos se desarrollen en un clima de “total normalidad”. Sólo que dicho espejismo oculta la formidable persecución de que es objeto la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner -y miembros de su gabinete-, así como el intento (desbaratado por la movilización popular) de arrestar a Hebe Bonafini. Claro que aún persiste la injustificada detención de Milagro Sala, a la que ahora viene a sumarse el asesinato en prisión del hijo de uno de sus colaboradores.

Sería injusto no mencionar el fenomenal levantamiento popular que se produjo desde antes de la derrota de noviembre, y que se continuó en cientos de plazas autoconvocadas, plazas que más tarde tuvieron una expresión algo más orgánica pero igualmente dinámica, y que contrastan fuertemente con la apatía y los vallados que signan los protocolares y abúlicos mítines de quienes llegaron al gobierno estafando al electorado. A aquéllas plazas le siguieron marchas y convocatorias cada vez más masivas, amén de cientos de movilizaciones de gremios, de sectores, de vecinos, todos ellos de alguna manera heridos o preocupados por políticas que los afectan directa e indirectamente: el alza constante de precios y servicios, la quita de beneficios y derechos, la caída del salario y el aumento desbocado de la inflación, el cierre o la desarticulación de programas sociales, la negativa a reabrir paritarias.

En cambio, el programa neoliberal en curso promovió a la apertura de las importaciones, con un olímpico desprecio por el trabajo, el esfuerzo y el capital social acumulado de los argentinos, y asimismo alentó el regreso de la tristemente célebre bicicleta financiera, dando paso a una fabulosa fuga de divisas. Se trata, en suma, de una inmensa transferencia de recursos que pasan, como por un tubo, del sector del trabajo al sector del capital y que también tiene su correlato en términos psicosociales pues este retorno al pasado, implica el retorno de la fragmentación, el abatimiento y la desdicha. Nada les interesa tanto a los enemigos declarados del pueblo argentino como verlo sometido por un yugo menos evidente, pero tanto más limitante que el de la esclavitud económica. La estigmatización de “la pesada herencia” es un objetivo primordialísimo de quienes cada día buscan ofendernos y humillarnos.

El gobierno de “los millonarios offshore” (en cuentas que primero no existen, luego un poco y al final se “blanquean”, incluyendo a los papis evasores), trabaja en dos direcciones que convergen: por un lado, el desguace de todo aquello que representa un avance en términos de desarrollo, capitalización e industrialización, con su correspondiente mejora en la vida de los trabajadores; por otro lado, la negación de toda la historia de luchas y conquistas del pueblo argentino. Negacionismo de los 30.000 desaparecidos, pero negacionismo a la vez de todo lo que representaron y representan los movimientos nacionales y populares de la Argentina. Uno podría hasta comprender la lógica por la cual parlamentarios, sindicalistas y gobernadores avalan la entrega del país a la usura despiadada del buitrismo de adentro y de afuera. Lo que no se entiende, como dijera Buenaventura Luna, es que sean dirigentes “sin Patria ni destino”. 

En síntesis, todo está en peligro, desde las situaciones personales (los indicadores de salud se deterioran a pasos agigantados), a las comunitarias (se desarticulan espacios o se los degrada), y las sociales (donde los medios continúan sembrando confusión, intolerancia, odio y violencia). Como dijera hace muchos años García Márquez: “Veinticuatro horas diarias de literatura periodística terminan por derrotar el sentido común hasta el extremo de que uno tome las metáforas al pie de la letra”. Entonces, y recapitulando: quienes habiendo sido engañados se empeñen en mantenerse como “monotributistas de la sordera” seguirán a merced del relato de los medios, y a quienes se animen a abandonar la colmena, los espera un puesto de lucha en esto que cada día se parece más al Diario del Año de la Peste. Y ese olor nauseabundo que usted percibe, es que nos están embadurnando con mierda.

Por Carlos Semorile.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Soñar cosas queridas



Hay una polémica olvidada en torno al “idioma nacional de los argentinos”, nacida al calor de un planteo audaz que decía justamente éso: que nosotros hablábamos una lengua propia y que hablarla era parte de nuestra emancipación como pueblo y como nación. Los que se animaron a sostener tamaña osadía (tanto en las primeras décadas del siglo XIX, como a principios del siglo XX), cobraron como locos. Les dieron para que tengan y guarden.

Sin embargo, dejaron sembrada una cuestión que siguió estando, justamente, en boca de todos o casi todos. Borges mismo se ocupó del asunto y terminó concluyendo que no había un “idioma argentino” pero sí “un matiz de diferenciación (…) que es lo bastante nítido como para que en él oigamos la patria (…) Pienso en el ambiente de nuestra voz, en la valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas palabras, en su temperatura no igual”.

Tiene su encanto, pero no deja de ser una manera elegante de dar por concluida una disputa y dejar al idioma en manos de sus detentadores letrados y cultos, y a salvo de sus variantes populares y plebeyas. A la vez, deja afuera algo del alma de los hablantes que se hace presente entre quienes usamos el “voseo” como un trato entre iguales, sin jerarquías ni reverencias. El voseo es bastante más que una temperatura emocional, es un radical anhelo igualitario.

La música popular de Buenos Aires siempre tomó en cuenta el idioma de la calle, y el lunfardo y sus mezclas fueron modos de sostener una lengua propia en contra de la lengua oficial pero dentro de ella al mismo tiempo. En este contexto, cuando acudimos al sonido de un “Chiflido” sabemos que vamos al encuentro de algunas de esas voces plebeyas cargadas de pertenencia, emoción e identidad. Es decir: vamos a escucharnos a nosotros mismos.

Este folletín tiene mucho de chamuyo encarador, como pasa en cualquier milonga que se precie, pero no es puro barullo sino más bien una esperanza de “bellas criaturas danzantes que al son de la orquesta parecen flotar”. Hay que ser muy chambón para no irse detrás de las fintas de “La Piba Uau”, o para no comprender que un sueño que dura una noche es un sueño que dura una vida. Estos llamados y estas canciones también son parte del idioma nacional.

Claro que no faltan ni el desconsuelo del pobre, ni esos hachazos que pegan duro cuando “la vida es rezongo de cosas perdidas”. Pero este “Chiflido” es un convite a festejar los aromas de amor que perduran cuando somos capaces de celebrar la vida con palabras y músicas que nos pertenecen en cuerpo y alma, y nos “vosea” que no nos olvidemos que tenemos una lengua propia y que cantarla es parte de nuestra emancipación como argentinos y argentinas. Porque en el Sur soñar es más lindo cuando soñamos con cosas queridas.

Por Carlos Semorile.

sábado, 3 de diciembre de 2016

“Susurro entre poetas”



(Foto de Roberto Chile, intervenida por Ernesto Rancaño, 2010)

Quien en estos días no esté siguiendo el cortejo que lleva los restos del Comandante desde La Habana a Santiago de Cuba, difícilmente pueda explicarse el universo en el que vive. Esos millones de cubanos de todas las edades, pero especialmente los niños y jóvenes cantando –como en un juramento- “Yo soy Fidel” dan la medida de que “en una sola marcha cabe el mundo”, y de que no fue “vano el gemir en la querella, la angustia lenta y cansancio largo”. Por tanto pueblo volcado en las calles en oleadas de amor y gratitud, por tanta tristeza y congoja, pero también por tanta libertad en las conciencias, diremos junto con el poeta: “Aunque el dolor me anegue, no he de estallar en llanto. Cuando la muerte llegue, le entregaré este canto”.

Por Carlos Semorile.

viernes, 7 de octubre de 2016

Fidel y el huracán



(Foto: paso del huracán Matthew por Haití)

Veinte años atrás, el 17 de octubre de 1996, estaba en La Habana cuando el huracán Lili azotó la Isla de la Juventud y la provincia de Matanzas, causando importantes daños a la economía cubana. Pero nada más: ni un muerto, ni siquiera un herido. De los días posteriores, recuerdo una entrevista televisiva a una mujer mayor, una campesina muy humilde, cuya casa había sido barrida por el huracán. Un periodista le preguntaba si estaba angustiada (imaginen las horas de pantalla que llenarían aquí con las lágrimas de la vieja), pero la digna señora lo negó de plano: “Aquí los muchachos –dijo señalando a unos jóvenes que ya estaban limpiando el terreno- me van a hacer la casita de nuevo”.

De los días anteriores, recuerdo las patrullas de militantes visitando a las familias de La Habana Vieja -zona delicada justamente por su antigüedad-, persuadiéndolas de evacuar sus casas y acudir a los centros de refugiados, con la certeza de que sus hogares y sus bienes serían resguardados por la policía (Rodolfo Livingston solía decir que los policías cubanos son más buenos que las psicólogas argentinas). Pero sobre todo recuerdo las extensas pláticas que cada noche mantenía Fidel con el meteorólogo y especialista en huracanes José María Rubiera Torres, y que eran verdaderas clases televisadas sobre todo lo que el pueblo cubano necesitaba saber respecto del temido “Lili”.

No necesito agregar casi nada más. Cada quien se puede imaginar a Fidel “peloteando” al Director del Centro Nacional de Pronósticos del Instituto de Meteorología de Cuba, exigiéndolo al máximo, pidiendo que no quedara ninguna hipótesis sin trabajar y ningún vaticinio sin revisar a fondo. Cada jornada de espera, era un día de trabajo en función de minimizar los riesgos y de aumentar la conciencia y la épica popular. Por eso me indigna cuando se habla de catástrofes naturales y solamente se sientan a contar las muertes (que podrían haberse evitado) y las “desgracias” que no debieron haber ocurrido. “Lili” le hizo serios daños a los cultivos de un sector de la Isla. Sólo éso. Tiempo después, cruzó el Atlántico y mató a 4 personas… en Inglaterra. 

Por Carlos Semorile.